
Un relato de Javiyuris para Catástrofes naturales
Cuando Thomas Noble presenció como el viento se llevaba a su compañero de patrulla Mike Connors, una parte de él, la parte más pegada a la realidad, se desconectó. Dejó de funcionar, y así permanecería durante mucho tiempo. En ese lapso de locura, Thomas pensó que Dios, al menos, le había concedido a su amigo Mike el poder de volar durante unos pocos instantes. La sensación de libertad, el embriagador conocimiento que profanaba el límite último del ser humano, a quien no se le había dotado de alas por un capricho del creador.
Un tornado había acabado con la vida de Mike en Texas, cuando ambos intentaban poner a salvo a una familia en la comisaria. Justo a tiempo, en el momento en el que Mike le entregaba el cuerpecito de la peque de la casa. Una niña aterrada y cuyos largos rizos rubios parecían muelles impulsados por los temblores incontrolados de su pánico. Thomas la agarró con fuerza, y entrevió como Mike daba tres pasos para atrás, y era succionado con velocidad hacía el cielo gris oscuro que los cubría. Como una mota de polvo atrapada por un aspirador, Mike se convertía en un punto cada vez mas pequeño que no dejaba de dar vueltas y vueltas sobre si mismo.
Thomas permaneció ajeno a los llantos y lamentos de la familia que acababa de salvar, pensando en la buena fortuna de su amigo Mike al saber lo que se sentía al surcar los cielos.
Siguió con la misma idea mientras le daban las gracias. Consideró el tema cuando lo condecoraban por su valor. También estudió los pros y los contras de ese don cuyo precio era la muerte mientras firmaba los papeles del divorcio y también cuando le dieron la baja por depresión.
Durante mucho tiempo después, cuando su mente encontraba la menor excusa, todavía intentaba llegar a una conclusión satisfactoria. Pero los momentos en los que acariciaba esa obsesión se fueron haciendo más y más aislados con el tiempo.
Tras tres años, Thomas se reincorporó al servicio activo, pero esta vez como patrullero de la Policía de Nueva Orleans. Ese destino le garantizaba estar cerca de su hermano, Hank Noble, uno de los más reputados trompetistas de Jazz de Louisiana. Su música tenía fama de ser cálida, pegajosa y atrayente como la espalda perlada de sudor de una bailarina del Barrio Francés.
Por aquellos días de finales de agosto de 2005, estaba ocurriendo algo que parecía podría disparar de nuevo la obsesión de Thomas. Un huracán al que se había denominado Katrina, amenazaba Nueva Orleans. El hermano de Thomas temía que éste se derrumbara, y eso mismo hubiera apostado cualquier sicólogo aficionado al juego. Pero la mente es una máquina de sorpresas sobre la que no se puede pronosticar ningún resultado.
Al caer la tarde del día 29, aprovechando una aparente tregua de la tormenta, Thomas se encontraba plenamente concentrado, revisando los daños, disuadiendo a posibles saqueadores, y advirtiendo casa por casa de la previsión de que en las próximas horas la naturaleza empezaría a llamar de nuevo a la puerta de Nueva Orleans con autoritaria impaciencia.
Thomas Noble se dirigía hacia Bourbon Street. Se encontraba bien. No se podía decir que disfrutara, pero la adrenalina atravesaba su cuerpo con un placentero hormigueo. Quizás ―pensaba ― le ocurría igual que a los hipocondriacos que pasaban la vida aterrorizados por caer enfermos y que, en cuanto se les diagnosticaba una enfermedad grave, sentían como su temor se disipaba. Porque da más miedo encontrarse en la sala de espera de la incertidumbre que la propia causa de tu terror hecha realidad.
Una masa de agua negra se deslizaba alrededor del coche patrulla, impidiéndole avanzar con rapidez, pese a que el nivel había decrecido en las últimas horas. Aún yendo despacio, casi a trote humano, los neumáticos provocaban pequeños oleajes en el pavimento.
La oscuridad corría a a su alrededor, pero Thomas Noble sí que la vio a ella.
Y eso que era difícil. Llevaba un abrigo oscuro, aunque ligero para la que se estaba organizando. Apenas un pañuelo rojo escarlata anudado en la cabeza era lo único que ponía una nota de color en aquella figura encorvada, de paso lento pero tremendamente decidido. Era una mujer bajita, algo rechoncha y redonda como una bolita.
Pero también era como un faro, un punto visual que, de alguna manera, atraía la mirada. Como esa chica que te gusta en medio de una multitud. De alguna manera, la ves.
Y la seguía viendo también cuando se puso a su altura, reduciendo su ya escasa velocidad hasta la del paso de aquella mujer.
