La isla del cofre del muerto

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Clásicos y zombis en la Isla del tesoro de la mano de Patapalo

 

¡Pasa, pasa, compañero! —rió Silver—: no te voy a comer. Y dámelo de una vez, socairero. Conozco las reglas, las conozco bien; no voy a desahogarme con el mensajero.

Envalentonado por estas palabras, el pirata se acercó con más aplomó y le pasó algo, de mano a mano, al que fuera su capitán. Acto seguido, reculó varios pasos hasta el abrigo de sus camaradas.

El antiguo cocinero echó un vistazo a lo que le habían entregado.

¡La marca negra! Como imaginaba —comentó—. ¿De dónde demonios habéis sacado el papel? Oh, vaya, vaya. Ya veo. Mira esto. No va a traer nada bueno. Lo habéis arrancado de una Biblia. ¿Qué especie de imbécil rompe una Biblia?

Ah, ¿veis? —intervino Morgan—. ¿Veis? ¿Qué os había dicho? Nada bueno nos va a traer, eso fue lo que dije. ¿Y ahora?

Bien, pues ahora os va a tocar arreglarlo, entre vosotros —repuso Silver—. Estáis todos en el ajo, no lo olvidéis. ¿Qué cabeza hueca tenía una Biblia?

Dick, Dick la tenía.

¿Dick? ¿Dick la tenía? Pues ya puede ponerse a rezar, Dick: se ha acabado su suerte.

En ese momento, un hombre de ojos amarillentos salió al paso diciendo:

Corta ese rollo, John Silver. La tripulación en pleno te ha dado la marca negra, asumiendo su responsabilidad; ahora dale la vuelta tú, asumiendo la tuya, y lee lo que está escrito. Luego podrás hablar todo lo que quieras.

Gracias, George. Tú siempre con la cabeza en su sitio y las reglas bien grabadas en la lengua. A ver... "Depuesto". Oh, es una caligrafía muy bonita. ¿Lo has escrito tú, George? No bromeo: está muy bien escrito. "Depuesto". ¿Serás tú el próximo capitán, George? ¿Es eso?

Ya vale, Silver. Eres un tipo muy divertido, pero tu momento ha pasado. Es hora de que te bajes de barril y acates lo que se ha decidido.

Sí, ahora mismo firmo, pero necesito que me eches una mano. La tinta está seca y el cálamo... ¡Bah, da igual! Firmaré con mi propia sangre. Qué puede importar ya ¡si habéis arrancado un trozo de Biblia!

Un silencio sepulcral se hizo en la choza. Aquellos hombres habían surcado los siete mares, rebanado pescuezos, desafiado a las tormentas, servido a las órdenes del terrible pirata Flint, luchado como leones y saqueado como chacales. Habían seguido a John el Largo y sus locos planes hasta aquella isla remota, y apenas habían gruñido las quejas habituales. Pero, aun así, había barreras que no se atreverían a cruzar: eran hombres supersticiosos.

Silver... —empezó uno de ellos, pero el viejo bucanero lo cortó:

¿Qué? ¿Qué queréis ahora? ¿Que os saque del lío en el que os habéis metido? ¡Ja! Preguntad a vuestro nuevo capitán, y no a mí, escoria portuaria. O mejor —añadió con un deje siniestro— consultad al resto del equipaje. Parece que Israel Hands también quiere participar en este motín.

Movidos por una fuerza superior, todos volvieron la vista hacia el exterior de la cabaña. Ahí, más allá de la endeble empalizada que había soportado sus propios envites días atrás, cuando asediaban al capitán Smollet y sus leales, las tambaleantes figuras de sus antiguos compañeros de armas se acercaban con pasos inciertos. Sí, parecía que el resto del equipaje deseaba unirse a la asamblea. Y ni la propia muerte iba a poner freno a sus deseos.

¿Y bien, caballeros de fortuna? ¿Se os ha comido la lengua el gato?

¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho! —graznó entonces su loro, sobresaltando a los presentes.

Silver rió inmisericorde. Tenía a aquellos hombres en un puño, y no iba a soltar la presa.

Parece que el capitán Flint tiene las cosas más claras que vosotros —dijo y, amartillando una pistola, añadió—: pues habéis de saber que prefiero seguir sus consejos que quedarme a vuestras órdenes, camaradas.

En respuesta al desafío tácito, Morgan escupió en el suelo, justo delante de George, y se alejó del grupo. Dos simples pasos y había tomado una posición muy significativa al lado de John el Largo.

Al infierno todo —masculló retirando el percutor de las pistolas que, sujetas por una faja de seda, colgaban a ambos lados de su cuello—. Al infierno todos y las malditas marcas negras.

Poco a poco, otros piratas se fueron acercando al cojo. Los sables eran desenvainados y una sombría determinación se pintaba en aquellos rostros patibularios. En el olor de la pólvora se adivinaba ya el de la sangre, pero no el de una sangre cualquiera, sino el de una sangre podrida y muerta como los sargazos que anidan en las profundidades abisales.

Al final, el propio George Red se unió al grupo musitando un dolido: "Aye, Silver". De algún modo, aquella fiera reconciliación había devuelto las fuerzas a los piratas, que empuñaban con mayor seguridad sus armas. Una mezcla de camaradería y valor inusitado flotaban en el ambiente, tal vez la ebria determinación del que no encuentra otra salida, y el propio Jim se sintió imbuido por la misma. No obstante, cuando se iba a unir a los hombres, que empezaban a salir de la choza rumbo a la empalizada, Long John lo retuvo con su manaza. "No, chico", le dijeron mudos sus diabólicos y vivaces ojos: "ese no es nuestro camino."

El muchacho no pudo resistirse al influjo del viejo truhán. Ya no podía albergar duda alguna de su oscuro pasado, ni de sus reprobables intenciones, pero un magnetismo irresistible lo impulsaba, una vez más, a seguir sus pasos desequilibrados. Como si el diablo cojuelo en persona fuera, Silver lo guió por la jungla, en dirección contraria a la lucha. Atrás quedaban los disparos, los gritos, el entrechocar del acero contra el hueso y la carne putrefacta, los graznidos del capitán Flint.

Al final, ese viejo canalla ha decidido quedarse —creyó oír Jim—. Habrá decidido luchar su última batalla después de tanto tiempo... —añadió como si no distinguiera al loro de su homónimo.

El muchacho no encontró el significado de sus palabras, ni tampoco vio la lágrima que, fugaz, recorría el rostro curtido del viejo canalla.

Dentro de poco, grumete, toda esta pesadilla habrá terminado —rugió como la galerna cuando amenaza hundir el mundo—. Pronto, muy pronto. Y entonces ningún mar nos parecerá lo bastante profundo —concluyó con un hilo de voz.

Con aquel Virgilio, el abrazo de la jungla resultaba todavía más siniestro. Las sombras de los árboles, crecidas en la macabra concatenación de desatinos de aquel día infausto, dejaban un inquietante sendero que parecía conducir al corazón mismo de la isla, un corazón en el que latían pasiones demasiado sórdidas incluso para un chiquillo criado en una taberna. Jim deseó con todas sus fuerzas no encontrarse allí, no haber abierto nunca el baúl de Billy Bones, no haberse embarcado. Deseó incluso la piadosa tenaza de las manos de Perro Negro en torno a su garganta, pero no obtuvo siquiera esa macabra merced. Bien al contrario, continuó su sumisa marcha tras Long John hasta un claro en el que despuntaba, una escultura de sarmentosos huesos de madera, la impresionante figura del árbol del ahorcado.

Aquí es —sonrió con suficiencia el pirata a pesar del agujero que, como una muda fosa, se abría a sus pies—. Aquí enterró Flint su tesoro.

