Cita con Corey

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Un relato de Bio Jesus para la vivisección de Aparecidos

A Julia, la razón de todo.

 

¡Menuda bronca me espera si mamá descubre esto! Pero he de acudir a la cita. No puedo faltar.

Bajo por el Camino Verde del Cerrillo que, a estas alturas del verano, hace poco honor a su nombre. Todas las gramíneas han muerto, pero se mantienen erguidas en su dorada mortaja. Mortaja. Hasta ahora no me había parado a pensar la cantidad de palabras que uso relacionadas con la muerte. Debo de sonar un poco siniestra y, lo reconozco, un tanto cursi. Me rio de mi misma, la chica pecosa con buenas notas, niña de ciudad trasplantada a un pueblo. Porque esta jovencita tiene una cita, una cita con un fantasma.

Enfilo el llano. Ahora, rodeado de huertos, el camino si es verde. El rumor quedo de un río agobiado por el estiaje se oye cercano. Observo con aprensión la ligera neblina que se forma lentamente, con la parsimonia de un jubilado en su paseo. No me gusta la niebla. Me recuerda el día en que papá murió. Un día de bruma y curvas malditas. “La niebla siempre oculta algo con su engañosa quietud”, decía mi abuela Adela. “Si es bueno, te lo pierdes. Si es malo, te sorprende desprevenido”.

Paso por la roca grande que señala el lugar donde vi por primera vez al aparecido. Estaba agazapado tras una linde, mirando de hito en hito y moviéndose con la cautela de un gato callejero. Quedé paralizada. Pasaron unos segundos interminables hasta que reaccioné. Entonces corrí a esconderme tras un seto. Y me quede observando, niña curiosa oteando el mundo de los adultos antes de entrar en él.

Aun no sabía que era un espectro. Pensé que no se había percatado de mi presencia. Ahora sé que, efectivamente, no me veía y no me verá nunca. Los fantasmas, al menos el mío, no ven a los vivos. O al menos, a mí no me ve. Ese día el fantasma se limitó a mirar en mi dirección sin verme y a escabullirse entre las plantas del huerto cercano.

Desde entonces bajo todos los días al Camino Verde e intento atisbarlo. No sé su nombre, no sé su edad. Viste bastante informal: vaqueros y polo blanco casi siempre. Las primeras veces fue un poco decepcionante. Una espera de un alma en pena o bien un aire atroz o bien una elegancia de dandy del siglo XIX. Lo que no espera es que tenga el aspecto del profe de matemáticas. Pero mi fantasma lo tiene. Gafas de montura metálica, barba un poco descuidada y ojos tristes, inyectados en sangre como si hubiera estado llorando mucho. No veo en el nada amenazador o terrorífico, aunque se por las películas de terror que es cuando más te confías cuando viene el susto. Una sonrisa y un segundo después ¡zas!, y al camposanto. Me vuelvo a reír de mi fantasía desbocada.

Llego al fin a la casita de los Rupérez. Sé que mi fantasma estará allí. Ignoro si es un pariente de los Rupérez o no, el caso que ha elegido esta casa para ¿vivir? El verbo se me hace difícil de aceptar, pero imagino que suena mejor que lo de no-vida. Espero que no convierta con en una casa encantada, ¡qué miedo!

Evito la puerta. En la puerta descubrí que Corey era un fantasma. En realidad, mi aparecido no se llama Corey, pero de algún modo tenía que nombrarlo, así que elegí en nombre del cantante de los Teen Spirit. No sé qué le parecerá a mi espectro, pero Corey le puse y Corey se queda. Me rio de nuevo, nerviosamente. Mi corazón comienza a latir rápido, al ritmo del misterio.

Como decía, en la puerta descubrí que Corey no era una persona normal si no una aparición. Fue por pura casualidad. Me llamó la atención ver la puerta abierta. Desde hacía un tiempo la casa estaba cerrada. Yo no recordaba muy bien a la pareja, solo que eran unos ancianitos simpáticos, de esos que te dan un caramelo y un pellizquito en el carrillo cuando te ven. Un verano dejaron de venir, sin más.

