El ataúd profanado

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Un relato de FAGLAND para Día de difuntos

 

—Ha traído usted unas flores muy bonitas.

Esto fue lo único que el anciano se atrevió a decirle. Llevaba demasiado tiempo en la misma situación y nunca encontraba a nadie con quien conversar; hasta un extraño le resultaba más interesante que sus fríos vecinos y la clientela de los bares que frecuentaba.

—Sí, aunque tú has sido mucho más generoso que yo.

—Bueno, llevo muchos años viniendo a este lugar, sé dónde buscar y un poco más de dinero no va a ninguna parte, ¿no le parece?

—Así es, ¿era tu esposa?

—Murió hace quince años, una mujer admirable. Estuvimos veinte años casados y fuimos muy felices, pero no voy a aburrirle con mi historia.

—No me aburres. Mi amigo Jon murió el año pasado y desde entonces no pasa un día sin que me acuerde de él. Es una sensación muy desagradable pensar que tantos buenos momentos se perdieron para siempre.

El joven no estaba acostumbrado a la muerte, esta primera experiencia le había vuelto amargado y apático. Su carácter era ya de por sí melancólico e introspectivo, pero ahora se pasaba días enteros bordeando la depresión.

—No se han perdido, todos no. Su amigo estará en un lugar mejor. Se reunirán más tarde o más temprano, como haré yo con María —hizo una pausa—. Es extraño, el día de los difuntos siento como si pudiera hablar con ella, sé que me está esperando.

—No te ofendas, pero yo no creo en esas cosas. No quiero quitarte la esperanza o cuestionar tu fe, pero la muerte es el punto final: no hay nada más.

—Lamento que piense así. ¿Va a quedarse mucho tiempo? ¿Le apetece tomar una copa?

—Me voy ya. No soporto estar aquí más de diez minutos, es un lugar tan lúgubre.

—Tiene razón, el silencio es opresivo y ni un día despejado como el de hoy borra todas las sombras.

—Quizá nos volvamos a ver, adiós.

—Sí. Quizá…

Pasó otro largo año antes de que Aitor regresara al cementerio, el psicólogo le había recomendado abstraerse, evitar cualquier recuerdo doloroso; pero en una fecha tan señalada se sentía obligado a volver. No era católico, podría ir cualquier otro día; aunque le parecía injusto que la tumba de su amigo permaneciese vacía cuando todas las demás se llenaban de flores y seres queridos. Tenía que hacer acto de presencia.

El Sol acababa de desperezarse cuando llegó al nicho y vio a dos personas conversando. Las reconoció a la primera: eran el anciano y el guarda de seguridad que había conocido el anterior día de los difuntos. Se quedó rígido al llegar a su altura y ver el nicho de su amigo vacío, la lápida caída y la tierra revuelta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó incrédulo, casi sin habla.

—Lo lamento mucho, alguien ha profanado la tumba de su amigo Jon- dijo el anciano con la mirada baja.

—¿Conoces a la familia?

—No, no tenía a nadie.

—¿Quién se hizo cargo de los gastos? —insistió el guarda.

—Yo pagué el entierro… y el ataúd.

—Bueno, unos gamberros debieron entrar y llevarse el cuerpo. Desde que estoy aquí nunca había sucedido, lo siento. ¿Cómo te llamas?

—Soy Aitor. ¿qué se puede hacer? —titubeó—. ¿Debo llamar a la policía?

—Denuncia el robo del cadáver. Seguramente lo encontrarán, los gamberros lo dejarán tirado en cualquier sitio. Comprenderán en seguida que lo que han hecho no es divertido.

—¿Eso es todo? Se supone que es el encargado de la seguridad. ¿Nadie ha visto nada? —intervino el anciano.

—No, es imposible tener esto vigilado las 24 horas, nunca fue necesario.

—¿No hay ninguna pista?

—Pudo ser cualquiera, no hay forma de seguir el rastro.

No había mucho más que hablar y el joven aún no había reaccionado. El anciano se lo llevó a una cafetería cercana donde le sacó un trago largo. Enfrente podía ver tristeza y una furia que iba aumentando progresivamente.

—Esos desalmados no deberían quedar impunes. Seguro que la policía hace algo al respecto, no se preocupe.

—Llámame de tú, estoy harto de formalidades —apuró la copa—. ¡Maldita sea! No puedes fiarte de nadie.

—Te acompañaré a poner la denuncia, el tiempo es importante.

