Albina y los hombres-perro

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Un artículo sobre el terror lúdico de Jodorowsky

Alejandro Jodorowsky definió esta obra como su «entrada en la literatura completa», tras escribir varios libros basados en sus ancestros. Tiene aires de primera novela. Es un libro corto en el que presenta a los nuevos lectores todos sus defectos y virtudes, ya conocidos para gran parte del gran público.

Cuando redactó esta —relativamente— primera novela, tenía setenta años. Había causado sensación en los escenarios de medio mundo con el grupo teatral Pánico. Había escrito y dirigido unas cuantas películas seleccionadas en Cannes y algunos otros festivales, que fueron reconocidas como influencia notable por David Lynch o Federico Fellini, entre otros, en sus propios trabajos. El mismísimo Katsuhiro Otomo le había agradecido públicamente el haberle regalado el esquema en el que se basó para terminar su Akira. Durante un par de décadas, había escrito los cómics más exitosos de los mayores figurones de la historieta internacional y, para colmo, su amigo Marilyn Manson, cuya boda con la explosiva Dita von Teese celebró vestido de su personaje El Alquimista, ya le había homenajeado en algunos de sus vídeos, hasta llegar a ese calco directo de algunas escenas de La montaña sagrada que es Born Villain. Jodorowsky era —y es, cada vez más— lo más parecido a una superestrella que puede serlo alguien que se dedica, principalmente, a escribir; sin embargo, este libro ilustrado por François Boucq, uno de sus compañeros habituales de viñetas, tiene todos los elementos de una novela juvenil que sirva de tarjeta de presentación para él como escritor, y así pareció afrontar su redacción.

El autor, tras haber viajado por medio mundo, ambienta el libro en su Chile natal y utiliza todo el imaginario del terror clásico adaptándolo a sus necesidades. Hay algo parecido a licantropía, una bruja no tan malvada, una mina abandonada habitada por no-muertos, leyendas precolombinas, una secta ancestral asesina, un extraño visitante que recuerda mucho al horror cósmico de Lovecraft, y los protagonistas tendrán que enfrentarse a la mismísima muerte. Sin embargo, quien espere encontrar un libro oscuro y siniestro, habrá de buscar en otro sitio, porque este es exactamente lo contrario.

Jodorowsky cree tener una misión cada vez que cuenta una historia; según él solo merece la pena escribir sobre «héroes, sabios, campeones y santos». Como cualquier otra de sus obras, esta también narra el camino iniciático de un personaje que viene social, anímica y emocionalmente desde lo más bajo. En todos sus recorridos, los protagonistas se transforman hasta alcanzar uno de estos estados, enfrentándose a una sociedad que siempre se presenta gobernada por monstruos —sean emperadores galácticos en El Incal, dictadores en Juan Solo, falsos líderes religiosos en El lama blanco...— y consentida por una mayoría resignada, aburrida y dispuesta a obedecer. El autor, generalmente, consigue redimir a todos sus personajes, salvo a los artífices de estos sistemas corruptos.

En el caso de esta novela, no perdona al capataz minero de turno. Un auténtico cretino medio mapuche al que retrata teñido de rubio y tintado con cremas para blanquear la piel, imitando el acento norteamericano del dueño de la explotación al que, literalmente, ofrece el culo cada noche. El autor no es amigo de sutilezas. Al contrario, gusta del esperpento y la exageración superficial para mostrar el interior de los personajes, y de la estética bufonesca con la que no busca alejarse de la realidad, sino llegar a expresarla de forma más explícita.

