El cómic, el acordeón

Imagen de Kaplan

Reseñamos The Great War, de Joe Sacco, y Fenêtres sur rue, de Pascal Rabaté

Hablábamos hace poco de experimentaciones en el cómic, tanto en su continente como en su contenido. Por casualidad han llegado a nuestras manos en un espacio de tiempo muy corto dos obras que, desde una propuesta similar en el primer campo, obtienen un resultado muy diferente en el segundo. Con todos vosotros, el cómic como acordeón:

1. En una de las escenas más inolvidables de Shutter Island, las tropas aliadas que han liberado Dachau ponen en fila a todos los soldados alemanes capturados y los fusilan bajo la nieve. La cámara, situada tras los prisioneros a punto de morir, recorre la fila de izquierda a derecha, a la misma velocidad con la que se producen las descargas de los fusiles. Los tiros, como truenos, contribuyen a que esos pocos segundos parezcan insoportables y, sin embargo, armónicos minutos de agonía y muerte. Scorsese, genio absoluto, seguidor encantado de Méliès, no duda a la hora de sacrificar el verismo en pos de lo emotivo: la escena es una trampa. Es absurdo pensar que el tiroteo se realizara de izquierda a derecha, como si se tratara de un musical macabro protagonizado por Esther Williams. El resultado, en cambio, es estremecedor.


 

Joe Sacco es un autor excepcional de cómics que, sin embargo, nunca se había interesado demasiado por la experimentación en la narrativa. Su trazo minucioso, deudor de Spiegelman, Crumb o Wolverton, siempre había estado a disposición de su trabajo como reportero de guerra. Sin embargo, había indicios en sus últimas obras que mostraban una creciente inquietud por aportar algo más aparte de su sobresaliente expresividad. Este impulso ha cristalizado en su última obra, dedicada a describir la primera jornada en la batalla del Somme. Sacco, tan habituado al testimonio, al texto preeminente, plantea aquí una obra muda.

The Great War es un descomunal panorama dividido en 24 páginas plegadas que narran aquel fatídico día en el que perdieron la vida 20.000 soldados británicos. Aquí, a diferencia de la escena ideada por Scorsese, no hay trampa: cada página del cómic supone una unidad temporal. Sin embargo, si el lector despliega el volumen por completo, se encontrará con un ejercicio similar al de Shutter Island, pero mejorado. Ante sus ojos se presenta el día completo, discurriendo de izquierda a derecha, pero también el panorama completo de la batalla. Sacco obra el milagro de prender en estas planchas el espacio y el tiempo, como un plano secuencia hecho collage, logrando una obra que puede leerse en un minuto o en varios días. Por si te lo preguntas, te aconsejamos la segunda opción: el regalo que nos hace Sacco es abrumador. Es fácil perderse siguiendo el camino de las entusiastas tropas que aquella mañana se adentraban entre risas en las trincheras mientras, a lo lejos, se divisan los impactos de esos cañones británicos que muestran al lector, impúdicos, sus cuartos traseros; pero también, si miras más adelante, advertirás cómo toman presencia de forma progresiva las explosiones provenientes del bando germano y, con ellas, la muerte. Las trincheras y el horizonte desaparecen entre el humo, el fuego y los cadáveres. De repente, Sacco logra que el lector, hasta entonces cómodo en su condición de demiurgo que controla el espacio-tiempo entre página y página, se encuentre tan desorientado como los soldados atrapados bajo el fuego de artillería. Como dijo al leer este volumen un entusiasmado David Hockney, alguien que comparte el excesivo gusto por el detalle del que hace gala aquí Sacco, “He is showing you far more than a film or photographs could. It’s just drawing – it’s a superb example of what art can do”. [Está mostrando mucho más de lo que una película o fotografías podrían mostrar. Es solo dibujo; es el magnífico ejemplo de lo que el arte puede hacer].

Por si fuera poco, la edición de esta fabulosa The Great War que ahora edita en España Random House Mondadori se completa con un cuadernillo complementario (nunca necesario) en el que se incluye un texto del propio Sacco y un pequeño ensayo de Adam Hochschild, rematado con unos comentarios sobre el panorama dibujado por Sacco.

 

2. Tres meses antes de la publicación de The Great War, Pascal Rabaté publicaba el pasado agosto Fenêtres sur rue dentro del sello Les récits Yin et Yang de la editorial Soleil. De nuevo, nos encontramos con un pliego mudo, en este caso de 56 páginas. A diferencia de The Great War, la obra de Rabaté sí está dibujada por los dos lados. El enfoque también difiere: no hay continuidad espacial entre pliegues, sino que en cada uno de ellos nos encontramos con una vista general de la fachada de una casa. Dependiendo del lado por el que abramos el volumen, veremos una imagen diurna o nocturna de esa casa.

Cada pliegue corresponde, además, con un día diferente. Como en La ventana indiscreta, somos los mirones que nos colamos en la intimidad de los vecinos de al lado y contemplamos con cierto morbo sus pasiones, soledades y miserias. También, como en el clásico de Hitchcock (referente indisimulado para Rabaté, que incluye entre los personajes a un émulo del director y escenas de muchas de sus películas en las pantallas que mira absorta una de las vecinas), seremos testigos de un asesinato. Sin embargo, el tratamiento formal por el que opta aquí el autor de Ibicus es muy diferente al de La ventana indiscreta. Recordemos cómo en esta el interés del personaje de James Stewart, en principio indiscriminado hacia la comunidad de vecinos de enfrente, pasaba a centrarse casi exclusivamente tras el crimen en el vecino homicida gracias al uso de teleobjetivos más y más grandes (brillante paralelismo de la frustrada excitación viril del protagonista hacia el binomio asesinato/Grace Kelly, por cierto). Aquí, Rabaté elige una opción muy del gusto de un director radicalmente distinto a Hitchcock como es Michael Haneke: nos referimos al plano general en el que el espectador/lector ha de encontrar el sentido de lo que tiene ante sí (recordemos el emblemático final de Caché o la escena del concierto al principio de Amor). Este distanciamiento que equilibra lo criminal con lo rutinario (lleno de gráciles y sutiles ecos a Hopper o Tati) se respetará casi hasta el final, cuando el autor hace gala de su elegantísimo expresionismo para culminar este pequeño teatro de lo humano.

¿Culminar? Aquí hay un problema. ¿Cuándo culmina esta obra? ¿Cómo debe leerse? Fenêtres sur rue plantea tanta libertad de decisión como The Great War, pero desde un tratamiento narrativo diferente. Así, si se lee solo la parte diurna quedan muchísimos interrogantes, igual que con la nocturna, y, desde luego, leer primero una y luego otra resulta muy confuso. La solución la da Rabaté en el escueto texto con el que abre ambos sentidos de lectura: un mirón no tiene que perder detalle ni un instante. La alternancia entre el día y la noche será, sin duda, la que ofrezca una visión mucho más completa de la historia.

 

Qué cosas. Quién nos iba a decir que podríamos manejar el tiempo y el espacio con un acordeón...

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