Figuritas de barro

Imagen de Patapalo

Un relato ambientado en el universo de terror de Espejo Victoriano

Los chiquillos, unos galopines desastrados, sucios cual ratas y piojosos como perros errantes, estaban tan absortos en su juego que no oyeron al hombre hasta que este estuvo justo a su lado. Por eso, su voz grave los pilló tan por sorpresa que dos de ellos huyeron despavoridos, como los gatos errantes habituados a recibir palos que eran.

—Vaya colección tenéis aquí —les dijo para anunciar su presencia—. ¡Sois auténticos artistas!

Bonny, que había caído de culo al fango, lo miraba con los ojos abiertos como platos, convencida de que pronto llegaría la habitual violencia. Little Jack, ignorando a los traidores que los habían abandonado, se encaraba con el recién llegado con aire desafiante aunque por dentro tuviera tanto miedo como el resto. No obstante, fue Abe quien tomó la palabra. Había recibido muchos golpes en la cabeza en sus cortos siete años y ya no era capaz de mostrar la desconfianza que tan útil era para el resto de la banda.

—Son solo soldaditos de barro, caballero —respondió—. Si nos comprara aunque fuera uno de plomo, solo uno para todos, le haríamos todos los recados que nos pidiera, señor.

Señor, caballero... A los ojos de los niños parecía algo semejante. El hombre llevaba un capote de un negro lustroso que cubría un traje también oscuro. Solo el cuello de la camisa, bien almidonado, lucía claro en el conjunto y hacía que destacase el pañuelo encarnado que lucía anudado en torno a la garganta. Llevaba una chistera que ensombrecía su rostro y en la mano diestra, cubierta como su hermana con guantes de piel, empuñaba un bastón de paseo rematado con la cabeza plateada de un león. Sin embargo, había algo impropio en él, algo que no encajaba con aquel retrato. Quizás fuera, simplemente, que un auténtico caballero no se metería en el lodazal que cubría las orillas del Támesis cuando bajaba la marea. No, un auténtico caballero no dejaría que el fango arruinase unas botas magníficas como las que llevaba puestas.

—Eres un niño muy generoso —repuso con gesto grave—. ¿Cuál es tu nombre?

—Abe, me llamo Abe.

—Abe es el diminutivo de Abraham —dijo el hombre dando un paso al frente con tanto vigor que hizo que Little Jack y Bonny revolotearan, cual palomas, unos pasos hacia atrás. Su compañero se quedó solo, de cuclillas frente a sus soldaditos de barro.

—Si usted lo dice...

—Abraham fue un gran rey, así quedó consignado en las Escrituras —siguió su discurso dando otro paso hacia el chiquillo—, un patriarca. Y su nombre, otorgado por el Altísimo en persona, significa «padre de una multitud». ¿Te gustaría a ti ser el padre de una multitud?

Abe meneó la cabeza con ojos tristes.

—No se burle de mí, señor. Yo nunca seré padre de nadie. —Y quizás sea mejor así, pensó; quién querría traer más niños a este pozo de miseria...

La pesada sirena de un vapor, que remolcaba un velero río arriba, resonó en el silencio que dejó discurrir el intruso. Little Jack, que se resistía a salir corriendo, observaba su mirada brillante, de depredador, fija en su miserable amigo. Hubiera querido romper aquella quietud densa, gritar algo, espetarle una pregunta que rompiera el hechizo, pero se sentía más prisionero que cargado de grilletes. Al final, el hombre retomó su perorata.

—Este... lugar no tiene por qué ser un pozo —repuso con aire ausente, como si captara algo invisible en el aire—, tampoco por qué estar lleno de miseria. A veces... a veces es suficiente con un poco de... magia. —Sonrió, y aquella era la sonrisa de un loco, de alguien que ya no transitaba por el mismo mundo que el común de los mortales—. ¿Sabes cantar, Abe? ¿Serías capaz de aprenderte una canción muy sencillita?

