Si tu etiqueta te arrincona...

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Un artículo de Canijo sobre las clasificaciones en el mundo editorial

Si tu mano derecha te hace pecar, córtatela, si es tu pie derecho, hazlo también, si es tu ojo, sácatelo… Así de comedido hablaba el evangelista Marcos para explicar que, en aras de un bien mayor, bien valían unos cuantos sacrificios; en este caso, como ese bien mayor era ni más ni menos que la salvación eterna, la entrada al paraíso, todos los sacrificios le parecían pocos. Eso sí, se cuidó muy mucho de no mencionar al miembro viril como inductor de pecado, porque si le suelta al personal que tendría que cortárselo… poco predicamento hubiera tenido el discípulo de Pedro, me parece a mí.

De ahí, del fetichismo por las mutilaciones del amigo Marcos, es de donde sale el título para esta columna que versa sobre esa problemática con las etiquetas que todo aficionado a la literatura de género conoce, “el mal de las etiquetas”, y el sentido de la misma sale de completar la frase: “Si tu etiqueta te arrincona… arráncatela.”

Sí, señores, todos los que pululan por el mundillo saben de lo que hablo, lo han escuchado tratar en muchas ocasiones, incluso lo han debatido con más o menos ardor, con más o menos pragmatismo, o, todo sea dicho, con más o menos interés, que una etiqueta puede crear un nicho comercial cerrado en el que es más fácil competir. En estas últimas semanas el mismo que suscribe ha estado siguiendo varias conversaciones sobre la materia promovidas por Virginia Pérez de la Puente, Daniel Pérez Navarro o surgidas de forma espontánea en el foro de literatura de OZ, más concretamente en su hilo de últimas lecturas.

Ya digo, es un tema recurrente, el debate con el que todos estamos condenados a tropezar más de una y de dos veces a lo largo de nuestro contacto con el género. Es, además, un debate con bandos divergentes, con puntos de partida opuestos e intereses encontrados, todo lo necesario para que nunca se llegue a amplios consensos ni armisticios, sino a meras treguas para lamerse las heridas en espera del siguiente encuentro en el campo de batalla dialéctico.

Personalmente, mi alineamiento siempre ha sido más cercano a los vindicadores de la etiqueta, aunque nunca paralelo del todo, pero de un tiempo a esta parte he ido acercando cada vez más mi postura hacia el otro bando, el de los que ven las etiquetas como un lastre a soltar si se quiere que el género en sí pueda elevarse en las escalas de ventas y popularidad literaria, que es lo que de verdad importa.

Vamos a ver, el punto de partida sería que, igual que el hábito no hace al monje, la etiqueta tampoco hace a la obra de género, que 1984 no va a dejar de ser ciencia ficción distópica porque no se etiquete como tal, que Cien años de soledad no va a dejar de ser fantasía de tono costumbrista porque se la etiquete como realismo mágico en aras de no mermar su potencialidad comercial, y que Ensayo sobre la ceguera es El día de los trífidos pero sin trífidos (y con mayor valor literario, según mi criterio), más fácil de encuadrar dentro de la ciencia ficción que obras de Ballard como Crash. Siendo esto así, ¿qué importa que no lleven etiqueta de fantástico si todo aficionado a dicho género va a reconocer su pertenencia con la mera lectura de la sinopsis? Personalmente, no voy a llegar a la obra por su etiqueta, llegaré por consejo de amigo, por lectura de reseña en web (de género sobre todo, por cierto), y siempre sabiendo qué es lo que leo, porque mi gusto por este tipo de lecturas (sobre todo ciencia ficción) hace que sepa reconocerlas a leguas; ¿qué me importará a mí que el de al lado, que ha llegado a ella sin saber que era de género pero le ha gustado igualmente, se sorprenda cuando le diga que es ciencia ficción? De hecho, esto es algo que me parece más que interesante, porque ¿qué mejor forma de reivindicar un género anatematizado que haciéndole ver al lector de mainstream que él también lee género, aunque de esos subgéneros “más suaves” (por decirlo de alguna manera) y que por lo tanto necesitan una menor capacidad de abstracción o una menor “especialización lectora” o cultura científica? De él dependerá si quiere profundizar más en esos géneros o en otros de los múltiples saturan el mercado.

Lo dicho, la etiqueta no hace a la obra de género, no le es necesaria para nada, ni para pertenecer ni para ser distinguible (a quien le interesa distinguirla, que es al lector de género). La etiqueta lo único que hace es viciar la imagen que da la obra al no iniciado, porque si bien el adepto al mundillo sabe que hay muchos tipos de ciencia ficción y de fantasía, el neófito suele asociar esos conceptos con la space opera por un lado y con la dragonada por otro, y no es así.

