Elvián y el dragón: El sacrificio

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Primer capítulo de esta novela de fantasía de Gandalf

Una multitud avanzaba en fila india, subiendo por la ladera de una pequeña colina. La numerosa fila de hombres, mujeres y niños se extendía hasta la plaza mayor de un poblado cercano. Abría la marcha un hombre mayor, de cabello y barbas blancas. Vestía un hábito marrón y se apoyaba con un cayado del mismo color. Su rostro no transmitía ninguna emoción, y a su vera un grupo de hombres arrastraban una sencilla jaula de madera. En su interior había una muchacha de unos dieciséis años, que miraba aterrorizada hacia la multitud que la transportaba hasta la cima de la montaña. La chica sabía el destino que la esperaba: iba a ser entregada como ofrenda para el terrible dragón que habitaba en lo alto de la colina.

Rufus, el hombre mayor, caminaba despacio pero con determinación. Miró un momento a los que le acompañaban. Todos parecían deprimidos, pero eso era algo bastante natural. Como cada año, debían entregar una virgen al enorme reptil que vivía arriba. A cambio, el dragón no atacaría al pueblo, no abrasaría los cultivos y no devoraría a los habitantes. Era algo que no gustaba a nadie, pero todos sabían que era algo necesario. Los aldeanos mostraban una cara angustiada, aunque Rufus se mantenía serio. No era momento de flaquear.

Finalmente, llegaron a la cima de la colina. En frente de ellos, a unos cien metros, pudieron ver la entrada de una profunda y oscura caverna. Delante de la gran obertura había dos varas paralelas con sendos grilletes. La madera de las estacas se mostraba chamuscada por las múltiples veces que el dragón había escupido sus llamaradas letales sobre ellas. Hasta allí llevaron a la muchacha, no sin echar atemorizadas miradas al interior de la cueva. Sacaron a la chica de la jaula y le encadenaron las muñecas a los grilletes, de modo que quedó entre las dos varas. Rufus se acercó lentamente y miró intensamente a los ojos de la joven. Luego, se volvió a sus conciudadanos muy despacio. Miró los rostros angustiados y se obligó a sonreír con tristeza.

—Queridos amigos dijo con una voz cascada, aunque potente, estamos otro año aquí reunidos. Sé que lo que estamos a punto de hacer es muy duro, pero todos vosotros sabéis que es absolutamente necesario. Es la única forma de protegernos de la furia del dragón. Sé que es una excusa muy pobre, y a mí, como chamán que soy de nuestra querida villa, me resulta especialmente duro tener que disculpar estas cosas. Creo que será mejor para todos no demorarnos más en esto. Mi pobre corazón no lo soportaría. Si los padres de la desafortunada muchacha quieren despedirse de ella, deberían hacerlo ahora.

Un hombre y una mujer, abatidos por dolor, corrieron hacia la pobre chica y la cubrieron de besos y lágrimas. Durante un rato, se resistieron a abandonarla, pero sus vecinos finalmente lograron convencerlos de que se alejasen. Rufus les pasó las manos por la espalda y les comunicó sus condolencias cuando pasaron a su lado. Luego habló de nuevo a los aldeanos.

—Bien, creo que es el momento de llamar al dragón dijo. Preparaos para el ritual.

Los aldeanos se reunieron y empezaron a entonar una especie de cántico, todos menos los padres de la muchacha, que lloraban otra vez, y Rufus, que había alzado su cayado y lo zarandeaba por encima de él. En el interior de caverna, muy profundo en el entramado de túneles y corredores, pudieron oír un leve rugido y el sonido de unos pasos retumbantes. Rufus hizo señas a sus conciudadanos para que fuesen descendiendo por la ladera de la montaña, cosa que hicieron sin rechistar. Tanto era el terror que provocaba la bestia en sus corazones. Antes de seguir los pasos de sus compañeros, el chamán echó un último vistazo a la cueva.

Mientras bajaban por la pendiente, los rugidos y pasos se hacían cada vez más fuertes. La gente empezaba a murmurar, atemorizada, y la muchedumbre aceleró la marcha. Oyeron gritar a la muchacha allá arriba y, unos segundos después, la cima de la colina pareció iluminarse. Las llamas se hicieron visibles por los bordes del acantilando, y todos los presentes sintieron que el terror les atenazaba. Sólo Rufus se mantenía tranquilo mientras descendía por la empinada falda. Poco a poco, los pasos de la bestia se fueron alejando cada vez más, hasta que desaparecieron por completo. El chamán miró a sus compañeros. En ese momento, y tras el terror inicial, se mostraban abatidos y deprimidos. Comprendía perfectamente sus sentimientos, pero también sabía que en unos días, aunque no pocos, irían olvidando este desagradable incidente y al final no sería más que un mal recuerdo. Quizás les llevase a los padres más tiempo el asimilar la muerte de su hija, pero era algo que tendrían que soportar durante el resto de su vida.

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Darkus
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Puntos: 759

Buena primera parte.

Metes en situación, y dejas un final "cerrado". Parece que estés leyendo un relato, aunque sea el primer capítulo de algo más grande. Tiene detalles muy cuidados, como los padres despidiendose de la muchacha, o la descripción de los sentimientos de quienes lo han vivido todo, al final.

Quiero más.

"Si no sangras, no hay gloria"

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Jorgito...
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Poblador desde: 02/01/2012
Puntos: 216

 Me ha gustado bastante este primer capítulo, me ha parecido a la introducción de una gran historia, y espero que así sea ^^

 Atentamente, su vecino y amigo, Batman.

 

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