Ojos Huecos (F)

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Raelana
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OJOS HUECOS
 

Aquella mañana entré en el templo y me postré por última vez bajo la efigie de Priodeos. Agaché la cabeza y, con humildad, murmuré una y otra vez las palabras de la plegaria. Supliqué un perdón que no necesitaba obtener y después me marché, sin sentir su aliento en la nuca. Es sólo el aire, me dije a mí mismo. Los dioses no necesitan respirar.

En el jardín, Irena me esperaba con sus pequeñas manos entretenidas en trenzar una corona de flores. Me miró y, como siempre, me sentí desgarbado en su presencia. Demasiado largo. Sin saber nunca cómo doblar las piernas cuando me siento en el césped, a su lado. Ella no me dijo nada aunque yo asentí a su pregunta muda. Todo iba bien. Al menos era lo que me decía a mí mismo mientras intentaba esbozar a medias una sonrisa, que era sólo de compromiso pero Irena no lo notó. Nunca pareció darse cuenta de que mis sonrisas no son lo que aparentan.

Jared sí se daba cuenta, me miraba con sus ojos almendrados y me reconocía. Su fe es tan intensa que siento cómo le duele. Solía presumir de poder oír la voz del dios y yo sentía que realmente era capaz de adivinar todos mis secretos.

Esta será la última me vez, me decía a mí mismo. La última vez que la verdad se esconda, atemorizada. He superado todas las pruebas que Priodeos me ha impuesto. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.

—Hoy es el gran día —Jared se había acercado a nosotros, aunque no se sentó en el suelo. Eso le hubiera quitado dignidad a su persona. A Jared le sobra toda la dignidad que a mí me falta. No tengo orgullo. Si lo tuviera no hubiera estado allí, en aquel momento. A unas horas de consagrarme con ellos a Priodeos.

Priodeos. El dios de los Deseos Cumplidos. Lo servimos. Lo adoramos. El nos escucha, su poder sobrepasa al del resto de los dioses. Nuestra consagración estaba decidida, si no hubiera sido por Irena no habría ido a pedirle perdón.

Ella sonreía, me miraba con sus ojos grises y confundía mi conciencia. Me hacía temblar. Dudar ¿Y si me estaba equivocando? Pedir perdón es lo más fácil. Eso la complacía. Y a partir de ese momento pensaba que yo me sentía mejor. En realidad Irena es capaz de retorcer mi alma igual que hace con las flores. Les da forma para crear algo hermoso que no significa nada.

Aquella última tarde no podía dejar de mirarla. Jared hablaba sin parar pero yo no lo escuchaba. Otras veces lo había interrumpido para golpearle con mis dudas. Aguantaba bien todos los golpes, los devolvía. Su fe es una férrea coraza que nada puede atravesar. Y realmente me esforcé por conseguirlo.

—Mañana nos llamarán Hijos de Priodeos. Seremos nosotros los que instruyamos a los novicios, jóvenes que estarán tan perdidos como lo hemos estado nosotros —dijo Irena, y me miró, como si yo no estuviera ya perdido gracias a sus esfuerzos.

—Yo espero que me envíen a la corte —Jared también tenía sueños, aunque los disfrazara de obligaciones—. Allí serviré mejor a Priodeos. Las palabras del dios llegarán a los reyes, conseguiré que lo escuchen.

A través de ti, por supuesto, pero aunque lo pensé no lo dije en voz alta. Ya no tenía importancia.

—¿Qué será de ti, Dharus? —me preguntaron. Aparentemente yo no tenía sueños ni deseos, sólo dudas que corroían mi alma. Dudas que Jared había conseguido disipar con su fe. Dudas que Irena había transformado en certezas. O eso pensaban ellos.

—Serviré a Priodeos como me han enseñado —repuse, una respuesta ambigua que no admitía réplica, que no dejaba traslucir lo familiar que me resultaba el futuro. Irena sonrió, complacida. Jared en cambio dudó. Ellos han sido durante un año mis condiscípulos. Los únicos que han sobrevivido a todas mis dudas, los únicos que han conservado la fe. Sin embargo, no lo entendieron en ningún momento.

