El pedigrí de un mundo moderno o la nueva agricultura (T)


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Guybrush
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El pedigrí de un mundo moderno o la nueva agricultura

 
Un anciano anodino abrió los párpados estirando hasta la muerte sus legañas. Alargó su brazo de pellejo buscando un vaso de agua, un despertador, unas pastillas o una flor mustia de plástico, sin encontrar siquiera la mesita de noche. Se encontraba en la habitación doce de la residencia Buenaventura y el sol estallaba en su ventana con la desolación del mediodía. Nadie le había despertado y tenía hambre y le dolía la cabeza como si le hubieran metido un hielo por el lacrimal. Hacía demasiado frío allí, y su pijama se descosía por los bajos.
Caminó hacia la puerta, el pomo ahorcado en el centro, los goznes con reuma cediendo ante el brazo de pellejo. Salió a un pasillo cromático y atravesó una alfombra salpicada de juguetes rotos. Empujado por un resquicio de engranaje oculto tras las canas se asomó al salón-recepción de la residencia de ancianos con cautela. Como si escapar fuera sencillo, huyó hacia su memoria y cruzó un ventanal de cristales derramados, hacia el otro lado, allí donde una brújula caducada le impelía. Donde las flores adornaban las cáscaras, donde las visitas aparcaban sus coches. Allí al viejo se le mezclaron sueños inconsistentes sazonados de gritos de otras ocasiones, gritos y abrazos perfumados que le impedían comprar el periódico, ir a trabajar o recoger a Susana del colegio de las Irlandesas. Esta vez nadie salió a su encuentro y pudo mirar la calle desplumada. Esta vez volvía a casa tras resolver unos papeles con el banco. Pero esta vez nadie le recordó que aquello era solo un recuerdo que funcionaba mal.
Lo siguiente fue insultar al alcalde por permitir tanta decadencia en las bonitas calles, sentirse en un barrio tan anodino como él sin mapa mental actualizado, y pensar cuánto ha crecido sin riego la ciudad más allá del río a base de aluminio y botellas rotas; después el préstamo concedido para su primer televisor a color le hizo perder el metrónomo que sabían configurar sus pies en el asfalto, conduciéndolo irremisiblemente hasta aquella zona sin espíritu ni pedigrí, quién lo dijera. El viejo pensaba enmarañado y seguía caminando en un desierto de edificios, buscando con los ojos de pellejo un lugar conocido, un enlace que conectara ese mundo con su mundo en su memoria.
Calles vacías y una terrible ausencia. De repente, desde el punto de vista del narrador no omnisciente, el viejo ve una marquesina roja y trasparente y se aposta a esperar el autobús capaz de llevarlo a algún lado, más allá del tiempo, que para él discurre diferente.
 
Un despertador aúlla en otro sitio y en otro tiempo, y unos ojos insomnes se abren sin telarañas. Un hombre adulto contempla su habitación y se fija en una percha descolgada. El hábito le lleva a vestirse con su uniforme azul sin gorra, como cada día de servicio. No tiene desayuno. El hombre adulto atraviesa dos manzanas y se oculta tras las sombras de un garaje. Se acomoda en su asiento, respira el aire de las cocheras, el olor a gasolina y aceite. Él no tiene recuerdos, ni siquiera mal colocados, él es instinto, es rutina, es acción. Los neumáticos respiran los rizos de viento que se forman en la oscuridad. El hombre adulto comienza su jornada cuando siente su asiento vibrar con el motor. Es acción invocada y supervivencia.
Conduce por la ciudad: calles vacías y una terrible ausencia. Ya no quedan barrios en el mediodía y la radio no transmite. El hombre adulto se permite conducir sin mirar, reconstruyendo los caminos a golpe de color y cambios de marchas. Ni siquiera mira los edificios, que ya no dicen nada, que ya no dan información. Las selvas consumen los jardines, pero las nubes siguen formándose en el horizonte.
De repente, desde el punto de vista del narrador no omnisciente, el hombre adulto ve un hombre en la calle, asustado, desorientado, luego tras una elipsis ve a un hombre viejo construido con pellejo y recuerdos ácronos sentado en una marquesina roja y trasparente, esperándole a él, al conductor de autobús. Se alegra, naturalidad. Para. Espera. El hombre adulto tiene que socavar la rutina para pulsar el botón de las puertas. Espera, el hombre viejo le mira, naturalidad, el hombre adulto debe apelar al inconsciente, a la rutina grabada en él y en el otro, casi genética. El hombre viejo entra, es su instinto. El gemido de las puertas es el silencio de los goznes con reuma que ceden, por eso entra.
 
