Cuestión de sangre (F)

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Cerandal
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Cabalgaron hasta al anochecer, atravesando el desierto bajo un sol implacable, levantando a su paso una nube de arena. James viajaba en el centro, a lomos de un viejo semental negro, bastante temperamental, que le habían cedido para aquella ocasión.

Sabía que no confiaban en él. Tres Balas se había negado rotundamente a que le quitaran las esposas, y plantearle la posibilidad de que llevara un arma habría sido una locura en sí misma. Michael era más joven e inexperto, pero escucharía antes las palabras de su compañero que las de un presidiario; finalmente, no había tenido más opciones que cabalgar esposado y desarmado.

Cuando el sol se puso, el viejo cazador de recompensas levantó la mano para dar el alto. Desmontaron al refugio de unas rocas solitarias, donde el azote del frío de la noche del desierto no sería tan temible, y Michael se ocupó de encender una pequeña fogata.

—Yo montaré la primera guardia —gruñó Tres Balas con desdén, mientras masticaba ruidosamente un pedazo de carne demasiado hecha—. Pienso tener un ojo encima de ti todo el tiempo, chacal miserable. Si intentas hacer alguna tontería, tendrás tres agujeros nuevos en la cabeza antes de que puedas parpadear.

Dio unos golpecitos en el revólver que pendía de su cinto, como para remarcar sus palabras, y escupió a un lado. James no contestó. Sabía mucho acerca de Mortimer Tres Balas; se había ganado su apodo por la costumbre de llevar el revólver cargado únicamente con la mitad de las seis balas que podía albergar. Aseguraba que nunca había echado en falta las demás durante un tiroteo. No era el tipo de hombre con el que mereciera la pena entablar conversación, ni tampoco alguien de quien pudiera esperarse que no cumpliera una promesa, sobre todo si trataba de matar.

Pasó la noche tendido boca arriba, la vista perdida en el cielo estrellado. Hacía años, no recordaba bien cuántos, que no dormía al raso. Los buenos tiempos, los viejos buenos tiempos, habían quedado muy atrás. En un par de ocasiones miró a un lado, solo para encontrarse con la mirada fija de Tres Balas. Sintió una leve curiosidad, y probó a entrar; como esperaba, no encontró más que odio, hastío y rencor. Se trataría de un adversario formidable.

Aunque no tanto como la auténtica presa que intentaban cazar.

Decidió que le convendría descansar un poco, así que trató de conciliar el sueño durante un rato. Le despertó un gruñido sordo de Tres Balas, instando a su compañero a que iniciara la siguiente guardia.

Adormilado y algo aturdido, Michael se sentó ante la hoguera, moviendo con cuidado las ramas con un palo largo. James comprendió que era una oportunidad bastante buena. Aguardó a que el viejo perro se tendiera en un rincón, roncando sonoramente, y dirigió entonces una mirada de reojo al muchacho, con fingido disimulo.

Él le devolvió la mirada. Tenía los ojos azules, muy claros. James aprovechó para envolverle con cuidado, tanteando el terreno. Sintió algo de miedo, preocupación… Y también una pequeña nube de respeto. Sería un buen comienzo.

—¿Qué clase de hombre es Walter Sunders? —preguntó entonces Michael, fijando la vista en el fuego. James simuló una sonrisa.

—Esperas que hable mal de mi hermano mayor, ¿eh? —se burló, molesto por haber perdido el contacto visual—. Bueno, siento defraudarte, nunca le vi comer niños mientras cabalgábamos juntos. A su propio caballo, eso sí. Pero no tiene mérito, necesitábamos comernos un caballo, y el suyo tocó echándolo a suertes. Nunca tuvo muy buena suerte, el pobre Walter.

—¿Y buena puntería?

El presidiario sonrió, perdido en sus recuerdos.

—Ah, eso sí. Es muy bueno con el revólver. Sólo yo era mejor que él.

—¿Cómo le atraparon, señor Sunders?

James frunció el ceño.

—Es una larga historia —se tendió de costado, molesto—. Tal vez te la cuente en otra ocasión.

 

 

Durante tres días más siguieron esa misma rutina; montaban al alba, cabalgaban mientras brillaba el sol y desmontaban cuando empezaba a ponerse. El desierto les rodeaba todo el tiempo, interminable. Ocasionalmente se cruzaban con pequeñas formaciones rocosas, restos de carretas o casuchas abandonadas, y resecos árboles muertos que se agitaban con la cálida brisa.

Al atardecer del tercer día, Tres Balas  dio la señal de alto, volviéndose para mirar a James con un brillo ávido en los ojos.

—Si no me equivoco, coyote tramposo, ya hemos cabalgado lo suficiente —gruñó mientras se rascaba ruidosamente la poblada barba rubia—. Deliverance debería encontrarse cerca de aquí. Creo que va siendo hora de que te ganes las judías.

—Vaya, ¿ese es mi trabajo aquí? —se burló James—. Creí que me llevabais con vosotros por la agradable compañía.