La puerta abierta fue una tentación demasiado fuerte para mis curiosos catorce años. Me acerqué con paso furtivo mientras mi Pepito Grillo particular me repetía incesante su cantinela. En el interior todo era oscuridad.

- ¿Señora Rupérez? –dije con la voz temblorosa como una hoja de álamo.

Di un pasito corto, luego otro. Me paré en medio del pasillo, rodeada de negrura. Y entonces pasó. Vi a Corey avanzando hacia mí, como una exhalación. Intenté apartarme, pero el pasillo era estrecho y no pude evitar el choque. Solo que no hubo choque, pues el fantasma me atravesó.

Casi me da algo. El pánico que sentí fue tremendo pero, a la par, fue un momento desconcertante. Porque cuando una es atravesada por un ente espera notar una frialdad extrema, un frío helador digno de la muerte. Y no fue así. Me invadió un calor tremendo, como fuego, una quemazón espantosa. Quedé espantada, sin aliento. Corey no me veía, pero debió notar algo al atravesarme, porque frenó en seco y empezó a mirar en derredor suyo.

- ¿Quién hay ahí? – pregunto con su voz bien modulada, aunque con un toque de temor.

Yo, muerta de miedo, me pegue a la pared. Intenté no hacer ruido, ni respirar siquiera. Pero no podía escapar sin atravesarlo nuevamente. Corey miraba frenéticamente a un lado y a otro.

- ¿Hay alguien aquí? – volvió a preguntar al vacío.

Avanzó hacia la puerta y fui tras él, aun temblando. Y entonces se apartó ligeramente para asomarse a una habitación. Me armé de valor y salí a todo correr. Aun volví a rozarme con el espectro y volví a sentir aquel fuego sobrenatural. Pero no me giré, seguí corriendo y corriendo y no paré hasta casa. Pasé un tiempo sin volver a ver a Corey pero luego mi curiosidad me volvió a llevar al Camino Verde, un día tras otro. Como hoy.

Ya llego. Corey está sentado en los escalones de piedra que dan entrada de la casita, mirándome sin verme. Observa el camino con aire inquieto. Sabía que lo encontraría aquí. Este espectro es muy rutinario, siempre hace las mismas cosas a las mismas horas. ¡La verdad es que, como fantasma, es un sosainas!. Bueno, de vez en cuando me sorprende. Hace una semana lo encontré llorando. Miraba una foto.

-¡Alicia! – gritó de repente. No sé quién será Alicia. Tal vez su mujer o su hija. No quise mirar la foto. Me dio pudor invadir así su intimidad. Me retiré pensando en José, mi novio, en su promesas de amor y en cómo me pasaba las mañanas esperando su llamada pidiéndome la reconciliación. Pero la llamada no llegaba. Esa noche lloré mucho y me sentí muy cerca de aquel ente sobrenatural al que yo, en mi inmadurez, le había puesto un nombre ridículo.

Me apoyo en el murete del jardín y espío a Corey. Se le ve preocupado. No tiene la mirada perdida de todos los días, si no que taladra con la vista la niebla que avanza. Entonces noto el olor acre que procede de la bruma. Una increíble desazón me invade, un sentimiento de urgencia que me es familiar sin saber por qué. Miro al lugar donde mi espectro tiene fija la atención. Y en la niebla distingo las siluetas humanas. Y el murmullo horrible, unos pasos erráticos y una melopea que acrecienta mis temores. ¡He de huir! Pero el camino de vuelta a casa está bloqueado por las formas que avanzan al paso lento de la eternidad. Solo hay una salida y es la casita.

