Egeria

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Mientras la fusta de esa mujer caía sobre su espalda, abriendo pequeños surcos que escocían como demonios, y mientras él gemía una y otra vez, Luisito supo que nunca había sido tan dichoso como en ese momento.

El corpiño de Egeria valía más que toda la Historia Sagrada que le habían inculcado los curas de su colegio, sus botas de tacón de aguja eran un mundo infinitamente más fascinante que el de los mapas de Geografía, y no había ley física ni matemática capaz de describir el movimiento de sus caderas ni el brillo salvaje de sus ojos. Por un instante, Luisito visualizó el rosario que siempre pendía de las manos de su madre, y el monóculo y la levita negra que su padre llevaba casi como prolongaciones de su cuerpo, y una sonora carcajada se le escapó de los labios.

 

Luego Egeria le encadenó a los barrotes de la cama, se encendió un cigarrillo, lo colocó en una boquilla que medía kilómetros, y le cubrió la cara de bocanadas de humo, y el pecho de quemaduras.

 

Cuando concluyó la sesión, los dos jóvenes se quedaron tendidos sobre las sábanas, y Luisito juró sobre el cuerpo desnudo de Egeria que la amaba. Esta no dijo nada, pero le mesó los cabellos, le acarició el rostro, y estuvo a punto de arrancarle el labio inferior de un mordisco.

 

A partir de esa noche, Luisito empezó a acudir al Okapi todos los viernes y sábados. En cuanto Egeria terminaba su actuación, se deslizaba hacia la mesa donde invariablemente la esperaba el mozalbete, y luego ambos subían a su habitación, y se entregaban a horripilantes liturgias bañadas en absenta. Y Luisito supo que ya no podría vivir sin esos instrumentos del Infierno de los que tan poco le habían hablado sus libros.

 

Y así pasaron varios meses, hasta que, una fría madrugada de sábado de octubre, Luisito se encontró, al volver a casa, con los desorbitados ojos de su padre.

 

Mírate, hijo, si es que das pena. He tenido que desempeñar todas los objetos que malvendiste para poder pagar a esa fulana. Fíjate, aquí tienes el reloj que te regaló tu tío Adolfo, y tu colección de sellos, y tu biblia. ¡Hasta el retrato de la abuela Emilia me he visto obligado a rescatar! Y dime, pequeño bribón, ¿cómo conseguiste los documentos falsos con los que entraste a ese tugurio? ¿Qué te pensaste, que te ibas a hacer pasar por un adulto sin que nadie se enterara? ¡Te has convertido en el hazmerreír de la ciudad, y lo peor es que nos has arrastrado a tu madre y a mí en tu caída! ¡A ver con qué cara les digo nada a los obreros de la fábrica, a partir de ahora!

 

Pocos días después, Luisito cogió un trimotor con rumbo a un internado suizo. Siguiendo instrucciones de su familia, los curas no le dejaban salir del recinto si no iba acompañado de uno de ellos, y controlaban todo su correo. El muchacho hizo como que olvidaba sus sueños, y volvió a sumergirse en los libros que en otra época le habían apasionado.

 

Con el tiempo, la disciplina se relajó, y a Luisito le empezaron a dejar salir del colegio solo. Y, valiéndose del último pasaporte falsificado que le quedaba, encontró trabajillos en laboratorios científicos, que le pagaban unos francos a cambio de que se sometiera a dolorísimos experimentos. Al cabo de unos meses, reunió el dinero suficiente para pagarse un viaje a España.

 

Y, una cálida noche de verano, Luisito se sintió flotando entre nimbos y estratocúmulos mientras volvía a saludar al sonriente portero del Okapi, mientras el maitre le volvía a escoltar a la misma mesa de antes, y al volver a encontrarse con un vaso de absenta entre las manos. Y cuando Egeria salió al escenario le pareció que cantaba sólo para él, y volvió a sentirse dichosamente enajenado al reencontrarse con su corpiño, sus tacones de aguja, el movimiento de sus caderas, y el brillo salvaje de sus ojos. Y se relamió de gusto, anticipando tormentos futuros.

