El hombre duplicado

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Reseña de la novela de José Saramago publicada por Punto de Lectura

 

Es usted el señor Daniel Santa-Clara, preguntó la voz, Sí, soy yo, Llevo semanas buscándolo, pero finalmente lo he encontrado, Qué desea, Me gustaría verlo en persona, Para qué, Se habrá dado cuenta de que nuestra voces son iguale, Me ha parecido notar cierta semejanza, Semejanza, no, igualdad, Como quiera, No somos parecidos solo en las voces, No le entiendo, Cualquier persona que nos viese juntos sería capaz de jurar que somos gemelos, Gemelos, Más que gemelos, iguales, Iguales, cómo, Iguales, simplemente iguales

 

El hombre duplicadoLos gemelos monocigóticos o univitelinos son lo más parecido a una copia genética exacta de dos seres humanos. A pesar de que el proceso de fecundación se produce con un único óvulo y un único espermatozoide, se produce una bipartición del embrión durante sus primeras fases del desarrollo. De este modo, acaban compartiendo la misma placenta dos embriones viables proveniente de un solo cigoto. Al principio, los gemelos monocigóticos son prácticamente idénticos, pues comparten la totalidad de sus genes, salvo pequeñas variaciones genómicas que establecerán una gradual diferenciación entre ambos, si bien resultan indistinguibles para la mayoría de las personas, e incluso para sus propios padres.

Una explicación lógica ante el desconcertante descubrimiento de Tertuliano Máximo Afonso, un anodino profesor de historia, que acaba de realizar viendo desganadamente una comedia ligera. Entre los actores aspirantes a grandes estrellas del celuloide, nuestro protagonista observa desconcertado un asombroso parecido con uno de los secundarios. Ahora, la ficción se ha convertido en realidad para Tertuliano, quien comenzará tras los créditos finales una búsqueda sin descanso para descubrir la identidad de su igual y, subsiguientemente, de sí mismo.

José Saramago retoma la identidad humana como línea argumental de su primera novela en el género de thriller psicológico después de Ensayo sobre la ceguera y La caverna. El escritor portugués reflexiona sobre qué nos define como personas individuales, aquello que nos distingue, permitiéndonos ser únicos. Sin embargo, el punto de inflexión radica en qué ocurriría si no lo fuésemos. Entonces es cuándo nos preguntamos quién es real y quién no; quién es el original y la quién la copia del otro; quién tiene mayor derecho de vivir, de conservar su existencia independiente y quién tendría desaparecer para que la otra persona volviera a ser solo uno.

 

Seré de verdad un error, se preguntó, y, suponiendo que efectivamente lo sea, qué significado, qué consecuencias tendrá para un ser humano saberse errado.

 

El hombre duplicado plantea esta disyuntiva a través de la coexistencia de Tertuliano Máximo Afonso y su homólogo, Antonio Claro —o más conocido por su nombre artístico, Daniel Santa-Clara—. No obstante, aunque el encuentro —y posterior enfrentamiento— entre ambos parece deberse a una serie de circunstancias fortuitas, como la recomendación del compañero de matemáticas, el orden de visualización de las películas alquiladas o la barba postiza; todo cuanto leemos posee una lógica propia. José Saramago introduce en la narración una gran cantidad de detalles que poseen una «doble» lectura, proporcionándole diferentes niveles de lectura e interpretación, tal y como demuestra el siguiente fragmento de la novela:

Hubo ya quien afirmó que todas las grandes verdades son absolutamente triviales y que tendremos que expresarlas de una manera nueva y, si es posible, paradójica…

Recuérdese la significativa ausencia de nombres para identificar a los personajes de Ensayo sobre la ceguera, aludiendo a todas las víctimas anónimas de la pandemia y, aunque la historia se centraba en un único grupo, la situación era aplicable al resto de la población mundial, con independencia de las diferencias previas, ahora todos compartían un mismo rasgos que las definía: la ceguera blanca. O La caverna, que se inspira en el relato de Platón para aportar su propia visión sobre la deshumanización del ser humano concibiendo un microcosmos —el Centro— que las personas consideran la única realidad existente, excepto Cipriano Algor, quien se negaba a aceptar una existencia limitada a consecuencia de su conocimiento del mundo exterior. Una alegoría concebida para «que la gente salga de la caverna».

Si analizamos El hombre duplicado, comprobamos esa doble intencionalidad del autor cuando, por ejemplo, emplea los primeros capítulos en describir con gran precisión la rutina de Tertuliano Máximo Afonso para reforzar nuestra percepción inicial sobre su persona como un hombre gris, carente de cualquier motivación o ambición en su vida, e incluso de hobbies. De hecho, resulta curiosa la elección de su profesión —profesor de historia—, pues el pasado implica enfrentarse con nuestros errores y aprender de ellos; pero Tertuliano lo rechaza y, por esta razón, incurre en las mismas faltas con María Paz. O la circunstancia de que descubriese a su doble mientras veía una comedia ligera un aburrido sábado noche, cuando el cine representa una evasión de la realidad y, por el contrario, acaba por mostrarle la evidencia que él ignoraba hasta entonces.