Mientras corro a toda velocidad veo como Corey también ha entrado. Penetro en la casa y busco al fantasma. Este tiene ahora una escopeta en las manos Me paraliza el miedo, he perdido la voz. La visión del arma me asusta tanto como los desconocidos del exterior. Corey sale al pasillo y cierra la puerta de la casa. Oigo los cerrojos que, uno tras otro, se cierran con promesas de seguridad. Falsa seguridad, pues lo siguiente que escucho es un cristal rompiéndose en la parte de atrás. El fantasma acude presto y, desde el pasillo, abre fuego. El estruendo es tan colosal que asusta al propio Corey. Se ve que no está acostumbrado al sonido de los disparos. Pero se sobrepone y dispara el segundo cartucho.

Mientras, otros asaltantes aporrean la puerta. Corey se gira, en tensión, buscando otros objetivos. Nuevos cristales tintinean al romperse sembrando la alarma en mi espectro. Me avergüenza mi cobardía, mi parálisis ante el peligro mientras Corey lucha desesperadamente. Y entonces caigo en la cuenta. El fantasma no puede ver a los vivos, pero a estos monstruos sí. Y ellos le ven, eso está claro. ¿Qué está pasando aquí?

Los enemigos entran por las ventanas. La puerta no resistirá mucho más. Veo a uno de ellos. Una figura abotargada, de mirada ausente en rostro inhumano y amoratado. Anda con aire desgarbado, pero eso cambia en cuanto ve a Corey. Adopta una posición de ataque, amenazante como un perro rabioso y se dirige a él de inmediato. Yo, acurrucada tras una butaca, he pasado desapercibida. El espectro se gira mientras el monstruo se encoge sobre si mismo y se prepara para el salto, que se produce al instante. La furiosa acometida es recibida con un violento culatazo. La bestia se desploma y mi defensor no le da tiempo a rehacerse, disparándole casi a quemarropa. Las postas hacen su siniestra labor y tos trozos de carne y sangre oscura como la pez lo salpican todo. Muevo frenéticamente las manos mientras mi voz se niega a rasgar el aire. El espectro dispara de nuevo, apuntando a un enemigo al que no puedo ver, pero cuya sangre mancha el impoluto blanco con el que Corey viste. Entonces intenta recargar el arma, pero los cartuchos caen al suelo. ¡Dios mío, estamos perdidos! . Dos nuevos monstruos asoman por la puerta. Corey, que ha intentado recoger la municiòn, cae en la cuenta también de lo desesperado de su situación. Entra en la habitación donde estoy, deja la escopeta y blande un hacha, la espalda apoyada en la pared, dispuesto a la postrer resistencia.

Solo entonces grito. Y al gritar recuerdo todo.

Recuerdo a mi madre pegada a la tele oyendo la noticia increíble, el inicio de la guerra nuclear. De la última guerra que una humanidad desbocada había provocado.

Recuerdo el relámpago terrible en el cielo nocturno cuando el primer misil cayó en la capital.

Recuerdo las noticias falsas con mensajes tranquilizadores, las pamemas de los políticos, las primeras noticias sobre la plaga. Hubo dos plagas, la primera terrible y atroz de los afectados directos por la radiación. Esos murieron a las pocas semanas, entre horribles dolores. Tuvieron suerte.

A la segunda plaga la denominaron Síndrome de Regresión Límbica, porque uno de sus síntomas era una vuelta a conductas muy primarias desde el punto de vista cerebral. Pero si el doctor Harold Nordland, de la Universidad de Illinois esperaba que este término le diese el Noble de Medicina, se equivocaba. El saber popular, ese basado en la intuición y la crueldad, pronto bautizó a los enfermos a su manera . Zombis, les llamaron.

José, el que había sido mi novio hasta hacía dos semanas, mi primer y único amor, era uno de ellos. Le vi una vez fugazmente, a la salida del médico. Caminaba lastimosamente, acompañado de su padre, que guiaba su paso vacilante. Pasados tres días, me armé de valor y fui a visitarlo, pues aun albergaba cariño hacia él. Pero su madre, luciendo varios moratones en sus brazos, no me dejó pasar.

-Olga, cariño, no quiero que nadie lo vea así – dijo llorosa.- Ya no es él.

