Pepe 3 - 4

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Carlos Giménez afronta la segunda mitad de su homenaje a Pepe González

 

En la reseña del segundo volumen de Pepe publicado por Panini, concluimos que Carlos Giménez estaba trasladando al cómic una de esas incómodas charlas que surgen a las puertas de los velatorios entre los familiares y conocidos del fallecido, un muestrario de anécdotas representativas de aquel a quien no se va a ver nunca más.

En el caso de Pepe, hemos podido conocer gracias a los primeros tomos de esta colección que era un genio incómodo con su propia condición. Perezoso, epicúreo, generoso e ingenuo, Pepe provocaba el amor y el odio en una misma persona en muy poco tiempo por su manera de entender la vida. Además, entre otras cosas, soportaba muy bien el dolor, nunca iba en taxi, contaba muy buenos chistes, sentía devoción por su madre, cantaba de fábula y era un homosexual al que solo le gustaban los heterosexuales.

En la charla del velatorio, unos se van y otros llegan, de manera que se vuelve otra vez a las mismas historias. Con cuatro tomos ya leídos de los cinco que tendrá Pepe, la sensación de haberse encontrado una y otra vez las mismas anécdotas sobre el protagonista es inevitable, llevando al lector a la conclusión de que la obra habría sido mucho más redonda de contar con algún tomo menos.

Pero sería injusto fijarnos solo en esto. Si hacemos el ejercicio de quitar todas esas reiteraciones que salpican cada tomo, comprobaremos que la maestría de Giménez sigue ahí. Así, en la anterior reseña destacábamos el fragmento que narraba la mili de Pepe, pero aquí estamos obligados a hablar de momentos brillantes como el tragicómico episodio de la fiebre de César Borgia y, sobre todo, de cómo el título comienza a mutar para contar de forma adecuada la inevitable caída de un funambulista de profesión como Pepe.

Giménez se adentra en el tercer tomo por un camino que parece que no abandonará en adelante y que le obliga a alejarse de esa zona de confort que habría hecho de este título un Los Profesionales 2. En el cuarto tomo, el plantel de Producciones Ilustradas prácticamente no aparece y se nos muestra un Pepe que se mantiene fiel a sus particulares principios, aun cuando su situación se hace más y más precaria. Tras el ensalzamiento de los tres tomos anteriores, resulta muy doloroso leer ciertos fragmentos del cuarto volumen, como cuando desahucian su estudio, muere su madre o acaba lavando platos en el restaurante que frecuentaba. Giménez ha logrado en la primera mitad de la obra que el lector quiera a Pepe como le querían sus amigos en la vida real, y por ello la lectura del cuarto tomo resulta tan amarga. Lo que no abandona nunca Giménez es la infinita ternura que le despiertan sus personajes: Pepe mantiene siempre una actitud estoica que contrasta con su naturaleza sensual, Toutain y su hija, como Enric Torres, siempre estarán a su lado, a pesar de las continuas decepciones…

Al final del cuarto volumen, Pepe ha sobrevivido a una dura enfermedad y, despojado en gran parte de su libertad, se muestra manso y, quizás, más en paz consigo mismo que nunca, como anunciando la inevitable llegada del quinto y último tomo. Su final, como el de Toutain, marca la desaparición de una forma de entender la historieta y, en general, la vida que nunca volverá. Una peculiaridad de la que Giménez, a pesar del reconocimiento del que goza su obra, forma también parte indisoluble y ante la que se muestra amargo en las últimas páginas del cuarto volumen, cuando dice en boca de uno de sus personajes: Cuando se acabaron las revistas de historietas se empezaron a morir los dibujantes y los editores y se empezaron a morir también las agencias. Se acaba esta profesión y empieza otra cosa [...]. Se acaba el siglo. Y el cómic, tal y como lo entendíamos, se acaba [...]. Todos tenemos un poco la sensación de que no nos han dado lo nuestro. Si yo fuese dibujante pensaría: “La profesión se ha portado mal con nosotros, no nos ha querido”. En estas frases se encierra el sentido último de Pepe, un emotivo, imperfecto y orgulloso ajuste de cuentas.

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