Por otro lado, Antonio Claro opta por el mundo del espectáculo para dejar atrás el anonimato y conseguir el reconocimiento de los demás, justo lo contrario a Tertuliano Máximo. Los cambios de imagen exigidos por el guión conllevan a renuncia voluntaria de su identidad para convertirse en otra persona delante de la cámara. Precisamente, el deseo de convertirse en otra persona, pero sin afrontar a las consecuencias de sus actos tal y como le sucede cuando interpreta, pone en evidencia el narcisismo y hedonista de la sociedad actual.

Y es que Saramago no se conforma con proporcionar al lector un entretenimiento insustancial, sino que presenta la reflexión subjetiva sobre las ideas expuestas en la novela. Por esta razón sus novelas rompen con todos los arquetipos, optando por una estructuración basada en párrafos únicos en cada capítulo, en los que los diálogos están intercalados con el resto de la narración, sin distinciones. De esta forma, José Saramago juega con el lector, sorprendiéndolo al introducir giros narrativos inesperados cuando sigue describiéndonos escenas cotidianas que, en apariencia, resultan intrascendentales para la trama principal. No obstante, poco a poco descubrimos que esos detalles están conectados. Es decir, el autor nos confunde a través de una sucesión de pormenores que acaban revelando su auténtica importancia para la resolución de la novela. Asimismo, permite dosificar aquellos que pudieran desvelarnos aspectos cruciales hasta conseguir un final absolutamente magistral.

Con todo, la principal intención del autor es conseguir interactuar con el lector anónimo a través de la ironía y la ruptura de los convencionalismos.

 

De acuerdo con las convenciones tradicionales del género literario al que fue dado el nombre de novela y que así tendrán que seguir llamándose mientras no se invente una designación más de acuerdo con sus actuales configuraciones, esta alegre descripción, organizada en una secuencia simple de datos narrativos en el cual, de modo deliberado, no se permite la introducción ni de un solo elemento de tenor negativo, estaría allí, arteramente, preparando una operación de contraste que, dependiendo de los objetivos del novelista, tanto podría ser dramática como brutal o aterradora, por ejemplo, una persona asesinada en el suelo y encharcada en su propia sangre, una reunión consistorial de almas del otro mundo, un enjambre de abejorros furiosos de celo que confundieran al profesor de Historia con la abeja reina, o, peor todavía, todo esto reunido en una sola pesadilla, puesto que, como se ha demostrado, hasta la saciedad, no existen límites para la imaginación de los novelistas occidentales, por lo menos desde el antes citado Homero, que, pensándolo bien, fue el primero de todos.

Precisamente, la estructura de sus novelas resulta demasiado compleja para el lector acostumbrado a párrafos cortos y frases breves, sin apenas subordinadas. José Saramago se recrea en la prosa, en ocasiones demasiado, provocando desidia. A pesar de que la repetición busca la reafirmación de ideas, acaba resultando abrumadora.

Otra dificultad es la imposibilidad de realizar pausas, por la existencia de un único párrafo constituido principalmente por comas. La ausencia de puntuación complica retomar la lectura donde la habíamos dejado. Sin olvidar los diálogos, en los que se no se especifica la persona que está hablando, excepto al comienzo. En varias ocasiones, cuando Tertuliano Máximo realiza un monólogo que acaba convirtiéndose en una conversación con su propio yo, denominado aquí como el juicio común o la razón, impiden la distinción entre las personas que intervienen.

Es posible que la intención del autor fuese precisamente esa, crear un conflicto de personalidad en el que nos demostrase nuestra incapacidad para decir quién es quién. No obstante, acaba afectando al ritmo, provocando constantes variaciones.

A pesar del título, El hombre duplicado no es una copia de novelas anteriores, sino una historia completamente original y diferente. El primer thriller psicológico de Saramago nos plantea un dilema moral acerca de la progresiva pérdida de nuestra humanidad, olvidándonos de aquello que nos define como personas convirtiéndonos en seres exactamente iguales. Una sucesión de vidas paralelas que, aunque coexistan en un mismo espacio y/o tiempo, jamás deberán conocer la presencia del otro excepto, porque uno de los dos intentará imponerse sobre el otro para asegurarse de que, cuando mire su reflejo, sea la única copia que existe de él. Al fin y al cabo, todos intentamos dar respuesta a la pregunta «¿Quién soy?».

 

Título: El hombre duplicado, 384 págs.

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura, 2014

ISNB: 9788466328203

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Patapalo
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La temática y el autor me atraen, la verdad. Todo el tema del doppelanger me parece muy interesante. Pero reconozco que no conecté nada con la prosa de "Ensayo sobre la ceguera", así que no sé... tendré que darle una segunda oportunidad.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Fly
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Precisamente yo estoy leyendo Ensayo sobre la ceguera. Es mi primera aproximación a Saramago. Me lo encontré por ahí y pensaba que las particularidades de ausencias de puntuación y notación de los diágolos y del texto en general se debía a la naturaleza de mi libro.

Lo asumí en su momento y me dejé llevar sorprendido por esa prosa tan singular. Me está gustando mucho y aun más el saber que este hombre escribe así porque sí.

 

Es probable emitió su esperma de una forma muy descuidada.

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Aldous Jander
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Yo disfruté como un enano de Ensayo sobre la ceguera. Manuel Mije me estropeó el recuerdo un poco (pero solo un poco) al decir con razón que el argumento, después de todo, es El día de los trífidos pero sin trífidos. Como yo entonces no había leído el libro de John Wyndham, pues no me enteré.

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