 

Como siempre, Little Jack y Bonny se habían acomodado al fondo de la barrica tumbada y desfondada que les servía de morada. A él le tocaba quedarse más cerca de la entrada, que solo estaba cubierta por un viejo mandilón de cuero rasgado, poca protección para el relente nocturno y menos todavía frente a las ratas o los perros vagabundos que quisieran husmear allí dentro. Abe, sin embargo, lo había aceptado con resignación, como cada noche. Era consciente de que había lugares peores donde dormir. Ahí, casi siempre los dejaban tranquilos.

Esa noche, no obstante, le costaba conciliar el sueño. El encuentro con el hombre del capote le había dejado la cabecita hirviendo como una vieja olla. ¡Qué cosa más extraña! ¡Y cuánto miedo! Total, para que al final los hubiese dejado tras cantarles aquella extraña canción, un galimatías que no era inglés ni ninguna otra lengua que hubiera escuchado nunca, y eso que había oído unas cuantas: en las riveras del Támesis había ecos de idiomas variopintos, del portugués de los sefardíes al cantonés de los chinos, el gaélico de los irlandeses, el severo polaco de los que venían del Este, que se le mezclaba con el de esos alemanes flacos y sucios que paleaban carbón de las gabarras o el francés de las señoras de la calle más preciadas... Nada parecido a lo que había entonado el caballero. Quizás era una lengua inventada, pensó mientras contemplaba las tres o cuatro figuritas de barro que habían secado bien a lo largo del día, las únicas que había podido llevarse consigo a su refugio nocturno. Y, sin apenas darse cuenta, él mismo se puso a canturrear, en voz muy baja, mientras se quedaba dormido.

 

¿Qué soñar cuando no has conseguido llenar el estómago en todo el día más que con un puñado de lapas arrancadas a los postes de los embarcaderos? Pasteles de carne, sopas cálidas y reconfortantes, un guiso de anguila, una buena manzana... El paladar de Abe no guardaba en su memoria el dulzor de un pastel de crema o el crepitar de una hogaza de pan recién horneada, todavía crujiente, pero había visto aquellos manjares a través de los escaparates las suficientes veces para que su mente pudiera recrearlos, quizás más puros todavía, en su esencia, durante sus sueños, y lo hizo con tal viveza, con tal fuerza, que al principio, cuando abrió los ojos a la fría claridad de la mañana, casi no se sorprendió al verlos a su lado.

Sí, ahí estaba, una hermosa hogaza apenas salida del horno, aún humeante, flanqueada por tres esponjosos bollos espolvoreados con azúcar, bajo la atenta vigilancia de sus muñequitos de barro. Parpadeó un momento. Luego sonrió.

—Jack, Jack, Bonny —llamó a sus amigos—, mirad. Nos han traído el desayuno.

Little Jack se volvió en el fondo del tonel, refunfuñando como un perro viejo, pero su expresión mudó de inmediato a una de total sorpresa cuando vio las viandas dispuestas en la boca de la barrica. Se incorporó como si le hubieran pinchado con un hierro rusiente y exclamó:

—¿Qué demonios hace eso ahí?

—Me lo han traído mis soldaditos de barro —respondió Abe todavía encantado con la imagen—. Lo he visto en mis sueños: han ayudado al panadero con el horno y este les ha dado pan y pasteles en pago. Pero ellos no comen, así que me lo han traído. ¿No es maravilloso?

Su compañero, dejando atrás a la somnolienta Bonny, se acercó a la entrada del barril y olisqueó el pan y los bollos con desconfianza. Temía que fuera una trampa, que los envenenaran como a cualquier alimaña callejera, pero en su mente no tenía sentido malgastar buen pan en algo tan sencillo: ellos hubiera engullido incluso unos arenques medio podridos. En realidad, nada de eso tenía sentido, pero el olor del pan, el aroma de los pasteles, no era ningún espejismo.

