Navidad

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Era la peor noche de Navidad que el matrimonio Claus había vivido.

El Señor Claus, Thomas, acababa agotado y la señora Claus, Martha, siempre se enfadaba con él. No entendía por qué él, sólo él, debía entregar a todos los niños del planeta sus regalos. Nunca se lo había dicho. Sus elfos eran personas reales, sí, y se comportaban como cualquier ser vivo; por lo tanto, ellos bien que podían echar una mano. Pero no, claro, él debía entregar todos los regalos a tiempo y olvidarse de ella. Ya ni la tocaba cuando se acostaba en la cama de matrimonio, y sospechaba que a veces ni dormía allí y que se quedaba frito en el Taller. Ahora, Martha meditaba sobre qué iba a hacer. Esto no podía seguir así. No podía soportar por más tiempo el abandono de su marido. Estaba harta. Rumiaba todo eso mientras tomaba una taza de chocolate caliente al amor de la lumbre. Todas sus esperanzas cambiaron cuando su hombre le dijo que era Santa Claus. Al principio ella rió, por supuesto, él la hacía siempre reír. Pero dejó de reírse en cuanto la llevó a un pequeño bosque y llamó ahí a sus renos. Reales, malolientes.... y mágicos. Mágicos, sí, pero malolientes. Al fin y al cabo, eran animales. Se acordó de la impresión que le había dado el ver a una panda de bichos volar directos hacia ellos.

—¡Páralos! ¡Se van a chocar contra nosotros!

—Tranquila, no te preocupes. Mis chicos saben volar. Rudolf se escora hacia la izquierda un poco, pero nunca se chocaría. Y menos hoy.

—¿Rudolf? Pero tú… ¡Pero NO puedes ser Papá Noel! ¡Es que es IMPOSIBLE! No, no, no. Esto no puede estar pasando, no puede estar pasando, estoy soñando, estoy soñando, esto no es real…

—¡Tranquilízate! Yo soy Santa Claus, sí. Mírame. Así, bien. ¿Nos hemos casado, recuerdas? ¿Te haría yo daño aposta? No te lo he escondido por gusto.

—¿Y no me lo podías haber dicho antes? No sé, ¿antes de contraer matrimonio, por ejemplo?

—No , no podía. Es una de las reglas de este trabajo. Te ata para toda la vida.

—Pero… no sé… Es todo tan confuso….

—Me lo imagino. Ven, te llevaré a mi casa.

Y ella fue. Pero ya hacía mucho tiempo de eso. Estaba harta del espíritu navideño, de comer siempre los mismos dulces, de no poder salir a la calle sin un abrigo… Salir a la calle… encima… salir a la calle a ver elfos… En resumen, era todo, todo. Ya apenas existía nada del hombre del que se había enamorado. Rememoró cuando se habían conocido. Ella era una mujer independiente, solitaria, y un poco amargada de la vida. No necesitaba a nadie, se decía. No creía que nunca necesitaría a nadie. Cuando le conoció, ella salía de la cafetería donde se había tomado algo caliente para asentar el cuerpo después de trabajar. Lo vio apoyado en la esquina, al lado de un mendigo, un estafador de tres al cuarto que además era drogadicto. No supo por qué, pero cuando pasó a su lado no pudo evitar decirle:

—No debería haberle dado dinero. Lo usará para destruir su vida.

—¿Por qué piensa usted eso? —le dijo con los ojos llenos de sorpresa.

—Porque se droga. Aquí en el barrio todos le conocemos, y le tenemos bien calado.

—¿Es de esta zona?

—Sí. No es un buen barrio, si está buscando casa.

—No busco casa, pero ha atinado en que estoy aquí de turista. ¿Tengo la típica pinta de alguien que va a pasar las Navidades en una gran ciudad como ésta? Señaló en un amplio arco del brazo la ciudad de Barcelona mientras una pequeña sonrisa le asomaba en la boca. Mejor no me responda ahora. Como veo que ya ha tomado algo, ¿le molestaría mucho tomarse un café conmigo aquí mismo mañana? La verdad es que necesito a alguien que me enseñe la ciudad, y no me vendría mal algo de compañía.

Martha dudó en ese instante. De todas formas, no tenía nada mejor que hacer, pues eran las primeras Navidades que no estaba con su familia y no quería pasarlas sola. Y le había caído bien ese desconocido. No supo hasta qué punto esa decisión que tomó en un instante cambiaría su vida para siempre. Por lo tanto, sonrió y dijo:

—Aquí estaré. Pásese a las siete.

