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Christopher Nolan siempre busca algo más. No le gustan las narraciones lineales y únicas, ni los personajes monolíticos con los que se pueda empatizar en cuestión de segundos. Por ello, en Inception, la primera película que rueda según un argumento propio, todas sus obsesiones y sus lugares comunes están presentes y maximizados.

Ha querido la casualidad (sí, esa casualidad que hace que rebajen un DVD en la Fnac y a la semana lo den gratis con el periódico de turno, la misma que hace que ella te diga que te prefiere como amigo y a la semana empiece a salir con otro, ESE tipo de casualidad) que en menos de un mes se estrenen las últimas entregas de Shrek y Toy Story, los emblemas de los dos estudios de animación más importantes de la industria: Dreamworks y Pixar.

Explicar el éxito de Mark Millar es explicar el triunfo del fan. Todas sus obras contienen aquello que todo fan del comic querría ver hacer a sus personajes preferidos. A ese conocimiento vastísimo del comic (y de la cultura popular en términos generales), Millar añade una facilidad innata para crear espectáculo y diálogos que son pura dinamita y, por último, un sentido del humor negro y socarrón muy propio de la escuela británica de la que procede.