Alcanzaría apenas el medio siglo de edad, pero las tempranas arrugas que surcaban su rostro mestizo dibujaban el mapa de una vida difícil afrontada con coraje. Thomas se dio cuenta cuando bajó la ventanilla del coche patrulla de que la caminante estaba centrada en un punto fijo en el horizonte, de que ni siquiera se había percatado de su presencia.
―Señora. ¡No puede pasear por aquí con este tiempo! ―gritó Thomas para hacerse oir entre el crepitar de la lluvia. ―La tormenta pronto va a empeorar. ¡Tengo que evacuarla al Superdome! ¡Suba al coche señora!
El agua constante empujada por el viento se introducía en la boca y ojos de Thomas, quien se sentía tan calado como si buceara en un frío lago.
―¡Señora! ―se desgañitó. ¡Al menos haga el favor de mirarme!
Y lo miró. Lo miró con los ojos muy abiertos y unas pupilas negras que amenazaban con absorberlo en cualquier momento. Así, transcurrieron unos segundos, hasta que el rostro de la mujer se suavizó de repente.
―Usted, usted podría... usted sí ―dijo la mujer de forma casi inaudible, casi para si misma. Thomas pensó que ponía la cara del que acaba de encontrar la última pieza de un rompecabezas gigante.
―Que yo sí...¿qué? ¿a qué se refiere?
La mujer se abalanzó sobre la ventanilla, hasta introducir su rostro dentro del coche. Thomas dio tal salto hacia atrás que casi se golpea la cabeza con la puerta del copiloto. Las facciones de la desconocida se habían deformado de forma grotesca y los mechones de pelo se pegaban a su mojada mejilla surcada por lluvia mezclada con lágrimas. Su boca se había ensanchando, como una nación conquistando el territorio de su faz para someter al resto de sus rasgos.
―¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme a salvar a mi nieto, es sólo un niño, no merece que se lo lleven!
Thomas tanteó su arma con el corazón acelerado, pero se contuvo.
―Señora, escuche, suba al coche. Dígame dónde esta su nieto y lo recogeremos. Lo pondremos a salvo. ¿De acuerdo?
La mujer se introdujo en el vehículo. Thomas suspiró aliviado, puso los seguros y subió la ventanilla.
―¿Dónde está su nieto? ¿En su casa? Si está lejos puedo mandar a alguna patrulla.
―¡No! ¡Tiene que ir usted! ―La mujer le agarró el hombro como si fuera un cepo, provocándole otro respingo. Era la segunda vez en menos de un minuto.
―Cálmese... ¿Cómo se llama?
―Lorelei. Lorelei Belmonde.
―Bien Lorelei. Yo soy el agente Noble. No soy tan bueno como suena eso ―bromeó Thomas para relajar el ambiente―. Si se tranquiliza y me explica dónde está su nieto y porqué piensa que sólo yo puedo ayudarlo...
―Usted no tiene miedo, Thomas ―contestó―. Ya ha pasado por esto, ya conoce el poder del viento. Ha pensado tanto sobre él que ya no le importa. Ha sido tanta su obsesión, ha temido tantas veces que volviera a pasar, que ahora que ocurre de verdad, ya no siente temor. Y él, que utiliza esa debilidad para recolectar a aquellos a los que se quiere llevar, ya no podrá utilizarlo contra Usted.
Lorelei lo dijo todo de carrerilla, como si fuera un profesor en una clase debate describiendo un razonamiento perfectamente lógico, que no admitiera ser rebatido, con un inicio que llevara a una conclusión inevitable. Thomas Noble lo escuchó sin saber que le aterraba más. Que aquella desconocida lo supiera todo de él, incluso haciéndose eco de sus reflexiones más íntimas, o lo naturalmente que él mismo estaba aceptando algo tan alejado a lo real.
―Vamos a por su nieto ―repuso sin más.
Thomas Noble siguió las indicaciones de Lorelei mientras intentaba que su vehículo no patinara y terminara su recorrido estancado o empotrado contra un muro. Tras girar a la derecha un par de veces, y girar a la izquierda otras tantas, enfiló por Canal Street.
La lluvia arreció de nuevo. A pesar de que los limpiaparabrisas hacían un esforzado trabajo moviéndose como un metrónomo descontrolado, no se veía nada. ¿Nada? De repente, Thomas vislumbró unas siluetas luminosas a lo largo de la calle. Según se iba a cercando, le parecía que empezaban a tomar forma.
Frenó de golpe. A cada segundo aparecían formarse escenas más claras, escenas con autonomía propia que parecían tan ajenas al mundo real como un paisaje dentro de una esfera de nieve. Thomas hizo ademán de bajar del coche. Lorelei lo agarró del brazo con gesto desesperado.
―Continúe, agente, continúe, se lo ruego. Ellos no nos harán nada si no nos metemos. Si también es capaz de verlos es porque mi nieto tiene alguna esperanza.
