Cry Baby

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Me quedo con el título original de esta película –ya que la traducción, “El lágrima”, pierde toda la gracia y el estilo- para dejar caer mi opinión sobre una de las cosas que más me han sorprendido en mi vida: el filme de John Waters

Algunas películas, para qué vamos a engañarnos, las vemos porque nos las regalan. Otras porque nos fiamos del director. En ocasiones es a uno de los actores al que damos el voto de confianza, aunque esto ya es más arriesgado, pues a veces se ven obligados a interpretar en películas de dudoso interés. Por qué vi Cry Baby es algo que todavía no tengo muy claro, aunque, sin duda, Johnny Depp es un actor que se ha ganado un sitio de honor en mi jerarquía cinéfila por derecho propio. Quizá fuera porque era él el protagonista.

 

Sea como fuere, un día la vimos, ahí, en el televisor, y creo que todavía no me he recuperado del impacto. Incluso me da ciertos remordimientos hablar de ella, escribir este artículo, porque está claro que verla sin previo aviso es toda una experiencia.

 

Qué la pasaba por la cabeza a John Waters cuando la rodó, también es algo que se me escapa. Seguramente, como tantos otros grandes directores (como Polanski, por ejemplo) sucumbió a la tentación de parodiar un género en alza. Porque no cabe duda de que esta película desborda parodia por los cuatro costados.

 

Cry Baby es un filme lleno de despropósitos que funcionan sorprendentemente bien. El que Iggy Pop haga de tío del protagonista, encarnado por Johnny Depp, no es el menor de ellos, pero tampoco el más impactante, ni el más efectivo.

 

Quizá el modo más sencillo de definir la película sería por comparación: cogemos Grease y la llevamos al extremo, sustituyendo a un John Travolta haciendo el pavo por un Johnny Depp que sobreactúa brillantemente y demostrando que un esperpento se puede interpretar con toda la profesionalidad del mundo.

 

Sí, esperpento es otra palabra clave en esta película. Todos sabemos lo que les gustan a los americanos esas historias de buenos y malos, y todos sabemos cómo se trasladaron a los institutos con rocabillies para contar historias terriblemente románticas. Bueno, pues John Waters coge el concepto y se mea de risa encima del mismo sin ningún recato. En su película los “malos” se hacen denominar tal cual –o niños malos, o no sé cómo demonios habrán traducido una cosa tan pueril-, y los “buenos”, los correctos, los de conducta recta –straights-, ya sabéis, el capitán del equipo de fútbol americano y la rubita angelical, se les anteponen como en un rocambolesco Jing Jang.

 

La sátira es increíblemente despiadada, porque no sólo retrata el borreguismo que, aparentemente, se mantuvo en la sociedad americana, sino que lo estira hasta el absurdo. Las actuaciones del reparto, haciendo de adolescentes de buen corazón en chupa de cuero, pero portándose como si fueran muy malos, los diálogos de los personajes –su propia caracterización- y las supuestas enemistades –que propician algunos discursos memorables sobre quién es quién en el mundo del American Dream- convierten la película en un delirio incesante.

 

Curiosamente, en todo este delirio hay una historia muy clara de fondo: la de Cry Baby, hijo inadaptado de padres ejecutados en la silla eléctrica -¡qué inocente detalle argumental!-, que ama a una chica recta que, por lo tanto, no le corresponde en el orden universal de las cosas hasta que el amor –que también se lleva su buen varapalo- venga a dar la vuelta a todo –como si no estuviera ya patas arriba-. Cierto es que dicha historia, principalmente, es una excusa para mostrarnos todos los tópicos de este tipo de películas: bailes de adolescentes como los del Travolta, reuniones de moteros que recuerdan a las de Marlon, incluso desafíos como el de cierto Rebelde sin causa. Sin embargo, y aunque sólo con esto la película tiene momentos estelares –como cuando Johnny Depp canta en el reformatorio emulando a una especie de Elvis in the ghetto-, el director no se olvida de que no es suficiente con una buena sucesión de buenos elementos cómicos para tener una buena película, aunque sí valga esta receta para una parodia.

 

Así, Cry Baby se esfuerza por ir más allá de la simple concatenación de hechos absurdos, que los hay a patadas -siendo quizá el mejor la fuga con helicóptero incluido-, consiguiendo hilar una buena narración, que es lo que le promociona a la categoría de buena película.

 

Alguno pensará que esto es una tontería -como Cry Baby en sí- pero creo que se equivoca: si quieres tener la atención del público hasta el final, consiguiendo que los espectadores no se agobien pensando que la cosa no va a ningún lado, tienes que construir una narración, una trama, aunque ésta sea también cómica, como es el caso. De este modo, los personajes resultan más creíbles y, con ello, más graciosos en su esperpento. Y, al mismo tiempo, la comparación –obligatoria en el caso de las parodias- todavía resulta más lacerante, más implacable. Si uno no viera reflejada a la Sandy de Grease en la rubita angelical de Cry Baby, la cosa tendría menos gracia, sería menos consistente.

 

De este modo, en conjunto, la película funciona muy bien. No es el tipo de comedia que se hace ahora, quizá porque, en ocasiones, resulta demasiado ácida, demasiado absurda, pero hará las delicias del público cinéfilo, en especial si es aficionado a los sugerentes años cincuenta y, al mismo tiempo, es capaz de reírse de ello. Creo que, como mínimo, merece la pena darle una oportunidad en una tarde aburrida.

 

A mí, por lo menos, me hizo mucha gracia.

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Gilgaer
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 Te falto decir que el esperpento es tal, que se permite el lujo de contar con una Pornstar de talla Universal como Traci Lords... Gran pelicula, la verdad, como parodia y tal, de lo mejor que he visto, es de esas pelis en las que tienes bastante claro que el director ha encontrado justo lo que buscaba. un trabajo redondo en todo.

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Jack Culebra
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La verdad es que desconocía que fuera una porno star, aunque no deja de añadir más peculiaridades a una película ya muy peculiar...

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