 

Pero Egeria, tras tirarle un beso, se sentó en la mesa de un paquidermo con frac y sombrero de copa, y luego subió con este a su habitación. Y el muchacho salió a toda prisa del local, con el rostro envuelto en lágrimas.

 

Ya de vuelta en el internado, Luisito compró un viejo volumen de magia negra en un rastrillo benéfico y, en los momentos en que los curas no lo vigilaban, aprendió a hacer muñecos de vudú. Y, una noche en que la luna llena iluminaba las cumbres alpinas, salió al jardín y se dispuso a practicar su primer hechizo. Y sus ojos brillaban cuando se arrancó un mechón de pelo y lo colocó en la cabeza del muñeco.

 

Poco después, lo atravesó con la primera aguja, y un alarido de júbilo quebró la tranquilidad de la noche suiza.

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196415

Un relato muy bien llevado. Sin muchas descripciones entra uno muy bien en la ambientación, y el giro final del hombre despechado es tan efectivo como sorprendente. Muy buen trabajo. Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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kermit
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Poblador desde: 06/10/2009
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Muchísimas gracias, Patapalo. Ya te iré mandando más cosas.

Un saludo.

 

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LCS
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Poblador desde: 11/08/2009
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Qué bueno, Kermit.

Como a Patapalo, me encanta el giro del final, que aún sorprendente, no chirría con el resto de la historia.

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_Pilpintu_
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2908

Está muy bien; aunque hoy parece que todos se me hacen cortos. Parece que hoy tengo ganas de descripción!!! jajaja me ha gustado mucho, quizás habría añadido algo más de lo que siente el chico. Pero bueno, debo ser yo!

Un saludo!! Ánimate también a entrar en el foro del Taller de Literatura y participa en nuestros retos! 

...(...) "y porque era el alma mía, alma de las mariposas" R.D.

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Nachob
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Poblador desde: 26/01/2009
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Esta bien desarrollado, y te conduce al sorpresivo final de modo fluido.

En cuanto a este giro, sin dejar de estar conseguido, es demasiado abrupto. Creo que el relato se queda corto. Tienes la historia, es buena, pero parece que ultimamente hay mucha prisa por acabar las cosas. De nada sirve un buen chiste o anecdota si no se cuenta con la cadencia o el tono adecuado. Hay que saberlo verter poco a poco en la mente del lector para que pueda apreciar todo su contenido. Si no, lo que podría haber sido un recital de emoción se convierte en una superficial curiosidad. Si bien empieza mostrando de un modo más detallado las emociones y sentimientos del protagonista, luego se lanza en vertiginosa caida hasta un 'y al final muere'. Vale, esta bien, pero cómo muere, que siente, porque, etc... Si tomases más tiempo en describir su ansia,su proceso, su desesperación, si en vez de lanzarte a contar el ingenioso giro fueras preparandolo (por ejemplo, como paseando vio la tienda, y a pesar de su dolor, se fijo en el libro, y todo su resentimiento estalló, etc...), cuando llegasemos a él nos produciría aún más impacto. 

Porque la literatura no sólo es contar cosas, sino también, y puede que sobre todo, saber como contarlas. 

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Telcar
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Poblador desde: 27/02/2009
Puntos: 340

La verdad, me siento injusto al no haberle dado puntos en la votación mensual. Creo que me he dejado llevar por la temática de los otros relatos, más atrayente para mí y de hecho también buenas historias...pero "Egeria" está muy bien. Original, transgresor, punzante, bien escrito...quizá un poco etéreo de más para mi gusto, quiero decir, que no me evoca tanto como otros. Pero no le encuentro ninguna pega importante, de hecho es más que digno, dignísimo...

 

 

"Nunca tantos, debieron tanto absolutamente a nadie"

Ser Huinston Chungchil

 

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Victor Mancha
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 1798

Genial.

Muy bien escrito, excepto por un par de frases que se podrían haber formulado un poco mejor y que llevan a una confusión momentanea, y una muy buena historia de fondo. Lo he disfrutado mucho, y el final, aunque es el inevitable si uno se para a pensarlo, ha logrado sorprenderme muy gratamente y arrancarme una sonrisa.

Estupendo trabajo.

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