Alguien se lo ha llevado —dijo el muchacho, o el viento. Y Silver acentuó su sonrisa.

Claro. Pero los muertos nos dirán a dónde se lo han llevado.

Su muleta señaló hacia un recodo, ahí donde comenzaba de nuevo la selva, allí donde se agitaban unas hojas. Y Jim vislumbró algo entre la espesura, algo que no era la caricia de la brisa marina, ni las sacudidas de un animal hozando entre los arbustos. Algo que sonaba a hueso, negrura y piratería, a muerte y sedición. Algo que no era la jolly roger.

Vamos. No querrás que la noche nos sorprenda vagando por esta isla del demonio, ¿no?

Sin emitir protesta alguna, como sonámbulo, el muchacho siguió al cojo. En pocas zancadas, se situaron frente al esqueleto que, testarudo e incapaz, se empecinaba en arrastrarse hacia un lugar indeterminado entre las rocas. Silver sonrió al verle tremolando como una vela mal apagada.

Aun sin una libra de carne en su maldita carcasa, Rob el Manco no pierde la fe ni la esperanza, ¿eh, chico? —Jim miró con aprensión el garfio oxidado que, a pocos metros de la osamenta, parecía contemplar con resignación los denodados esfuerzos de su dueño por avanzar en una carrera largo tiempo atrás perdida—. Siempre fue un buen compañero y, ya lo ves, aquí sigue prestándonos un último gran servicio: solo tenemos que seguir sus indicaciones, ¿no te parece?

Y las siguieron, cada vez más sumergidos en las sombras, más hundidos en las entrañas de la maldición, adentrándose, sin una brizna de cordura para recordárselo, en la boca de un lobo descarnado y cadavérico. Caminaron con paso firme bajo el dosel de la jungla, sortearon con habilidad las traicioneras rocas del acantilado, dejaron que el corrompido séptimo mar lamiese sus pies e hicieron crujir, por fin, la gravilla que tapizaba aquella gruta olvidada en los farallones de una isla perdida. Atrás quedaban meses de navegación y una hilera de esqueletos dolientes como macabra señalética del mapa del tesoro.

Entonces, Silver se detuvo.

¿Lo oyes? —preguntó con una mano tendida con afectación teatral hacia su oreja. Jim negó con la cabeza: solo el batir de las olas y el susurro de las hojas mecidas por la brisa. ¿De qué hablaba Long John?—. Tienes razón, muchacho: no se oye, y eso quiere decir que todo ha terminado allá atrás —rió—. Los muertos son silenciosos.

»Y cada vez queda menos.»

Pálido, como si efectivamente quedase mucho menos, Jim siguió al caballero de fortuna al interior de la gruta. Entre sus muros irregulares el mar resonaba con ecos de tempestad. Y, en el fondo, un secreto brillaba como los campos de trigo que se extienden en los sueños de los labradores.

Oro —tembló una palabra en los labios de Long John mientras chapoteaba, cada vez más rápido, hacia el fondo de la caverna—. ¡Oro! ¡Oro, muchacho! ¡¡Oro!!

Jim contempló, absorto, cómo el viejo bucanero, con un agilidad endiablada, usaba su muleta a modo de pértiga para avanzar más rápido hacia la montaña de doblones y joyas que se desparramaba entre rocas cubiertas de algas y cangrejos.

¡Oro, Jim! ¡Hemos encontrado el tesoro! ¡El tesoro de Flint! ¡Es nuestro! ¡¡Nuestro!!

El muchacho se sentó, despacio, muy despacio, sobre una roca que sobresalía del mar. Con los codos en las rodillas, y el rostro enterrado entre las manos, una cuestión escapó de su boca.

¿Cómo...? —Silver se volvió, apenas un instante, quizás intrigado por aquel sonido—. ¿Cómo haremos?

¿Cómo haremos qué? —replicó desabrido, como si lo indignase la pregunta por su estulticia.