El agente les escuchó mientras aporreaba torpemente la máquina de escribir. Fingía interés, aunque una sola mirada bastaba para saber que no haría nada al respecto. Los robos de objetos valiosos eran comunes en los cementerios, en esos casos solían tomar cartas en el asunto; los cadáveres eran cosa de poca monta. Ni siquiera se pasaría nadie ha echar un vistazo, había delitos mucho más importantes.

—¿Qué piensas hacer?

—Buscaré a esos desgraciados, este sitio no es muy grande. Alguien tiene que saber algo.

—Sí, merece la pena intentarlo.

—Ya, espero verte cuando todo se haya solucionado.

—No voy a irme, te ayudaré.

—¿Por qué?

—Bueno, esos gamberros podían haber elegido a María, no puedo quedarme sin hacer nada.

—No trató de discutir con él. No era buen momento para estar solo, ni siquiera pensaba con claridad.

El firme era de cemento y no había quedado ninguna huella; el cementerio estaba cerrado por la noche, pero nadie había forzado la entrada. Cualquiera podía colarse con facilidad, lo raro era imaginar cómo unos gamberros podían haber sacado el cuerpo. Demasiado farragoso para un acto impulsivo; podría haber sido planeado, quizá fuera una especie de reto o opuesta que llegó demasiado lejos.

La suerte les sonrió cuando interrogaron a los comerciantes y vecinos del barrio. Una furgoneta oscura llevaba un par de días dando vueltas por los alrededores, había aparcado cerca del cementerio la noche en cuestión. Los vecinos eran muy curiosos y los comerciantes de la zona estaban atentos a cualquier novedad, la exclusiva de un buen chismorreo beneficiaba al negocio.

La camarera de un bar cercano recordaba a los propietarios del vehículo: eran dos jóvenes bastante desagradables y completamente borrachos. Uno de ellos había intentado ligar con ella de forma brusca y maleducada. Lo rechazó varias veces, cada vez más disgustada. Los dos tipos eran unos indeseables, aunque uno parecía un poco más listo y evito males mayores llevándose a su amigo a empujones. Habría olvidado lo sucedido si el joven descarado no hubiese llamado a su bar para insultarla y contarle obscenidades.

Cuando le dijeron por qué les buscaban, ella se esforzó en recordar los detalles. Le habían propuesto acompañarles a una casa rural que habían alquilado, decían estar pasando las vacaciones de aquí para allá.

Deseosa de ayudar, les ofreció la factura del teléfono. No había más que un par de números que coincidían con la fecha: eran dos móviles, tenía que ser uno de ellos.

—¿Vas a llamar?

—No lo sé —contestó Aitor—. ¿Qué les digo? ¿Por quién pregunto?

—Dejémoslo para mañana, ha sido un día duro.

—Puede que mañana ya se hayan ido.

—Es demasiado tarde para intentar nada, tenemos que reflexionar.

—Sí, no me siento bien —admitió—. Trataré de pensar algo esta noche.

—¿Nos vemos a las ocho en el bar?

—Aquí estaré.

La mañana llegó muy deprisa, el cielo amaneció gris y cayó una lluvia fina. Aitor llegó el último, pero había adelantado trabajo antes de la cita.

—Hay cuatro casas rurales en las proximidades, todas ellas están ocupadas. No podemos descartar ninguna, pero la más cercana quedará libre a primera hora de la tarde. Debemos empezar por ahí.

—Podemos avisar a las autoridades.

—No harían caso o lo estropearían todo, ¿es que no les oíste? Voy a llamar para asegurarme de que son ellos, y después iré a enfrentarme a esos vándalos.

—¿Y qué les vas a decir?

—Limítate a escuchar.

Acertó con el número a la primera, una voz ronca le contestó con tono molesto. Aitor no podía ocultar la tensión del momento.

—Llamaba para recordarles que deben desalojar la casa antes de las cinco.

—Ya lo sabemos. ¿La vieja no se atreve a llamar? ¿Quién eres tú, su hijo?

—Soy un amigo de la familia. Nos pasaremos a eso de las doce para comprobar que no ha habido desperfectos.

—Como quieras, ahora déjame en paz.

El anciano lo había oído todo y no daba crédito a la eficacia que habían demostrado; quizá fuera pura suerte. No tenía claro qué debía hacerse en aquella situación, pero sabía que el joven había asumido el liderazgo. No podría frenarle de ninguna manera.

—Voy a ir allí ahora mismo. Me enfrentaré a esos sinvergüenzas.

—Llamemos a la policía con cualquier excusa, una vez allí tendrán que colaborar. Es lo más sensato y lo sabes.

