La visión del editor: Calabazas en el Trastero: Entierros

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Mis impresiones, personales e intransferibles, sobre el primer título que edité asumiendo plenamente el rol de editor.

Aunque Calabazas en el Trastero: Entierros se publicó antes de la constitución de Saco de Huesos, para mí está claro que fue el primer proyecto en el que ejercí de editor. Si bien en El desván de los cuervos solitarios ya me había ocupado de muchos aspectos de la edición —reclutar un grupo inicial de autores, encontrar ilustrador para la cubierta, maquetar, llevar a imprenta, etc.—, la mayor parte del proyecto se desarrolló de un modo colectivo —por mucho que me permitiera alguna tiranía, como el título—.

De hecho, supongo que fue por eso por lo que terminé dando el siguiente paso. Era una época en la que del mismo modo que me venían ideas para mis propios textos como autor, se me ocurrían proyectos, generalmente con nombre incluido, que creía que merecían la pena. Fue entonces cuando concebí, además del desván, el Círculo de Escritores Errantes, La Biblioteca Fosca —que fue primero una revista y tomaba el nombre de aquella ocurrencia de Mik sobre el género fosco—, Sopa de sapos, Cazando fantasmas con telarañas... y, cómo no, Calabazas en el Trastero. De algún modo, sentía una inquietud creativa también en el campo de la edición, que no es simplemente producir libros, sino marcar un rumbo para explorar determinados territorios.

Así, con un equipo sólido, como era el de la Biblioteca Fosca —ahora sí, ya asociación cultural—, tocaba enfrentarse a los primeros desafíos. La cuestión del diseño corrió a cuenta de Miguel Puente, que es el responsable de ese aspecto pulp tan personal de la publicación —bueno, salvedad hecha de las grecas calabaceras de las tripas, que esas son cosa mía—, y fue él también el que se ocupó de encontrar ilustrador: David M. Rus, artista que se encargaría, además, de la creación de nuestro trofeo - póster para el Premio Nosferatu. Suya es la idea, así mismo, de sustituir la sinopsis por una frase gancho, que inauguramos en aquella ocasión con Un trastero sin calabazas es como una tumba sin muerto.

De otros aspectos organizativos y de gestión, de esos que no aparecen en los créditos o lo hacen de soslayo, se/nos ocupamos otros, pero como la discreción fue uno de los primeros pilares de la publicación —por aquello de que el protagonismo lo tuvieran los textos— tampoco creo que merezca la pena poner nombres, aunque su/nuestro trabajo fue clave. Ya hablaremos un día de cómo manejar un circo así...

Para los prólogos se nos ocurrió —supongo que más bien a Mik, que era el único socio en aquel momento— contar con Nocte, la asociación española de escritores de terror, y Juan José Castillo inauguró con su prólogo la colección con, a mi entender, mucho acierto. La idea, que se mantiene, es que los prologuistas también tuvieran libertad a la hora de presentar la temática, algo que, creo, da variedad.

Quedaba el tema de los autores. Se optó por hacer una convocatoria abierta y universal, con los riesgos y el trabajo adicional que supone, pero con la esperanza de disfrutar también de las ventajas: conocer a nuevos autores, llegar a nuevos lectores, abrir el proyecto, en definitiva. Todo el mundo podía mandar todos los relatos que quisiera, publicados o no, siempre y cuando se ajustaran a la temática. La idea, el concepto, era simple: la prioridad es conseguir los mejores relatos, con independencia de consideraciones de cualquier otro tipo.

Pero, claro, eso es el concepto. La duda era si iba a haber el suficiente número de escritores válidos dispuestos a contestar a la convocatoria. Después de todo, no nos conocía nadie, y escribir un relato ex-profeso —aunque Entierros no es un tema muy cerrado— sin la seguridad de que te lo van a publicar... Así que, además de colgar las convocatorias, avisamos a cuanta gente se nos ocurrió. Unos contestaron, otros no, pero, al final, de los 36 relatos recibidos salieron trece de la calidad que buscábamos.

Aunque ya había hecho de jurado en unos cuantos concursos, en aquella ocasión todo adquiría un tinte distinto. No se trataba de ponerse de acuerdo en cuál era el mejor de todos los relatos, sino de qué trece íbamos a seleccionar. Con algunos no hubo duda alguna —varios se llevaron la puntuación máxima—, pero está claro que a todos se nos quedó alguno fuera que hubiéramos querido meter en lugar de otro —en mi caso, por ejemplo, un relato titulado Los que regresan que se envió bajo pseudónimo—. La convocatoria tuvo una particularidad también que no se ha vuelto a repetir: la media de los relatos fue muy elevada. Por lo general, más de la mitad de los relatos que llegan no sirven —o se valora que no sirven— ni de relleno; en Calabazas en el Trastero: Entierros, estos relatos no llegaban ni a una tercera parte de los recibidos.

Cuando repaso la selección —que creo que ordené yo para la publicación, aunque no pondría la mano en el fuego—, me doy cuenta de que fue una antología con muchos relatos de gran calidad. Cosecha de huesos, de José María Tamparillas, Moroaica, de Juan José Hidalgo Díaz y Es mi trabajo, de Sergio Mars, son relatos con mucho calado, de los que quedan en la memoria a través de los años. Los giros de El tratado de Michael Ranft, de Miguel Puente, o Y llorarán por ti, de José Ignacio Becerril Polo, tenían mucha fuerza y vitalidad. Y las notas de originalidad abundaban: Todo es empezar, de Pedro Escudero —que se llevaría un muy merecido Premio Nosferatu—, La procesión de las plañideras, de Jorge Mulero Solano —quizás el relato más extraño que hayamos publicado en la revista, al menos en cuanto a estructura—, …Y evitar los malos pensamientos, de Manuel Mije —una inquietante fosquería que se desmarca de todo canon—...

El conjunto tenía calidad y variedad, y la presentación era justo lo que buscábamos. Supongo que, por ello, la cosa fue teniendo cada vez mejor acogida. Al mismo tiempo, había cosas que no se veían y que estaban funcionando también a la perfección a un nivel más interno. Habíamos contado con al menos un par de veteranos ya bien fogueados —Sergio Mars y Tamparillas, que llevaba una buena trayectoria en la Revista Cthulhu—, con el apoyo de algunos conocidos de otros lares —colectivos literarios, OcioJoven, Sedice, Nocte...— y con gente que, al menos yo, no conocía de nada, aunque luego se convirtieron en caras conocidas en los calabazas. También cabe comentar que, cuando se publicó Entierros, casi ninguno de los autores tenía obra propia en solitario, pero que a día de hoy han sacado unos cuantos, tanto novelas como antologías.

En esta primera convocatoria me atrevería a aventurar que dos factores fueron los que sirvieron de criba principalmente: por un lado, la solvencia de la prosa —no en vano, había dos correctores de estilo en el jurado— y, por otro, la originalidad de los enfoques. El primer punto era vital según nuestro planteamiento, y el segundo era una declaración de intenciones: queríamos antologías temáticas que mostraran cuánto podía dar de sí el género fosco.

A toro pasado, creo que este primer paso del experimento salió todo lo bien que podíamos haber esperado. Aprendimos mucho con él y autores y lectores nos dieron mucha fuerza para seguir en la brecha. Y por aquí seguimos.

Si tenéis curiosidad sobre la antología, podéis echarle un ojo en el siguiente enlace: http://sacodehuesos.com/calabazas-en-el-trastero/1-entierros

Espacio patrocinado por

Nocte - Asociación Española de Escritores de Terror

http://www.nocte.es/

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