Defender of the crown

Imagen de Destripacuentos

Uno de los juegos que recuerdo con más cariño de mi Amiga: guerras, gestas heroicas y torneos

 

Defender of the crown, defensor de la corona, es uno de los juegos que más me marcaron en mi infancia. Tenía diez años cuando nos regalaron (bueno, técnicamente se lo regalaron a mi hermano) el Amiga 500 y de todos los juegos que nos cayeron en ese primer pack, creo que fue este el que más honda impresión me causó.

Es muy posible que esto se debiese al trasfondo. Al lado de títulos como el mítico Barbarian, Defender of the crown resultaba "serio", como de mayores; por decirlo de alguna forma, de mayor calado. Su trasfondo histórico estaba cuidado -creo que, de hecho, muy cuidado, aunque nosotros no supiéramos distinguir un sajón de un normando- y el enfoque de las partidas distaba mucho de los habituales matamarcianos y juegos de plataformas. Todavía quedaban unos años antes de que descubriéramos las aventuras gráficas, aunque aquí ya había algo de esto, mezclado, como no, con estrategia bélica.

En el Defender of the crown se encarnaba un héroe de este periodo de la historia de Inglaterra. Generalmente se elegía a Invanhoe, que era el único que nos sonaba de las películas de Errol Flynn o de haberlo visto en alguna adaptación a cómic de la obra de Sir Walter Scott. A mí también me gustaba coger a Brian de Bois Gilbert, pero únicamente por la coraza que llevaba. Además, Ivanhoe era el que mejores estadísticas tenía.

Tampoco es que estas, en apariencia, fuesen determinantes, o, al menos, no había una correlación muy clara con lo que pasaba durante las partidas. Los atributos del personaje, no obstante, debían tener algo que ver con los tipos de acciones que se podían llevar a cabo. Es más, incluso el estado anímico del héroe debía tener su peso, pues a medida que se acumulaban derrotas, el retrato del mismo aparecía más ajado. Nada como un buen matrimonio o vencer en un torneo para que recuperase el lustre.

La mecánica del juego era relativamente simple: con el dinero del reino se podían reclutar tropas que luego se podían conducir en campaña a conquistar regiones del mapa. Las batallas se resolvían de modo automático: simplemente aparecía la lista de efectivos (soldados de infantería y caballeros, era muy simple) y se iban reduciendo su número. Al final, uno de los dos bandos ganaba, generalmente el mejor armado. Este era el aspecto más simplón de Defender of the crown, pero tampoco dista mucho, sin fuegos de artificio, de otros juegos posteriores.

En cuanto a deslumbrar gráficamente, las pantallas intermedias sí que eran impresionantes, sobre todo para la época: pedir ayuda a Robin Hood, ser víctima de un complot de sangrientos normandos o rescatar a la princesa (escena que contaba con un pequeño video) eran eventos de lo más sugerente.

A algunos de ellos se podía acceder de forma automática, pero otros eran la culminación de minijuegos que eran también muy sencillos, como el torneo, donde podías apostar tierras y tenías que derribar al caballero adversario impactándole con la lanza (¡y sin matar su caballo!), el rescate de la dama, con su pelea a espada en dos fases, o el asedio del castillo, donde había que calibrar una catapulta para poder romper los muros del enemigo y hacer un asalto más efectivo.

Para los cánones de hoy en día, este juego sorprendería por su sistema de resolución, que es tremendamente sencillo, aunque, bien pensado, es algo que adolecen muchos juegos actuales: las resoluciones de los desafíos intermedios terminan por ser mecánicas y poco emocionantes (aquí, al menos, el torneo era siempre tenía su incertidumbre). Por otro lado, llamaba la atención las posibilidades de realizar acciones dispares dentro de un mismo juego, lo que era un punto fuerte. El más fuerte, de todas formas, en la época, eran sus gráficos y sus animaciones, algo muy propio de un juego que se apoyaba en la ambientación y que funcionaba en un Amiga.

Echando la vista atrás, no se puede evitar sentir nostalgia. Para un aficionado a la saga Total War que se crió con Defender of the crown es inevitable decirse que, a pesar de que los medios eran más escasos, sus programadores consiguieron en cierto modo dar más variedad a lo que, en realidad, no es más que un juego de estrategia medieval por turnos.

 

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