No es país para viejos...

Imagen de Jack Culebra

...y quizás tampoco lo sea para jóvenes. Comentario sobre la escalofriante película de los hermanos Coen.

Mostrar psicópatas, muertos y truculencias en las películas es algo fácil, sobre todo desde que ya no se censuran estas cosas. Conseguir la empatía del público y generarle ese estremecimiento apabullante cuando el horror asoma es algo mucho más complicado. Y es algo que se pone de manifiesto en el cine actual, sobresaturado de gore, sustos fuera de lugar y sobresaltos acústicos en Dolby Surround -que debe venir de estar rodeado, como cuando atacaban los indios o llegaba la pasma en las pelis de gangsters-.

 

Curiosamente, “No es país para viejos” no es un película de terror ni lo pretende. Es más bien un retrato social con la cuestión de fondo que plantea el título: ¿hay lugar en este mundo para los cowboys de los viejos tiempos? Y, a pesar de ello, da muchísimo más miedo que un fulano con un máscara de hockey empuñando una motosierra.

 

El lejano oeste ha sido siempre terreno fértil para Hollywood. Las proezas de los colonos americanos del siglo XIX han sido largamente retratadas -más o menos panfletariamente- por sus cámaras a lo largo de la historia del cine. Incluso las vivencias del otro lado, de los indios que ya estaban allí, han tenido su sitio en la industria. El escenario, por lo tanto, no nos resulta extraño, y rápidamente el espectador se deja llevar por esa voz en off que nos habla de algo muy americano que, curiosamente, es también algo muy nuestro de tanto verlo.

 

La paradoja, en un primer pensamiento, es plantearse que después de las ensaladas de tiros propias de los western, es difícil entrar a trapo con lo de que los viejos cowboys no están preparados para el mundo actual. Lo que pasa es que el veterano que vemos -de larga estirpe de sheriffs- es real, no una leyenda. Y como dice él, en realidad cumplían con su deber sin necesitar, en ocasiones, llevar armas.

 

Este es el primer gran acierto de los hermanos Coen: llevarnos a un escenario realista donde atraer lo extraordinario. Estos artistas son especialistas en realizar agudos retratos sociales que luego se salen de madre, sea en tono cómico, como en “Oh, brother!” o “Arizona Baby”, o en uno más bien tragicómico, como “Fargo”, película con la que “No es país para viejos” guarda algunas semejanzas.

 

Cuando uno ve el círculo de coches con los narcotraficantes masacrados, ese viento del desierto azotando los cuerpos inertes, al moribundo suplicando por agua, no tiene la sensación de ligereza, de película de “acción”, que nos traen las producciones de, por ejemplo, Steven Seagal. No, siente todo el horror que en realidad contienen esos fotogramas. Y lo mismo pasa cuando el asesino a sueldo interpretado magistralmente por Bardem hace acto de aparición: se puede palpar el horror que supone la existencia de un personaje similar.

 

Hay varios momentos a lo largo de la película en los que el actor sostiene un tête à tête con secundarios -en el sentido de Hollywood, es decir, profesionales bien bregados que, por c o por b no se han convertido en “estrellas”- que aparentemente no tienen ningún peso en la trama. Ni siquiera son gente simpática, o carismática, o con el que uno quisiera irse a echar una cerveza. Y, a pesar de ello, es imposible no temer por lo que les pueda pasar con el asesino delante.

 

¿Dónde está el misterio? ¿Dónde está esa clave mágica que hace que una película como ésta te hiele la sangre y notes su helor hasta después de haber abandonado la butaca (o, en mi caso, el propio cine)? En la empatía.

 

El cine no se hace de caras bonitas, grandes presupuestos o ruidosos efectos especiales. El cine se hace de empatía, que es lo que hace que las historias funcionen. Los hermanos Coen son maestros en este punto, y es por eso que hasta sus ideas más estrafalarias consiguen calar en espectadores que, por supuesto, no saben reconocer un acento de Mississippi.

 

Los elementos están allí -esa bombona de gas a presión que nos lleva al juego psicológico del llavero del investigador de E.T., esos personajes con fondo, con carácter propio, que reaccionan frente a las cosas como gente normal, esos escenarios reales y realistas, tanto que el miedo, siguiendo los mandatos de M.R. James, salta de la pantalla para ir a sentarse a la platea- y los Coen los encuadran con maestría, jugando con las luces y los planos, para que no se les escape la sensación deseada ni al más despistado. Eso sí, cuando terminan la película lo hacen donde han empezado. No es país para viejos.

 

¿Qué es lo importante en esta historia? Responder a la pregunta tácita del título. Entender por qué y para qué, y si, en realidad, vale la pena. Desde luego, no es el cierre clásico de Hollywood, pero es que tampoco es la historia clásica de Hollywood. Y precisamente por eso, da el miedo que da, y hace pensar todo lo que hace pensar.

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