―Pero qué coño es eso... ―Thomas se interrumpió a mitad de frase. Ahora veía las escenas de forma diáfana. Y parecían sacadas de una pintura ante la que El Bosco apartaría la mirada.
En los rincones de aquella calle algunos sufrían mientras otros se divertían. Entre los primeros, gente como Jim Marcus, quien, vestido con su habitual chandal de las barbacoas, había cruzado dos manzanas para comprar víveres para resistir la tormenta a la luz de las velas y con un buen libro. Su intención había tenido un final abrupto al encontrarse con una mujer alta vestida de blanco y un pañuelo de siete nudos sobre su cabeza. Ahora Jim permanecía paralizado por las agujas clavadas en su sistema nervioso, contemplando impotente como Marie Laveau había decidido convertirlo en un muñeco de vudú viviente. Una fina aguja se acercaba a su tímpano mientras Jim veía impotente por el rabillo del ojo como se acercaba más y más...
Un chico al que Thomas conocía por repartir el periódico en su barrio y por correr con su bici detrás de los desfiles era salvajemente azotado por una mujer mientras lo sujetaba un hombre encapuchado amparado por las sombras. La espalda de aquel muchacho era ya carne viva, tan sembrada de heridas y sangre y de una tonalidad rosada que parecía que su espinazo fuera una lengua llena de llagas y pústulas. Delphine LaLaurie y su marido, cansados de martirizar a sus esclavas, se habían decidido a conocer a la gente de la calle.
Un ser, medio lobo medio humano, destripaba a Vince O´Hara, un católico irlandés no practicante que veía su propio estómago asomarse entre sus ropas cercenadas por las garras del licántropo. Un estómago que había digerido abundante costillar con salsa de mostaza durante el último viernes de cuaresma, algo que lo convertía, por extraño que parezca, en plato especialmente apetecible para el Rougarou que ahora lo abría en canal.
Una familia de Nueva York con tres hijos era asediada por un grupo de muñecos que se movían de forma torpe y vestían ajada ropa del siglo XIX. Ya habían dejado ciegos a los padres antes de sacarles los dientes y abrirles la garganta mientras los niños miraban. Los rostros de aquellos juguetes vivientes mostraban carencias: un ojo allí, una boca allá. Pero ahora se habían conjurado para que aquellos chiquillos que ahora gritaban y lloraban en un rincón terminaran siendo como ellos antes del alba.
Thomas Noble acarició el límite de su cordura cuando vio la cabeza de un bebé demoniaco asomándose como un topo desde el cráter en que se había convertido la tripa de una mujer embarazada. La sangre roja que lo cubría y el relieve en forma de pequeña cornamenta que salían de su frente, le hacía parecer la representación más típica de un diablo. Pero la de un diablo recién nacido, producto del parto de una madre que no era la suya.
Thomas abrió la ventanilla y vomitó. La bilis y saliva cubrieron las letras NOPD de la puerta de su vehículo. Totalmente sobrepasado por lo que estaba contemplando, accionó la palanca de apertura de la puerta. Sin éxito. Una vez, dos, tres, pero no se abría. La ventanilla se cerró sola sin que nadie la accionara. Ya no entraba agua en el coche, pero tampoco se podía salir. Thomas se giró hacia Lorelei totalmente fuera de si..
―¿Qué coño pasa? ¿Por qué no pudo salir? ―le espetó.
―Porque no puedes hacer nada ―contestó Lorelei con gesto firme ― Están más allá de toda ayuda. Ellos y los otros que morirán estos días. Hoy los mitos y leyendas locales se sienten libres y amparados por lo oscuro para hacer lo que les venga en gana. El caos es un excelente caldo de cultivo para darles vida y fuerza y no lo van a desaprovechar. Muchas serán sus víctimas, No todos caerán sometidos por la naturaleza, pero las estadísticas de la historia no distinguirán entre unas víctimas y otras. Nunca lo hacen.
―¿Qué no puedo hacer nada? ¿Por su nieto sí y por los demás no? ¡Y una mierda! ―replicó el policía violentamente―. ¡Apártese! ¡Cierre los ojos!
―¡No! ¡Mi nieto! ¡Usted ha de salvar a mi nieto!
Thomas rompió el cristal de la ventanilla con la pistola mientras se protegía la cara con la otra mano. Necesitó varios golpes con la culata del arma, pero abrió un hueco lo bastante ancho que aprovechó para deslizar su delgado y ágil cuerpo al exterior. No le salió gratis. Al apoyarse en el marco de la ventanilla, los trozos de vidrio se habían ensañado con sus manos. Se puso de rodillas y de forma agónica se arrancó los cristales de las palmas y dedos para poder, al menos, ser capaz de sostener la pistola.
Los lamentos de Thomas aún reverberaban cuando por fin logró ponerse de pie. Sus pies chapoteaban en el agua mientras su sangre se diluía en el pequeño océano que cubría Canal Street.