Esto último puede ser debido a muchos motivos, quizá uno de ellos sea que el fenómeno del fandom, el frikismo, nos viene de fuera, y con él gustos por otro tipo de temáticas menos arraigadas en nuestra cultura literaria, tan aferrada a la realidad. De la misma forma, algunas de sus bases más importantes también nos vinieron de fuera, en forma de la adaptación patria del pulp que hicieron los bolsilibros, alguno de cuyos autores confesó que no tenía ni idea de qué era eso de la ciencia ficción que le pidió la editorial, por lo que tuvo que verse algunas películas de sesiones dobles y similares para tener una idea de lo que tenía que escribir (películas de fuera, temáticas de fuera, tan de fuera que cuando los Ozores hicieron La hora incógnita, la versión patria de La hora final, casi se arruinan). Luego, claro, se le pedía también un seudónimo anglosajón (al igual que en el western, policiaco y demás) porque, como es de lógica pensar, tendría más salida comercial si se apuntaba a autor extranjero, de esos países en los que sí había tradición en trabajar esos formatos. Gracias a esto, a los bolsilibros y a todas las maniobras comerciales que ayudaron a su amplia difusión, muchas personas llegaron a esos géneros que de otra forma no hubieran encontrado su sitio.

Volviendo al presente, si a mí lo que me gusta es el género, lo que quiero es que se publique más, que se venda más, que esté mejor valorado literariamente, y no creo que a eso se vaya a llegar a través de una estricta taxonomía solo entendible para el aficionado, sino liberando a las obras de ese sello y dejando que se batan el cobre con el resto de literatura generalista. Los que consigan despuntar ahí seguirán siendo escritos de género, y ya habrá tiempo para reivindicarlos como tales, que argumentos hay de sobra, argumentos y clásicos que tratan esos mismos temas que algunos escritores mainstream señalan como frutos originales de su ingenio.

Como dijo el maestro Ballard en el prólogo de la edición francesa (Calmann-Lévy, 1974) de su novela Crash, la ciencia ficción tiene mayor potencial para señalar problemas presentes y futuros de nuestra sociedad que el agotado realismo. Yo creo en esto, creo que hay temáticas de ciencia ficción que pueden tener mucho calado, por eso no me parece bien que no tengan posibilidades debido a una etiqueta, o que se las tilde de nada por eludir esa merma en sus posibilidades de llegar a un público más amplio. Y no, lo más fácil no es convencer desde la minoría a una mayoría cargada de prejuicios, una pura utopía, lo más fácil es algo tan simple como eliminar la etiqueta a la que se agarran esos prejuicios, y una vez quitados los prejuicios de en medio, que la novela se defienda como tal.

Como señala Daniel Salvo en este artículo, los argumentos más típicos de la ciencia ficción se están volviendo atractivos tanto para los escritores que antes no pisaban esos pagos, como para los lectores que los reciben como historias originales por no tener un bagaje “cienciaficcionero” amplio. ¿Por qué no aprovechar eso para reivindicar el género, esté etiquetado o no? Mahoma ha de ir a la montaña, no esperar que la montaña en forma de masa lectora se le acerque para reconocerlo.

Igualmente, el aficionado o escritor de género, como señala Salvo en los últimos párrafos de su artículo, no debe pretender ser el representante legítimo de unas temáticas y exigir el etiquetado de las obras para considerarlas incluidas dentro de su canon. Si hacemos esto último, si se cierran las puertas a la parte del género que fluye con la corriente del mainstream, si no se reconoce la producción de fuera del fandom, ¿por qué el mainstream fantástico tendría que considerarse dentro del género? ¿Cómo pretender que los autores que lo cultivan no traten de evitar un etiquetado que solo pide una pequeña comunidad de lectores? Si la etiqueta no es necesaria y sí puede causar problemas, ¿no es mejor arrancarla para que no nos arrincone? ¿Qué problema hay con que alguien lo haga? Según tengo entendido, en otros países se usa un etiquetado distinto, evitando así connotaciones indeseables y dejando que las obras se defiendan a sí mismas, ¿es por eso menos fantástico?

