La necesaria autocrítica

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Volvemos al ataque en esta serie de reflexiones sobre el arte de escribir. Y digo al ataque porque, sin ánimo de levantar ampollas, sí quiero centrarme en un tema incómodo, que debería agitar las conciencias de más de uno –de entre los que no me excluyo-, una de esas cualidades indispensables para practicar con desenvoltura y, sobre todo, dignidad, el hermoso oficio de escritor: la autocrítica.

Los foros literarios como éste de OcioZero son, como todos sabemos, una herramienta excepcional para el intercambio de ideas, para el contraste de opiniones y el necesario debate en torno a la creación literaria. Algún veterano recordará con sonrisa agridulce el aislamiento al que en época preinternáutica estábamos condenados los entusiastas aficionados a escribir. Acaso algún familiar, o un par de amigos de confianza a lo sumo, eran todo el público ante el que podíamos presentar nuestros relatos, poemas y demás ocurrencias. Su opinión, por lo general, aportaba poco al perfeccionamiento de nuestras habilidades. Si bien no es tan raro, tampoco resulta frecuente que a uno le dé por escribir, de manera que cualquier cosilla más o menos elaborada que mostrásemos a nuestro incondicional y fácilmente impresionable público era juzgada de “interesante”, “simpática”, o ”bonita”, según la elocuencia de nuestros escasos lectores. Y oye, que éstos bien podían tratarse de personas con un magnífico criterio literario, mas en todo caso, lo cierto es que la escasa proyección de aquellos textos no nos permitía hacernos una sólida idea de nuestro potencial. La cosa cambió, por fortuna, y pronto, en el efervescente universo de la Red, afloraron lugares de encuentro para aficionados con los que compartíamos nuestras peculiares inquietudes, y en los que pudimos intercambiar escritos y someterlos a la opinión de otros. Cuán creíbles, sinceras, respetables y argumentadas son esas opiniones es otra cuestión (que algún compañero debatirá en su momento), porque de lo que va esta columna -y vamos ya al grano- es de la autocrítica, del filtro que nosotros mismos nos imponemos. O casi mejor diría, del que no nos imponemos.

 

Ya que no conozco de cerca a ninguno de los personajes a los que a continuación vengo a referirme, no quiero que nadie se me enfade, que no es nada personal; sólo pretendo apuntar en términos genéricos a una singular categoría de juntaletras. Seguro que más de uno ha reparado en su presencia por los foros literarios: aquél que se lamenta del deplorable estado del sector editorial, esa pantomima controlada por despiadadas multinacionales que manejan cual títeres a una panda de infames vendidos, traidores al noble arte de la literatura, para regocijo de una audiencia maleable cual plastilina y entontecida por los pérfidos ardides malévolamente concebidos en oscuros despachos de técnicos en mercadotecnia… Es decir, ése que ha enviado su novela a cuarenta y cinco editoriales y ha recibido invariablemente un “no” por respuesta. Poco amigo como soy de las teorías conspiranoicas, ante estos casos tiendo a pensar: “Pero a ver tú también qué es lo que has escrito, macho…”. Admito la posibilidad de pecar de ingenuo en mayor o menor medida, así que quiero al mismo tiempo subrayar que, en efecto, el sistema está muy condicionado por fuerzas cuyo control escapan de nuestras manos. Soy consciente de que importantes y reconocidos escritores han tenido que perseverar más de lo que el público sospecha para publicar, para obtener reconocimiento y lograr abrirse un huequecito en este difícil mundillo. Si no es que imagine que, muy al contrario de la conspiranoica teoría de “el sistema contra mí”, las editoriales sean una suerte de ONG’s que arden en deseos de recibir mis textos con la suprema finalidad de hacer realidad mis sueños. Lo que digo, lo que propongo, lo que creo fundamental y necesario, es que no dejemos de plantearnos la cuestión, por incómoda y deprimente que pueda ser nuestra más honesta respuesta: “A ver tú también qué es lo que has escrito, macho”.

 

Y ahí, vamos tanto con la forma como con el fondo. La forma es esencial. Hay infinitos grados de sofisticación en el continuo entre el pentámetro alejandrino de rima consonante y la redacción telegráfica, y todas son tan respetables como la que más. Lo que no es respetable ni admisible es presentar un texto con errores clamorosos de ortografía y sintaxis. Tened por seguro que el lector de una editorial –un señor o señora que, por cierto, no se va a leer de primeras tu novela, le echará un ojo a las primeras páginas y a algunas más aleatoriamente escogidas a lo largo del texto- tirará a la papelera tu manuscrito tan pronto se tope con un “la vista era expectacular” o un “habían tres agentes a la entrada del edificio”. Una editorial de cierto peso recibe varios centenares de manuscritos al mes, y no les queda otra que ser extremadamente selectivos. Nuestra novela podrá gustar o no después de su lectura, podrá ser más o menos oportuna según la línea editorial de la casa, pero si fallamos en la rigurosidad ortosintáctica del manuscrito, nuestras probabilidades de pasar una primera criba son cero.