Se dirigió hacia el grupo de recientes huérfanos arrinconados por los muñecos infernales, único lugar de dónde aún podían distinguirse sollozos y gritos humanos, de dónde parecía partir alguna señal de supervivencia.
Primero disparó al aire, y el sonido pareció confundirse con el de algún trueno lejano. Pero las cinco cabecitas de porcelana sí lo notaron, y se giraron hacia él con toda su atención. Se habían olvidado momentáneamente de los críos, que parecían estar bien. Los juguetes habían querido dejarlos intactos hasta acabar con sus padres. Que sufrieran el dolor de verlos morir plenamente, con los sentidos despejados y no obstaculizados por la agonía física. Eso los había mantenido a salvo. Al igual que el infierno está lleno de buenas intenciones, el cielo debía estar lleno de malas intenciones, parecía lo justo. Una acción perversa podía terminar en un tanto marcado a favor de los inocentes.
Thomas se fijó en uno de los seres. Era una muñeca calva, a excepción de una pequeña trenza que le nacía en la nuca. Vestía un vestido largo con cuadros azules y blancos semejantes a un mantel de Picnic. En la mano portaba unas tenazas que atrapaban un diente sanguinolento entre sus pinzas. Su único ojo era grande y azul, con largas pestañas puntiagudas. El policía se centró precisamente en ese ojo. Apuntó, resistiendo como pudo unas rachas de viento que lo golpeaban sin piedad.
La cabeza de la muñeca se rompió como un jarrón de cristal arrojado desde una azotea cuando la bala lo atravesó limpiamente. Esos seres eran vulnerables, al menos a unas balas calibre 38 que no eran de plata precisamente.
El resto de muñecos contemplaron durante unos instantes a su compañera caída. Thomas percibió que se comunicaban con pequeños susurros chirriantes. De pronto, se desperdigaron corriendo en todas direcciones.
La lluvia amainaba. Thomas se acercó y comprobó que los aterrados chiquillos estaban indemnes. Los reunió junto a él.
―Vamos chicos ― les susurró en voz baja. Todo irá bien. Id al coche, os pondré a salvo. Id a la parte de atrás.
Con paso lento los pequeños se dirigieron hacía el vehículo patrulla dónde Lorelei ya les abría la puerta. Thomas hizo un gesto de asentimiento ante la mirada llena de premura de la mujer, pero decidió inspeccionar la zona. Los cadáveres de las víctimas estaban allí, pero sin marcas de la extrema violencia que Thomas había visto ejercer sobre ellos. El hombre del chandal, el mensajero , la mujer, el irlandés destripado, el joven matrimonio... Estaban allí, inertes, pero con sus cuerpos intactos aunque hinchados de una manera inexplicable. Como si una enorme cantidad de agua hubiera invadido su organismo tras estar sumergidos durante largo tiempo.
Ya no había rastro de aquellas postales de pesadilla. Incluyendo los restos de la muñeca viviente a la que había disparado.
―¿Era real? ―musitó Thomas para si mismo.
Thomas regresó al coche. Al menos los críos eran reales. Lorelei los había acomodado en el asiento trasero. Parecía acostumbrada a tratar con pequeños. Al revés que él mismo, que jamás había tenido hijos. Por culpa suya, por haberse dejado dominar por el miedo y la obsesión. Quizás esa era su oportunidad de emprender el camino de vuelta. Se acabaría la sala de espera del miedo, ya había sentido bastante terror para toda una vida.
―Tranquilos niños, ya estáis a salvo ―les decía Lorelei con amabilidad―. Dentro de poco tendréis un nuevo amiguito, mi nieto Maurice. Le gusta la música y las consolas de videojuegos. ¿Y a vosotros?
―Esas cosas... ―dijo Thomas al entrar en el coche patrulla.
―Tapaos los oídos, niños. ―ordenó Lorelei antes de dirigirse a Thomas―. Eso que ha visto era real. Él los ha invitado. Sabe ocultar su rastro, ya se lo dije ―susurró la anciana.
Thomas abrió la boca para replicar, pero se quedó sin palabras. Lorelei sonrió, por primera vez en aquella noche.
―Es muy importante lo que acaba de lograr, Thomas. Con el tiempo se dará cuenta de lo importante que es. Pero ahora tenemos que darnos prisa. El dique que separa el plano mágico de la realidad no es el único que se romperá esta noche en Nueva Orleans. Tenemos que seguir. Tenemos que llegar a la escuela.