Eso sí, cuando es la obra la que se defiende a sí misma en un campo de batalla más amplio, las tramas que requieren mucha capacidad de abstracción al lector, las narraciones que requieran una base científica superior a la media como son el hard y los guiños al lector propios de un reducido grupo de lectores, pierden su fuerza como arma, y está claro que el que use esas armas o guste de ver su uso (yo mismo) sentirá una pérdida, pero será su pérdida, no la pérdida del género. En el mundo de la literatura en general se valora más el uso de otras armas, de otros guiños, y más obvio será que desde el género se puede hacer literatura de nivel si las obras del mismo demuestran que pueden competir con las generalistas en su campo, en el reconocido por la masa como el legítimo a la hora de demostrar valor literario. Todo lo demás es pretender que al resto le guste lo mismo que a uno, y no es de recibo; si lo que te gusta a ti no pasa el corte de la popularidad, es porque es algo minoritario, y con eso te tendrás que conformar, como hacen tantas y tantas personas con gustos minoritarios (o minoritarios en el lugar en el que viven), como yo.

Como dice la máxima comercial, “el cliente siempre tiene la razón”, y si buscas como cliente al lector medio en castellano, este te pide que te arranques la etiqueta. En tu mano está el hacerlo o el aceptar entrar en un nicho lector minoritario, que también es respetable y puede ser muy satisfactorio; lo que sea menos tratar de quitarle la razón al cliente, que para eso paga por ella.

“er Caniho”

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Patapalo
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Pues tienes razón en algunas cosas, pero sigo pensando que las etiquetas tienen su utilidad y que no tienen que ser, per se, nocivas para nadie. En ocasiones son, incluso, rentables. Mira si no cómo Random House Mondadori se ha montado el sello Fantascy para publicar género cuando podría haber integrado esas mismas novelas en otros sellos más generales.

Para mí, sin darles mayor importancia, las etiquetas tienen la función de servir de balizas. No son determinantes ni de calidad ni de enfoque, muchas veces solo sirven de primera aproximación burda, pero precisamente en un mundo en el que tenemos una sobresaturación de oferta se vuelven particularmente útiles.

¿Qué chocan con algunos prejuicios? Sí, claro, en los dos sentidos. A mí me cuesta creer que determinados sellos me vayan a poder dar una buena dragonada (porque ya sabemos que las hay buenas y malas) o ir más allá del tópico. Es como el librero especializado: ese sabe desenterrarte un tesoro que a otros les pasa de refilón en la marea de novedades.

Por supuesto, si un autor quiere una portada neutra, una colección neutra y el editor está de acuerdo, no tengo nada en contra. Pero será que yo lo llevo en la sangre y no me desagradan algunos dejes. El impacto de estos sobre las obras ya daría para otro largo artículo.

También reconozco que vivo muy bien en un nicho. Es que es algo muy fosco XDD

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Canijo
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Patapalo dijo:

Pues tienes razón en algunas cosas, pero sigo pensando que las etiquetas tienen su utilidad y que no tienen que ser, per se, nocivas para nadie. En ocasiones son, incluso, rentables. Mira si no cómo Random House Mondadori se ha montado el sello Fantascy para publicar género cuando podría haber integrado esas mismas novelas en otros sellos más generales.

Para mí, sin darles mayor importancia, las etiquetas tienen la función de servir de balizas. No son determinantes ni de calidad ni de enfoque, muchas veces solo sirven de primera aproximación burda, pero precisamente en un mundo en el que tenemos una sobresaturación de oferta se vuelven particularmente útiles.

¿Qué chocan con algunos prejuicios? Sí, claro, en los dos sentidos. A mí me cuesta creer que determinados sellos me vayan a poder dar una buena dragonada (porque ya sabemos que las hay buenas y malas) o ir más allá del tópico. Es como el librero especializado: ese sabe desenterrarte un tesoro que a otros les pasa de refilón en la marea de novedades.

Por supuesto, si un autor quiere una portada neutra, una colección neutra y el editor está de acuerdo, no tengo nada en contra. Pero será que yo lo llevo en la sangre y no me desagradan algunos dejes. El impacto de estos sobre las obras ya daría para otro largo artículo.