Cada vez había más afectados por la plaga, volviéndose más peligrosos a medida que pasaban a las fases más avanzadas de su enfermedad a la par que los efectos de la guerra nuclear iban desmoronando el edificio estatal. Internet dejó de funcionar muy pronto, era objetivo militar. Un día la tele dejo de emitir. Apareció en pantalla un mensaje pidiendo atención a próximos avisos. Pero jamás hubo nuevas noticias.

Perder algo tan artificial y vano como la tele provocó el pánico en nuestro pueblo. Fuimos convocados todos a la plaza mayor. Mamá, como siempre que ocurría algo fuera de lo normal, insistió en arreglarnos de punta en blanco. Y allí estábamos los habitantes de Villanueva, intentando sacar conclusiones. Bueno, no todos acudieron. Faltaron los zombis, que iban desapareciendo lentamente, escapando al bosque o a cualquier lugar apartado.

El caso es que no había televisión, no había línea telefónica e internet se negaba a funcionar. No solo no sabíamos nada del gobierno, es que no sabíamos nada de Huerta del Rey, que estaba a escasos ocho kilómetros. Decidimos mandar mensajeros, a los que jamás volvimos a ver. Se los tragó el bosque. Tres días después volvimos a reunirnos en asamblea para decidir si enviábamos a otros emisarios. Era un día de niebla espesa como melaza. Entonces ocurrió el primer asalto.

Entraron vacilantes, emitiendo ese sonido gutural que se iba a convertir en el réquiem de nuestro pueblito. Habían acabado su metamorfosis y ahora surgían de la bruma dispuestos a vengarse de los que aún nos conservábamos humanos. Ellos ya no lo eran, las uñas eran zarpas, los dientes armas afiladas, el cuerpo una obscena masa de pústulas y músculos acerados. Pero lo que más nos impresionó fue su sonrisa, tan fuera de lugar. Sonrisa de alegría ausente, de ironía eterna.

Los zombis, en cuanto nos vieron, atacaron con una ferocidad inusitada. Su fiereza y nuestro estupor multiplicaron la tasa de victimas que tuvimos que pagar para rechazar su ataque. Obtuvimos información muy valiosa esa tarde, lecciones que pagamos con sangre. Por ejemplo, una bala convencional no para a un zombi a no ser que sea a cortísima distancia y a la cabeza. El cabo de la guardia civil descubrió esto cuando observó como el zombi que iba a acabar con su vida ignoraba los disparos de su revolver. Las postas eran más eficaces, porque destrozaban la carne pútrida de las bestias. Pero lo mejor eran las hachas, si conservabas la presencia de ánimo para usarla en el momento adecuado, justo cuando el zombi iniciaba su ataque final. El señor Rupérez no lo logró. Descargó el golpe antes de tiempo y la respuesta de su verdugo fue un zarpazo que evisceró al anciano. Su esposa murió segundos después, con el horror en su rostro.

Al día siguiente todos los supervivientes nos atrincheramos en torno a la Casa Consistorial. Mama corrió a nuestra casa, que está un poco a las afueras del pueblo, a buscar nuestra ropa y provisiones. Tardó la media hora más angustiosa de mi vida y la de mi hermano Héctor.

Esa noche no volvieron los zombis, ni esa ni la siguiente. Pero al tercer ocaso se presentaron, de nuevo al amparo de la niebla. Les vimos acercarse por las calles que llevaban a la Plaza de España. Eran una muchedumbre, un gentío pútrido que aullaba dominado por su apetito. Cuando nos vieron apretaron el paso y acortaron las distancias. Nosotros descargamos nuestras escopetas frente a la marea de carne y odio. Cayeron aquí y allá pero eran muchos. Llegaron a la barricada.

No nos amilanamos, no podíamos hacerlo. Las hachas, los cuchillos y las azadas comenzaron su tarea. Me sentía con confianza hasta que vi que el zombi que se acercaba escurridizo como un zorro y sonriendo maliciosamente era José. Mi José. De repente, el valor se esfumó, una lágrima llegó a mis ojos y bajé los brazos. Mamá, siempre mamá, acudió al rescate. De un golpe tremendo seccionó en dos el cráneo del zombi que había sido José. Lo peor, lo horrible del caso es que cuando cayó como un pelele aun sonreía.

