Síndrome

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Ligeia
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Síndrome
La rotura de los recuerdos era lo peor de todo el estropicio que anegaba el salón. Recogió con cuidado las fotos arrojadas de las estanterías, revisando los marcos rotos y los cristales rajados. La sangre que manaba de los cortes en los dedos y las uñas rotas manchaba o goteaba sobre los rostros felices, solos o en grupo, de sus hijos y de su esposo. Intentó limpiarla con la manga de la chaqueta, pero lo único que consiguió fue ensuciar la tela y empañar con un velo rojizo las imágenes bajo el cristal.
Siempre había sido una persona ordenada, cuidadosa de la limpieza y la pulcritud en su hogar, por lo que el desastre le dolía por dos motivos. Primero, tendría que recoger, limpiar y tirar lo que hubiera quedado inservible pero sabía que aun así el ambiente original se había perdido. Lo segundo, aquellas heridas en las manos le indicaban, sin opción a duda, que lo había provocado ella misma. ¿Habría tenido un ataque de sonambulismo violento? ¿Tal cosa era posible?
En la foto que ahora sostenía, Anton permanecía suspendido en el tiempo, vestido con la bata blanca en su despacho, apoyado en el borde la mesa, con los brazos cruzados en actitud confiada. Hacía diez años ya, pero a veces era como si solo hubieran pasado unas horas desde que recibiera la noticia del atropello mortal; una furgoneta de reparto se lo había llevado por delante a los cinco minutos de salir con su bicicleta a comprar unas pilas. ¿Cómo atender un ínfimo recado había tenido tan brutal desenlace? Una nadería había traído a su vida el dolor psíquico y la soledad. Ella se centró en su trabajo y los chicos ingresaron en la universidad. No quería interferir en sus estudios. Pero Greta van der Kroon todavía era joven y deseaba ser útil, una idea que pasados los primeros y peores años, se había ido haciendo más fuerte en su interior.
Por eso había decidido apuntarse como voluntaria en aquella campaña de vacunación solidaria, organizada por cierta asociación caritativa privada. No se imaginaba que, lo mismo que la tarde en que su marido salió un momento para no volver jamás, aquel inocente viaje tendría nefastas consecuencias. Pues todo esto que la acosaba, había empezado después de la estancia en la selva.
Volvió a verse dando tumbos dentro del todoterreno conducido por un chófer nativo, junto a la doctora Dianti y el enfermero Poulsen, siguiendo una senda escabrosa de tierra a la que el término carretera le venía demasiado grande y que acabó terminando de manera abrupta en un muro vegetal como punto y final. A partir de allí, tuvieron que seguir a pie hasta el poblado más alejado de todos los incluidos en el programa.
Después del trabajo, desarrollado sin complicaciones ni excesivas reticencias por parte de los beneficiados, aceptó la invitación de las mujeres de la tribu de acompañarlas en su tarea de recoger raíces y tubérculos para el sustento. Tenían unos pequeños huertos tras las chozas, pero debían adentrarse en la selva para buscar una especie de batata salvaje muy apreciada por ellos.
Como sabían que no las entendían ella y Chiara Dianti charlaban entre sí, rodeadas por aquellas mujeres pequeñas y oscuras que les sonreían mostrando una dentadura blanquísima. Los gestos eran suficientes para seguir las instrucciones de sus anfitrionas mientras las occidentales bromeaban sobre el canibalismo de los papúes y eso que se rumoreaba de que algunas tribus todavía lo practicaban. En aquella zona pacífica junto a una reserva natural aquella costumbre había quedado atrás, pero la italiana la hizo reír mucho con su sugerencia de que a lo mejor estaban buscando las especias con las que las aderezarían esa noche para la cena. Las nativas, aunque ignoraban el significado de las palabras, reían con ellas.
Greta no advirtió cuando se apartó del grupo. No se lo había confesado a nadie, pero la espesura la ponía un poco nerviosa. Entre el entramado vegetal carente de perspectiva lejana y los ruidos de monos y pájaros, se había creado una rueda móvil que palpitaba en torno a su persona, aislándola del resto. Cuando, para meterlo en la bolsa de fibras trenzadas que le habían puesto al cuello, se incorporó tras luchar con un tubérculo especialmente renuente en abandonar su terroso refugio, apreció de inmediato que estaba sola. Intentó orientarse, tenían que andar por allí. Aguzó el oído, sin llegar a detectar ni voces, ni los roces de manos y brazos apartando helechos, ni el crujido hueco de algún trozo de madera podrido al romperse al paso de alguna descuidada. Aunque no quería alterarse, empezó a hiperventilar mientras caminaba de un lado para otro buscando el rumbo. Casi podía sentir que lo único que estaba consiguiendo era adentrarse más en aquella maldita jungla rebosante de peligros, ocultos pero palpables. Entonces sucedió. Algo cayó sobre ella desde las alturas enmarañadas de ramas y lianas. Algunos graznidos lo acompañaron, vio algunos pájaros salir volando, asustados por los movimientos de allí abajo. Gritó mientras intentaba quitárselo de encima, percibiendo como una tenaza sobre el cuello, a donde se llevó las manos tratando de romperla. Nada. Se revolcó por el suelo blando, arrancando trozos húmedos para arrojarlos a lo que fuera, sin éxito. El incorpóreo agresor la soltó por propia voluntad, cuando de entre la maraña verdosa apareció el grupo de buscadoras de raíces con Laura al frente. Temblaba como una hoja, pero Greta insistió en que se encontraba bien, que todo había sido un susto nada más.