—Ni siquiera son tus muñequitos —gruñó enfurruñado, aunque no hubiera sabido explicar por qué, haciendo un gesto desdeñoso hacia los juguetes de su compañero.

El rostro de Abe se entristeció.

—Sí, sí que son ellos. Solo que están más grandes y más duros gracias al fuego del horno. Es así como se hacen las vasijas: con barro y con hornos, eso lo sé hasta yo —protestó.

Las cinco o seis figuritas de barro aguantaron el escrutinio en silencio. No tenían respuesta para los niños, que pronto olvidaron sus disputas y disfrutaron de un copioso desayuno por primera vez en sus vidas.

 

Hacia mediodía, cuando merodeaban por los alrededores del mercado de Covent Garden, los abordó un adolescente espigado que llevaba una buena pila de periódicos bajo el brazo.

—¡Hey! ¡Canijos! Venid aquí —los llamó—. ¿Queréis ganar dinero fácil? —preguntó con una sonrisa hecha de pura tentación. Ellos asintieron como perros famélicos, al unísono—. Mirad, hoy he vendido varias pilas de diarios y ya no puedo más: me voy a beber una buena pinta y vosotros podréis hacer lo mismo si os ocupáis de mis periódicos durante media hora, ¡solo media hora!

—Eso está hecho —respondió Little Jack con aplomo.

Bonny, que había intentado descifrar la primera plana y no había conseguido leer ni la cabecera, se mostró dubitativa.

—Pero, ¿qué tenemos que hacer?

—Es muy sencillo —replicó el adolescente como si fuera un gran empresario—: os subís a ese poyo y gritáis: «¡Crimen, crimen! ¡Todo sobre el crimen del panadero de York Square!» y le dais el periódico al que os lo pida por un penique. Eso sí, ni os separéis ni os mováis de aquí, no vaya a ser que os roben los periódicos o el dinero. Yo estaré justo enfrente y, como no me hagáis caso, seré yo el que os muela a palos.

—¿Y cuánto vamos a ganar? —contraatacó Little Jack.

—Depende de cuánto vendáis, pero lo suficiente para cenar caliente hoy, eso te lo aseguro: la gente anda loca con este tema, te quitan los periódicos de las manos, ya veréis.

 

Esa noche, en efecto, se fueron a dormir con la tripa llena por primera vez en mucho tiempo. Y no solo de sobras rapiñadas en el mercado, sino de un auténtico plato de guiso de cordero que compartieron los tres en un rincón de una taberna. Se hubieran quedado a dormir ahí mismo, arrellanados en algún rincón discreto, pero el patrón no les quitaba un ojo de encima y al final tuvieron que volver a su frío tonel. Sin embargo, saciado y reconfortado gracias a la cena, en aquella ocasión Abe no soñó siquiera con comida. En aquella ocasión, sus anhelos secretos lo llevaron todavía más lejos.

 

Era un vestido bellísimo, de raso, de un brillante color rojo que encandilaba más que las amapolas en verano. Tenía, además, la talla justa. Cuando Bonny abrió los ojos y lo vio, se sintió tan asustada, tan ilusionada, tan conmocionada, que no pudo evitar sonreír y llorar al mismo tiempo. Desde que había comprendido que existían ropas más allá de los harapos que llevaba, había anhelado vestirse como una de esas damas elegantes a las que mendigaban en las calles. Y, en aquel momento, tenía frente a ella aquella maravilla, suya, según le decía un alunado Abe.

—Póntelo, está hecho a tu medida.

La chiquilla tendió la mano hacia aquel vestido rojo sangre, hermoso y frágil como un sueño, como las flores antes de la helada, pero no llegó a tocarlo siquiera: Little Jack se lo arrebató de un zarpazo.