—Cuando estemos allí, llamaremos. ¿Vamos en tu coche?

—Sí, será mejor que conduzca yo.

Realizaron el viaje en silencio, ambos estaban completamente ensimismados, pensando en las opciones que tenían ante una situación completamente nueva. El ruido del motor se mezcló con el quejido de la suspensión en su avance montaña arriba. La carretera serpenteaba interminablemente rodeada de una bruma matutina que parecía no querer irse nunca.

Abandonaron el coche al lado del camino cuando tuvieron la casa a la vista. Aún quedaba lejos, pero no querían ser delatados por el traqueteo del viejo BMW. Aitor encabezó la marcha con paso acelerado, estaba demasiado ansioso, su estado no podía traer nada bueno.

Se detuvieron cuando estaban lo bastante cerca como para distinguir luz en la casa y ver la furgoneta negra aparcada al lado de la puerta. No se habían tomado la molestia de esconderla, ¿para qué?

—Ya no hay duda, puedes llamar al 911.

—De acuerdo —asintió el anciano.

Se agitó inquieto mientras marcaba el número. Trató de parecer convincente, no tenía que actuar para parecer nervioso.

—¿Es la policía? Es una urgencia. Estoy oyendo un altercado muy fuerte en la casa rural del monte Urrieta, al final de la carretera. Parece una pelea muy seria… tienen que venir cuanto antes- Esperó- Yo soy Alfredo, venía a visitar a los inquilinos, pero no me atrevo a entrar-Escuchó un instante- Sí, esperaré aquí, no tarden, por favor- Se dirigió a su amigo- Llegarán enseguida.

—Bien, voy a acercarme a la furgoneta, puede que el cuerpo siga ahí.

—No te arriesgues, no hay necesidad.

—No tengo miedo de unos gamberros.

Alcanzó la vieja Volkswagen y trató de abrirla. No tuvo suerte. Trató de mirar dentro, pero no se veía nada a través de la ventanilla. El anciano se encogía a su lado sin apartar los ojos de la casa. La silueta de uno de los dos hombres se recortaba en la ventana, estaba de pie y hacía gestos dirigiéndose al otro misterioso ocupante.

Aitor se arriesgó aún más, avanzó con paso suave hasta pegarse a la ventana. Distinguió voces y aguzó el oído hasta que el rumor se convirtió en una conversación más o menos inteligible. Alfredo observó desde la furgoneta, incapaz de decidir su próximo movimiento. Su amigo estaba siendo demasiado temerario. ¿Cómo podían reaccionar aquellos desalmados?

Dentro de la casa, un joven de complexión fuerte y rostro desagradable daba órdenes con cierta desgana y un ligero tono de reproche. Parecía haber pasado la noche en vela, aunque se intuía en él un brillo de satisfacción.

—Vamos, Jorge… no has limpiado bien las marcas, y no has empaquetado las velas.

—¿Para qué tanta molestia?

—Ya sé que parece inútil, pero han insistido en que seamos cuidadosos.

—Pues si quieres ser tan cuidadoso podrías echar una mano. ¿Por qué esa prisa? Todavía no son ni las once.

—Podrían venir antes. Además, ya me he cansado de esta chabola.

—Yo también, pero estoy destrozado. Ese estúpido me ha despertado cuando acababa de dormirme. Deberíamos darle su merecido, podríamos esperar aquí y reventarle la cabeza.

—¡No digas bobadas! Aparecerá la vieja y no me gusta matar ancianos, me deprime.

Lo que Aitor entendió fue suficiente para acabar de alarmarle. No estaba espiando a dos gamberros, sino a auténticos criminales. Acabó por convencerse de que tenía que actuar, no quedaba tiempo.

Se acercó a hablar con el anciano tan nervioso como jamás había estado, pero no se mostró dubitativo sino férreamente resuelto.

—Les he oído, van a marcharse. La policía no llegará a tiempo.

—Tenemos la matrícula, no llegarán lejos.

—No pienso perder esta oportunidad, nadie los detendrá. No tenemos nada contra ellos, estarán seguros.

—Está bien, los seguiremos.

—No, se nos escaparían, o se darían cuenta de que les siguen. Voy a detenerlos. Vuelve al coche y huye si algo va mal.

El anciano le miró a los ojos y tragó saliva, se identificaba completamente con el joven, aunque no iba a admitirlo.

—Me quedaré a tu lado.

—Son más peligrosos de lo que creía, quizá sean asesinos. Les he oído, no dudarán en matarnos.

