El trovador

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Versión libre del Tannhäuser por LCS

 

Tras la caída de Jerusalén, un minnesinger, para el que podríamos utilizar el nombre de Tannhäuser, tomó la cruz y se unió al inconcebible ejército del Emperador Barbarroja que, semanas atrás, había partido de la ciudad de Maguncia con el fin de arrebatar Tierra Santa de las garras del kurdo Saladino y devolvérsela a los seguidores de la fe de Cristo.

Se trataba de un ejército tan numeroso que resultó, en todo momento, imposible de embarcar. A pesar de que atravesó media Europa a pie, nada parecía capaz de detenerlo, ni siquiera los arteros bizantinos, que pactaron en secreto con el enemigo sarraceno.

Sin embargo, después de dos victoriosas batallas, nuestro Señor, sin duda cansado ya de aquel Emperador arrogante, envió a uno de sus ángeles negros para que lo empujara del caballo, en el mismo instante en el que atravesaba el río Saleph.

Un ejército sin líder y en territorio enemigo tiende a disgregarse. Algunos, los menos, incapaces de soportar la vergüenza de no haber podido impedir que su emperador se ahogara, se suicidaron continuando con la tradición de un antiguo ritual germano. Otros prefirieron abandonar sus armas y peregrinar desnudos hasta Tierra Santa para pedir perdón a Dios. Se sentían culpables de haber pertenecido al ejército de un Emperador, que años atrás, se había atrevido a cuestionar incluso al propio Papa.

La mayoría de los soldados decidieron continuar. Nuestro Señor, como no estaba conforme, envió otro de sus ángeles negros. Esta vez para que infectara con sangre de rata muerta la comida de los soldados. Pronto, se empezaron a notar entre estos los primeros síntomas de una epidemia (fiebre, dolor de cabeza, inflamación de los bubones) y, finalmente, les alcanzó la muerte.

Los pocos que sobrevivieron a la peste continuaron adelante, a pesar del continuo hostigamiento de las flechas turcas, dirigidos por aquel minnesinger al que decidimos llamar Tannhäuser.

Nuestro Señor estaba decidido a impedírselo y envió a una de las muchachas para que, vestida solamente con una túnica de muselina, entrara descalza en la tienda de Tannhäuser y lo despertara. El minnesinger, hechizado sin duda por la mirada violácea de la muchacha, accedió a darle la mano y la acompañó hasta su castillo.

Durante semanas, Tannhäuser gozó sobre cojines adasmacados de los placeres carnales más insospechados. Durante ese mismo tiempo, y mientras esclavos desnudos les servían hidromiel en cálices de oro, compuso con un laúd sus primeras canciones de amor para la muchacha.

Una noche, mientras descansaba, Tannhäuser reconoció entre los esclavos a uno de los hombres con los que había marchado al rescate de Tierra Santa. Le faltaba una mano. Le preguntó dónde estaban los restos de aquel fabuloso ejército con el que había partido. El soldado le respondió que, poco después de su marcha, se vieron diezmados por los turcos. Los pocos que sobrevivieron fueron esclavizados y, para que nunca más volvieran a utilizar la espada, les amputaron la mano derecha con un alfanje incandescente.

Aún desnudo, Tannhäuser se arrodilló frente a él y le pidió perdón por haberles abandonado. Merecía haber seguido su suerte. Sin embargo, el soldado le dijo que él no era nadie para perdonarle, que el único que podía otorgarle el perdón era Dios.

El minnesinger pidió al soldado que se aseara y se vistiera. Juntos, esa misma noche, escaparon del castillo de la muchacha, rumbo a Roma. Aunque, apenas unas jornadas después de partir, tuvieron que sacrificar a sus caballos para alimentarse de su carne y continuar el resto del viaje mendigando a pie, Tannhäuser finalmente logró su objetivo y consiguió una entrevista con el Papa en el Salón de Recepciones.

Nada más entrar, Tannhäuser se arrodilló junto a su trono con la frente pegada al suelo y, después de relatar al heredero de Pedro sus pecados, le pidió perdón, sin atreverse ni siquiera a mirarle. Uno de los ángeles Negros de Nuestro Señor, que ejercía de consejero, susurró al oído del Papa que no debía perdonar nunca jamás a ningún otro teutón arrogante.

El Papa se levantó del trono, se acercó apoyado en su báculo a Tannhäuser y, después de pedirle que se levantara, le dijo que sus pecados eran tan graves que no le perdonaría hasta que su báculo se convirtiera en árbol.

Avergonzado, sin levantar la mirada del suelo, Tannhäuser se marchó de la Sala de Audiencias del Papá.

La mañana siguiente, en cuanto el Papa mandó buscar su báculo, uno de los criados descubrió en él unos brotes verdes que muy pronto se convirtieron en ramas. El Papá, al enterarse, ordenó que le trajeran de nuevo a Tannhäuser, pero nadie parecía tener noticias de su paradero.

Varias noches después, Nuestro Señor sonrió. Tannhäuser había vuelto a arrodillarse para pedir perdón, si bien, esta vez, a la muchacha que semanas atrás había despreciado.

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Patapalo
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Muy bueno el cierre, aunque la historia en sí se me antoja demasiado esquemática. No da tiempo de meterse en la ambientación, de paladear la intensidad de las cruzadas. Suena un poco frío todo, lo que contrasta con el cierre.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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LCS
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Ahora que, lo leo de nuevo, después de varios días reposando, creo que tienes razón. Quizá debería haber escenificado un poco más ciertos puntos. Casi parece el guión de una novela corta. Aún así, me alegra saber que, por lo menos, te ha gustado el cierre.

 

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