Leyendas de pasión

Imagen de Jack Culebra

Reseña de la película de Edward Zwick inspirada en la novela de Jim Harrison

 

El cine con mayúsculas ha tenido una relación privilegiada con la épica. No necesariamente con la épica mitológica o fantástica, pero sí con ese concepto de grandeza, extraído a veces de lugares insospechados, que tan bien casa con la majestuosidad que, gracias a la combinación de imagen, sonido y narrativa, puede producir el séptimo arte.

Entre obras muy canónicas y aceptadas dentro de este epígrafe, bajo el cual podríamos incluir películas dispares como Ben-Hur o Titanic, hay una que, personalmente, me marcó, quizás porque no esperaba que me llegara con tanta fuerza. Es, por supuesto, Leyendas de pasión.

Vista en perspectiva, tiene algo de folletín, de culebrón familiar, pero enfocado con esa gracia trascendente que podemos encontrar en obras como Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Sí, en realidad se nos está contando algo anecdótico y privado, desde una perspectiva, además, muy personal, pero la narrativa trasciende a los propios hechos para ser, además, retrato de una época. De este modo, lo concreto se refleja en lo global, tocando los sentimientos colectivos. Leyendas de pasión es, además de la evolución de una generación en una familia, la visión de una época de cambios.

A diferencia de la obra de Mann, aquí sí encontramos hechos grandilocuentes, lo que facilita su transposición a la gran pantalla. Hechos, no obstante, protagonizados por gentes normales. Es lo que da esa intensidad angustiosa a la incursión en la I Guerra Mundial, la cual casi parece una pesadilla en mitad de una historia desarrollada en los grandes e idílicos paisajes abiertos de un Canadá salvaje. Es un contraste terrible acentuado por la excelente banda sonora de James Horner, que se revela como una voz narrativa más.

Interesante es también observar las fuentes míticas en torno a las cuales se articula la épica de la historia. Tristan, el personaje interpretado por Brad Pitt, no tiene sus raíces en las epopeyas occidentales, sino en las leyendas amerindias, transmitidas a través de su mentor y narrador. Esto no solo da una dimensión adicional al perfilar de un modo muy personal y sugerente los conflictos, tanto físicos como emocionales, sino que incide en uno de los temas subyacentes en Leyendas de pasión: la imposibilidad y quizás el deseo manifiesto de no adaptarse a unos nuevos tiempos que solo parecen traer dolor, miseria e incomprensión, como estuviéramos condenados a una juventud perdida o un paraíso olvidado.

El catalizador definitivo de este discurso es el coronel Ludlow, interpretado por un inmenso Anthony Hopkins, que encarna precisamente ese rechazo al progreso y se revela, finalmente, el héroe que combate hasta el final. Así, bajo una primera capa de drama romántico, Leyendas de pasión desarrolla un segundo nivel narrativo en el que los anhelos de los distintos personajes, de todos ellos, generan una tensión y una melancolía en el espectador que estalla al cierre del filme con todos los fuegos artificiales propios de Hollywood.

Formidable en todos sus aspectos, para mí Leyendas de pasión es la culminación de los géneros populares, una obra de arte que no duda en apelar a la narrativa popular en todas sus facetas y que la combina con un sorprendente acierto. Relato bélico, de la frontera, romántico, de horror, mitológico, dramático, costumbrista y hasta cómico cuando lo necesita... toca todos los palos al tiempo que va conduciendo al espectador a uno de esos finales que calan. Pura épica, en definitiva, extraída de lo más hondo de nuestro imaginario popular.

Leyendas de pasión

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