Habitante I

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Reflexión sobre el individuo y la sociedad en El señor de las moscas de Golding

 

INTRODUCCIÓN

 

CREONTE

Y, así, ¿te atreviste a desobedecer las leyes?

(Sófocles: Antígona, en Teatro griego E.D.A.F., Madrid 1974)

 

Sin tribu, sin ley, sin hogar.

(Aristóteles: Política. I.E.P páginas 3-5, Madrid 1970)

 

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Recuerdo una luz cobre; recuerdo que esa luz torcida señalaba los lomos de los libros de mi adolescencia; recuerdo, entre el polvo lento del espacio, cómo empezaban a brillar los títulos y hacerse eternos. Cóomo estallaban adheridos a la mesilla, mano a mano, con mi cama. Suelo ver cuatro o cinco, apoyados, dejándose acariciar por esa luz.

Veo sus nombres: Demian, Cien años de soledad, El guardián entre el centeno, El extranjero, El señor de las moscas. Entiendo después, cuando la luz se apaga y ya no eres un adolescente, lo importante que fueron esos libros para formarme como persona, para proporcionarme alas de hilos blancos en las que pudiera escribir, para ser guías indiscutibles de mis decisiones, para entender la existencia.

Viene dada mi vida, mi significado vital, a partir de los libros que se amontonaban en esa cabecera. Algunos, como ya he dicho, quedarán entre el líquido del sueño y lo eterno; otros, serán huellas de un camino equivocado con atajos para descubrir el verdadero. La sensibilidad que me despertaron esos libros fue la sensibilidad indiscutible de mis nuevas miradas, la sensibilidad hacia lo que me rodeaba y me rodearía en un futuro.

Un futuro que ya he vivido, y puedo narrar, un futuro en el que pude dibujar mi identidad, con trazos desordenados de un puzle infinito, que pude definir gracias a estos libros, claves en la temprana edad de los catorce a los dieciocho años, sin ellos, no hubiera conseguido equivocarme tanto, y aprender de esas equivocaciones.

El señor de las moscas tuvo sus particularidades a la hora de encontrarlo. La primera vez fue en una tienda de segunda mano, que apareció ante mis ojos, con una portada escalofriante, una cabeza de cerdo empalada con una estaca, y que hizo que mis prioridades a partir de ese momento fueran conseguir llegar a realizar su lectura. Todos mis intentos, ahorros o posibilidades de un nuevo regalo en navidad, reyes o de cualquier festivo giraron alrededor de poder leer ese libro, de poder conocer la historia de ese Señor de las moscas. Con las primeras negativas por parte de mi familia a que leyera ese libro, por la violencia a que daba cabida, y porque yo ya tenía un mundo bastante cruel en mis imaginaciones, hizo que aumentaran las ganas de poseer enseguida el libro, un deseo que no se pudo cumplir en forma de ningún regalo, ni de ningún tipo de sorpresa, o artimaña “legal”. Finalmente fue “robado” de la estantería de mi familia y leído a hurtadillas, una lectura muy parecida a la que había hecho de El extranjero de Camus, a hurtadillas, con muy pocos años, y saboreando mucho más la historia por el halo de prohibido, de cometer un riesgo para realizar su lectura. Fueron estos dos libros los libros malditos en mi vida, y fueron, sin duda, una vez releídos, ya con veintirés años, la constatación de que eran de los mejores libros que había leído y que leería. La naturaleza humana era por primera vez en mi vida entendida como algo primitivo, tratada en conceptos violentos y de instinto, y ese descubrimiento consiguió, en gran medida, hacerme cambiar la forma de mirar el mundo (y también cambiar radicalmente los juegos que hacía). No sé si me afectó negativamente la lectura de El señor de las moscas por leerlo a una edad, o revolucionó mi conducta a peor, pero son de las mejores horas que pasé con un libro, y de los libros que me hicieron entender que la literatura es de lo más cercano que hay a la magia. Ya había leído el realismo mágico de Gabriel García Márquez, y alucinado con la espiritualidad de Hesse, pero a diferencia de éstos Golding se interpuso de forma abrupta en mis costumbres literarias y abrió la senda del realismo físico, del realismo encarnizado, directo y brutal. Nunca había rozado algo tan naturalista como ese libro, si los más grandes que había leído, y a mí, me parecían los insuperables Cien años de Soledad, Demian y El guardián entre el centeno, tenían un realismo difuminado, Camus y Golding eran lo que más tarde entendería como existencialistas, pesimistas de la naturaleza humana y lapidarios en las propuestas argumentales.

 

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A la hora de analizar un libro de la magnitud de El señor de las moscas debería dejar aquí de escribir y que nadie leyese mis opiniones personales, porque sólo desvirtuarían la calidad del libro y la cantidad de ensayos que se le han dedicado. Un libro de referencia para la docencia en asignaturas como Filosofía, Ética o de estudios sociológicos, un libro que explica a nivel extremo la capacidad de asumir roles en situaciones de riesgo, y la explicación de los comportamientos atávicos que cualquier ser humano “comprende”. Un libro, que coloca a treinta niños en una isla desierta y les hace crear sus propias reglas, una fábula moral sobre la condición humana que atrapa al lector y no lo deja tranquilo hasta que el capitán de un transatlántico llega para llevárselos y sólo ve una isla invadida de fuego y humo, una isla llena de caos.