La taquicardia le duró horas y todo se le caía de las manos trémulas. Mientras recogían las cajas y carpetas, observó que las mujeres la miraban cuchicheando entre ellas. Le preguntó al joven chófer de qué hablaban y el chico le contestó que de su paseo por la selva. Le pidió mayor detalle, lo cual parecía costarle. Con la cabeza gacha, el muchacho pareció concentrarse en los dibujos y botones de su camisa hawaiana. Él era de la misma etnia que los que pululaban casi desnudos por el poblado, pero ya no pertenecía a la selva sino a la ciudad, donde había nacido, era el progreso inevitable. Sus padres, aun así, le habían transmitido algunos jirones de su cultura en trance de desaparición. Hablaban de los espíritus que creían habitaban en la zona salvaje. La gente de los árboles. De cómo gustaban de vigilar y atacar al que se adentraba solitario en su territorio. Greta soltó una carcajada incrédula. Se había quedado sola en la jungla y eso era peligroso según su óptica. Supercherías primitivas.
Soportó el dolor de cabeza, durante el largo regreso en avión, a base de analgésicos. Durante la escala en Nueva Delhi aprovechó para sacar el móvil y hablar con su hija. La vuelta a la rutina diaria no mitigó el desasosiego que se había apoderado de ella. Tenía sueños intranquilos, pero apenas podía moverse porque sentía al mismo tiempo como si un bloque de hormigón tratara de aplastarla. El murmullo de la selva se hacía intolerable dentro de su cráneo, volvía el calor y el olor herbáceo llenando sus fosas nasales, las tonalidades verdosas bailaban ante sus ojos lo mismo que las nubecillas de mosquitos, hasta que la propia incomodidad la despertaba. Noche tras noche, hasta que se rindió a la resignación, esperando que al final pasaría y recuperaría el descanso nocturno. Su hija vino a Ámsterdam y pasaron la tarde en un café. Le contó las principales anécdotas menos el “incidente” del último día. Quería convencerse de que no tenía importancia, sería absurdo preocuparla por un poco de insomnio y pesadillas. Greta le entregó a su nietecita el regalo de cumpleaños atrasado. Había cumplido un año mientras ella se encontraba en Nueva Guinea. Entretanto la pequeña abrazaba su nuevo peluche, la abuela había empezado a notar el peso, pero disimulaba. Era de día, no estaba acostada ¿Por qué podía sentirlo? Agarró la taza ya vacía para disimular el ligero temblor en las manos. Apenas entendía lo que su hija le estaba diciendo, se agachó de manera mecánica para que su mejilla recibiese el beso de agradecimiento de la nieta… deseaba una cosa, un antojo monstruoso…. Posar las manos en su cuello y apretar, apretar hasta que su carita se volviera azul… hiperventilación, taquicardia, le costó un mundo convencer a su preocupada hija de que se encontraba bien, de que se había preparado a fondo para el viaje y no había contraído ninguna enfermedad tropical como se estaba temiendo, después de todo, era médico. “Sí, bueno, mamá, pero en casa del herrero, cuchillo de palo” Las acompañó hasta la estación de tren casi como prueba de que no iba a darle un síncope o algo así.
El espeluznante impulso homicida fue como subir un grado en la escala ascendente de rareza interna en el que había caído. Desde entonces, el peso en su espalda, tan grande que le obligaba a doblar un poco las rodillas y echar el cuello hacia delante, la asaltaba de manera intermitente, en cualquier momento. Lo peor es que sus manos dejaban de obedecer e intentaban agarrar objetos que ella no quería. ¿Eran síntomas de delirio? No se encontraba confundida, su personalidad se mantenía intacta. Sí no cesaba, tendría que tragarse su autoestima y aceptar que, de verdad, existía algún problema.
Había cosas en casa que cambiaban de lugar. Ella no recordaba haberlas movido. Las pesadillas selváticas, la sensación de aplastamiento, continuaban ahogándola por las noches. Ahora había despertado encontrándose con el caos en su propio hogar. De golpe, como siempre, cayó el peso sobre ella. Soltó el cuadro, dejándolo abandonado a sus pies. Dio unos pasos, arrastrados. A veces se llevaba una mano al dorso oprimido, sin encontrar más que la línea de sus propias vértebras y costillas. Enfrente, la puerta del baño estaba abierta. Tuvo una idea. Se acercó con esfuerzo. Quería mirarse en el espejo.
Aguantando la respiración, sacó fuerzas para atreverse a echar un vistazo al reflejo. Con un escalofrío, sabiendo que encontraría algo, comprobó que le confirmaba sus temores. Además de ella misma, podía ver ahora al parásito hasta entonces invisible.