Un anciano anodino abrió mucho los ojos cuando tras una curva apareció un autobús rojo. Se mantuvo firme en su marquesina roja y trasparente. Sentado aún, alzó su brazo de pellejo como un resorte que se inició donde los tumores cerebrales rompen esquemas. El autobús se deslizó suavemente frente al viejo. El hombre viejo se levantó con la cadera doblada y dio dos pasos, esperando a que otro resorte gastado saltara desde las profundidades de la memoria. Las puertas del autobús tardaron un poco en abrirse, luchando contra la desidia, invocando un recuerdo próximo que interfirió con el otro resorte mental y acabó descolgándolo. El anciano se llevó su brazo de pellejo a la sien. El gemido de las puertas era el silencio de los goznes con reuma que cedían. Una pieza de madera se soltó de los vericuetos de la memoria, hiriéndose con ladrillos de recuerdos en su interior. El viejo no se decidía y el conductor miraba al frente del salpicadero.
 
(Inicio de inciso omnisciente: Percepción de los ojos de pellejo rechazada por la razón de los recuerdos: El interior del autobús está vacío de tripas y asientos y pasajeros, al igual que las calles de un mundo desvastado. El conductor de autobuses nunca sigue una ruta circular ni una línea periurbana, tampoco cobra el pasaje a los pasajeros, de hecho no hay máquina para picar billetes, ni tampoco asideros, ni un extintor. El hombre adulto que viste uniforme de conductor no tiene carnet de conductor y su placa de identificación caducó hace cincuenta años. El plástico de la cabina del conductor lo aísla del interior vacío del autobús, a prueba de balas. Es un escudo para evitar los golpes que preceden a la desesperación que finaliza siempre con el llanto de la cosecha. No hay asideros ni esquinas ni salientes para que las malas hierbas no puedan echar raíces y puedan ser extirpadas sin dificultad del autobús. Aquello no es un autobús, pero lo imita, es un invernadero. Cierre de inciso omnisciente).
 
El viejo subió al autobús y se llevó las manos al bolsillo mientras las puertas se cerraban tras él. El brazo de pellejo buscó tintineos de monedas en su pijama. Acarició la cabina, buscando luego la atención del conductor que seguía mirando al salpicadero y preguntó con voz de viejo y de pellejo:
-Perdone, ¿cuánto es el billete? ¿Este pasa por la Avenida del Corazón?
El conductor no miró al hombre viejo y este insistió con su brazo de pellejo otra vez.

 
El autobús arranca y vuelve a oler a gasolina y aceite. El hombre adulto encuentra astillas en el volante de tanto mirar. El viejo golpea con suavidad su cabina, pero él no le hace caso. El conductor está preparado para no mirar incluso cuando se desate la furia, incluso cuando el brazo de pellejo se ensangriente al machacar el suelo, el techo, las paredes de aquella trampa que imita a un autobús, cuando tras descubrir la jaula que lo encierra el viejo grite y rabie y amenace y se golpee y no pueda usar nada más que su propio cuerpo para golpear y que sus propios líquidos para sudar, sangrar, orinarse, llorar, babear y que sus propios pellejos para morderse y lastimarse.

El autobús arranca y apenas avanza unos metros cuando acelera y da media vuelta por encima de los setos que dividen los carriles de la avenida. No hay humanidad que lo detenga, su jornada ha terminado y por eso vuelve, en realidad no hay ruta, no hay línea circular, en realidad no necesita más pasajeros. Es entonces cuando dando media vuelta se atreve a mirar al viejo que aún lo llama con cordialidad tras la cabina. Un brevísimo cruce de miradas despierta en el interior del anciano un sol que estalla en la ventana de su memoria, fulminada por rayos de percepciones rechazadas, y es entonces cuando los tiempos de ambos hombres, viejo y adulto, coinciden por fin más allá de los recuerdos.