Un final que nos posiciona en una visión pesimista y cruel hacia los comportamientos que podemos llegar a tener cuando comenzamos a crear una sociedad, cuando estamos tan sólo con el germen de ella y tenemos que utilizar métodos para colocar unas leyes, unos líderes y un orden.

Hacia la fundación de esa sociedad nos remitiremos ahora para entender las implicaciones que tiene el individuo con la sociedad, y sin ella no hay individuo.

A nivel personal, como ya he dicho, fue un descubrimiento y una gran alegría a hurtadillas, el encontrarme leyendo una historia en la que unos niños no pertenecen a ninguna tribu, ley u hogar, y la transformación por su parte de las mismas convierte El señor de las moscas en uno de esos libros eternos de la cabecera de mi adolescencia.

 

SIN HORIZONTE

Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento.

(Baudelaire: Las flores del mal)

 

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Cuando nos encontramos en una isla, pensamos en las posibilidades de esa isla. Cuando somos niños y nos encontramos en esa isla, pensamos en las aplicaciones que le podemos dar a esa isla. La primera vez que encontramos a Ralph en el libro, vemos en él un líder indiscutible, pero también vemos la manera y mirada que tiene al “hacer” con la isla, y no deduce a partir de posibilidades sino de aplicaciones.

Esta diferencia que quiero transmitir responde que las posibilidades son más reflexivas que las aplicaciones, y por lo tanto más maduras. Encuentro la aplicación como algo instintivo, para una satisfacción inmediata a una respuesta motora instantánea y un lleno de placer momentáneo. Las aplicaciones que le dan a la isla son diferentes y variadas, desde el aprovechamiento de una poza como una cómoda piscina, al alimento, los objetos con su simbología, el jabalí…

La isla a la que se enfrentan es una isla llena de recursos que cualquier mayor hubiera podido aprovechar, incluso crear una sociedad sólida. Sin embargo, cuando son niños los que tienen que encontrar la manera de su explotación las cosas se complican. Un tercio casi de la novela se dedican a buscar, pensar como capturar y finalmente atrapar al jabalí, una figura que podríamos representar como el minotauro de un laberinto que es la isla. Las consecuencias de esa caza serán fundamentales para provocar los bandos y el fogonazo de salida para la gran batalla.

Pero en este capítulo vamos a intentar tratar la diferencia de individuo y sociedad.

La implicación mutua que comportan estos dos términos la entenderíamos mejor si atendemos que una no puede ser separada de la otra. El individuo no puede entenderse sin la sociedad, ya que los individuos no existen fuera del conjunto que proporciona la sociedad, no son nada fuera de las instituciones y cultura que los conforman en una sociedad. El hombre tiene que sentirse miembro de una determinada comunidad (familia, nación…) semejante a la vez de todos los hombres, y por otra parte diferente de todos los demás. Esto nos condiciona a la hora de relacionarnos con otros individuos y nuestros comportamientos morales.

Habría que decir también que la concepción según la cual la sociedad está compuesta de individuos en principio libres e iguales entre sí, es propia de de la Edad Moderna.

Una de las preguntas que le hicieron a Lucien Malson sobre su libro Les enfants sauvages fue un resumen de lo que ahora mismo estamos hablando:

¿Es necesario admitir… que los hombres no son hombres fuera del ambiente social?

El hombre es social por naturaleza. Kant se refería al hombre, hablando de su “insociable sociabilidad”, y podríamos pensar que en esa aparente paradoja reside quizá lo más concluyente para referirnos de la condición del hombre en relación con los otros miembros de la especie.

Con esto quiero llegar que la sociabilidad que se trata en el libro tiene una justificación de ser tal como aparece en el libro. Cogiendo dos pensadores como fueron Aristóteles y Hobbes sobre la sociabilidad humana podemos ver la cantidad de posturas que se pueden tomar. Cuando Aristóteles defiende la sociabilidad como la realización del individuo y su rasgo esencial, Hobbes nos habla acentuando al individuo que si éste acepta la sociedad es más como un pacto, y su afirmación de la existencia de la autoridad como un necesario mal menor.

Más cercana a la visión de Hobbes, Golding nos propone una hipotética forma de crear un sociedad a partir de unos niños desaparecidos, de ahí que las tensiones de libertad/ autoridad y la búsqueda de su equilibrio se vean desbordadas por la inmadurez, y la carencia de un ejercicio reflexivo de la autoridad.

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Patapalo
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Un libro muy interesante, y, de momento, el artículo también. Mañana publico la segunda parte y dos mi opinión completa.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Douglas
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Hace tiempo que lo envíe, que bien que lo sacarás fue un libro muy importante en mi vida!!!

El primer párrafo es el último disfrazado.

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