El cazador de recompensas escupió al suelo.

—Cuando te ofrecimos sacarte de ese cubo de mierda, dijiste que sabrías conducirnos hasta el refugio de tu hermano, en el pueblo abandonado. Si piensas echarte atrás, te volaré la tapa de los sesos antes de que tengas tiempo de arrepentirte.

Tres golpecitos suaves en la culata del revólver. Como de costumbre, hablaba completamente en serio.

James asintió lentamente, mirando de reojo a Michael, que contenía la respiración.

—Os llevaré hasta él.

 

 

En el último tramo era muy difícil orientarse, pero James había recorrido aquel camino demasiadas veces como para olvidarlo. No durmieron más que unas pocas horas aquella noche, y poco después del alba, Deliverance se alzaba ante ellos. Era poco más que un puñado de casas en ruinas para la mayoría; para James, era un lugar al que había podido llamar hogar.

Por supuesto, les estaban esperando. James reconoció al hombre que cabalgaba al frente del comité de bienvenida; los demás forajidos le conocían simplemente por el apodo de Sonrisas. Siempre le había resultado inquietante aquella boca a la que le faltaban la mitad de los dientes.

—Esos hombres morirán por Walter —advirtió conforme se acercaban—. Estarán dispuestos a soportar el dolor más extremo por él. Serán leales hasta el fin.

“Gracias a mí”, pensó.

—Los cadáveres leales —murmuró el cazador de recompensas con voz ronca—, son tan útiles como los traidores.

Al llegar ante ellos, Sonrisas rompió a reír, llenando el aire de saliva.

—¡Va, va! —exclamó exhibiendo su destrozada dentadura—. ¿No es el hijo pródigo que ha regresado? ¡Y se trajo unos amigos!

—Venimos para arrestar a Walter Sunders —gruñó Mortimer, apartando ligeramente la chaqueta para dejar ver su revólver—. Si no os interponéis, no tenemos nada en vuestra contra.

Todos los forajidos rieron a la vez.

—¿Qué les parece, muchachos? —se burló el que los lideraba—. ¿Enseñamos al señor sheriff el camino de vuelta a casa, o prefieren antes darle una buena patada en…?

Tres Balas desenfundó tan rápido que ni James se dio cuenta hasta que los disparos resonaron en el valle. La primera bala acertó a Sonrisas en la frente, borrándole del rostro la expresión que le daba su apodo; dos de sus compañeros también cayeron derribados, sin tiempo para reaccionar. El último trató de echar mano de su arma, pero James le miró a lo ojos, se ocupó de que el miedo le dominara; los dedos del pobre desgraciado temblaron el tiempo suficiente para que Michael disparara antes su rifle, acertándole en el pecho.

Se escuchó un nuevo disparo, y el muchacho gritó de dolor. Blasfemando, Tres Balas escupió y desmontó rápidamente para ponerse a cubierto tras una roca. James le imitó a duras penas, aún esposado, y aguardó para acompañar a Michael, que se aferraba el hombro derecho mientras la sangre le empapaba la camisa. Otro disparo, y una pequeña nube de polvo se alzó muy cerca de ellos.

—¿Estás bien, chico? —preguntó, fingiendo preocupación. Michael asintió, pálido como la cera.

—Cabrones —despotricó Tres Balas, tratando de recargar su revólver—. Han apostado un tirador en las ruinas.

James contuvo la respiración.

—Dadme un rifle —pidió en tono suplicante, mirando de reojo a Michael—. Me imagino quién será el tirador, hemos sido compañeros durante muchos años. Puedo acabar con él.

Sus acompañantes se miraron, dudando. James podía sentir el miedo en el alma del muchacho, y la desconfianza en la del viejo. Envolviendo sus mentes con cuidado, impulsó esos sentimientos. Era su oportunidad, y pensaba jugárselo al todo o nada.

—No —gruñó Tres Balas, terminando de cargar el arma—. No es de fiar, chico, te advertí que lo tuvieras en cuenta.

—¿Qué mas da eso?

—Quitadme las esposas —insistió James, conciliador—, y dadme el rifle, es la única oportunidad que tenemos.

Tres Balas le escupió a la cara.

—¡Por encima de mi cadáver! —rugió, apuntándole con su arma. Los ojos de Michael se llenaron de terror, y James se arriesgó a entrar una vez más en él, a dar un último empujón, hasta que un agudo pinchazo de dolor en la sien le advirtió de que estaba forzándose demasiado—. Mientras yo viva, James Sunders no volverá a tener un arma de fuego entre las…

El disparo sonó como una explosión. Sorprendido, Mortimer se llevó la mano a la flor de sangre que le había brotado súbitamente del pecho. Después, lentamente, se desplomó sobre la arena.

Michael bajó el rifle, los ojos claros muy abiertos.

—No quiero morir aquí —susurró.

