El secreto del tiempo

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Un breve relato de fantasía oscura de Patapalo

 

—¿A qué se dedica este tipo? —inquirió Yao Tcheng mirando con aprensión los muros de papeles apilados que conformaban a su alrededor un extraño laberinto.

—¿Qué importa? —le contestó el otro sicario con suficiencia, marcando su distancia con el novato—. Si quiere seguir haciéndolo, tendrá que pagar. Eso es todo.

Yao Tcheng arrugó la nariz con disgusto. Había ingresado en la cofradía hacía pocos meses y todavía le costaba cumplir los encargos sin hacerse preguntas. Sabía que no iba a facilitarle el ascenso en el escalafón ser tan curioso, pero no podía evitarlo. Después de todo, tenía que haber un sentido. Y él necesitaba encontrarlo. Su compañero no parecía tener las mismas necesidades, pensó al ver cómo reaccionaba frente a la aparición de su objetivo, un hombre arrugado con largos bigotes blancos enfundado en un kimono desgastado.

—¿Tienes el dinero, viejo?

Yao Tcheng sintió un poso de rabia en su interior. De niño le habían enseñado a venerar a los ancianos, no a avasallarlos. El anfitrión, sin embargo, no pareció ofenderse.

—¿Qué dinero? —replicó paciente.

—El que tienes que entregar a la cofradía si quieres seguir con tu negocio.

—Veo que ha habido un malentendido: yo no tengo ningún negocio. Es mejor que se vayan —zanjó la conversación con una reverencia.

—¿Que no tienes ningún negocio? —rió el sicario—. ¿Qué son entonces todos estos papeles? ¿Qué pasaría si, desgraciadamente, hubiera un incendio y fueran pasto de las llamas?

—Nada. Son retazos del tiempo, y serán cenizas, antes o después. Como le dije, esto no es un negocio.

Sin saber muy bien por qué, Yao Tcheng sintió un escalofrío. Había algo siniestro en las palabras del viejo, como una amenaza velada. Además, el olor a papel, que tanto le había desagradado al comienzo, empezaba a hacerle sentir mareado.

—Vámonos —apremió a su compañero, pero este lo apartó de un empujón, sacó un fósforo y lo acercó a una de las pilas.

—Sí, nos vamos, pero antes dejémosle al viejo algo que le haga reflexionar.

Una llama prendió en la cabeza de la cerilla, y de ahí, un segundo después, pasó al primer pliego de papel. Al mismo tiempo, la ceja izquierda del sicario empezó a arder. Al principio, el hombre no entendía de dónde provenía aquella punzada de dolor, e intentó ocultarla al aterrado Tcheng y al viejo para no perturbar su representación. Cuando comprendió lo que ocurría, su rostro se descompuso de puro terror y un alarido rasgó su garganta.

Yao Tcheng no siguió a su compañero cuando este huyó a la calle. Sentía los pies de plomo, las piernas de hueso muerto. Permaneció en el laberinto de papel, paralizado y fascinado al tiempo, viendo cómo una única pila se consumía bajo la mirada siniestra del viejo hasta que solo quedaron cenizas que trazaban la sombra de un hombre.

—Será mejor que se vaya, Yao Tcheng. Todavía no quiere liquidar sus cuentas con el tiempo, ¿verdad?

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Bestia insana
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Patapalo, muy bien, me ha gustado

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Patapalo
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Bestia insana dijo:

Patapalo, muy bien, me ha gustado

Muchas gracias.  Sonrisa

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Relator
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Me ha parecido genial, sobre todo la respuesta del viejo: Nada. Son retazos del tiempo, y serán cenizas, antes o después.

 

Oh Esperanza, cuando crezca realizaremos grandes viajes...

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weiss
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Qué buen relato. Cortito y sin pretensiones, pero con eso que me encanta: cuenta más que lo que relata Arriba 

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Ricardo-Corazon...
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Corto pero con mucho contenido. De los que te deja pensando. Arriba

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Patapalo
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Vaya, muchas gracias a todos por los comentarios. Así da gusto. Sonrisa

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Fly
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Jodido Patas. Eres bueno. Con lo del kimono he evocado una momentanea imagen tuya con el kendo Risa cachonda, pero luego he vuelto a la lectura.

Es probable emitió su esperma de una forma muy descuidada.

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Patapalo
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Fly dijo:

Jodido Patas. Eres bueno. Con lo del kimono he evocado una momentanea imagen tuya con el kendo Risa cachonda, pero luego he vuelto a la lectura.

Interferencias Risa cachonda Nunca sabes dónde te pueden salir.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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