No sé cuánto se prolongó la lucha, pero con finalmente los zombis se retiraron. Los supervivientes nos agrupamos. De los cuatro mil y pico habitantes de Villanueva en tiempos de paz quedábamos apenas sesenta. Los mayores volvieron a reunirse y a los chicos nos dejaron a cargo de la vigilancia, aunque nos dimos cuenta que, sencillamente, no nos querían en la asamblea. Yo me quedé con Rosita, mi mejor amiga. ¡Pobre Rosa!. Ella, que tras ver “El Exorcista” tuvo que dormir una semana con la luz encendida, estaba desquiciada con la situación. Pero aun tuvo presencia de ánimos para intentar consolarme por lo de José. Los adultos estuvieron encerrados mucho tiempo y cuando salieron los rostros eran graves.

Mamá se reunió con Héctor y conmigo y dijo:

- Vamos a casa.

- Pero mamá, ¿y los zombis? – dijo Héctor espantado.

- Los zombis solo han salido con niebla o de noche. Ahora no hay peligro. Vamos a casa, comemos algo, nos duchamos y volvemos.

Éramos niños buenos y dóciles y obedecimos. Llegamos a casa y mamá ordenó:

- Voy a preparar la comida. Haré lo que más nos gusta, macarrones con tomate. Y de postre natillas. Id fuera y vigilad.

- ¡Bien, natillas! - dijo Héctor. Pero yo me di cuenta de que, otra vez, mamá nos quería fuera. Mamá estaba muy rara, pero, viendo la situación en que nos encontrábamos, era normal. Nos pidió que, como el día de la reunión, nos vistiésemos con esmero, con lo mejor que teníamos. Y, cosa rara, me dejó maquillarme.

Comimos mientras charlábamos. Casi había alegría en aquella mesa, a pesar del trance en que nos hallábamos. Mamá contaba anécdotas de papá y ella cuando eran jóvenes, de sus viajes en la Ossa Yankee sin un duro, de su boda, de pequeños detalles tontos que atesoraba con fruición.

Llegó el postre y la cosa se torció. Héctor probó las natillas y dijo.

- Mamá, estas natillas no te han salido buenas. No las quiero.

-¡Déjate de tonterías Héctor y come! –dijo mamá casi chillando.

La vehemencia de nuestra madre hizo encastillarse a mi hermano de ocho años. Mamá iba perdiendo la paciencia y mi hermano, asustado, era cada vez más reacio a comer. Entonces mi madre me miró.

Fue una mirada larga y angustiada. Una puerta de entrada al mundo de los adultos que tantas veces había espiado con anhelo. Con un terror indescriptible, mil veces mayor que el que los zombis me provocaban, devolví la mirada a mi madre y asentí. Olga, la niña buena de las gafas de pasta y las pecas incorregibles, quedaba atrás. Me escuché decir alegremente:

- ¡Carrera de natillas!, el que acabe el último friega los platos.

Y Héctor, pundonoroso, aceptó el reto. Comió su plato muy rápido y yo me dejé ganar. Recuerdo su sonrisa de oreja a oreja mientras me enseñaba el plato vacío. Una lágrima quiso asomar a mi rostro y la reprimí.

- Vamos a ver un poco la tele –dijo mamá.- Veremos el video de la excursión al hayedo.

- Mamá, los zombis… - dijo Héctor.

- Hay tiempo – respondió mi madre, mientras me frotaba el hombro con cariño. Luego repitió para si – Aún queda un poco de tiempo.

Pusimos la tele. Era un video familiar, donde todos hacíamos tonterías ante la cámara. Papá seguía vivo y feliz, ignorante de los que un mes después iba a ocurrir. Héctor no cesaba de comentar esto y aquello. Fue el primero en dormirse, mamá le dio un beso justo antes de que cerrase los ojos. Se volvió a mí y musitó:

- Gracias – y me abrazó con la misma fuerza que en el funeral de mi padre. Yo lloraba en silencio, abrazada a mi madre, cuando el sopor me invadió. Quise despedirme de ella, pero ya no pude.