Allí estaba, aferrada a su espalda, asomándose por encima del hombro. Una niña de piel grisácea y espesas, largas y enmarañadas greñas negras como carbón que le ocultaban el rostro a excepción de la barbilla, la boca y poco más. Aunque no le veía los ojos, intuía que la estaba mirando, al tiempo que sus labios se curvaban con sorna, como si le agradase el ser descubierta. Greta se giró con brusquedad para apreciar el cuerpo colgante. La cubría un vestido simple sin mangas, corto hasta las rodillas y de una tela áspera y marrón, los pies descalzos tenían las plantas callosas y sucias.
Horrorizada, invadida por la grima que tal contacto le provocaba al ser recubierto por el conocimiento, se removió como un caballo tratando de derribar a su jinete, golpeándose la espalda contra las paredes, dando frenéticos manotazos a sus costados, intentando que se soltara. Pero, muy al contrario del efecto esperado, el peso que la agobiaba parecía aumentar por momentos al ritmo de su creciente histeria. Cuando en uno de sus erráticos movimientos cayó por encima del sofá, la niña pareció despegarse por fin, saltando hacia atrás de repente para volver a desaparecer. Descalabrada en el suelo, dolorida, Greta se quedó en blanco, mirando el techo, hundida entre el desorden.
Pensó en aquel imprevisto exceso de equipaje que se había traído, en lo que había visto, la fantasmal aborigen, y en lo que había oído, la gente del árbol. ¿Y ahora qué? ¿Tendría que regresar a Nueva Guinea, a consultar con un chamán? Preguntas henchidas de ironía. La gente del árbol, le había contado el guía y chófer, no eran más que muertos, las almas de fallecidos antes de tiempo, jóvenes, niños, asesinados… se lo estaba imaginando todo, pero si no creía ¿Cómo es que le estaba pasando esto?
Después de la noche habitual, se dirigió a la clínica atravesando una mañana lluviosa, pertrechada de chubasquero, intentando mantener alejado el problema de su mente. Una calabaza vacía, eso era ahora el interior de su cabeza. La nada. No podía ser. Otra vez. La carga sobre su espalda y el deseo de hacer daño, mucho daño. Arrebatar la vida. Miró sus manos, en la derecha había sangre, ambos antebrazos sujetos por otras manos grises, engarfiadas a las mangas de su bata blanca, el mentón de la niña apoyado en su hombro… ¿Qué había hecho ahora?
Ante el escritorio, sentado en la silla, se encontraba un paciente habitual, el señor Dekker. Su aspecto la paralizó por un momento, inasumible. El anciano estaba muerto, con la boca entreabierta bajo el bigote cano y los ojos abiertos, pero con los párpados un poco caídos. Una mancha roja empapaba su camisa, visible bajo la chaqueta abierta, los brazos exánimes a los lados… el estilete que sobresalía en medio del pegote, creciente al fluir todavía la sangre, era la parte superior de la estilográfica de la doctora, clavada profundamente hasta pinchar la aorta, justo sobre el ventrículo izquierdo.
Hiperventilación, taquicardia y la niña pegada a ella como una lapa. Con dificultad, rodeó el mueble y el cadáver, intentando llegar a la puerta. Esta se abrió dejando entrar la luz cenicienta del vestíbulo y una silueta. La figura retrocedía. Greta no era capaz de que su brazo se mantuviera en descanso, no quería tocarla. La otra mujer caía. Empezaba a reconocerla. Era Margarethe, una de las auxiliares de enfermería. La contempló exangüe, intentando llevarse las manos a la garganta, donde un gran tajo escarlata desparramaba el líquido vital sobre las relucientes baldosas de mármol rosado. Greta vio que su propia mano empuñaba un cúter, apreciando por el rabillo del ojo el cajón abierto en el escritorio.
En el gran vestíbulo, todo era revuelo, intentando alejarse lo más posible de la inesperada asesina. No estaba muy concurrido, pero las filas de bancos fueron desalojadas con celeridad por sus despavoridos ocupantes. El peso cesó, pudiendo enderezarse. Greta apenas podía mirar el cuerpo que yacía tras sus talones. Al fondo, algunos rostros asustados la espiaban desde detrás del cristal redondo de la puerta que comunicaba con otra sección.
Devastada, lanzó lejos el cúter y de una patada, también el banco más cercano. Jamás podría explicar con coherencia lo ocurrido, no soportaba ser la Greta van der Kroon de los últimos diez minutos. Corrió alrededor de los bancos, los lanzó furiosa, también las papeleras, la cartelera informativa y cuando se dirigió hacia allí, los valientes huyeron dejando de asomarse al círculo acristalado. Pero la doctora no iba a salir y afrontar las consecuencias. No había sido ella ¿Dónde se escondía el monstruo? Allí estaba, acurrucada junto al pilar empapelado de informaciones y amables consejos de salud.
La cabeza despeinada del espíritu se movió y uno de los brazos dejó de rodear sus rodillas flacas, señalándole la salida. Greta sintió como las fuerzas la abandonaban. Los muertos envidian a los vivos, había concluido el chico su explicación, unas semanas atrás. La niña tenía la razón, era la dueña de los músculos ajenos. La doctora dio la espalda a la puerta y caminó hacia delante. En el enorme ventanal que cubría la fachada del edificio en sus cuatro plantas, la lluvia chocaba, resbalaba. La niña mostró una sonrisa malévola entre las greñas. A su mandado, la mujer cogió impulso y echó a correr, esperando el momento de atravesar el muro de vidrio y lanzarse lejos de todo.

