Alma Oscura

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Un relato de Patapalo sobre piratas y monstruos

 

En el Caribe hay lugares más oscuros que la trastienda de Dientes Negros, lugares que han acumulado tantos pecados que ya ninguna luz brilla en ellos. Lugares que es necesario visitar para recuperar a las almas extraviadas que fueron arrojadas a los pozos del Infierno. Lugares donde sólo un condenado puede servir de guía.

 

Le llamaban Alma Oscura. Decían que tuvo que ingresar en un orfelinato después de haber vendido sus padres al Diablo. Decían que acabó siendo el director de esa misma institución tras ganarla a las cartas al padre abad. Decían que la Santa Sede le había enviado al Caribe para ver si el sol hacía mella en una vida tan oscura. Decían, en definitiva, muchas cosas que no se deberían decir de un religioso. Lo más inquietante era que, mirando aquella cara apergaminada, consumida por los vicios más siniestros, uno no podía evitar pensar que la historia correspondía al personaje.

Lucius Sang-de-fer era un asesino irredento, un hombre de una inmoralidad intachable. Sin embargo, se sentía mal en compañía de Alma Oscura. Incluso para alguien de su calaña, el monje tenía algo de obsceno, algo lúgubre. Es por ello que había hecho que su contramaestre, Carmaux LeRequin, le acompañara en aquella expedición. No había sido difícil convencerle, pues en el fondo todos tenían bastante aprecio al grumete Petit Jean Pierre.

—Solo treinta escalones más —resonó la voz de Alma Oscura por el angosto pasaje sacándolo de sus ensoñaciones.

Aquel lugar parecía sacado de la peor de las pesadillas. Nadie hubiera podido imaginar que, bajo los cimientos de la Iglesia de Santa Marta, se encontrara semejante red de catacumbas. “¿Cuánta gente ha muerto en este islote?” había preguntado después de media hora de marcha; la risa maligna de Alma Negra los había disuadido de continuar con sus indagaciones.

Una búsqueda como aquella, con semejante guía en particular, requería una gran dosis de pragmatismo, se había dicho Lucius Sang-de-fer desenfundando su pistola, y era momento de ponerlo en práctica. Así, se detuvo en seco y retiró el percutor de la llave de disparo. El crujido de esta, como había previsto, detuvo al monje.

—¿Cuándo llegaremos a nuestro destino? Estoy harto de vagar por estos subterráneos —protestó con tono exigente.

—Es la tercera vez que lo preguntas —replicó Alma Oscura con una entonación ladina y un extraño brillo en los ojos—. La tercera.

—Y es la tercera vez que me das la respuesta equivocada —lo cortó el capitán pirata con una sonrisa feroz y algo burlona.

—No te preocupes —esbozó una sonrisa todavía mayor el religioso, algo caricaturesca—. Ya hemos llegado. Solo tenéis que girar este recodo —informó al tiempo que se hacía a un lado.

Carmaux, ignorando la mofa de reverencia que les había hecho el guía y el tenso gesto de su capitán, descendió los últimos peldaños de la escalera y giró al final de la misma. Al poco se oyó el chirrido de unos goznes que no se habían utilizado en mucho tiempo.

—Lucius, creo que este es el pasaje que andábamos buscando —informó el contramaestre.

El capitán dejó de apuntar a su guía y enfundó la pistola sin amagar siquiera una disculpa. Pasó a su lado en silencio, repugnado por su simple presencia. Era un mal necesario en aquella aventura, pero un mal a fin de cuentas.

Entró en la sala que había encontrado Carmaux. Se trataba de una cripta cuyo techo abovedado casi tocaba sus cabezas. Varios sepulcros ricamente decorados compartían descanso eterno con polvo y telarañas. Algunas osamentas de ratas daban la nota de color en el gris reinante.

—Es la del abad Valero —indicó Alma Oscura casi en un susurro, como si tuviera miedo de perturbar a los que allí descansaban—. Por ella podréis acceder al Pozo de las Ánimas.

Carmaux dedicó una mirada resignada a su compañero de correrías y este se le unió refunfuñando. Juntos alzaron la pesada losa de piedra que sellaba el sepulcro, dejando al descubierto un esqueleto deslavazado que se desperdigaba por una empinada escalera negra. Con un suspiro de alivio, los piratas dejaron caer la lápida a un lado.

—Tú primero —ordenó Sang-de-fer haciendo valer su rango. Carmaux hizo una mueca disgustada antes de replicar.

—¿Y quién controla al cura? Resultaría bastante molesto que nos encerrara en el pozo.

—Demonios, Carmaux, ¿cómo va a mover la losa ese alfeñique? —se impacientó Lucius y, tomando la antorcha que habían dejado al lado de la tumba, empezó a descender por el pasadizo.

Su compañero, algo avergonzado, lo siguió, no sin antes desenvainar su espada y empuñar un pistolón. Aquel agujero no era nada acogedor. Tal vez por ello se sintieron tan estúpidos cuando la risa maquiavélica de Alma Oscura precedió al cierre del pasaje.

—Saludos a Lucifer, caballeros de fortuna —graznó el monje al tiempo que terminaba de colocar la losa de nuevo sobre la tumba.

—Vaya, yo hubiera dicho que él era Lucifer —apostilló Lucius; sin duda, se sentía responsable de la situación.

Camaux, sin hacerle caso, se aventuró a descender un poco más. Había sido una estupidez usar la lógica en una situación como aquella. Sin embargo, la razón estaba demasiado presente en su mente, era su compañera inseparable. Por ello se dijo que, si estaban condenados a quedarse en ese agujero, lo mejor sería inspeccionar el terreno de inmediato. Lo que encontraron no fue nada esperanzador.

