Rey Khardam II

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La superioridad del ejército invasor resultaba evidente hasta para el más fervoroso de los patriotas de Ehdar. La infantería de las levas alnyrias formaba el cuerpo más numeroso de los atacantes pero las tropas de mercenarios eran algo más que cuerpos auxiliares: Khardam sabía que esos eficaces guerreros le otorgaban una aplastante ventaja.

Había entre ellos jinetes de la estepa, rápidos con el sable; duros y primitivos montañeses; arqueros venidos desde las selvas del sur, con las orejas perforadas por grandes anillos de oro; lanceros de piel de ébano altos y semidesnudos… Incluso se decía que Khardam quería incorporar semihumanos a su ejército. También había mercenarios del Norte, pero éstos eran muy minoritarios.

 

No se plantearon la rendición, sin embargo, las gentes de Ehdar, y eligieron prepararse para un largo sitio. Como la ciudad se encontraba en una península, con fuertes murallas rodeando el único lado accesible por tierra, pensaron que podrían derrotar al rey alnyrio por puro aburrimiento. Se equivocaron: Khardam sabía esperar y esperó, si bien cada día que se vio obligado a permanecer en su tienda su ira crecía y se prometía a sí mismo una venganza más sanguinaria.

 

Khardam ganó el pulso y un día los hambrientos y desesperados habitantes de Ehdar no aguantaron por más tiempo y salieron dispuestos a luchar hasta la muerte. Sabían que la rendición no era una alternativa porque su enemigo no respetaría ningún tratado que le perjudicase luego cumplir. No podían confiar en la palabra de un rey traidor y canalla.

 

Así pues, las puertas de la ciudad se abrieron y por ellas salieron los enflaquecidos guerreros de Ehdar. No tenían caballos, se los habían comido a todos en la desesperación del hambre, así que combatían a pie y mal armados. Sus enemigos les sobrepasaban ampliamente en número y estaban frescos después de la forzosa y larga ociosidad.

 

Khardam dispuso rápidamente a sus hombres para el combate, satisfecho por la fácil carnicería que le aguardaba. Alineó a sus tropas de forma que envolvieran a los hombres de Ehdar por ambos flancos mientras destrozaban su centro, para que no les quedase ninguna huida posible ni esperanza. Luego cargaron contra aquel ejército mal organizado.

 

Al principio los valerosos hombres de Ehdar pelearon como animales salvajes y acorralados hasta la muerte. Pero luego, poco a poco, empezaron a ceder terreno, retrocediendo con las murallas de su ciudad a sus espaldas. Nubes de flechas llovían sobre la retaguardia y los más adelantados caían acribillados por las lanzas de los mercenarios y de los soldados alnyrios.

 

Khardam y sus cachorros disfrutaron con la matanza. Montados en sus carros de ejes dorados, los príncipes se abrían paso y los espolones con cuchillas de las ruedas segaban las piernas de los desdichados defensores de Ehdar mientras ellos les daban caza a placer con sus jabalinas. Pero bien pudo costar aquella batalla ganada de antemano un pequeño disgusto para Khardam, tampoco excesivo, porque su primogénito, el príncipe Hardkem, demostró ser el menor en cordura y se adentró demasiado entre las filas enemigas. Eufórico por la sangre, despreció al enemigo hasta el punto de dejarse envolver por ellos. Él los llamaba perros entre risas antes de lancearlos, hasta que uno de esos “perros” subió al carro con un ágil salto y acuchilló al conductor. El príncipe desenvainó la espada corta y se la clavó hasta la empuñadura, echando del carro los cadáveres del conductor y de su enemigo a patadas. Quiso recoger las bridas pero los enemigos sujetaron los caballos. Uno de los guerreros subió entonces al carro, dispuesto a matar a aquel arrogante.

 

No pudo hacerlo después de que una espada se clavara entre sus omóplatos y se desplomara muerto. El príncipe Hardkem vio que otro hombre había subido al carro. Pero el recién llegado tenía el cabello rojo y las espaldas anchas como los hombres del Norte. No dijo nada éste y se dispuso a hacer frente a los desesperados que les rodeaban para evitar que escapasen. Hardkem se sobrepuso y le ayudó con su espada, pero aquel guerrero se valía muy bien para que nadie más subiera al carro. Aquí y allá, los valientes de Ehdar se acercaban buscando venganza. Pero aquí y allá eran rechazados a tajos de espada. Un rostro febril y feroz pretendía subir pero el filo del acero le abrió la sien de un tajo. El mismo acero atravesó el pecho de otro y cortó un brazo que trataba de agarrarse. El guerrero del Norte ordenó entonces a Hardkem que cogiera las bridas y condujese el carro lejos de allí. No era usual que un soldado diera órdenes a un príncipe pero con su imponente voz se diría que era él el príncipe y Hardkem su conductor. Estaba acostumbrado a hacerse obedecer por otros.