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Molu
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Poblador desde: 16/11/2015
Puntos: 243

Muy buena la imagen de la sangre goteando sobre los rostros de la familia en las fotos. ¿No está ella en ninguna foto? Dolor psíquico parece una redundancia. Por lo menos desde mi perspectiva (el dolor siempre tiene un componente psíquico). ¿Ella es Greta? Al estar esta parte relatada en tercera persona no se entiende bien si ella es Greta, o si es otra persona. Si sólo apareciera Greta, pensaría que es la hija, porque viene hablando de los chicos. "La taquicardia le duró horas" es una imagen para que quede clara la importancia del susto, pero no sé si es físicamente posible. Ella es médico. Sin embargo no hace ningún diagnóstico de lo que le está sucediendo. Es extraño que con tantos síntomas evidentes, ella (que es médico) no maneje la posibilidad de ir a un hospital o de consultar a un colega. Está dispuesta a volver a Nueva Guinea a consultar a un chaman pero no a ir a un hospital. No se advierte el pensamiento científico que debería estar presente. Luego de ver a la niña en el espejo, comienza a verla "a simple vista" cuando antes no lo hacía. O sea, empieza a verla después de verla a través del reflejo, pero antes no lo hacía. ¿Por qué? El relato me recuerda a una película asiática de la que no recuerdo el nombre, por eso del espíritu montado a la espalda.
2 estrellas.

