Los límites de la libertad

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Una joven caminaba por la acera de la ciudad, pensativa, sin atender a lo que sus ojos captaban. Más que una joven, era una niña, no aparentaba más que quince años. Sus pies la condujeron hasta el portal de un edificio tan gris como su ánimo, pulsó un botón del telefonillo y esperó la respuesta.

 

-Clínica Atardecer, ¿qué desea? -respondió una voz femenina desde el otro lado del interfono.

 

-Tengo una cita con el Doctor.

 

-¿Su nombre?

 

-Amalia.

 

-Suba, por favor, ya tenemos casi todo listo.

 

Sonó un ruido carrasposo y la puerta se abrió con un chasquido. Con el corazón acelerado, Amalia abrió y tomó el ascensor hasta la clínica. Al entrar en ella sintió cómo se le oprimía el corazón; el fuerte olor antiséptico le llenaba la pituitaria y, de paso, sus pensamientos. No dejaba de pensar en que olores como ese ocultaban actos no precisamente buenos, ocultaban podredumbre, ocultaban... ¿muerte? En la recepción, una mujer la recibió con una sonrisa en el rostro, pero sin molestarse en salir de detrás del mostrador.

 

-Espere un momento en la sala de espera, vamos con un poco de retraso con el programa de hoy. Puede leer mientras tanto este folleto.

 

El folleto que la recepcionista le entregaba era blanco, con las palabras “Los peligros del aborto” ocupando casi toda la portada, escritas en un rojo tan intenso como el de la sangre.

 

En la sala de espera sólo había un hombre. Aparentaba tener unos treinta años, con una barba de un par de días y una mirada triste y ligeramente llorosa. Miraba fijamente una puerta cerrada de la que parecían salir gemidos de dolor. La recepcionista, sentada detrás del mostrador, leía una revista del corazón, indiferente a lo que estaba ocurriendo al otro lado de la superficie de madera lacada en blanco en aquel momento, la indiferencia producida por la costumbre. Amalia se sentó en una se las sillas, alejada de aquel hombre del que, por algún motivo instintivo, recelaba. Se puso a leer el folleto, intentando no escuchar los gemidos del otro lado de la puerta. Cuando iba por la mitad del mismo, un fuerte grito de angustia se propagó por la sala, helándole la sangre en las venas, deteniendo su corazón. La recepcionista ni siquiera levantó la mirada de su revista.

 

-Escalofriante, ¿verdad?

 

Amalia se giró con brusquedad, el hombre se había sentado a su lado sin que ella se diera cuenta, tan absorbida en sí misma estaba.

 

-S-sí, supongo -acertó a responder con voz quebrada

 

-Tú también vienes a eso, ¿no? -No esperó a que respondiera-. Claro, no vas a venir porque te gusta el ambiente -soltó una carcajada seca, baja, cargada de pena. Parecía lanzada en lugar de una lágrima, como un método de autodefensa-. Me llamo Pedro, ¿y tú?

 

-Amalia -Pedro... el mismo nombre que aquél que la... no quería pensar en eso, no quería pensar ni en él ni en aquella noche.

 

-¿Por qué estás aquí? -Inquirió el desconocido de nombre pétreo.

 

-Por lo evidente -Amalia se molestó. Aquello no tenía que ser motivo de interés de un desconocido.

 

-Lo siento, pero no veo la evidencia. ¿Te han violado? ¿Ha sido un accidente? ¿Intentas reparar un error?

 

-No tengo por qué contarte nada sobre mi vida -replicó con violencia.

 

-Prefieres hacer como si nada hubiera pasado, ¿acierto? Olvidar, sólo quieres olvidar, pensar que esto es como tomar una pastillita milagrosa y ya está, ¿no? No quieres pensar en lo que de verdad estás haciendo, no quieres pensar en que esto es un crimen, un asesinato.

 

-Déjame... -miró a la recepcionista, pero ésta continuaba leyendo su revista como si nada. Pedro se calló un momento. Luego volvió a insistir.

 

-¿Por qué estás aquí?

 

-Cometí un error... -comenzó en voz baja-. No me tomé la pastilla del día después.

 

-¿Por qué?

 

-Porque me daba miedo decirle a mi madre que la iba a necesitar.

 

-¿Sólo por eso?

 

-No quería que me echara la bronca.

 

-¿No usasteis condón?

 

-No teníamos a mano y pensamos que por una vez...

 

-¿Vas a matar a tu propio hijo por no tomar precauciones? ¿Para tapar tu error?

 

-No es asesinato, aún no ha nacido. Apenas es el inicio de un feto.

 

-Matas su futuro, matas lo que podría ser, aunque aún no haya nacido ya tiene derecho al futuro.

 

-Es algo que tengo que hacer.

 

-No tienes que hacerlo, ¿por qué lo haces en realidad?

 

-Por miedo, por lo que dirían de mí si tuviera el niño, por no sentirme avergonzada y poder llevar la cabeza medianamente alta.