 

Si la forma es condición sine qua non para la viabilidad de una novela, el fondo no lo es menos. Lo sería “más”, en todo caso, si la expresión dejase margen para ello. Un texto magistralmente escrito puede seguir siendo escandalosamente impublicable según lo que contemos. Cuartas, quintas y ulteriores partes de “El Señor de los Anillos” tienen pocas posibilidades de ser publicadas, quizás las mismas que la semblanza introspectiva a modo de monólogo interior de un funcionario de correos jubilado, o la versión novelada de nuestra más memorable partida con el último juego de la Play, aquélla en la que pudimos cargamos de una vez al bicho verde y grande al final de la última fase. La originalidad es un bien escaso, y como tal, muy valorado; sólo tenéis que fijaros en los estrenos cinematográficos del circuito comercial más genuinamente holywoodiense: remakes de pelis antiguas, adaptaciones de best sellers, enésimas partes de blockbusters de temporada… Pero no nos pasemos de listos: una novelización de nuestra tesis doctoral en paleografía escolástica puede pecar de excesiva erudición para ser acogida con entusiasmo por el público. Y mucho menos de tontos: huye de temáticas de las que no tengas unos conocimientos de medios tirando para arriba, y no seas perezoso a la hora de documentarte; no imagináis lo mal que le sienta a un editor, a un juez de concurso o a un simple lector, encontrarse con algo así: “Su equipaje, señor -le dijo el botones en fluido belga”. Para terminar con este apartado, huelga decir que el qué se le manda a quién es un factor básico a tener en cuenta. Cada sello editorial y cada colección tiene su campo temático más o menos definido. No procede, lógicamente, enviarle a Minotauro nuestra donosa antología de poesía mística, ni a McGraw Hill una soberbia space-opera por mucho que ésta pudiese despertar la envidia del mismísimo Dan Simmons.

 

En fin, que cuando uno pretende algo más que compartir con amigos y eventuales curiosos sus textos redactados a modo de pasatiempos en un blog, debe ser consciente de que el negocio editorial es eso, un negocio, con su darwinista y competitiva naturaleza. Analiza la viabilidad comercial de tu novela, piensa si existe un segmento de mercado interesante al que pueda atraer, y muévela al fin por donde tu oferta parezca resultar más tentadora. Familiarizarse con algunas sencillas nociones de marketing –no es coña- nunca está de más. Siguiendo estas pautas publicar no será mucho menos difícil, a menudo seguirá siendo algo imposible, pero arañaremos algunos puntos en ese adverso juego de probabilidades contra el que nos enfrentamos.

 

Toda esta exposición iba dirigida en especial a escritores que pretenden presentar sus textos a editoriales o concursos, allá donde los más severos y exigentes jueces habrán de destriparlos. Pero, ¿y qué pasa con los que escribimos relatos, cuentos y poemas para colgarlos en sitios como este querido espacio, OcioZero? Aplicarse la fórmula propuesta no va a suponernos ningún perjuicio, es más, seguramente nos ayudará a ser más exigentes con nosotros mismos, y por ende más agudos, desenvueltos, y competentes escritores. Aquí no se juega uno nada, nada más que algo de íntima satisfacción personal. ¿Dejaréis que algún avispado y sincero poblador desbarate nuestro autocelebrado relato con una certera, demoledora e incontestable crítica que ponga de manifiesto nuestra bisoñez? Os digo lo que cuando me refería a los lectores de las editoriales: ponédselo difícil, ¡leñe! Sed honestos ante todo con vosotros mismos, leed los textos como si fueran de otro, buscándole errores, expresiones forzadas, escenas chirriantes, giros inverosímiles… Usad vuestro filtro, y no dejéis de preguntaros siempre: “A ver yo también qué es lo que he escrito…”.

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Patapalo
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Tienes más razón que un santo, compañero, pero ¡qué duro es el ponerse duro con uno mismo! Soy de los que les cuesta tanto remozar un texto como enviarlo definitivamente a la basura, así que me conozco bien las debilidades. Eso sí, a la fuerza ahorcan.

Creo que, poco a poco, incluso los recalcitrantes lo conseguimos, si perserveramos, claro.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Muy buena columna, colega.

En mi caso, quiero pensar que soy bastante critico en según que aspectos, aunque otros tantos se me pasen totalmente. Pero la intensión de criticar está. Aunque tener alrededor gente sin sentimientos y con buen ojo critico ayuda bastante, ejejeje.

Un abrazo. Nos leemos.

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"Gente sin sentimientos..." jijijiji, ¿eso va por alguien que yo conozca? Hombre, es que llegados al grado de confianza -recuerda que te he visto en calzoncillos-, ya se sabe: "da asco". No, ya en serio, creo que es muy positivo poder contar con gente que te suelte, cuando a uno le resulta difícil mirar desde una óptica más objetiva, la frasecita de "Pero a ver tú también que es lo que has escrito, macho". El entorno tan cabrón (sí, con todas las letras) de un colectivo como Sevilla Escribe tiene la ventaja de obligarte a ser muy muy exigente con lo que escribes. Y eso está bien.

Gracias por el comentario y saludos :D

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Gracias Guy & Patapalo por vuestras apreciaciones. Celebro que coincidáis en buena medida con mis impresiones; creedme que no las tengo todas conmigo, quiero decir, que no estoy del todo convencido de que sea tan gran virtud ser en extremo minucioso y exigente. No, perdón, claro que lo estoy. Lo que pasa es que en el caso de esos "virtuosos" escritores capaces de ser verdaderamente despiadados con su obra, la disciplina, la voluntad y la capacidad resolutiva se hacen especialmente indispensables. Mi menda, que no brilla especialmente por estas cualidades, encuentra con demasiada frecuencia en su habilidad autocrítica un inconveniente: para escribir algo que no me convence, no escribo nada. Y eso, más de una vez, no es tan buena idea. ¿Cuántas veces improvisas de modo nada deliberado un giro, una trama, una historia realmente interesante partiendo del más mediocre de los planteamientos?

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Patapalo
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En más de una ocasión, sin duda. Ése lado de este tema no lo había valorado, pero es cierto que el perfeccionismo puede ahogar las buenas ideas. Como se suele decir, lo óptimo es enemigo de lo bueno.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

Columna cortesía de Sevilla Escribe: http://sevillaescribe.blogspot.com/

 

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