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Olethros
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Puntos: 352

En cuanto a lo formal, y si a la autora le parecen asuntos de su interés, se nota que le ha faltado tiempo para un repaso porque hay muchas pequeñas cosas por corregir que se notan ahí por descuido, no por voluntad, y que desaparecerán en cuanto tenga un rato para revisar el texto. De naturaleza distinta, hay construcciones extrañas que merecerían reconsiderase como "sin opción a duda", "Greta no advirtió cuando se alejó del grupo"; también erróneas como "se rumoreaba de que algunas tribus". Respecto a gerundios y adverbios terminados en "-mente", en mi opinión su presencia evita que la pluma se obligue a narrar mejor.

En cuanto al estilo, la insistencia (hasta repetición) de términos técnicos se entiende como un recurso voluntario para distinguir la formación clínica de la protagonista, pero la autora debería, tal vez, valorar si su frecuencia es la suficiente para no excederse. El ritmo es bueno pero tiene una caída en el tramo central que, creo, tiene que ver con qué cuenta y cómo lo cuenta.

En cuanto al fondo, hay posesión. Tal vez deja la sensación de que ha sido reconducida desde ideas sobrenaturales de otro tipo, pero está.

Mi calificación es 2,75 estrellas.

Ceterum censeo Carthaginem esse delendam... ;oP

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Bestia insana
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Poblador desde: 02/05/2013
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Flipo con lo que algunos son capaces de hacer en unas horas, yo en ese tiempo solo consigo poner el título y si acaso también la fecha. Y encima sacar adelante un relato bastante digno, fácil de leer, sin faltas de bulto, entretenido, con un par de escenas potentes. Me ha encantado el personaje de la niña.

*** estrellas

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Ligeia
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Puntos: 869

Es mortal, la verdad, no lo aconsejo jajaja yo no me atrevo a leerlo porque seguro que se ve horrible, de hecho, casi muérome cuando Olethros ha mencionado adverbios en -mente (juro que ni los vi) o un "de que", construcción que odio. Pero ya os digo, creo que me han echado una maldición y desde hace un tiempo nunca se me ocurre nada hasta que empezamos a entrar en la fase "tiempo límite" XD Muchas gracias Bestia ^^

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Olethros
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Poblador desde: 20/06/2015
Puntos: 352

La "ceguera del escritor" es un fenómeno real e involuntario tan increible como cierto. Los mismos ojos que son de águila cuando ven el texto de otro se convierten en los de un topo cuando leen el propio.

De todas formas estoy de acuerdo con Bestia Insana. Es notable para haber sido escrito contrarreloj. 

Ceterum censeo Carthaginem esse delendam... ;oP

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Ligeia
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Puntos: 869

Gran verdad, los mecanismos del cerebro son misteriosos jeje Me alegro que al menos no haya quedado demasiado chirriante :)

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Mzime
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Es este otro tabajo que, no conteniendo errores de mayor consideración y que podrán ser facilmente subsanables, tiene un estilo fácil, sencillo y bueno. Especialmente hasta que Greta abandona la selva.El argumento también es sencillo, pero te mantiene el interés por ir conociendo como lo desarrolla el autor. En cuanto a la atmósfera, esta es mejor en los inicios, antes de convertirse todo en un thriller psiquiátrico -la escena del espejo es paradigmática de ello-, pero no es mucho peor en el resto. Y por lo que hace a la posesión, pues bueno, lo cierto es que el propio título del relato ya da pistas sobre si se da o no tal fenómeno. Yo me inclinaría por la negativa, pero como en este caso todo queda en bastante indefinición y la propia protagonista parece sentirla como tal, aplicaré el in dubio de Olethros, y daré una valoración de tres estrellas y media al relato.