Y morimos...

*****

He dejado de gritar y los zombis yacen en el suelo, muertos. Un hilillo de sangre surge de sus oídos, de sus fosas nasales. Mi aullido espectral los ha matado.

Ahora comprendo todo. Lo recuerdo todo.

Corey mira aturdido a su alrededor. No me ve, los vivos no pueden vernos. Puede intuirme, al fantasma de Olga, la hija de la maestra, petrificada para siempre en sus catorce años. Por eso sentí ese terrible calor al atravesarlo. La vida es calor y a los muertos esa calidez de la vida nos abrasa y asusta tanto como a él debió asustarle mi frialdad de ultratumba.

- ¿Estás ahí? – pregunta Corey tratando en vano de no parecer asustado -. ¿Quién eres?

- Soy Olga – contesto tímidamente. Pero Corey no me oye, no podrá nunca. Salgo al jardín con tristeza. Miro largamente la puerta. Él sale al cabo de un tiempo y fija su vista en el vacío.

Entonces se me ocurre algo. Me agacho y con el dedo índice dibujo unas letras en la tierra. Y luego, no sé por qué, salgo de estampida por el Camino Verde. Tal vez la vida le da miedo a los muertos. Todavía oigo a ese hombre gritar al viento:

- ¡Gracias Olga!. Yo me llamo Juan…

Dejo de oír su voz. Sé que en breve olvidaré lo ocurrido, que volveré a ser de nuevo la chica responsable y formal que vagabundea por este pueblo muerto sin darse cuenta de que ella y los otros setenta y dos habitantes son fantasmas.

Estoy condenada a olvidar. Olvidaré que José murió y seguiré esperando su llamada, olvidaré que estoy muerta y seguiré acudiendo a las comidas que mamá prepara mientras espera que comience de nuevo el curso que nunca llegará, seguiré contando mis confidencias a Rosita sin que ninguna se dé cuenta de nada.

Y olvidaré que los espectros tenemos el poder de detener a los zombis. Que nuestro aullido resulta aniquilador para estas bestias. Por eso escribí aquello en el suelo:

- ME LLAMO OLGA. VEN AL PUEBLO. TE PROTEGEREMOS.

Porque aunque olvide y no sepa que estoy muerta, aunque vuelva a llamar Corey a Juan, si aparecen los zombis usaremos nuestro don y este hombre, quizás el último hombre vivo del planeta, estará a salvo.

Subo la empinada cuesta bordeada de gramíneas agostadas. He de darme prisa y llegar a tiempo a la cena .¡Menuda bronca me espera si llego tarde!

Mañana volveré a tener una cita con Corey.

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LCS
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He leído tu relato, compañero, y allá voy. Cuidado que he cogido el hacha. Aún estás a tiempo de no seguir leyendo. Jajajaja.

Como siempre, aviso. Todo lo que viene a continuación es mi humilde opinión. Que seguramente esté equivocada. Mi relato tampoco ha entrado en este Calabazas, así que no soy la fuente más autorizada, pero, en fin, hago lo que me gustaría que hicieran con mis relatos.

Bueno, en primer lugar, empezaré con un chiste. Es un poco viejo y supongo que ya lo sabes. Estos son dos vascos que van por el monte recogiendo setas, cuando de repente, uno de ellos ve un rolex.

-Mira lo que me he encontrado, Patxi, un rólex.

-Venga, Iñaki, dejalo dónde estaba. ¿A qué hemos salido a por setas o a por rólex?

Pues eso le pasa a tu relato. O se va a Aparecidos o se va a Zombis, pero en un relato no se pueden juntar las dos temáticas.