 

-Te sentirás peor después de esto, te sentirás sucia, corrompida. Te avergonzarás de tu sola existencia. Temerás que el mundo averigüe tu acto y lo que puedan decir.

 

-Déjame, ¿acaso no tengo derecho a decidir sobre mi vida?

 

-Por supuesto, sobre tu vida. Eso es la libertad, ¿no? Hacer lo que se quiera cuándo se quiera -lo dijo con un tono fuertemente sarcástico-. Te diré otra cosa de la libertad: es el derecho a decir a los demás lo que no quieren oír, que es lo que estoy haciendo, decirte la verdad sin tapujos ni eufemismos. Te diré también otra cosa: la libertad tiene límites. Tu libertad acaba allí donde comienza la de los demás. Tú tienes libertad para decidir sobre vida, pero no tienes ningún derecho sobre la de tu hijo. ¿Acaso eres una dictadora que se cree con el derecho de decidir sobre la vida y la muerte?

 

-Déjame -repitió-, te lo pido por favor.

 

-De acuerdo, te dejo. Respeto tu intimidad, ya la he invadido bastante y te pido disculpas por ello. Sólo recuerda una cosa: tu hijo no tiene por qué pagar el precio de tus errores.

 

-¡Te he dicho que me dejes en paz! –Amelia levantó la mirada para enfrentarse con la de Pedro, pero allí no había nadie.

 

-¿Decía algo? -La recepcionista levantó, al fin, la mirada de la revista, su método de aislamiento.

 

-No, nada. -¿Dónde estaba aquel hombre? ¿Qué había pasado con él? Se quedó pensando un rato, con la mirada perdida fija en la puerta metalizada de la cual ya no salía ningún sonido.

 

-Señorita, ya es su turno.

 

Amalia se puso en pie pero, en lugar de ir a la siguiente sala, salió por la puerta principal, decidida a hacer caso a su conciencia, ya que estaba segura de que de eso se trataba. No estaba segura de si volvería otro día, tal vez mañana mismo, pero hoy no podía hacer eso. Tal vez no regresara jamás a un lugar así, tal vez.

 

-¿Señorita? -Preguntó la recepcionista al ver cómo una cliente salía de la clínica, abstraída, sin ver nada. Tal como había llegado, al menos exteriormente.

 

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Patapalo
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Obviamente, el objetivo del relato era presentar puntos de vista sobre el tema del aborto en boca de varios personajes, pero, aun así, creo que es importante que el relato en sí tenga su peso. ¿Por qué elegir este medio de contarlo en vez de un otro?

 

Desde esta óptica, creo que hubieras hecho bien en usar algún recurso más, en darle una vuelta de tuerca al hilo de la historia. Me ha parecido pobre el recurso de la personificación de la conciencia como único elemento narrativo externo. Vaya, que he echado en falta otra vuelta de tuerca.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Félix Royo
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La idea está bien pero el ritmo y a lo mejor el lenguaje de los personajes son mejorables. Creo que con una revisión mejoraría mucho; simplemente puliendo esos detalles. En cualquier caso, es una buena idea, seguro que la puedes desarrollar más. Ánimo y gracias por compartirla.

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación ¦

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Urizen
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En un momento describes la puerta como blanca y lacada(incluso creo que dices que es de madera), y luego la describes como metalizada (adjetivo que es bastante malo para una puerta ya que se aplica mas bien a colores).

Por lo demas no me acaba de convencer, le falta cuerpo, pasion y quizas una cierta evolucion por parte de los personajes ella pasa de la rabia a tomar una decision moral sin una transicion lo que le resta mucho realismo a la cosa.

Empece a soñar con monstruos con la esperanza de algun algun dia poder llegar a soñar con heroes.

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Tokrand
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No es mala, además, es concisa y directa. Se trata simplemente de exponer una idea y lo hace sin ningún tipo de rodeo. Sin embargo, de alguna forma la situación me parece un tanto inverosímil, parece que hay algo que falla en todo esto. Creo que te preocupas demasiado por lanzarte a exponer lo que piensan los personajes sin darle demasiada importancia al cómo.

Por otro lado gramaticalmente yo cambiaría la palabra "absorbida" por "absorta". Y lo del nombre "petreo", tampoco sé muy bien a qué te refieres con ello en este contexto.

Por lo demás, como ya digo, la idea es buena y consigue el efecto que se propone, que es expresar la idea de forma directa.

Un saludo.

Tokrand

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Hassesin
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Lo siento pero me parece un panfleto antiabortista que da una idea totalmente erronea de este...

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PedroEscudero
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Parto de la base de que el tema y la intención me parecen aborrecibles. Dicho lo cual intentaré evitar más juicios de valor.

El relato va directo sin concesiones para cumplir su único objetivo (¿didactico?). Los dialogos están bien empleados pero no tienen fuerza. Por lo demás, excluyendo algunos detalles en las descripciones, correcto en la redacción.

 

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