La escuela primaria del barrio de Treme destacaba como un grito atrevido pero sugerente en medio de las apacibles casas de un solo piso del vecindario. Esas pequeñas viviendas, cada una con su nota de color especial y característica, y esos tejados terminados en pico, cortejaban a una amplia estructura cuadrada alzada por encima del suelo por un sistema de columnas. Era un edificio acristalado, que permitía que el exterior, que la luz, que el mundo al fin y al cabo, entrara en aquellas aulas. Thomas Noble contaba con que las clases se habían suspendido por la tormenta, pensando que nadie podía haber a aquellas horas allí dentro. Nadie que viera su miedo encendido por un relámpago repentino, y la anticipación del trueno. O eso creía.
Lorelei y Thomas bajaron del coche, tras resguardarlo de la lluvia y asegurarse de que los pequeños quedaban bien abrigados.
Thomas se acercó con sigilo a la estructura.
―Mire allí ―indicó Lorelei.
Thomas no podía creerlo. Lorelei señalaba a una de las clases, concretamente la situada en el extremo más cercano al campo de fútbol. En ella, alrededor de una docena de niños pequeños sentados en pupitres asistían a las explicaciones de una figura alta que permanecía de pie junto a la pizarra y cuyos detalles Thomas no conseguía distinguir.
―¿Qué... qué hacen ahí? ―acertó a preguntar Thomas con un hilo de voz.
―Los ha alejado de sus familias y retenido con engaños ―contestó Lorelei―. Mi nieto, los otros niños... Quiere criarlos. Se los quiere llevar a un mundo de agua y viento.
―¿Quién es él?
―Es el que se esconde en la furia de la naturaleza ―Lorelei agarró el pequeño colgante de su cuello y lo besó―. Es su amante, y el que recoge las sobras, el que se aprovecha de lo que la naturaleza destroza y deja atrás. Es como la rémora del tiburón. Su sigilo le da ventaja sobre los otros. A él no lo conocen. Y frente a lo que no conoces, no te puedes defender.
―¿Pero es humano? ¿Puedo hacer algo?
Lorelei esbozó una media sonrisa.
―Tú lo has visto. Lo sí lo conoces, aunque no lo sepas. Estaba allí. Él fue quien se llevó a tu amigo, no el tornado. Lo hizo por rabia cuando no logró atrapar a aquella niña. No viste lo que realmente sucedió, él abrió una puerta en tu imaginación, y la cruzaste aliviado para soportar la culpa. Tú...arggghhh
―¡Lorelei!
Lorelei cayó de rodillas y en las cuencas de sus ojos ya no había ni iris ni pupilas, sólo un blanco lechoso que aún conservaba las venas rojizas del humor vítreo. De su enmudecida boca comenzaron a caer babas y un temblor espasmódico la estremecía como si recibiera una descarga eléctrica. Por un momento, Thomas pensó que algún cable suelto había entrado en contacto con la masa de agua que pisaba Lorelei. No le había dado tiempo a desestimar la idea (él tampoco hubiera salido de rositas en ese caso) cuando la mujer empezó a recobrar la normalidad.
―¿Está bien, Lorelei? ¿qué ha ocurrido? ―inquirió Thomas mientras la ayudaba a levantarse. Lorelei lo miraba una vez más con los ojos y la boca muy abiertos, y no parecía encontrar las palabras adecuadas, como si ahora intentara asimilar un conocimiento nuevo que no acertara a explicar.
―Viene... viene.
―¿Qué viene? ―preguntó Thomas con desesperación.
―El dique del Pontchartrain se ha roto. ¡viene el agua!
Thomas agudizó el oído. Y lo oyó. Un rumor, aún muy lejano, pero que se acercaba. El agua era imparable. Si ahora el dique del lago se había roto, si había cedido, estaban en muy serio peligro. Ellos y todos los que no hubieran encontrado refugio en pisos altos. El agua no admitía negociaciones, ni súplicas, ni aplazamientos. Nada. Simplemente pasaba y destruía. Te ahogaba, te golpeaba y te quitaba el aire. Sin más. Sin palabras ni reproches, sólo eso.
Thomas miró la planta cuadrada que formaba aquella construcción. Se fijó en las columnas que la sostenían varios metros por encima del suelo como un bastón a un anciano. Se dio cuenta que refugiarse en aquella escuela era su última esperanza. Lástima, dentro de ella habitaba el mal, pero no hay esperanza perfecta.
―¡Los críos! ¡Vaya a por los críos del coche!
Thomas corrió hacia el coche, espoleado por la orden. El agua a su alrededor explotaba a cada zancada, pero él ya ni la notaba.
―Vamos niños, hoy es noche de cole ―les dijo con una sonrisa forzada.
Thomas, Lorelei y los tres pequeños subieron las escaleras exteriores de entrada. Todas los accesos se abrieron sin resistencia. Una vez en el interior de la escuela, y con un gesto de la mano, Thomas le indicó a Lorelei que esperara en el pasillo.