Pero Jim ya no lo escuchaba. Sus ojos, que se habían habituado a la penumbra de la cueva, habían captado un movimiento furtivo... y humano. En un rincón, tras un conjunto de rocas afiladas, una harapienta silueta humana se resguardaba de la presencia de los intrusos. Unos jirones de cuero oscuro, el destello de una barba encanecida y larga en exceso, unos pasos inciertos, ni simiescos ni felinos, sino un torpe híbrido... Sí, se trataba de un hombre, de eso no había duda pero ¿de qué clase de hombre?

Silver...

De un hombre muerto.

¡Silver! —llamó con más urgencia el joven Jim Hawkins.

El vigilante de la caverna estaba superando su timidez y se acercaba, como una bestia al acecho, a donde se encontraba el muchacho. El charco de agua de mar no lo detendría.

Ben —dijo entonces Long John reparando en el anfitrión—. Ben Gunn —dejó caer como si las palabras le pesasen como una losa en el alma—. Por los clavos de Cristo, ¡no tienes buen aspecto, viejo truhán! —estalló en una obscena carcajada.

Y bien es cierto que no lo tenía: bajo su melena mohosa y su barba cubierta de algas, Ben Gunn era poco más que un cadáver macilento. Su mera visión causaba espanto. Era como el mensajero de la peste, una carroña que se tenía en pie por las artes del Maligno y que apestaba a corrupción y muerte. Su carne violácea y su piel estragada por rasguños y pústulas daba ganas de vomitar, pero de la boca descastada de Long John Silver salían únicamente risotadas, dementes e impropias risotadas que llenaron la caverna hasta que Jim las atajó quebrándolas con dos disparos.

Con las pistolas humeando en sus manos, contempló cómo el viejo cadáver se desplomaba: le había roto ambas piernas.

Aunque eso no le impedía arrastrarse con sus sanguinolentas manos hacia donde se encontraba.

Ni siquiera el azote de las olas parecía capaz de poner freno a su sobrenatural ansia.

¿Cómo haremos? —repitió su cuestión Jim, esta vez con mayor aplomo, aprovechando el silencio en el que se mantenía su guía.

¿Cómo haremos qué? —insistió este a su vez, mirándolo con el desafío pintado en la mirada y una sonrisa sardónica dibujada en los labios.

Jim cerró los ojos, hastiado, asustado y confuso. ¿Era un nuevo tormento que añadir a los que habían sufrido hasta aquel aciago momento? ¿Cuántos más tendría que padecer? ¿No había sido suficiente contemplar el final del doctor, de Smollet y los pocos hombres de bien que se habían embarcado en la maldita Hispaniola?

Con los muertos —aclaró como si esas palabras tuvieran todavía algún sentido. ¿Los muertos?, trinó una voz en su cabeza. Los muertos no se mueven, Jim. Como tu bendito padre, que en paz descanse.

Como un autómata, introdujo un nuevo proyectil en sus pistolas, y las cebó con una buena ración de pólvora. Apretaba los dientes. Sin saberlo, apretaba los dientes.

Con los muertos, Silver —le espetó, quieto sobre la lengua de mar, a escasos pasos de Ben Gunn—. ¿Cómo haremos con los muertos, Silver? —repitió.

Los muertos, señor Hawkins —respondió por fin el corsario, que se había arrodillado entre las monedas de oro y las contemplaba con ojos desorbitados— tendrán también su parte.

Silver... —la voz le temblaba, como temblaban las pistolas en sus manos.

Es la ley. La ley de a bordo. —Jim sintió un escalofrío juguetear con su espinazo, vertebra tras vértebra, con sus dedos de escarcha. Al fondo, no muy lejos, un chapoteo—. La ley de a bordo, sí: una parte para cada hombre, dos para el capitán...

Estaban llegando. Ismael Hands asomaba por la boca de la caverna, su sonrisa sardónica congelada en un rictus cadavérico, sosteniendo entre sus manos el brazo amputado de algún pirata.