—¿De dónde lo has sacado? ¿¡A quién se lo has robado!? —espetó a Abe con una rabia candente, nacida de los celos. En realidad, aquello no le importaba lo más mínimo, pero era lo único que se le ocurría para devolverlo a la desesperación, lo que había aprendido a esgrimir como respuesta—: ¿También has matado a un sastre para conseguirlo?

Sí, por qué no. Aquellas piezas encajaban. Al menos lo suficiente para continuar su ofensiva. Por menos habían colgado a otros chiquillos en Camberwell, o al menos eso decían las canciones. Aquel podía ser un buen final para aquel pulgoso que había dejado de ser un perro fiel para convertirse en un rival. Bonny era suya.

—No es verdad —sollozó Abe—. Yo no he hecho mal a nadie.

—¿¡Es que quieres llevarnos a la horca!? —le gritó Little Jack, envalentonado al ver cómo se achantaba el niño.

—No, ¡no es verdad! —chilló su víctima, cayendo de rodillas, con las manos sobre las orejas para no escucharlo más.

Pero aquello poco importaba, porque lo que de verdad oía, lo que de verdad roía su alma, es que en sueños los había visto. Los asesinatos. Los dos. El del sastre, estrangulado por un lazo de seda en su propio taller, donde se habían colado como gatos callejeros. Y el del panadero, mezclado con el olor de las hogazas recién horneadas, en cuya miga Abe no había podido evitar sentir unas notas terrosas, un regusto de barro contaminado salido de las sucias orillas del Támesis.

El chiquillo hubiera querido cerrar los ojos a esas visiones, pero, desde que las soñó, no las había podido borrar de su memoria. Del mismo modo que, en aquel momento, no podía dejar de mirar al que había sido su compañero de infortunios toda su corta vida. Pobre Little Jack. Pobre Bonny. Tras ellos se alzaban sus figuritas de barro, transmutadas por la melodía del caballero en trece robustos guerreros de terracota, negros como la boca de un horno, duros como la porcelana, siniestros como el infierno.

Sus manos toscas se precipitaron sobre los chiquillos, pero Little Jack y Bonny se habían criado como perros apaleados y se escabulleron de inmediato. La niña perdió su gorro, su compañero un jirón de camisa, pero aquello no fue suficiente: inexorables como la muerte, como una lenta avalancha, los gólems avanzaron hacia ellos, estrechando el círculo. Como ratas, los niños se escurrieron por debajo de una tapia hecha de tablones ya podridos, raspándose manos y espalda, y tras ellos los monstruos se abrieron paso astillando la barrera. Desesperados, los niños pidieron auxilio a gritos, hasta despellejarse la garganta: aquel callejón sin salida solo conducía a un meandro del Támesis, un rincón donde el río discurría con aguas voraces, lentas, negras y profundas, heladoras.

Algunos rostros se asomaron a las ventanas, tres o cuatro caras pálidas, macilentas, pero pronto desaparecieron de nuevo en las sombras: solo eran unos chiquillos andrajosos que gritaban. Qué podía importar por qué lo hicieran...

Los gólems continuaron su avance. Little Jack tomó uno de los tablones podridos y lo blandió como una maza. Ya con el primer golpe se astilló como sus esperanzas y el niño solo pudo recular, perplejo, la boca abierta de pura desesperación. Siempre había sabido que su final no sería hermoso, pero aquello resultaba terrible incluso para él.

—¡Al agua, salta al agua! —chilló Bonny tirando de su andrajosa camisa. Y el niño, sin fuerzas, se dejó caer en la corriente.

Abe los observó perderse río abajo, chapoteando como esos cachorros que de vez en cuando aparecían flotando en las aguas sucias. A su lado, los gólems se quedaron quietos por un instante, dubitativos, y luego se volvieron hacia él. La tristeza de su creador se había helado en miedo y luego prendido con aquella otra chispa, más profunda, más dolorosa, que los llevó a su lado, que los condujo a realizar el holocausto. Un instante después, cuando aquel pequeño corazón dolorido se detuvo, ellos mismos se derrumbaron, de nuevo mero barro pestilente, impregnados de su pena. No hubo ni un grito. Tampoco una lágrima.