—¿Y vas a arriesgarlo todo por el cuerpo de tu amigo? Ni siquiera crees en la otra vida, para ti lo que queda de Jon es sólo un cadáver. Puede que lo hayan abandonado, ni siquiera lo encontrarás. ¿Merece la pena?

—Da igual, voy a enfrentarme a ellos, no tengo ningún miedo.

—No… yo tampoco. Que sea lo que Dios quiera.

—No puedes ayudarme, vete al coche.

—No lo haré. ¿Qué tengo yo que perder? A mí ya no me queda nada y puedo defenderme, practiqué defensa personal durante años, aún me quedan fuerzas.

—Es extraño, ni siquiera te pregunté tu nombre. Lo acabo de oír cuando hablaste por teléfono.

—Bueno, estamos perdiendo el tiempo, ¿qué vamos a hacer?

—Esperaremos a que carguen la furgoneta y saldremos. Déjame hablar a mí.

Pasó una eternidad antes de que los dos ocupantes de la casa salieran con los primeros bultos. La idea era esperar a que sacaran el cadáver, pero no parecían hacerlo nunca y la ira embargó a Aitor de tal modo que salió de su escondite movido por un impulso incontrolable.

El anciano le siguió con el pulso acelerado y un inesperado vigor fluyendo por su cuerpo. No recordaba la última vez que se había enfrentado a alguien, debió ser en una de esas ridículas clases, hace tanto tiempo.

Los jóvenes tenían muy mal aspecto, eran del tipo que no duda en dar una paliza. Alfredo era bueno juzgando a la gente, su primera impresión solía ser acertada. “Quizá vayan armados, no ha sido buena idea” pensó, pero la suerte estaba echada.

—¿Dónde está el cadáver? —preguntó Aitor, las palabras habían surgido como un exabrupto.

—¡Joder! —dijo el de la voz ronca—. No sé quién eres, pero te has metido en un buen lío. No vas a salir vivo de aquí.

—¡Contesta!

—No hay ningún cadáver —intervino el otro indeseable—: ahora es mucho más que eso. Te has metido en medio de algo muy gordo, tío. Y está a punto de explotarte en la cabeza.

Los dos ladrones fueron hacia ellos sin más preámbulos. Uno sacó una navaja, el otro parecía confiar en sus puños desnudos. Había escasos metros entre ellos, Aitor vio que era el momento y sacó su pistola. Era un arma pequeña, pero más que suficiente para acabar con aquellos maleantes.

—Un paso más y estáis muertos —dijo.

Alfredo no daba crédito a lo que veía, el joven estaba armado. ¿Había pensado matarlos? ¿Era esa su idea? ¿Acaso le había juzgado mal? Parecía buena persona, no de la clase que lleva un arma.

Los ladrones se detuvieron, estaban en desventaja, aunque no creían que se atreviera a disparar.

—¿Dónde está el cadáver?

—¿Quieres verlo? —preguntó el joven ojeroso mientras miraba a Aitor atentamente. Sin esperar respuesta, comenzó a pronunciar unas palabras extrañas, en voy muy alta.

—¡Cállate! —gritó Aitor cada vez más enfurecido, pero el otro había terminado.

—Cálmate. Yo les ataré y después entraremos —se ofreció el anciano.

No hubo tiempo, la puerta se abrió de golpe y una figura salió tranquilamente, como si nada hubiera sucedido. Tenía los ojos verdes y el pelo moreno. La ropa le quedaba grande y su expresión era enigmática.

Aitor palideció como si no le circulara la sangre, la pistola se agitó en su mano temblorosa. Todas sus ideas se venían abajo. Aquello era imposible, grotesco, obsceno. En frente estaba su amigo, caminando como si los dos últimos años no hubieran pasado.

—Desármale —ordenó el hombre de la navaja dejando entrever una tensa sonrisa.

—Como quieras —contestó el difunto con una indiferencia absurda.

Se dirigió hacia Aitor y éste le apuntó. Tenía que agarrar el arma con las dos manos, le temblaba todo el cuerpo y el sudor le empapaba la camisa. El anciano se sentía tan confuso como su amigo, estaba paralizado.

En un momento, los dos maleantes se echaron encima del viejo y éste reaccionó para salvar la vida. Un atacante intentó apuñalarle, pero apresó su brazo con las dos manos, lo empujó hacia él e hincó su rodilla en el estómago. Habría podido desarmarle, peleaba por instinto, como en un sueño. Un terrible golpe del segundo hombre le hizo aflojar su presa. La sangre manó de su cuero cabelludo y se le metió en los ojos. Se echó hacia atrás, tambaleándose como un borracho.