Los hombres de Ehdar fueron masacrados. Cada uno de ellos se enfrentaba a tres enemigos antes de morir. Luego las tropas de asalto echaron sus escalas y garfios sobre las murallas de la ciudad y las tomaron con facilidad; apenas quedaban guerreros para defenderlas. Pronto las puertas de la ciudad se abrieron para que los saqueadores entraran y pudieran arrasarla a conciencia y violar a sus mujeres, que fueron muertas o vendidas como esclavas. Años después, Ehdar recuperaría su prosperidad pero apenas sí conservaría para entonces a algunos de sus antiguos habitantes.

 

Después de la victoria, no tardó mucho Khardam en abandonar el lugar y volver a Alnyria. Las demás ciudades de la costa se ofrecieron a negociar la paz bajo condiciones muy favorables y no tentaron la suerte. Además, la peste había aparecido en Ehdar durante el asedio y bien podía convertir su victoria en desastre.

 

Antes, sin embargo, quiso el rey alnyrio recompensar a aquellos que se habían distinguido en la campaña. No olvidó llamar al guerrero norteño que había salvado a su descerebrado primogénito. Cuando fue llevado a su tienda quedó muy satisfecho porque le pareció un hombre valioso.

 

-He sabido que salvaste al príncipe Hardkem… No estoy muy seguro de que salvar al estúpido de mi primogénito valiera realmente la pena tu esfuerzo pero quiero recompensarte por ello. Dime tu nombre y de dónde eres.

 

-Mi nombre es Volgrod, Majestad, y mi país es Zarisk, allá en el Norte. Os estoy muy agradecido.

 

No añadió más el ceñudo guerrero llamado Volgrod, y le pareció a Khardam un hombre silencioso, más capaz de expresarse con aquella mirada imponente que con las palabras. Su cabello era corto y rojizo, como la barba. Los ojos eran de un color gris desconocido para los habitantes del Sur, que jamás habían visto los cielos tristes y nubosos de los páramos de Zarisk. Además de formidable guerrero, saltaba a la vista que era un hombre inteligente a pesar de su corpulencia y sus oficiales no habían olvidado destacar la habilidad del mercenario con la espada. Tenía la mirada digna y hablaba lo justo, sin ser impertinente pero tampoco servil.

 

Mientras Khardam le observaba, y sólo un hombre con una notable vista para juzgar a sus subordinados podría haber llegado hasta donde estaba, aquel mercenario también se hizo una idea sobre el rey al que servía. Khardam podía parecer un hombre ordinario y poco interesante a primera vista. Tumbado en un diván, sus ademanes eran vulgares y su apariencia tosca. Las espesas cejas casi se tocaban entre sí, tan negras como la tupida barba. Nunca le abandonaba una sonrisita desagradable y estúpida. A sus pies yacía su tan preciado escudo, redondo y de color rojizo, en el que se destacaba el que era su emblema, un escorpión verde, el dios al que adoraban los khárditas. Pero Volgrod prestó más atención a aquellos ojillos negros que brillaban astutos e intuyó que no estaba, en absoluto, ante un hombre vulgar. Sostuvo la mirada.

 

-¡Sois poco hablador, Vologorodk -el exótico nombre era impronunciable para Khardam- y eso me gusta! En cambio, me disgustan aquellos que hablan demasiado, como el atolondrado de mi primogénito. Si habéis podido proteger a ese inútil, bien podréis protegerme a mí. Te nombro capitán de la guardia de palacio. No tengo más que decirte: puedes marcharte.

 

Volgrod inclinó levemente la cabeza y salió de la tienda.

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Patapalo
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Me ha recordado ya a algún otro texto que he leído tuyo, con el bárbaro que se distingue en combate y se hace un hueco en la corte -muy a lo Conan-, pero es una buena base para la historia. A ver por dónde nos conduce ésta.

Un placer leerte.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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solharis
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Te confesaré que pensé incluso en adaptar el relato al mundo de Conan pero luego me eché atrás... Esta vez he intentado hacer una trama más elaborada.

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