Diario de un profesor estresado

Imagen de Anne Bonny

Reseña de la novela cómic de Naatz publicada por Panini Books

 

En un primer acercamiento podría pensarse —a mí me ocurrió— que este Diario de un profesor estresado es, precisamente, un diario más o menos fabulado de un profesor en un entorno real. Las anécdotas del mundo de la enseñanza dan, desde luego, para llenar obras y obras al respecto y suelen ser bastante divertidas. Oliver Naatz, sin embargo, opta por no ceñirse a ellas, sino que se deja llevar hasta transitar terrenos más peregrinos.

No es que abandone la premisa —esta “novela cómic”, donde prima el texto pero abundan las ilustraciones caricaturescas, se presenta a modo de diario y la acción transcurre en una escuela—, sino, más bien, que deja que derive hacia el esperpento. Desde un primer momento vemos que los personajes muestran caracterizaciones hiperbólicas, desde niñas con tres piernas a conserjes tan obesos que no pueden moverse dentro de la portería. Tienen su base cotidiana pero están llevados a extremos absurdos que, en cualquier caso, siguen al pie de la letra el subtítulo de la obra: ¡Sin piedad con los alumnos!

Este carácter excesivo se acentúa por el batiburrillo de referencias. David Egea Oriol, el traductor, ha optado por adaptar en la medida de lo posible el texto a la realidad española, para así acercar el humor corrosivo de Naatz a nuestro entorno. Sin embargo, era una batalla perdida de antemano, ya que las propias situaciones, juegos de palabras y entornos no encajan en el modelo nacional. De hecho, me pregunto si encajan siquiera en el alemán propio del autor (hay muchas reminiscencias americanas, aunque estamos todos tan impregnados de aspectos de su cultura que...).

Este detalle, lejos de lastrar la obra, casi se revela una genialidad. Si ya todo era hiperbólico y excesivo, se añade una dosis más de absurdo y lo que sale de la coctelera es un algo en el que se codean las referencias a Franco con nombres propios como Brain y las sombras de tragedias como las de Columbine.

De hecho, al comienzo de la lectura de Diario de un profesor estresado tenemos la impresión de que le va a faltar garra. Solo cuando nos sumimos en las profundidades de la locura de la mano de ese profesor que está perdiendo la cabeza nos damos cuenta de que, bien al contrario, garra hay de sobra. Solo que nos está agarrando por donde no nos esperábamos. En definitiva, humor cotidiano con unas buenas dosis de surrealismo.

 

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