"Si quieres llegar rápido camina solo, pero si quieres llegar lejos camina acompañado", (proverbio masái)..

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

Ehhmm, Molu, al respecto del momento chamán, dice a continuación "palabras henchidas de ironía" y el proceso dura relativamente poco, ella se lo pasa dudando, no es psiquiatra pero hay un momento en que hasta se pone a intentar recordar los síntomas principales de un delirio, creo que lo normal sería resistirse al principio antes de admitir que la propia mente está empezando a desbarrar.

Mzime, creo que lo he dejado lo suficientemente fifty-fifty como para que el lector se decante por el lado que prefiera jeje

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

Molu, en el primer párrafo solo es Greta consigo misma, pilla las fotos más cercanas y al observar la de su difunto esposo es cuando se pone a comparar ambas circunstancias. Lo del espejo es psicológico, muchas veces son vistos como puertas ¿verdad? ella lo nota pero teme verlo, pues sería la incómoda confirmación definitiva, se acerca convencida de que sí hay algo realmente, lo verá, y así es, digamos que desde ese momento ha sintonizado total y sus ojos ya no pueden disimular ninguna ceguera. Lo de que espíritus de dioses o muertos poseen a los vivos cabalgando sobre ellos es una creencia común en pueblos africanos y asiáticos y es una imagen que siempre me ha parecido.. fascinante (tono Spok) jaja de hecho, los sacerdotes y sacerdotisas vudú durante algunas ceremonias son poseídos por lo que invocan y se mueven así, como si llevasen un gran peso invisible encima.

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Relato admitido a concurso.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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L. G. Morgan
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Poblador desde: 02/08/2010
Puntos: 2579

Buen relato. Aquí hay historia, al margen del desarrollo del propio tema, una mujer que parece de verdad, con una trayectoria vital que, aunque apenas esbozada, se nos muestra como muy cercana. Yo sí veo posesión. El relato introduce suficientes elementos sobrenaturales o mágicos como para que, como lectores, podamos jugar a creernos que todo lo que vive Greta es real. Bien contado el proceso, la explicación de cómo y por qué el espíritu se apodera de su vida. Algunos problemas con los signos de puntuación, principalmente comas que faltan. Un cuando sin tilde que debería llevarla. Y poco más. 

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

Gracias L. G., eso es lo que pretendía, me alegro haberlo conseguido. Como ya he dicho, hasta yo me sorprendo de los pocos fallos que hay a pesar de las prisas con que surgió, ahí, sobre la cuenta atrás.

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LCS
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Poblador desde: 11/08/2009
Puntos: 6621

Gran relato, compañera. De los tres que he leído tuyos, el que más me ha gustado. ATENCION SPOLIER. La imagen de la niña desgreñada sobre la espalda de la protagonista es grandiosa. Me recuerda un poco a un relato de GRR Martín, que llevaba colgado un mono en la espalda, aunque los argumentos de los dos relatos son completamente distintos. Enhorabuena.  

Como pegas, diría que tarda un poco en arrancar. Veo innecesarios los párrafos iniciales que hablan de la muerte del marido, porque luego no tienen demasiada relación con el resto de la trama.  

Por otra parte, la posesión me parece demasiado repentina. Debería anticiparse de alguna manera. No sé, un sueño, una leyenda, algo que anticipe lo que va a ocurrir.  

Aunque no soy demasiado partidario de que los personajes mueran (me parece una salida bastante fácil), en este caso, tu final me gusta porque no es demasiado explícito, sino más bien sútil.  