—Tranquilo —le calmó James mientras el muchacho le quitaba las esposas y le cedía el arma. Acercándose a la roca tras la cual se parapetaban, contuvo el aliento mientras recordaba todo lo que sabía. Sólo tendría una oportunidad.

Era más que suficiente.

Se puso en pie en menos de un latido, y al instante desplazó el cuerpo hacia un lado, arrastrando los pies sobre la arena mientras empezaba a apuntar con el rifle. El primer disparo le pasó rozando el hombro. Vio la tenue nube de humo, frente a una de las ventanas, y abrió fuego.

Aguardó cinco latidos más, que le parecieron eternos. Silencio.

Bajó el arma.

—Eso ha sido increíble —logró decir Michael, con admiración. La sangre de la herida del hombro le manchaba ya toda la manga de la camisa. James le devolvió el rifle, sin prestarle atención.

—Y bien, ¿qué haremos ahora? —prosiguió el muchacho, recargando su arma mientras James se arrodillaba junto al cuerpo sin vida de Tres Balas, arrebatándole su preciado revólver—. ¿Huirá usted, o se quedará aquí con su hermano? Si quiere, puedo ayudarle a cruzar la frontera como muestra de agradecimiento…

La bala se hundió entre sus ojos azules, derribándole. Sin detenerse un instante, tratando de ignorar el creciente dolor de cabeza, James caminó hacia las casas en ruinas.

 

 

Encontró a Walter arrodillado junto al cadáver del tirador, mesándose pensativamente la barba. Al escuchar los pasos, su hermano se puso en pie, mirándole con tristeza y alegría.

Sensaciones fingidas tan sólo para ocultar su temor.

—James —susurró con voz temblorosa—. ¡Jamie, mi amado hermano! Creí que jamás volvería a verte. ¿Cómo escapaste? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Ya sabes —contestó con una sonrisa—. Tengo mis habilidades. La gente suele hacerme caso.

—¿Entraste en la cabeza de esos dos y les convenciste de que serías de ayuda para cazarme a mí, eh? —Walter asintió, comprendiendo—. El viejo truco.

—Por eso me vendiste, ¿no? —le miró fijamente a los ojos—. Temías que hiciera eso con tus hombres. Los hombres a los que yo mismo había tornado extremadamente leales a ti.

Walter retrocedió, nervioso.

—Jamie, yo nunca…

Desenfundaron casi a la vez. James siempre había sido más rápido. El disparo alcanzó a Walter en el estómago, y cayó al suelo retorciéndose de dolor.

Apoyando una bota sobre la garganta de su hermano, James envolvió lentamente su mente, penetrando hasta los rincones más recónditos. Liberó las llaves de todos sus terrores, desató las cadenas del dolor y la desesperación.

—Me traicionaste por miedo —murmuró, avanzando cada vez más. Un hilillo de sangre le brotó de la nariz, pero eso no le detuvo—. Ahora te daré razones para temerme de verdad.

Su hermano gritó, aterrado. Al principio. Después tan sólo suplicó clemencia.

James se la concedió.

 

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PedroEscudero
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Poblador desde: 26/01/2009
Puntos: 2661

Bienvenido/a, Cerendal.

Participas en la categoría de FANTASÍA.

Recuerda que si quieres optar al premio del público o a su selección debes votar al menos una vez (punto 9 de las bases).

En este hilo te pueden dejar comentarios todos los pobladores. Te animamos a que comentes los demás relatos presentados.

Si tienes alguna duda o sugerencia, acude al hilo de dudas, preguntas e inquietudes, y en caso de que no encuentres respuesta puedes señalarla en el post correspondiente.

¡Suerte!

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Yandros
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Poblador desde: 10/06/2009
Puntos: 92

Un relato bastante original a la par que bien contado. Atreverse con una del oeste, con lo manidas que están y darle un nuevo enfoque es algo brillante. Y la forma de explicar ese "contacto" mental, la forma de acercarse a los individuos, la dificultad cuando no se hayan predipsuestos o sus convicciones son muy fuertes como para variarlas...es genial

Me ha gustado mucho te deseo suerte!

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Cerandal
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Poblador desde: 24/06/2009
Puntos: 16

Me alegro mucho de que te haya gustado. La verdad es que tuve que comerme parte del relato al final para que entrara en el límite, pero creo que logré salir del paso de forma que se siga entendiendo la trama y la "habilidad" del personaje. En cuanto a la ambientación, la verdad es que rara vez me he encontrado algo fantástico con el lejano oeste de fondo, así que ya le tenía ganas...

¡Gracias por el comentario!

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Tatiana_88
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Poblador desde: 30/06/2009
Puntos: 13

Muy buena historia, muy agradable de leer y entretenida, y eso que yo no soy una fanatica de las historias del oeste, aun asi me ha gustado mucho, y no se nota nada que haya tenido que suprimir ningun trozo de la historia Mucha suerte, besos.

"Somos tan felices como nos decidimos a ser."  Abraham Lincon

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