El policía siguió el murmullo monocorde de la única voz audible hasta una de las aulas. Esa puerta sí estaba cerrada. Thomas apoyó su espalda y oreja. De forma amortiguada, podía oír la voz del que retenía a los niños. Era una voz clara, proyectada, sin acento de la zona. Casi parecía la de uno de esos actores británicos de teatro que se complacen vocalizando cada sílaba. Hablaba a su improvisada clase sobre la naturaleza, sobre su poder desatado. Animaba a los niños a ser parte de ella, pero no de su lado amable, sino del más abrupto. Les contaba que hasta ahora sus mayores les habían engañado. Les habían obligado a disfrutar de los mares en calma, de los días soleados, de la ligera brisa de la primavera. Era un error, les explicaba, cuando podían cabalgar en lo alto de un Tsunami para compartir la sensación de poder sobre la vida y la muerte. Cuando podían ser sus cómplices, y no meros juguetes a los que la naturaleza un día acaricia y al siguiente decidía devastar, una naturaleza que se comportaba como una amante despechada en noches como aquella.
La clase se interrumpió con una patada en la puerta de Thomas Noble. Conocía el riesgo, pero había decidido entrar justo cuando percibió que la voz del captor se proyectaba desde un lugar alejado de dónde visualmente había ubicado a los niños desde el exterior.
Los vio. Vio a la docena de chiquillos aterrados e inmóviles en sus pupitres. Todos excepto uno, de unos ocho años, que temblaba de pie junto a la pizarra. No era el temblor del alumno al que saca su profesor para resolver un ejercicio en el encerado. Era mucho más. Y de alguna manera supo Thomas que ese precisamente, y no otro, era el nieto de Lorelei. El favorito del maestro, el pupilo con mayor potencial de la clase.
Lo vio. Un hombre alto y delgado, que podría tener más o menos la edad de Lorelei, pero mejor tratado por los años. Tenía un pelo castaño abundante y con flequillo, tez clara, grandes ojos marrones y, en lo que parecía ser la única nota de color de su traje oscuro, una bufanda color rojo escarlata. Se le veía complacido, con las manos unidas por las yemas de los dedos, dando la espalda a uno de los amplios ventanales y con la sonrisa del perfecto anfitrión.
―Bienvenido a mi clase, agente Noble ―dijo con suavidad, y se dirigió a Lorelei ―. Y tú por aquí. ¿No han podido venir los padres de Maurice a recogerlo? Pero bueno, ya veo, para eso están los abuelos ¿no?
Thomas no dejaba de encañonarle.
―¡¡¡¡De rodillas y con las manos en la cabeza!!!! ―ordenó el policía.
―Deeetenerme agenteeee... ―El secuestrador puso una impostada cara de pena mientras avanzaba mostrando sus muñecas como si pretendiera ser esposado ―¡¡inténtelo!!!! ―El teatral movimiento hizo que Thomas bajara la guardia un segundo. El suficiente para que su oponente se arrojara sobre él como un fulgor negro y escarlata y lo derribara con todo su peso. Desequilibrado y sin poder apuntar, Thomas disparó, pero la bala no rozó por unos centímetros la oreja izquierda de aquel hombre que Lorelei había llamado El Que Se Esconde. Al caer, el policía oyó como el proyectil rompía el cristal de la ventana, un sonido que le llegó a la vez que notaba unas manos firmes que sujetaban su cuello intentando sacarle el aire de sus pulmones. Thomas se agarró a su atacante y ambos dieron vueltas en el suelo como una alfombra desplegada hasta llegar de nuevo junto al destrozado ventanal. En ese momento resonó un trueno, sólo que no venía del cielo, sino del suelo. Y no era un trueno, sino un torrente de agua que arrastraba vehículos, enseres, árboles... y personas. El nivel del agua había alcanzado la altura de las columnas, y ahora la planta principal de la escuela parecía el Arca de Noé surcando la inundada tierra.
El Que Se Esconde se zafó con un codazo en el rostro del policía. Se incorporó y pisó la ya dolorida muñeca de Thomas, obligándole a soltar la pistola. Tras agarrarla de su mano abierta, apuntó con el arma a los pupitres. A unos pupitres vacíos.
―¡¡¡Maldita bruja!!! ¿¿Dónde te los has llevado?? ¡¡No soportas que ella me quiera más a mi que a ti, ¿verdad?!!! ―chilló histérico.
―¡¡¡Esto!!! ¡¡¡esto fue lo que le hice a tu compañero!!! ¡¡¡esto!!! ¿¿Te gusta, eh, poli ??