Las puertas se cierran pero no ceden, son cerrojos. El hombre adulto ha triunfado. El hombre viejo se desespera ante la imagen que surge de sus recuerdos ordenados. El conductor se lo lleva, ha sido un buen día, ha vuelto con frutos pese a la sequía. La reja de las cocheras baja despacio y acolcha los maullidos de la madreselva.


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ftemplar
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Bienvenido/a, Guybrush

Participas en la categoría de TERROR.

Recuerda que si quieres optar al premio del público o a su selección debes votar al menos una vez (punto 9 de las bases).

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¡Suerte!

Bienvenidos al Mundo de OZ (ftemplar@ociozero.com)

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Panamuel
40 puntos

Me ha encantado. Creo que no lo entendí al cien por cien. Dicho en otras palabras, que no has querido explicarte al cien por cien. El relato tiene lagunas, huecos desagradables que deberías llenar.

Pero lo que hay, la idea que presentas, sencillamente me ha encantado.

 

Enhorabuena

Tres condiciones se requieren para ser feliz: ser imbecil, ser egoísta y tener buena salud. Pero bien entendido, si falla la primera condición todo está perdido (Gustav Flaubert)

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Guybrush
2203 puntos

Me gustan los huecos

Gracias por tu comentario.

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Cerandal
16 puntos

Un relato muy complejo, oscuro y enrevesado, y por ello muy bueno a mi modo de ver. Consigue crear una atmósfera inquietante, en la que no te enteras de la mitad... Hasta que empiezas a intuirlo, pese a que parezca que no acaba de tener sentido.

El estilo es tremendo, aunque muy arriesgado; se hace complejo con tanta metáfora y formas extrañas de narrar, y a más de uno puede hacérsele difícil la lectura. A mí me ha encantado, por otra parte, incluso el inciso omnisciente me parece que queda de maravilla. Y el párrafo final aún me da escalofríos.

Pues eso, que enhorabuena por el relato, ¡y mucha suerte!

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Guybrush
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Gracias por el comentario

Yo y el sentido no somos muy amigos de todos modos.

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jane eyre
4947 puntos

Un modo de contar original y arriesgado, pero me ha gustado, aunque tanta repetición de la palabra "pellejo" llegó a crisparme los nervios . Creo que como la reiteración, en este caso, es apropiada, deberías haber escogido una palabra de menor sonoridad, peeero eso es sólo mi opinión jajajja.

Suerte.

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Guybrush
2203 puntos

Gracias, jane.

Me gusta la sonoridad, aunque no hay tantos pellejos como puedas imaginar, pero supongo que el ir acompañado de otros tantos viejo pues se amplifica todo y crispa. Me gusta crispar, también.

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Léolo
1802 puntos

Pues a mí también me encanta que me crispen, que me llenen la cabeza de huecos y que manden el sentido a paseo... y por supuesto ¡me encanta la sonoridad!

No es un cuento, es una canción.

Me encanta Guy, creo que entendemos la función de un cuento de forma similar

Mucha suerte!

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Guybrush
2203 puntos

¿Una canción...? Vaya, no sé cómo tomármelo

Pero pese a todo intuyo que algo sí te ha gustado, de todos modos gracias por el comentario, jeje.

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Léolo
1802 puntos

jaja supongo que me expresé mal.

El caso es que creo que la razón principal para que funcione un cuento está estrechamente ligada a la composición musical del mismo: repeticiones, aliteraciones, ritmo, texto sin faltas (muy importante), palabras sonoras, etc.

Todo eso da lugar a una lectura casi mecánica que se llega a convertir en una especie de mantra para el lector, calándole más hondo. Yo creo que tu texto lo consigue, y es algo que yo siempre persigo con los míos.

Además, lo críptico del argumento le da un encanto mayor si cabe.

Un saludo!

 

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nestordarius
95 puntos

Coincido con Léolo: en tu muy buen relato es más importante (o se me antoja a mí) la sonoridad que la trama. Es lo que hace que uno no se preocupe al no entender del todo de qué va el argumento, (aunque se puede vislumbrar mucho). Uno se queda muy feliz escuchando la propia voz interna al leerlo. Las metáforas son soberbias.

