La necesidad del dolor: Cómo se hizo

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Cela decía que para escribir solo hace falta tener algo que contar. Algo que parece un simplismo pero que, a día de hoy, no lo es tanto, sobre todo si nos atenemos a lo poco que consiguen transmitir algunos autores cuando en presentaciones o entrevistas hablan de sus obras.

Después de haber coincidido con José María Tamparillas en tertulias y jornadas de literatura varias sé que él tiene cosas que decir, amén de saber plasmarlas en el papel. Por eso, cuando en la pasada Hispacón de Urnieta recibió el Premio Nocte al mejor relato de terror nacional por La necesidad del dolor, tuve claro que la mejor forma de acercar el porqué de este galardón a los lectores era que nos hablara sobre la génesis de la obra.

Sin más.

No me equivocaba. Si tenéis curiosidad por saber cómo se cimienta un relato que sabe explorar los entresijos del terror desde una óptica contemporánea y descarnada, echad un ojo al siguiente texto. No os defraudará.

 

La necesidad del dolor: ¿Cómo se hizo?

Por uno de esos incalificables derrapes del destino, el relato La necesidad del dolor inserto en la antología Carne de mi carne, ganó este año (2012) el premio Nocte al mejor relato nacional. Mis editores —Saco de Huesos— me han sugerido que intente en unas breves palabras explicar qué me llevó a escribir dicha obra, qué mecanismos use, qué detonantes se presentaron para que lo elaborara de esa manera concreta.

Este breve opúsculo, porque no es otra cosa sino un opúsculo, trata de explicar dichas cuestiones con un éxito relativo, puesto que, muchas veces, querer aprehender la creatividad es un deseo vano, fútil, abonado al fracaso o como mínimo al enredo.

Pero vamos allá:

La sociedad del hedonismo es esencialmente una sociedad egoísta, aunque, probablemente, sería mejor dejarse de generalizaciones, puesto que dicha sociedad, además, también es individualista y por ello el todo está supeditado más que nunca al individuo, a su goce codicioso. Quizá, como individuos, hayamos dado el paso que va más allá de esa denominada “cultura de la satisfacción”, hayamos dado ese paso que hace que la expresión, ese pilar sociológico, se afine y complete llegando a convertirse en “la cultura de la satisfacción a ultranza”.

Obviamente todo comenzó con el impulso hacia lo material: alguien implantó en nuestra maleable mente una necesidad viciosa y compulsiva por lo material, por una continua y alocada carrera; instiló el deseo y luego nos ofreció la solución al malestar nacido de ese deseo: el consumismo, el placer inmediato de poseer, sin más, poseer sin una necesidad concreta, de poseer fácilmente, casi sin esfuerzo, de poseer y no quedarnos satisfechos con la mera posesión, sino anhelantes ante una falso concepto de cambio y mejora que hace que deseemos esperar poseer lo siguiente que se nos ofrece. Se trata de un juego satisfacción-insatisfacción, perverso. Vivimos en una sociedad que se articula, económica, social y psicológicamente sobre esos cimientos: poseer, elaborar necesidades y deseos para luego calmarlos y completarlos durante un breve instante antes de que la insatisfacción vuelva a hacer mella en nosotros, a toda costa, exigiendo un mínimo esfuerzo por ello.

Es obvio que el paso de lo material a lo que no es material se debió dar en algún momento del proceso, en un día indeterminado de la historia, puesto que lo material, sin duda es una de las herramienta que nos permite manejar y acercarnos a lo inmaterial. Es obvio que alguien alguna vez, en algún lugar dio un paso esencial: el paso que le llevó a cambiar el eje sobre el que rotaba la percepción de esta realidad. Y así, el “puedo poseer, puedo hacer realidad mis deseos y a colmar mis necesidades, la sociedad me permite hacerlo” se convirtió en un “tengo derecho a poseer, tengo derecho a hacer realidad mis deseos y colmar mis necesidades, además la sociedad —cualquiera— no se puede interponer en ello” y lo que es peor, no solo en lo que a lo material respecta, sino en lo que a otras necesidades mucho más esenciales y etéreas se refiere… poseer es un derecho inalienable en el sentido más general del concepto de posesión.

El placer.

La necesidad del dolor nace en ese caldo de cultivo:

Habla del placer, cuando el placer es una necesidad enfermiza que se alimenta del dolor.

Hay quien dice que solo cuando la sociedad ha pervertido e hipertrofiado su afinidad, su apego, su gusto por el hedonismo, cuando ha caído en la cuenta de la vacuidad intrínseca del placer a toda costa, abriendo las puertas a ese invitado incómodo llamado aburrimiento, solo entonces, el germen del sadismo y el masoquismo germina con plenitud y tiñe con su brutal impronta los deseos y acciones de algunas personas. Placer y dolor son anverso y reverso de una misma moneda para ellos…, están tan unidos que uno involucra al otro necesariamente: uno no es, sin más, sin el otro; y la consecución del uno no se entiende sin la presencia del otro.

La necesidad del dolor parte de esta premisa. La exagera, la pervierte. La lleva al extremo en el que la necesidad del binomio placer/dolor, una necesidad de diseño elaborada en nuestra mente, se encara con el impulso natural insertado en los genes. Hablamos de dos fuerzas primigenias, intensas, poderosas e irrenunciables: lo artificial frente a lo instintivo. Y nada más instintivo, visceral, que el amor de una madre, la sumisión de todo por y para la nueva vida: seguridad, comodidad, alegría, deseo; todo sometido por el nexo inmaterial madre/hijo.

En el relato se sucede un enfrentamiento brutal, descarnado, que subvierte finalmente las reglas no escritas de la ley natural. El resultado de dicho enfrentamiento las rompe de una forma trágica y perversa. Y es sabido que cuando las leyes naturales, las leyes, en general, en el sentido antropológico —quizá folclórico—, son subvertidas, el orden global se tambalea, el equilibrio se rompe a su vez y es por ello que se abren de par en par las puertas a lo sobrenatural; el fino pero resistente velo que separa ambos mundos se agrieta y permite que uno, el sobrenatural, penetre en el otro a sangre y fuego, lo contamine y, en cierta manera, ejerza de terrible e improvisado Demiurgo que castiga, aniquila y restaura el equilibrio a su manera torcida y aterradora.

Esto es, en esencia, lo que forma la base del relato. Los pilares sobre los que se sustentan esas pocas e intensas páginas. Algo que nos hace preguntarnos entonces dónde reside el horror en él: en el suceso en sí, o en las consecuencias que tal suceso desata. Eso lo deciden ustedes: los lectores.

José María Tamparillas

Premio Nocte al mejor relato nacional 2011

 

 

Si queréis más información sobre la antología Carne de mi carne, que incluye el relato La necesidad del dolor, podéis encontrarla en http://sacodehuesos.com/a-sangre/carne-de-mi-carne

 

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