La escalera desembocaba en una lúgubre gruta excavada en la roca. Aunque esta era inesperadamente vasta, su techumbre apenas levantaba un metro del suelo: para avanzar se verían obligados a ir casi en cuclillas. Además, un hediondo fango sulfuroso cubría todo el pavimento; en algunos rincones incluso burbujeaba.

—¡Arj! —maldijo el capitán dando una estocada al fango circundante—. ¿¡Qué demonios hemos venido a buscar aquí!?

—A Petit Jean Pierre —zanjó su retórica el tiburón, hombre poco dado a las divagaciones.

—¿¡Y estáis seguros de querer encontrarlo!? —atronó una voz en el interior de la caverna.

Los piratas se pusieron instintivamente en guardia, girando espalda contra espalda sobre sí mismos al no conseguir averiguar de dónde provenía aquella voz. Tenían los nudillos blancos en torno a las empuñaduras y los ojos desorbitados, fijos en la inmensidad de la gruta. La voz les asaltó de nuevo.

—¿¡Creéis que pagaríais el precio!?

—¡Lo destripo! —aulló Lucius Sang-de-fer, perdiendo el poco juicio que tenía al mismo tiempo que la paciencia.

Echó a correr a trompicones en una dirección, hacia dónde creía haber percibido el cavernoso eco. Sin amedrentarse por la oscuridad, ni por los gritos disuasorios de Carmaux, el pirata avanzó a grandes trancos, agachado como un carnero enloquecido, cubriéndose de cieno apestoso. Entonces, cuando menos lo esperaba, una montaña de esa repugnante sustancia se alzó frente a él.

Formaba una silueta vagamente humana, aunque mucho más recia. Sus extremidades eran como gruesos tentáculos de kraken y en su rostro imposible no había ojos ni boca, sino hendiduras profundas como la maldad humana. Riendo como un condenado, pues se sentía orgulloso de aquel ardid que había conseguido que su enemigo saliera a la superficie, Lucius le dio una salvaje estocada. Un arco de cieno regó la caverna a varios metros de distancia. Sin embargo, aquello no afectó lo más mínimo a la criatura.

Esta agarró al pirata por el rostro con uno de sus apéndices y lo derribó sin ningún esfuerzo. El sorprendido Sang-de-fer no pensó siquiera en defenderse con sus armas: las dejó caer y, rabioso de dolor, aullando como un poseso, intentó librarse de la presa con ambas manos. Todo era en vano. Carmaux pudo ver cómo la bestia avanzaba hacia él llevando a rastras a su capitán, quien pataleaba como un niño pequeño mientras se debatía entre estremecedores alaridos.

Asustado, el pirata descargó sus tres pistolas contra la criatura, una detrás de otra, pero las balas la atravesaron sin causarle el menor daño. Entonces, cuando ya estaba a pocos metros de él, la voz llenó de nuevo la caverna.

—¡Un ojo por cada visión! ¿¡Estás dispuesto a pagar el tuyo!?

La bestia alzó la extremidad con la que sujetaba el rostro del capitán Lucius Sang-de-fer y, para horror de Carmaux, lo hizo con su ojo izquierdo adherido. El globo ocular, como una joya ideada por un demente, contemplaba cómo su antiguo dueño se retorcía en el fango. Entonces, de repente, fijó su atención en el contramaestre.

Este dejó caer la espada y fue retrocediendo mientras murmuraba presa del pánico:

—No, no, no, no…

Y como si siguiera aquella letanía, la bestia se expandió en toda su envergadura para caer, acto seguido, sobre el pirata, como una gran marea negra. Al cubrirle, un alarido sobrehumano llenó la caverna. Luego, se hizo el silencio.

 

Horas más tarde, la losa que cerraba el sepulcro del abate Valero se levantaba de nuevo. No daba paso a una procesión de esqueletos en busca de su Juicio Final, sino a Carmaux LeRequin. El pirata llevaba en brazos a su capitán, Lucius Sang-de-fer. Desmayado, este sangraba profusamente por la cuenca de su ojo izquierdo; el órgano arrebatado brillaba, todavía sanguinolento, en el rostro del contramaestre.

La bestia había aceptado dejarle dos ojos, pero había decidido cuáles serían. Asimismo, había considerado conveniente cortar de raíz esa dependencia de la lógica que mostraba el pirata. Era el único modo de que pudieran encontrar a Petit Jean Pierre.

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LCS
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Puntos: 6621

Me gusta mucho la ambientación. Creo que está muy lograda la psicología de los personajes (etopeya).

Sin embargo, como también estamos aquí para criticar (positivamente, claro), me atrevería a decirte (lo siento, mi Capitán), que no me gusta el final. Para mí es demasiado explicativo. Se notan tus influencias decimonónicas, muy proclives a terminar los relatos con esa especie de apéndice explicativo que era muy útil para los lectores (u oyentes) de otras épocas. Hoy en día, el lector (u oyente) del relato es muy más inteligente y no lo necesita. Deberías intercalar esos datos finales dentro del texto, si no mostrándolos directamente, sí insinuándolos.

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 196415

Gracias por el comentario, compañero. Creo que tienes mucha razón en lo que señalas. Yo tampoco estoy muy convencido con el cierre, pero no veía otro modo de abordarlo.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Aldous Jander
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Puntos: 2167

LCS ha hecho un buen apunte, pero aun y con todo me gusta el relato. La ambientación y los personajes cogen peso desde los primeros párrafos, y con esos ingredientes es complicado que el resultado final no sea una buena historia.

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