Comenzó a ensañarse con el caído policía pisoteándole la cabeza una y otra vez. Thomas sentía cada golpe transmitiendo un terrible dolor a sus sentidos. Como pudo, entreabrió los párpados y distinguió el extremo de la bufanda escarlata. Lo aprovechó. Tiró de ella, e hizo perder el equilibrio a El Que Se Esconde quien, sorprendido, se apoyó en un solo pie para recuperar la estabilidad. Thomas, que hasta entonces había aguantado la lluvia de golpes en posición fetal, se giró y extendió la pierna hasta impactar con fuerza en el pecho de su enemigo. Fue como si una tijera cortara el último hilo de una marioneta. El Que Se Esconde cayó hacia atrás agitando los brazos hasta toparse con el ventanal que, debilitado por el viento y la bala que lo había atravesado, cedió haciéndose añicos. La inercia y la gravedad se conjugaron para arrastrar al hombre de la bufanda escarlata hacia abajo, hacia la corriente de agua que surcaba las calles.
Thomas se incorporó lo justo para verlo caer. No captó ningún grito, ni alcanzó a distinguir como las aguas se lo llevaban. Simplemente aquel ser se hundió y desapareció.
Thomas oyó dos pesadas pisadas seguidas de otras decenas de pasitos apresurados. Lorelei y los niños.
―Lo ha logrado, Thomas, lo ha logrado. La mujer se abrazaba a él casi meciéndolo y llorando de forma desconsolada. En ese momento a Thomas le pareció por primera vez una amable matriarca dulce y protectora. Ahora que se había sacado la armadura de batalla, la furia y la ira habían desaparecido.
―Lorelei, los chavales. ¿están bien? ―quiso saber Thomas.
―Sí, sí, sí... todos bien. Son niños, pero son fuertes. Son fuertes ―repitió.
El pequeño Maurice se agachó junto a Thomas. El policía le revolvió el pelo.
―Bueno, amiguito, parece que habrá que pasar la noche aquí hasta que las aguas se calmen.
Lorelei ayudó a Thomas a levantarse, y el policía pudo comprobar a través de su rostro hinchado que los críos estaban asustados, pero sin un solo rasguño. Se apoyó en la mesa del profesor, y le hizo a Lorelei la pregunta que roía sus pensamientos como un ratón atrapado.
―Él. ¿Está muerto?
Lorelei movió la cabeza negando con suavidad.
―No, claro que no. Pero usted ya ha hecho suficiente. Vaya, más que suficiente. Ahora más vale que, además de buscar víveres y agua, nos las ingeniemos para tener a estos niños entretenidos las próximas horas. Hemos salvado sus almas, pero a ver quien los salva del aburrimiento.
Las risas de Thomas se unieron al rumor incansable del agua. Sentiría su alma menos cautiva desde aquella noche.
Seis años después. Marzo de 2011
Las heridas de Nueva Orleans tardaban en cicatrizar. A la lenta reconstrucción de los hogares y bienes materiales afectados, se unían aquellos lugares que se consideraban demasiado dañados para ser reconstruidos. Entre ellos estaba la escuela primaria ubicada en el barrio de Treme, cuya demolición anunciada para el verano era contestada por un grupo de ex alumnos aferrados a pancartas de protesta.
Wesley Gibson era uno de ellos, y pensó que el cincuentón de abundante flequillo castaño coronado por una gorra color rojo escarlata que se acercaba a él en plena manifestación sería un turista entrometido.
―¿La van a demoler ? ¿Protestan por eso? ―le interrogó el desconocido.
―Sí ―contestó Wesley con cierta desconfianza―. Dicen que este verano. ¿Por qué lo pregunta?
―Bueno, esta ciudad me encanta. Aquí pasé con mi amante una de las mejores noches que recuerdo. Aquellas navidades en Tailandia que nos pegamos en 2004 fueron para no olvidar, pero esto no estuvo nada mal. Pero justo aquí... aquí me robaron. No tengo demasiado aprecio a este lugar, pero fue... instructivo.
―Bueno ―dijo Wesley ―. Hay una asamblea esta noche. Si se nos quiere unir...
―Oh, gracias, gracias, eres muy amable. Pero me temo que mi pareja y yo tenemos un viaje programado a Japón en unos días. Y ya sabes, el Jet Lag. Quiero estar centrado, mi chica me ha prometido que nos lo vamos a montar de verdad, que incluso a lo mejor habrán fuegos artificiales.
―Joder ―Wesley sonrió con complicidad―. Su tipa debe ser una fiera en el catre.
―Vaya si lo es ―contestó el hombre mostrando una amplia sonrisa mientras se alejaba―. Es una auténtica fuerza de la naturaleza.
Comentarios
Muchísimas gracias por leerme y tus comentarios. Lo del trauma de los niños sí estaba recogido en un principio en el relato, pero había quedado taaaan largo que tenía que cortar por algún sitio, siento que haya quedado cojo en ese aspecto. (Ahora entiendo a los montadores de las pelis y porqué hay Director´s Cut)
Los muñecos y demás fenómenos del Folklore local, digamos que son... invitados, por así decir, como comenta Lorelei. Es cierto, he dejado a oscuras el origen y la relación entre los dos, Lorelei y 'El Que Se Esconde' pero hay pistas que luego puede completar el lector con su imaginación y la conclusión será seguramente la correcta.