Mi puntuación: tres estrellas y media

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

Gracias LCS, no conocía ese relato del señor Martin. Busqué un arranque que fuera una comparación de anécdotas, esto que me está pasando me recuerda a... hay un momento en que se dice que a ella la pone nerviosa la selva, pero vamos, tal vez debí incidir más, ya te digo que no está nada pulido XD y bueno, bueno, mejor no te leas nada mío porque soy una condenada killer, en un relato de terror, la muerte es para mí el final más lógico y plausible, en mis historias suele espichar hasta el apuntador jaja

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LCS
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Poblador desde: 11/08/2009
Puntos: 6621

Mientras no las palme el lector. no

El relato de Martin se llama El tratamiento del mono, por si te interesa. 

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

jajaja siii ;P

bueno, o si no mueren, desearían estarlo XD

Estupendo, claro que le quiero echar uno ojo. Muchas gracias por la información ^^

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Lis
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Poblador desde: 07/12/2015
Puntos: 209

Si tuviera que elegir trece relatos entre los presentados al certamen para publicar una antología sobre posesiones, éste entraría en mi lista de quince preseleccionados tras la lectura de todos ellos.

Encaja en el tema de la convocatoria, ofrece a una protagonista bien construida con solidez y varias escenas llamativas, necesita corregir detalles pero la trama fluye bien y tiene tirón comercial por lo fácil que es empatizar con el personaje principal.

★★★☆☆

Sin embargo, competiría con otros catorce relatos por conseguir una de las cinco plazas vacantes en la antología, porque desde mi punto de vista hay ocho fijos entre los presentados al certamen. Me sentaría con el editor para analizar si este relato funciona mejor que otros en la selección final, buscando evitar en lo posible la repetición de temáticas, puntos de vista, esquemas, estilos o ideas en el conjunto de la antología.

¿En qué puedo ayudarte?

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 197120

Aunque me ha parecido que andaba un poco descompensado de ritmo, el relato me ha seducido por la ambientación. La niña espectral es un magnífico fichaje: me ha encantado. También creo que has resuelto bien el cambio de escenarios, aunque es posible que consigas ajustar algún párrafo más con un poco de reposo. Por señalar un detalle, que sé que eres muy exigente con estas cosas, ¿no es un poco raro que la jungla tenga un olor "herboso"? Precisamente la hierba debe de ser lo que menos huele en una jungla.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

jeje tienes razón, pero con las prisas tampoco le di muchas vueltas y puse el adjetivo que primero se me vino a la mente, herboso, herbáceo... mientras intentaba buscar algo que evocara olores de helechos, musgos, más bien XD

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Hedrigall
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Poblador desde: 14/01/2011
Puntos: 952

La narración me ha parecido apresurada, una frase pisando los talones a la siguiente. La niña colgada de su cuerpo es una imagen, tal y como ha sido narrada, espeluznante. Buena ambientación, ritmo irregular pero firme en los momentos clave, y buen cierre.

 

3 estrellas.

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Dr. Ziyo
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Poblador desde: 30/01/2016
Puntos: 2122

Un relato bastante bien montado para haber sido escrito con tan poco tiempo, según tú misma has dicho.. Algunas pequeñas cosas que se nota que son por falta de algún repaso, por ejemplo, la frase: “Greta no advirtió cuando se alejó del grupo.” Esta frase me descolocó hasta que me di cuenta de que la clave estaba en ese “cuando” que debería ser “cuándo” para darle sentido, o yo así lo veo, ya que de la otra manera parece una frase a medio hacer. O ese “de que” que ya han comentado y que se te ha escapado sin duda por las prisas.

Tambien hay una frase que a mí me suena muy rara y no sé si es eso lo que has querido decir o no. Te la copio: “Horrorizada, invadida por la grima que tal contacto le provocaba al ser recubierto por el conocimiento...”. Como digo, a mí me suena rara, pero quizás es cosa mía.

La historia me ha gustado. Es fácil de leer y se entiende a la primera, cosa que yo agradezco profundamente. Además, hay una posesión evidente a cargo de esa niña/espíritu, con lo cual entra de lleno en la convocatoria. Yo le doy tres estrellas y cuarto.

 

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