Es conocido que Jodorowsky, para bien o para mal, improvisa y no sigue esos esquemas narrativos tradicionales y lógicos que dictan, por ejemplo, que si el chico para escaparse del malo necesita llevar una navaja en la bota, ha de mostrarse algunas escenas antes que la lleva, por ejemplo, matando un escorpión, y distraer la atención del hecho, por ejemplo otra vez, con el amigo simpático haciendo un chiste sobre lo feo que era el bicho venenoso; en un libro del chileno, simplemente, el chico sacará la navaja cuando la trama lo exija. Evidentemente, conoce perfectamente esas normas, no en vano lleva cuarenta años dedicado con gran éxito al oficio de guionista, pero él no pretende hacer el encaje de bolillos con sus tramas de, por citar el caso más evidente, Alan Moore. «Demasiada perfección es un error», decía un personaje de El topo, posteriormente citado en Diosamante. Estas improvisaciones tienen efectos chocantes, para bien o para mal; en Los Metabarones era imposible que ningún lector averiguase la auténtica identidad de Lothan porque, hasta que se revela, probablemente ni siquiera al propio autor se le había ocurrido y los elementos que imagina, al no estar constreñidos por ninguna regla, suelen ser sorprendentes y grandiosos, aunque también, en ocasiones, algo deslavazados. Son el tipo de historias capaces de arruinar a cualquier productor cinematográfico y de fascinar y suponer un gran reto para el más talentoso e imaginativo dibujante de cómic, ambos puntos sobradamente demostrados a lo largo de su carrera. Alejandro Jodorowsky encontró en la historieta el medio ideal para expresarse y ya con cuarenta años de éxitos revolucionarios en este campo, resulta difícil discutir que es uno de los grandes escritores de cómic de todos los tiempos.

Puede que el mayor acierto de esta divertidísima novela sea el carácter de la protagonista, La Jaiba. Una mujeruca bigotuda y con chepa que, tras dedicarse a vigilar los baños y vender cocaína a los mineros de un pueblucho en un local, abre un negocio de compra de dientes de oro y malvive enfrentándose a borrachos hasta que aparece en su camino Albina, una especie de opuesto a ella: Una casi-diosa grande, blanca, con senos y caderas voluptuosos, inocente como una niña. Al principio, La Jaiba monta un espectáculo erótico para lucir sus hipnóticos encantos y sacar así los cuartos a los espectadores, pero pronto, traba una auténtica amistad con ella y descubre que el mordisco de Albina transforma a los hombres en perros cuando hay luna llena. Las dos antagónicas amigas emprenderán un viaje por un Chile alucinado para dar con una explicación a este fenómeno, y encontrar la forma de curarlo. Como no podía ser de otra forma, durante el trayecto encontrarán amigos, enemigos, amantes, animales humanizados, hombres bestializados y lugares fascinantes mientras se descubren a sí mismas, dan con su lugar en el mundo, e incluso alguien como La Jaiba se vuelve menos fea, desconfiada y hosca de lo que era en principio, aunque a ratos intente disimularlo.

Quien se acerque a ella con —comprensibles— prejuicios por aquello de la psicomagia, que enerva a los más racionales, o la utilización que el autor suele hacer de elementos religiosos, que enerva a los creyentes, se perderá una novela divertidísima, encantadora, y una imaginativa utilización de los clásicos elementos del terror, pese a que no esté clasificada en la sección de «narrativa» sino en la de «espiritualidad», o algo así y a que la estupenda portada de Boucq haya sido sustituida por una foto del autor en plan chamán que hace que dé algo de vergüenza leer el libro en público.

Neil Gaiman hace poco presentó la película Santa Sangre, en la que Jodorowsky hacía uso también de elementos del género de terror. Albina y los hombres-perro es mucho más luminosa y juguetona, menos macabra, recuerda más, salvando todas las distancias, a los libros del creador de The Sandman ilustrados por Dave McKean, como El niño del cementerio o Coraline, siendo anterior a ambos y con la salvedad de que este no resulta recomendable para menores.

Entre las muchas ocurrencias que sorprenderán al lector, no me resisto a revelar que La Jaiba, cuando se encuentran sus amigos y ella en un gran peligro, puesto que no confía en ningún dios, eleva sus plegarias a lo único que durante años le ha dado consuelo y ganas de vivir: la cerveza.

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Patapalo
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Confieso que no he leído nada de este hombre y que, subconscientemente, lo relacionaba con los temas gurús y new age. Después de leer el artículo me ha picado la curiosidad, máxime cuando El libro del cementerio es de mis obras preferidas de Gaiman. Muy interesante.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Daniel Leuzzi
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He leido algo y visto varias de sus peliculas. No es facil "entenderlo", pero considero que hay que "bucear" en su obra. Está muy alejado de lo que vemos todos los dias. Hay mas ideas en el Topo que en las ultimas 50 pelis de Hollywood...

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