De nuevo muchísimas gracias
Me ha gustado este relato. Tiene un buen comienzo y un buen final.
Me ha resultado algo raro y no he podido empatizar mucho con el personaje de Lorelei. Sabe demasiado del protagonista, y no se dice el cómo, por otra parte..al principio parece un poco egoísta, en plan...pasa de todo y salva a mi nieto, para luego ser generosa con todos.
Las escenas esas de los juguetes atacando a los padres se me han hecho un poco confusas. Luego los niños..después de eso, no están traumatizados por sus padres? no se...¿y qué pasó con los juguetes? ¿por qué actuaron así? ¿Era por El Que Se Esconde? (son mis sensaciones, personalmente me gusta tener las explicaciones y todo o casi todo atado y explicado :P)
Por lo demás sí que me ha gustado. El personaje principal es bueno. La forma de narrar también. La aparición de El Que Se Esconde al final, hace que tenga sentido todo el final (mientras leía pensaba que tenía que haber terminado el relato sin la parte de "Seis años después", pero al terminarlo, queda muy bien justificada esa parte final).
Aunque suene tópico y repetido no es menos sentido: Gracias por vuestro tiempo y vuestros comentarios. Aprovecho para hacer el 'making-of' del relato en pocas líneas: Nace en mi cabeza a partir de las escenas que Thomas ve en el coche -por eso a lo mejor parecen colocadas con calzador, pero en realidad es lo anterior y posterior el "añadido"-, y más concretamente el deseo de querer mezclar los mitos de Nueva Orleans con el Katrina real. Todo lo que rodea a los sucesos fantásticos tiene su paralelo real -rotura del dique, fechas.. y la escuela (podéis buscarlo en Internet si tenéis curiosidad) Quería que 'El que se esconde' no tuviera poderes (ni origen) "claros" para enfrentarlo en plano de igualdad con Thomas, que ya tiene bastante con lo que tiene que sufrir contra si mismo y contra los elementos. Eso ha provocado que, efectivamente, la situación final haya quedado de peli de acción, aunque a cambio me ha servido para practicar dentro del relato la escritura de una escena de acción (y otra de gore de propina), aunque haya provocado el efecto 'collage'. Porque de eso se trata en el fondo, de aprender.
Y quiero seguir aprendiendo, así que esta parrafada no sirva de clausura de los comentarios, please. Seguid valorando y opinando. Vale más que el oro.
Me ha parecido un tanto irregular. La primera parte me estaba gustando muchísimo, pero a partir de la llegada de “las postales de pesadilla” he tenido una cierta sensación de ¿pero esto que pinta aquí? No es que tenga nada contra el gore, me parece un recurso como cualquier otro, pero es que aquí directamente me ha sacado de una historia en la que estaba inmerso y que seguía con atención.
Con todo me ha parecido un relato muy bien escrito y que en general me ha dejado un buen sabor de boca, aunque para mi gusto el excelente clima y ritmo se resiente y mucho a partir de la “operación rescate a mi nieto”, donde pasa de una situación relativamente angustiosa y creíble que me tenía totalmente atrapado a “charcutera peli de serie B de sobremesa de Antena 3”. Aunque una vez más para gustos los colores.
Leído de cabo a rabo.
El comentario final es genial. El ambiente opresivo que impera en todo el relato también.
Para mi gusto, la parte de las apariciones cuando están en el coche de policía no tiene nada que ver con el hilo de la historia y no pinta nada.
¿Por qué vuelve El-que-se-esconde al mismo lugar si no va a ocurrir nada que reclame su presencia? No hay carroña a la vista...
Sólo es una opinión de lector. Dejemos que los entendidos opinen desde el punto de vista literario.
Por cierto, según tengo entendido a partir de 50 pags. es una novela corta, y a partir de 80 o 90 una novela a secas. lo dijeron hace poco en un programa en la tele.
Nos vemos en Empresas. Suerte y ánimo
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Muchísimas gracias Patapalo, aunque siempre me lio con ese tema. Más o menos, ¿A partir de qué extensión se considera novela corta? ¿Y cuando pasa ya a ser novela "a secas" o novela larga?
Muchísimas gracias Patapalo, aunque siempre me lio con ese tema. Más o menos, ¿A partir de qué extensión se considera novela corta? ¿Y cuando pasa ya a ser novela "a secas" o novela larga?
En palabras se suele poner el límite en 17500 palabras para la novela corta y a partir de las 35.000 palabras para la novela normal, aunque la referencia de páginas de magnus es una buena orientación.
Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.
www.abadiaespectral.com
Javi, deberías empezar a probar con novelas cortas. Creo que es una extensión a la que le sacarías mucho jugo.
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