El relato empieza un poco lento. Tarda en arrancar. Es demasiado descriptivo al principio. Aparte de un poco infantil. Me recuerda casi a Caperucita. Una jovencita iba por el bosque, cuando de repente, se encuentra con un fantasma. Eso no da miedo. Y lo sabes.

Por eso das una vuelta de tuerca y metes a los zombis. Pero me temo que, como ya te he dicho, al menos desde mi punto de vista, no se pueden mezclar los zombis y los fantasmas.

Como de lo que se trata es de mejorar el relato, te voy a contar lo que yo haría. En primer lugar, elegir una de las dos historias: zombis o fantasmas. Personalmente me inclino por la historia de los zombis. Tal y como la planteas, me parece mucho más interesante.

Una vez que la tengo, intentaría empezar de una forma más directa e intentaría mostrar más y contar menos. En ocasiones, me parece, un relato demasiado explicativo.  El narrador en lugar de mostrar lo que pasa, nos lo va explicando. Es como cuando tienes a tu lado a un tío que no te deja ver la película porque te la está contando. No sé si me entiendes. Yo prefiero ver la película.

Como anécdota me ha gustado la referencia a Huerta del Rey. Mis padres aún viven en un barrio que se llama así.

 

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Gracias por comentar el relato.

Tienes toda la razón en el exceso de explicaciones. Es un defecto serio que no me quito de encima. Es por deformación profesional: soy profesor y llevo media vida redactando apuntes. wink

Respecto al mezclar géneros, no lo veo tan mal. Me gustan los cross-over y con esa intencion hice el relato. Vamos, que soy de los que coge el rolex y las setas.cool Otra cosa es que funcione crying.

Tampoco pretendía dar miedo, creí que el género fosco era otra cosa: un relato en un ambiente de terror. También en eso erré el tiro.

¡Un desastre vaya!

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Sólo es una opinión, eh? A ver qué dicen los demás

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Una opinión que agradezco un montón. No creas que me enfada, al contrario: veo mis errores y tomo nota de ellos. Solo te hacía ver el porqué de mis decisiones.

Tu opinión la tengo en alta estima y no solo porque sea la única cheeky . Se ve que dominas el género y tus consejos no caen en saco roto. Ya estoy preparando Mascaras, je,je. 

A ver si mientras tanto cae alguna crítica más.

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Misne
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Pues mira, para mí ha sido agradable leerlo. Un ritmo pausado del que suelo disfrutar. Últimamente me da la sensación de que, en general, la gente lee demasiado rápido. A mí me gusta saborear las frases wink

Y tampoco el fosco tiene que dar necesariamente miedo, ni llegar a ser gore... el relato tiene un aura de suspense suficiente.

Eso sí, uno enseguida sospecha que va a ser ella la fantasma y que la "gracia" va a quedar ahí... así que lo de los zombis me ha parecido un giro con gancho. Conste que me tiran para atrás los relatos de zombis, pero aquí no me han molestado. Es más, le ha dado su lógica y su explicación a por qué son fantasmas los del pueblo.

Ah, una chorrada de correctora: tienes dos "si no" separados y es "sino" cheeky

Saludos,

Misne

 

-Tus padres son Profundos...

-¡Pues los tuyos unos superficiales!

http://numenerratico.blogspot.com

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¿Qué domino el género? No te creas.

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Gracias Misne. Me gusta que te guste.

Erratas hay muchas. Y esta es una versión corregida, la que mande (sin revisar, me equivoqué) tenía fallos gordísimos, como un cambio de nombre (Juan por Hector) angry.

Nunca había metido zombis y, en general, no soy muy fan de este subgénero. Pero me apetecía probarlo, yo soy de los que prueba todo... en literatura.laugh

Creo que el tono no encaja con el espíritu de esta colección. Ya tengo en la cabeza un relato para Máscaras y espero mejorar esto también. Ya veremos si lo logro.

LCS: si que dominas, si.wink

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Patapalo
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Por el tono no te preocupes mucho: con jurado rotantes y trece relatos por convocatoria, de lo que más hay en los calabazas son tonos.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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