Tarantino el acromegálico

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De cómo las enormes dotes cinematográficas de Tarantino malogran en Inglorious Basterds algunos de los más grandes hallazgos de toda su carrera

 

El cine de Quentin Tarantino vive en constante evolución, algo que, en principio, no es ni bueno ni malo; sólo eso, evolución, movimiento. Viendo toda su trayectoria da la impresión de que desde la seminal Reservoir Dogs hasta Inglorious Basterds se ha dedicado a manifestar su absoluto amor al cine dinamitando sus convenciones por medio de ellas mismas. Es decir, las armas de las que se vale para articular su discurso cinematográfico son, por un lado, el homenaje/plagio de géneros de mayor o menor estofa; por otro, su extraordinaria habilidad a la hora de rodar y escribir guiones. Sus diálogos tienen chispa, sus personajes son carismáticos, logra que la trama más absurda adquiera tintes épicos, sus planos secuencia son formidables, sus personajes femeninos son de una solidez envidiable, su forma de rodar es ágil y sus conocimientos de arqueología cinematográfica son vastísimos. No hay que tener grandes conocimientos para rastrear la enorme influencia que ha supuesto su figura en el cine mundial contemporáneo: desde Eli Roth hasta Park Chan Wook, de Guy Ritchie a Edgar Wright.

 

Ya en su primer film la estructura narrativa no era convencional; con Pulp Fiction comenzó la división en capítulos y con Kill Bill aparecieron los subcapítulos y otras experimentaciones (inclusión de cine de animación, uso de diferentes tipos de película y modos de filmación para que el homenaje sea más conseguido, alternancia de color y blanco y negro...). Inglorious Basterds hace todo eso y más. Y a veces lo hace bien, y otras no. En su -largo- metraje cabe todo lo mencionado anteriormente, y también el respeto escrupuloso con que revivió el blaxploitation de Jackie Brown y la serie Z de Death Proof. Así, en este caso toca remozar el cine bélico cutre centrado en la Segunda Guerra Mundial. Y de nuevo, como en esos casos, la cosa chirría.

 

Todas estas pequeñas pinceladas construyen un cuadro irregular. Inglorious Basterds tiene cosas no buenas, sino magistrales: su extraordinaria secuencia inicial (en la que el habitual diálogo interminable made in Tarantino está aquí plenamente legitimado como instrumento creador de tensión); la ejecución del recto oficial nazi a manos del Oso Judío, que surge de la oscuridad como un monstruo primigenio; el personaje del Coronel Landa y, en particular, su charla en italiano con Aldo Reims y el Oso Judío (ésta es de esas películas en las que se comete pecado mortal al verlas dobladas al castellano). Pero otras fracasan precisamente por la estilización extrema del toque tarantiniano: la fragmentación del relato y la coralidad de los personajes protagonistas son tan notables que hacen que los Bastardos tengan menos presencia de la debida, que la trama se alargue innecesariamente y que se pierda el rumbo argumental; el episodio en el bar del sótano se estira en exceso y se evita aquello que se quería crear -tensión-; y, por último, la escena final del cine, más allá de lo chocante de la anécdota, busca más el consabido homenaje al género chusquero de turno que la verdadera catarsis que pedía a gritos la película (lo que ocurre, ocurre, sí, pero sin alma, sin emoción).

 

Sabemos de antemano que las historias que cuenta Tarantino no conmueven, pero que su forma de contarlas es única y divertida, que lo único que nos emociona de sus películas es el amor por el séptimo arte que se desprende de ellas. Vamos avisados, pues, y, aun así, la sensación que queda tras ver Inglorious Basterds, es muy agridulce. Los momentos memorables son boicoteados por un director más preocupado por su ego y por lograr el guiño cómplice del fan cinéfilo más indulgente. La propia contradicción que genera su visionado -¿es hoy Tarantino un director que arriesga o un esteta con el automático puesto?- es un síntoma más de la ciclotimia que afecta a toda la película. Habrá que esperar a ver su próxima obra para averiguar hacia dónde va la carrera de este acromegálico Tarantino; alguien, quizás, demasiado dotado de genio creador.

 

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Patapalo
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Todavía no he visto la película -aunque sí que la veré- pero coincido en algunas de tus sensaciones en cuanto a su modo de dirigir. Para mí es un autor muy interesante, pero que a veces se mete solo en algunos pantanales. En cualquier caso, lo prefiero al inmovilismo que impera, aunque entre en barrena.

De todas las películas que he visto suyas, creo que me quedaría con "Reservoir Dogs".

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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linton
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yo sí que la ví hace unas semanas y coincido contigo en la mayor parte del artículo, si no en todo. Coincido con que la priemra escena es buenísima, quizá lo mejor de la peli, y que el mejor momento cómico es la conversación en italiano, pero también me parece que los bastardos casi se reducen a una anécdota y creo que en este caso la historia pedía más violencia, no sé si como en Kill Bill, pero algo parecido. La gente en general se ha quejado de eso, que hay mucho alargamiento de escenas y poca caña

La imaginación contra el poder

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