También reconozco que vivo muy bien en un nicho. Es que es algo muy fosco XDD

Fantascy es una de las cosas de las que hablaba en lo de los feriantes, una buena iniciativa que viene respaldada por editorial de peso yanqui, y ellos, maestros del marketing, son los que ponen esto en su descripción: “FANTASCY nace con la vocación de convertirse en una editorial de referencia para los aficionados, muchos de los cuales empiezan a serlo ya sin necesidad de etiquetas. Cualquier lector curioso o inconformista podrá aficionarse a FANTASCY.” Ojo, que no es moco de pavo, se trata de meter el Y(oung)A(dult) sin traducir la etiqueta (que se quedaría en Literatura Juvenil y perdería cuota de mercado). También ahí está Terra Nova, otra de las iniciativas que mencioné, que se describe como ciencia ficción contemporánea, con autores de todo el mundo, por aquello de que sólo con los lectores españoles de CF… no da para demasiado. En el resto de la descripción se deja bastante claro que no es la CF que el lector medio piensa que hay tras la etiqueta “Una narrativa accesible para cualquier lector que fomenta el pensamiento crítico y se sustenta en tramas que denuncian el totalitarismo, la dominación de la mujer y el desprecio por los derechos humanos, junto con sobrecogedores testimonios de guerra, perturbadoras fantasías políticas, inusuales historias de amor, comprometidas propuestas éticas y poéticas apologías de la belleza y la música.” Vaya, lo mismo de siempre, porque todos hemos leído estos temas en la CF, pero hay que especificarlo para poder llegar a esos otros lectores que no lo saben, que desde luego no son los aficionados al fantástico… Otro ejemplo sería la descripción de Alif el invisible “Sorprendente y extraordinario, Alif el invisible mezcla la emoción de una rocambolesca aventura de fantasía urbana y la frescura del ciberthriller con el encanto de la mitología del Oriente Medio. En 2013 se llevó el prestigioso galardón World Fantasy Award a la mejor novela.” No veo que ponga CF, y fantasía urbana o ciberthriller me suenan a realismo mágico, novela de anticipación, thiller sobrenatural o cualquier otra de esas “etiquetas de despiste” que existen por ahí… Es decir, saben de nuestro problema con las etiquetas y tratan de, sin perder la cuota de mercado del aficionado fandom, ampliar su nicho lector “diluyendo” las etiquetas. A mí esto me parece genial y muy sintomático. O es la impresión que me da a mí matizada por la idea que tengo acerca de las propiedades del etiquetado.

Porque es cierto, las etiquetas sirven de baliza y funcionan en los dos sentidos: orientan a la minoría que sabe de lo que se está hablando, los que no necesitan la etiqueta para nada, y repelen a la mayoría que no sabe de lo que se está hablando. El aficionado al género fantástico no ve esto cuando habla con sus compañeros de afición, pero cuando habla con “los de fuera”, cuando ve sus caras al mencionar ciertas etiquetas, cuando le dice que tal obra que le ha gustado es Ciencia Ficción sin él saberlo, cuando le pregunta qué imagina a priori sobre lo que se escribe tras esas etiquetas… descubre otra realidad.

Ya digo, tengo claro que eso de seguir la estela yanqui puede ser un verdadero impulso, dejar que sus editoriales, sus películas, sus autores, su mayor aceptación del fantástico (aunque tampoco es oro todo lo que reluce) tiren de los autores de aquí. Y a mí, fijándome en lo que hacen, también me da la impresión de que apuntan a una dilución de las etiquetas, que no es sino otra forma de arrancarlas.

En fin, ya se verá, Fantascy tiene que cuajar más y veremos cómo orienta su estrategia, también habrá que ver cómo afecta a esto de las etiquetas el posible cambio del negocio empujado por la revolución de internet, que no se detiene, al igual que los efectos de la globalización y el “We’re all living in America” que afectan directamente a nuestra cultura…

De momento el nicho sigue existiendo y sigue siendo un magnífico lugar para vivir, pero el verdadero mercado, si es que se aspira a él, creo que está al otro lado, a una etiqueta de distancia.

 

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Patapalo
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Canijo dijo:
Y a mí, fijándome en lo que hacen, también me da la impresión de que apuntan a una dilución de las etiquetas, que no es sino otra forma de arrancarlas.

Pues esto ya lo veo muy subjetivo. Dilución ¿porque especifican más? ¿O porque se inventan nuevas que no son las clásicas? Yo eso no lo veo diluir etiquetas, sino cambiar envoltorios.

Tampoco tengo cifras de mercado, pero bien que se han creado nuevas etiquetas como la romántica paranormal porque hay editores que consideran que la fidelización de un público se puede hacer hacia una etiqueta y no un autor, porque al final es eso. Lo que pasa es que se intentan conciliar etiquetas literarias con etiquetas de mercadotecnia, y ahí ya sí que se puede reinterpretar mucho.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

Columna cortesía de Sevilla Escribe: http://sevillaescribe.blogspot.com/

 

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