El tiempo se había detenido para Aitor; delante de él había un completo desconocido, un extraño con el aspecto de su amigo. Si no le detenía iban a morir, Alfredo y él; no había duda. Ni siquiera trató de hablar, porque la mirada del muerto lo decía todo, iba a cumplir las órdenes.

Si sobrevivía, aquel momento turbaría sus sueños para siempre, pero cerró los ojos y disparó porque era lo que había que hacer. Tres balas acribillaron el cuerpo reanimado, pero seguía avanzando, con el rostro agónico y la misma resolución siniestra.

Tenía que apuntar, enfrentarse a él. Estaba mareado, el terror era demasiado fuerte, apenas controlaba las náuseas, estaba loco y tenía demasiado miedo. La bala entró por la frente y perforó el cerebro. El tiro fue a quemarropa y la sangre le empapó el rostro; el cadáver cayó y permaneció inmóvil.

Se giró y vio al anciano con un cuchillo clavado en las costillas y sus dos atacantes golpeándolo salvajemente, ¡cómo se resistía! Disparó con cuidado y alcanzó a uno de los hombres en la espalda. Se dieron la vuelta y vieron lo sucedido, sabían que estaban perdidos y huyeron penosamente.

Aitor trató de matarlos; no le quedaban balas y los otros alcanzaron la furgoneta. Se marcharon agradeciendo su suerte y sin darse cuenta de la verdadera situación. La pareja que les observaba no estaba en condiciones de ofrecer resistencia: la pistola estaba vacía, el viejo estaba cubierto de sangre.

—Dios santo… es lo más horrible que he visto nunca.

—Te llevaré al hospital, saldremos de ésta.

No supo cómo, pero consiguió conducir hasta la puerta de entrada. Los médicos se encargaron del anciano y él perdió el conocimiento cuando le atiborraron de calmantes. Todo era una pesadilla de un par de horas que no tenía sentido, era demasiado grotesca.

Su declaración no fue muy convincente, explicó como habían seguido a los ladrones y su enfrentamiento con ellos, aunque nada dijo de lo sucedido al cadáver de su amigo.

Alfredo salió del hospital al cabo de un mes. Aitor lo había visitado todos los días en aquella habitación blanca que estaba tan silenciosa. Apenas habían hablado de lo sucedido, allí dentro.

Se encontraron en la casa de Aitor, donde pudieron hablar con libertad. Sin temor a ser escuchados y tomados por locos.

—Es irónico, yo pensaba que no había nada. Quién iba a decir que un cuerpo podría alzarse cuando la vida se ha extinguido.

—Es una paradoja perversa, pero sigo creyendo que el alma es inmortal —dijo el anciano—. Mañana haré los trámites para que incineren el cuerpo de María. No puedo dejar de pensar en lo que sucedió.

—Ya, bueno… yo he abandonado al psicólogo, esto es algo que le supera, igual que a mí. Jamás me comprendería.

Comieron y bebieron con pocas ganas, Aitor parecía más ausente que nunca; quién podría culparle.

Cuando el anciano se marchó, Aitor sacó unos papeles del cajón. Llevaba semanas consultando información: el día de los difuntos no fue instaurado por los católicos, ya se celebraba en Méjico muchísimos años antes de la llegada de los colonizadores. Los mayas celebraban misteriosos ritos en tiempos inmemoriales, algunos rumores hablaban de cadáveres desenterrados el día de los muertos y devueltos a la vida con un conjuro revelado por los dioses.

Según pudo averiguar, existieron ciertos conjuros que se realizaban en tiempos de guerra para resucitar a los mejores guerreros, siempre en aquella célebre fecha. Los muertos cumplían la voluntad del chamán hasta las últimas consecuencias; su fuerza y su resistencia eran sobrehumanas. Así decía la historia, aunque apenas se conocían detalles y nadie parecía tomarla en serio.

Había consultado las estadísticas; en los últimos años habían robado decenas de cadáveres, algunos no fueron encontrados. Los casos se habían multiplicado el día de los difuntos de aquel año; habían desaparecido casi un centenar.

Imaginó un ejército de muertos controlados por fanáticos, ¿quién podría frenarles? Tenía que haber una organización detrás, los dos jóvenes a los que se enfrentó eran simples peones. No podían tener capacidad para hacer algo así por su cuenta.