El hombre del traje oscuro solo vería el resultado de su obra unas horas después, atraído por el rumor de los curiosos y las órdenes de un bobby que pedía a estos, a grito pelado y sin mucho éxito, que se dispersaran. Ahí estaba el chiquillo, destrozado como la carcasa de un gato callejero, y, a su lado, los montones de barro ya seco e irreconocible. Por unas horas, la brujería había surtido su efecto, había respondido a la llamada de aquella desesperación densa como el hambre, pero había carecido de la guía adecuada. El intruso se caló el sombrero con el puño de su bastón y dio la espalda a la escena del crimen. Era un comienzo esperanzador, sin duda, pero tendría que reflexionar sobre aquella arista, encontrar un modo de pulirla. Aquellos muñequitos eran una materia prima prometedora, pero ¡eran tan frágiles!

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Curro
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Confío en que, cuando lea esto, el autor tenga veredicto para mis relatos presentados al VIII Concurso homenaje a John William Polidori, no quisiera que la reseña positiva influyera en su buen juicio :D

Muy buen relato. Estas tres primeras palabras en realidad son casi una obviedad.

Me encanta la atmósfera londinense de s.XIX, es un marco que, bien trabajado, da lugar a grandes historias. El autor no busca muchas complicaciones a la hora de escoger los elementos a destacar de dicho marcos y acude a los más sencillos ―el río Támesis, los niños pobres invisibles ante la sociedad― con gran eficacia. Los diálogos de los niños me resultan muy creíbles por el contraste de la ingenuidad infantil con el carácter endurecido por la adversidad. En particular, el alfa de la manada ―Little Jack―queda bien perfilado su papel protector pero autoritario, me parece un personaje muy logrado.

La historia es me recuerda mucho a El zapatero y los duendes, igual esta similitud es premeditada y se pretende hacer una versión retorcida y fosca. El planteamiento me resulta muy original, el experimento de una persona misteriosa y presuntamente malvada que juega con las ilusiones de un niño y las pervierte, resulta realmente aterrador. El desenlace me resultó inesperado porque no imaginaba que fueran a ir por ahí los tiros, la verdad es que no comprendí bien por qué los golems se vuelven contra el que parece su amo, ¿quizás porque en ese momento el pequeño Abe se odiaba a sí mismo y eso catalizó la funesta decisión de las criaturas? La nueva aparición del hombre de negro puede dejar claro que simplemente la brujería se había descontrolado, quizás no haya que buscar explicaciones más complejas.

La escritura, impecable, sencilla pero muy bonita, sin ninguna traba en la lectura ni error que señalar. Por ponerme puñetero, un tiempo subjuntivo donde debería haberse usado condicional (el chiquillo hubiera querido cerrar los ojos), un uso que considero incorrecto quizás por ser muy purista, porque cada vez lo veo más extendido.

Alguna pega rebuscada: me costó entender cuántos niños hay en la escena inicial. Por cómo se describe, en mi cabeza, estaban Little Jack ―que se encara al extraño―, Bonny ―que tropieza―, Abe ―que es quien habla― y otros tantos niños que son los que logran huir. Cuando se retiran a su tonel –que por cierto, esta vivienda me recordó sin remedio a otro niño pobre llamado Chavo del ocho :D―, me imaginaba cinco o seis niños hacinados hasta que me di cuenta de que solo eran tres. Quizás se podría resolver esto cambiando unos galopines desastrados por tres galopines desastrados, o quizás es culpa del lector por imaginar lo que no debe. Por cierto, qué gran palabra, galopín; esa me la anoto.

En definitiva, fabuloso relato, muy disfrutable y que deja ganas de más. Como lector, creo que debería investigar más a fondo ese universo de terror conocido como Espejo Victoriano...

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