Después la llevó al polo Norte, a su "casita de Invierno", como él decía cada vez que le preguntaba dónde vivía. Nunca le perdonó del todo que no le dijera nada. El shock fue impresionante. Casi se desmayó al ver toda esa nieve y todo ese hielo. Y qué frío hacía.

Suspiró. Se preguntó si habría salvación en su matrimonio. O si existiría el divorcio en estas situaciones. Volvió a suspirar, y sintió que unas lágrimas acudían a sus ojos, pero las contuvo. Estaba desesperada. No podía soportar más la sensación de que ése no era su sitio, de que, a pesar de había pasado muchos años esperando a su marido tal y como estaba ahora, no le iban a servir para nada, porque él no pensaba en nada más que su trabajo. Y ella había a aprendido a amarlo por ello, pero a pesar de todo, quería que la quisiera. Y era un tópico, la mujer enfadada porque el marido estaba demasiado ocupado para hacerle caso, pero ella estaba herida. No creía que hubiese esperanza para ellos. Además... últimamente estaba raro. Extraño. No la miraba a los ojos. Siempre había sido raro, de todas formas, incluso de novios, con sus formas modosas y bienintencionadas. Se diría que ni siquiera en esa época feliz había sido afectuoso con ella. La cogía de la mano, la miraba a los ojos, pero, incomprensiblemente, no la besaba , y cuando lo hacía, era en la mejilla. Al pensar en eso, fue cuando empezó a odiar a su marido.

Escuchó un ruido en la puerta, y al punto supo que no era su querido, pues él se pasaría la noche entera repartiendo regalos.

Era Twyny, el consuelo de Martha en los peores momentos, que seguro venía a hacerle compañía. Era un elfo casi tan grande como ella, bien parecido, con un gran sentido del humor y muy dulce. Martha le sonrió y le indicó que se sentase en una silla muy cercana. Lo conoció nada más llegar, y fue el primero que la saludó nada más bajarse del trineo. Al principio, se parecía tanto a un hombre que lo tomó por tal, pero cuando Thomas se lo presentó como su segundo al mando, el elfo jefe, ella se le quedó mirando asombrada.

—Nunca había conocido a un elfo.

—Y yo a ningún humano aparte de Thomas. Sonrió—. Espero de verdad que te sientas a gusto aquí, Martha.

—¿Cómo conoce mi nombre? —dijo ella mirando a su marido.

—Pues verás...

—¡Pero si no ha dicho otra cosa desde que te conoció! Nos lleva bien, este Santa. No ha parado de hablar de vosotros desde el primer día. Por cierto: enhorabuena —dijo con una sonrisa. Se te ve bien, Thomas, casado ya. Parece mentira.

—¿Se lo has contado?

—Por supuesto. Es costumbre que se confíen los asuntos más importantes al encargado jefe. Al menos intentó parecer culpable. De todas formas, Twyny es un elfo responsable y seguro que no se lo ha dicho a los demás….

Entonces, Twyny soltó una carcajada y salieron los demás elfos. Eran bastante más bajos que él, más risueños, y a la vez más infantiles. No pararon de corretear alrededor de Thomas y Martha, tirándoles de las ropas, parloteando y riendo.

—No pude resistirme, jefe. Lo siento.

Santa Claus rió entonces y, junto a ella, aceptaron los regalos de los elfos: Una colección de cubertería, una colcha finamente bordada y una larga bufanda para la señora Claus.

Twyny los acompaño hasta la casa, que era una nueva y más grande que, según lo que Thomas le había dicho, su casa de soltero.

—Y aquí criaréis a vuestros pequeñines. Yo me voy. Avísame si necesitáis algo —le dijo a Martha con un guiño.Ya sé que puede ser muy duro.

—¿Hablaba en serio? Sobre lo de tener hijos.

—No, me parece que bromeaba. Sólo me tomaba el pelo, creo.

—Humm…

 

—¿Qué tal estás? Fue lo primero que preguntó el recién llegado, despertándola de su ensoñación y regresándola al estado de tristeza en que se encontraba antes. En sus ojos se reflejaba preocupación.

—Pues cómo voy a estar... no aguanto más, la verdad. No soporto que se vaya.

—La verdad es que es un poco... descortés —dijo el elfo con precaución. No debería dejarte sola tanto tiempo.

—¿Descortés? Yo diría que no tiene sentimientos... y estoy tan sola, y tan cansada... Y mientras hablaba, las lágrimas corrían por sus mejillas.

—No llores, no te preocupes —dijo el elfo abrazándola como si fuese una niña pequeña. Yo estoy aquí, está bien, tranquila...

—No, ni está bien ni me tranquilizo —replicó llorando. Tú eres lo único bueno de por aquí, lo único por lo que merece la pena estar aquí. Te quiero.