Fueran quienes fuesen tardarían unos años en progresar, o tal vez más. Tarde o temprano atacarían, imaginó todo el país aterrorizado por muertos vivientes sumisos y capaces de todo. Sería una matanza.

No podía hacer nada, el suelo estaba sembrado de cadáveres y él estaba sólo. No había tenido fortuna localizando la furgoneta.

Al menos incineraría a todos sus parientes… y a sus amigos.

De todas formas, necesitaría otra pistola.

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korvec
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Poblador desde: 31/05/2011
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Lo que más me ha gustado es que tiene un ritmo muy fluido. Mejorable alguna cosilla como algunos detalles "americanizados"  ya que con protagonistas con nombres como Aitor (que me hacen pensar en España o incluso en el país vasco) luego mencionen al 911 como en las películas americanas (aquí sería el 091 me parece), quizás tampoco estaría de más un poco más de descripación entre tanto diálogo, pero eso ya son gustos e impresiones mias.

Pero vamos que en conjunto me ha parecido un relato fluido y entretenido aunque de argumento y reacciones  un poco "peliculeros".

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FAGLAND
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Sí, es muy peliculero, se me fue la mano en eso :) Y tienes toda la razón, debía ser 091 o 112, porque está ambientada en españa. Creo que con un poco de descripción podría funcionar.

Y soy de Bilbao, veo que se nota ;)

 

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LCS
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El relato me ha gustado bastante. Te atrapa y fluye bastante bien al final, que es donde patina. Por dos motivos:

1º.- Es demasiado explicativo. Hasta entonces, el narrador básicamente se limitaba a mostar las acciones de los personajes, sin interrumpir el ritmo de la acción. Sin embargo, al final, es como si el narrador pulsara el botón de pausa y comenzara a explicar, mira lector, en Mexico se celebra el día de los difuntos, cuenta la leyenda de que existe un conjuro que...

2º.- Te deja con la sensación de que puede contar algo más, pero que, como el autor sabe que no cabe dentro de este relato, simplemente te lo insinúa. Mira lector. Puedo contarte mucho más pero ahora no es el momento. Se parece a los finales de las películas que están rodadas para tener segunda parte.

Te recomiendo que intercales los datos del final durante el devenir de la acción, para que el lector vaya sacando sus propias conclusiones.

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L. G. Morgan
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Lo siento, no me ha convencido el resultado final. La historia está muy bien y la explicación final, que relaciona todo con el día de difuntos y le da el aura fantástica, también, aunque coincido con LCS en que quedaría bien intercalada en el resto, como algo que él va descubriendo o que sabe por partes y de pronto relaciona todo para elaborar la teoría. Pero necesita una buena revisión: tiene varias erratas, letras que sobran o faltan, un guión que no corresponde... te he leído otras cosas y se nota que aquí le falta el pulido final. Igual para los diálogos, a veces no me encajan del todo, puede que meterles algo de tipo explicativo ayudaría a caracterizar más a los personajes y los haría más visualizables. En resumen, buena historia, hay material, pero precisa una vuelta más para dejarlo redondo.

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Zabbai Zainib y LCS: tenéis razón, en el anterior calabazas hice una historia más larga y en detalle, y para este certámen hice dos que pretendía que pretendían ser breves y al grano, pero tenía que haber hecho más, especialmente en este.

Tengo que tomarme la molestia de ambientar mejor y buscar una buena idea, y revisar más. En este empecé con una historia melancólica y luego traté de meter algo de terror. Los diálogos no tienen fuerza, no he usado buenas frases, es peliculero... bueno así se aprende. 

Muchas gracias por el comentario a los dos.

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L. G. Morgan
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Y a ti por tu comprensión :) Nos leemos.

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Darkus
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Mi opinión va en la línea de la de los compañeros.

En general, me gustado. Sabes enganchar muy bien al lector, imprimes un ritmo muy, muy bueno al relato y la historia que cuentas es bastante interesante. Te atrapa y eso, tiene mucho merito. Además, los protagonistas me han gustado también; con un poco más de espacio sería de lo mejor de lo mejor.

Sin embargo, la falta de un buen pulido le resta puntos a la historia. Eso y el final que, como ya te han dicho, parece demasiado explicativo.

Por lo demás, estupendo.

"Si no sangras, no hay gloria"

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FAGLAND
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Muchas gracias por el comentario Darkus, sé que el relato es demasiado esquemático, estoy intentando mejorar eso (y más cosas para las siguientes convocatorias del calabazas, tarde o temprano acabaré entrando; aunque sólo sea por insistencia.

 

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