Felicidades ;-)

Néstor Darío Figueiras (Stratofan!!)

poeticoprofeticopoliedrico.blogspot.com

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Tormenta
89 puntos

Lei el relato hace ya tiempo... en su momento no lo comenté porque no sabía bien qué decirte sobre él. No significa que no me gustara en su momento, me gustó mucho, pero lo cierto es que tambien me llenó de sensaciones encontradas y bastante  desconsuelo; en un segunda lectura mejora incluso, está lleno de detalles extremadamente sutiles, de metáforas que parecen simples imágenes pero que unidas te acercan al sentido final de lo que tratabas de trasmitir... al menos eso creo, aunque no me atrevo a comentarte la conclusión a la que he llegado, no solo por no acertar, sino más bien porque en el caso de no hacerlo le quitaría algo de magia, que considero una de las grandes virtudes del relato, esos huecos de los que se hablaba en otro comentario y que uno llena más a base de imaginación que de lógica.

te felicito,  el relato tiene una atmósfera realmente espectacular, no se puede salir ileso de él; por lo demás, aunque todavía me quedan un par de historias por leer entre los finalistas, es seguramente la narración más original desde mi punto de vista.

Un saludo.

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Guybrush
2203 puntos

Gracias a los dos, sois muy amables, y me habéis puesto una sonrisa que tardará en quitarse.

Tormenta, no te preocupes por comentar la conclusión a las que has llegado, porque sea como sea acertarás, ya que es tu conclusión. Yo como autor en realidad no tengo; como lector, tendré la mía, ni mejor ni peor que la tuya. Cada vez creo más en el lector activo que pregonaba Cortázar. De todos modos me temo que tienes razón, es un relato de varias lecturas, con todo lo malo y lo bueno que esto conlleva.

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mawser
185 puntos

Me ha encantado el ambiente viciado que acompaña todo el tiempo al relato.  Resulta una historia realmente perturbadora, enhorabuena al autor. La lectura de su cuento causa auténtico mal rollo, pero de manera poco habitual en la literatura de terror.

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Guybrush
2203 puntos

Auténtico mal rollo, vaya, eso son grandes palabras. Muchas gracias.

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Canijo
2851 puntos

Mucha tela, Guy. Hay metáforas y otros recursos muy chulos, se lee con gusto, hay un ligero toque de sugestión terrorífica interesante, y demás, pero el ejercicio de fe que hay que hacer para ver una historia detrás se me hace muy cuesta arriba.

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Guybrush
2203 puntos

Me temo que sacrifiqué cualquier traza de historia coherente por ese toque de sugestión terrorífica.

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Canijo
2851 puntos

Yo también me lo temo, jeje, y me da cosilla, porque estoy absolutamente seguro que una auténtica trama detrás le daría mucho más valor al relato que el que le da un ligero toque de sugestión terrorífica.

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Guybrush
2203 puntos

Pero entonces se saldría de extensión. Además trama auténtica me parece una contradicción (o al menos así lo es en mi persona)  Ya sabes.

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Canijo
2851 puntos

No, no creo que se saliera de extensión, lo que sí pasaría es que tardarías más en escribirlo y no te resultaría tan plácida la escritura sin concederte a ti mismo tantas licencias. Y bueno, lo de que siendo tú el autor sería una contradicción que tuviera trama creo que entra dentro del rollo de escribir para uno mismo o para los demás, si es venderse o no, y todas esas historias, algo que puede dar para un interesante debate cervecero cuando estemos todos en Huesca, jejejejejejeje.

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¿Otro? ¿No te cansas? Jajaja. No decía lo de trama por mí sino por el adjetivo y trama, para mí trama no puede llevar ese adjetivo. Pero sí, creo que las tramas son perniciosas, por eso estoy desarrollando una larguíiiiisima y complicada y coheren que ya te comentaré.

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Léolo
1802 puntos

La verdad es que esta joyita está más próxima a mi manera de entender el concepto de relato que la mayoría de cuentos que se han presentado al certamen. Suelo escribir cosas de este estilo para mí, pero no me atrevo a exponerlas en público  y menos a participar con ellas. Te felicito una vez más por tu valentía y por deleitarnos los sentidos con este relato chispeante.

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Guybrush
2203 puntos

Joder, no me esperaba algo así, muchas gracias Léolo (aquí falta el icono de carita sonrojada).