El elfo la miró de soslayo y, entonces, la besó. Al principio ella se resistió, pero poco a poco se fue abandonando. Total, ¿qué importaba? Su marido no la quería. Y nunca la había querido.

Y Twyny siempre había estado ahí, junto a ella. Siempre ayudándola, siempre protegiéndola de la soledad. Nunca le había fallado. Cuando le preguntó si estaba casado o tenía a alguien especial para compartir su vida, le dijo que tenía siempre a alguien en mente, pero nunca supo quién. Entonces creyó entenderlo. No costaba mucho imaginarlo. Todas las tardes al fuego, todas las miradas de cariño no eran sólo eso, sino mucho más. La mujer no se molestó porque la hubiese engañado, sino que se sintió contenta porque se hubiese atrevido a dar el primer paso, y se preguntó por qué había dejado pasar tanto tiempo. Se preguntó si lo quería ella. En realidad, nunca se lo había planteado, pero en ese momento pensó que era guapo, y que no pasaba nada porque fuese un elfo. En realidad, las dos especies eran compatibles físicamente, como le había dicho su marido. En ese momento no le dio importancia, pero ahora se acordó de eso, y sintió una especie de regocijo que se tradujo en calor por su vientre. En ese momento, creyó que el hombre que estaba entre sus brazos era el verdadero marido, y con el que había pasado tanto tiempo, nada más que un impostor. Se recostó contra él y se dispuso a hacer el amor al lado de la chimenea, mientras afuera nevaba y un hombre repartía regalos de una punta a otra del mundo.

 

Amanece. El sol. De repente, le asalta la conciencia de lo que ha hecho. Siente los brazos de su amante rodeándola. Oye unos pasos, un golpe en la puerta.

—¡Jou, jou, jou! Feliz... ¿Navidad?

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Un relato entretenido, pero quizás demasiado previsible. Al ser personajes tan conocidos y no ahondar en ellos para darles una vuelta de tuerca, quizás no mereciera la pena extenderse tanto.

En cualquier caso, se lee bien, fluido y resulta entretenido.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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jane eyre
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quizás no mereciera la pena extenderse tanto.

oh, oh, creo que has puesto el dedo en la llaga jajjajajjajja

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Ghazkull
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 mi intención no era extenderme tanto, pero eso que se lo digan a la jane. En verdad, el final es bastante previsible porque , la verdad, me extraña que no se haya hecho algo así antes  

No lucho para ganar sino por el mero placer de combatir y pelear.Viva el Waaagh y todos sus practicantes!!!

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Mauro Alexis
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Poblador desde: 14/02/2009
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      Más allá de los comentarios, Ghaz, con los que confieso estoy de acuerdo íntegramente, me siento en el deber de felicitarte. ¿Por qué? Pues si mal no calculo eres el escritor más joven que anda por estos lados, es obvio que cometes errores narrativos, tal como muchos lo hacemos. Sin embargo es encomiable que un adolescente de tu edad se anime a participar junto con personas más grandes. A mí, hace unos 6 años atrás no se me hubiera ni cruzado por la cabeza presentar un cuento junto al de otros autores más experimentados. Es que de hecho no escribía Bah, sí, había estudiado algo de métrica castellana y... en fin: mis más sinceras felicitacioes por todo tu esfuerzo, vas por muy buen camino. Saludos.

"Habla de tu aldea y serás universal."

 

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Léolo
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Poblador desde: 09/05/2009
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Un relato muy simpático, que llevas con firmeza y confianza. Aunque su principal defecto es la extensión, que suaviza en cierta manera ese clímax final, he de felicitarte por él, Ghazkull, porque realmente demuestras tener madera para esto.

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PedroEscudero
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Poblador desde: 26/01/2009
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Es divertido. La idea me gusta, pero tendrías que pulirla un poco más. La parte en la que se conocen queda un tanto abrupta, pide más extensión, más detalle, más explicación. Y al final aunque tiene su punto cachondo se le podría dar otra vuelta.

Pero lo principal es que has conseguido que ría

 

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Raelana
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Un relato muy divertido, aunque la historia es previsible en cuanto aparece el elfo alto, no por eso pierde el efecto y al final te arranca una sonrisa. Tiene tambien su punto de ternura y se lee muy fluida.

Mi blog: http://escritoenagua.blogspot.com/

Perséfone, novela online por entregas: http://universoca

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Nachob
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Un buen relato, previsible como se ha señalado, y que debe pulirse en algunos aspectos formales para que fluya mejor (hay partes donde la historia se extiende más de lo que se debería en detrimento de otras), pero queda simpatico y consigue entretener, que es de lo que se trata.

Bien hecho.

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