... y media para los grumetes —terminó Long John antes de abandonarse a un nuevo ataque de risa.

Silver, por favor —suplicó Jim retrocediendo hacia el fondo de la cueva, pero el que hubiera jugado a ser su mentor no parecía compartir en absoluto su angustia. Con pasos ebrios, bailoteaba en torno al tesoro del capitán Flint canturreando quince hombres sobre el cofre del muerto... ¡yo-ho-ho! y la botella de ron.

Silver, hemos de salir de aquí. Ahora.

¿Salir de aquí? —el viejo marinero cojo se volvió hacia el muchacho. En su mano libre llevaba un puñado de doblones de oro, que sujetaba con febril pasión—. ¿Salir de aquí? ¡No! No. Tenemos que dar su parte a estos caballeros de fortuna, ¿no crees? —declaró cubriendo con un ademán de su brazo a la caterva de piratas mutilados que, con la muerte velando sus pasos, se acercaban con torpeza y hambre infinita—. Además, ¿por qué renunciar ahora, que tenemos por fin el merecido botín —exclamó metiendo un puñado de monedas en la boca de Ben Gunn— ¡a la mismísima eternidad!?

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LCS
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Muy interesante, el experimento.

Para entenderlo bie, es necesario haber leído la Isla del Tesoro. Supongo que todo el mundo lo habrá leído, así que no habrá mayor problema.

 Está claro que te ha dado por los piratas. 

¿Es el relato que mandaste al Calabazas? 

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Patapalo
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No, este lo mandé a Clásicos y zombis, de Horror Hispano, pero tampoco cuajó. Gracias por el comentario, compañero.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Poblador desde: 31/05/2011
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Me ha gustado mucho, aunque si no se ha leído antes “La isla del tesoro”… seguramente no sería lo mismo.  

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Puntos: 584

Impecablemente bien escrito, nos narras una historia paralela a la novela de R. L. Stevenson. Muy adecuada y sublime con algunos toques geniales que denotan tu buen hacer en este dificil oficio. Más detalles sobre esos muertos no le hubieran venido mal, aunque como te digo, la historia me parece magnífica. Me gustó y se lee cómodamente y del tirón.

 La de "Tres flechas de hueso" en "Descubriendo nuevos mundos II" es tuya, o eres otro Juan? Me pareció ver pàralelismos, aunque puedo haberlos soñado.

Genial historia..., me llenas de sana envidia, amigo.Ooooh

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sharkbook dijo:

 La de "Tres flechas de hueso" en "Descubriendo nuevos mundos II" es tuya, o eres otro Juan? Me pareció ver pàralelismos, aunque puedo haberlos soñado.

Es mía, es mía Risa Muchas gracias por los comentarios. Viene de lujo ver pareceres sobre lo que se escribe, y ya si te recuerdan de otros proyectos, ni te cuento. Muchas gracias.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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 Pues, amigo mío, espero poder leer más cosas salidas  de tu mente. Ha sido un honor poder aparecer con un relato mío al lado del tuyo ( en el de Descubriendo nuevos mundos II). Se te ve madera, colega y se nota que esto te viene de lejos. Lo dicho, a partir de ahora tengo otro referente. Pero no te lo creas mucho... por eso de no relajarte.   Guiño

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sharkbook dijo:

 Pues, amigo mío, espero poder leer más cosas salidas  de tu mente. Ha sido un honor poder aparecer con un relato mío al lado del tuyo ( en el de Descubriendo nuevos mundos II). Se te ve madera, colega y se nota que esto te viene de lejos. Lo dicho, a partir de ahora tengo otro referente. Pero no te lo creas mucho... por eso de no relajarte.   Guiño

Risa cachonda Lo intentaré.

A ver si me puedo leer en breves Descubriendo nuevos mundos II, que la tengo en la mesilla desde la Hispacón y no le he podido hincar el diente.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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