—Existen otros dioses, Dharus —me dijo Irena una vez.

—No creo en ninguno de ellos —contesté, aparentando seguridad en mi mismo.

—¿Y por qué? ¿Por qué Priodeos?

—Realmente deseo creer —era mentira, por supuesto. Una mentira más, perdida entre los recovecos de los rituales y los dogmas. El Templo de Priodeos está lleno de palabras vacías donde puede uno esconderse y pasar desapercibido. Sin despertar sospechas. Había evitado a los maestros. Sólo me había dirigido a mis condiscípulos y, entre todos, sólo ellos intentaron hacerme cambiar. Ella quería convertirme en otra persona. El esperaba verme tropezar. Y caer arrodillado a los pies del dios. Me hubiera gustado poder hacerles dudar aunque sólo hubiera sido un segundo. No conseguí que vieran las cosas tal y como yo quería que las vieran.

—Puedes engañarte a ti mismo, pero no puedes engañar a un dios —no recuerdo cual de ellos me lo dijo, posiblemente lo pensaran los dos. No creo en Priodeos, quise responderles pero ya era tarde, la frase no parecía tener ya ningún sentido.

Llegó el momento. Irena me cogió de la mano y Jared encabezó la marcha hacia el Templo. La ceremonia que nos consagraba como Hijos de Priodeos estaba a punto de comenzar. Fue ella la que entró primero y me pareció que el templo la engullía como si entrara en la boca de un dragón. Jared se quedó detrás. Seguro y digno. Su túnica flotando alrededor de sus tobillos como si fueran lenguas de fuego. Se volvió y me miró desde el dintel, desafiándome a entrar con la mirada. Estoy a punto de entrar a jurar obediencia a algo en lo que no creo. Leía las palabras en sus ojos como si reflejaran los míos. Le sostuve la mirada durante un minuto que se hizo eterno. No tenía porqué estar inquieto. Un dios que no existe no puede partirte en dos.

La ceremonia se hizo muy larga. Irena lloró, incapaz de controlar sus nervios. Jared sonreía con suficiencia. Yo sólo me sentí incómodo un momento, cuando avancé hacia la efigie de Priodeos y mis ojos se encontraron con sus ojos ciegos. Repetí los ritos, dejé que derramaran sobre mi cabeza oro líquido y esperé la señal que me delataría como farsante a los ojos de todos. Realmente lo deseaba. Pero el dios no me partió en dos ni mis compañeros me delataron.

Me llamaron entonces Hijo de Priodeos. Me dieron la túnica azul y la máscara de plata que nunca me he puesto. Me hubiera gustado quedarme en el Templo, como Irena, pero me han mandado lejos. No todos los deseos pueden cumplirse, al menos no se cumplen para los servidores del dios.

Regresé al Templo aquella noche, cuando las luces estaban apagadas y los oropeles de la ceremonia ya habían desaparecido. Jared estaba allí, rezando bajo la silueta azul de Priodeos. Igual que yo había hecho aquella misma mañana, estaba pidiendo perdón. Reconocí al instante las palabras de la plegaria.

—Nadie te ve rezando, Jared. No hay nadie en el templo a estas horas.

—El me ve.

Me encogí de hombros, es una conversación que habíamos tenido muchas veces. Cuando terminó su oración se levantó y me miró.

—Sólo él puede ver mi debilidad, igual que sólo a él le muestras tu fuerza.

—No le muestro nada. Y, aunque lo haga, no puede verme.

—¿Y a qué has venido, Dharus? Priodeos no existe. Es una estatua azul con ojos huecos delante de la que nos arrodillamos.

—¿Estás seguro? —¿te he convencido, después de todo?

—¿Estás seguro, Dharus?

Jared me dejó allí. Solo. Temblando. Y allí, a solas, decidí no postrarme más a los pies de mi dios.

—No soy más que una de tus pruebas —le dije, mirando los huecos oscuros que eran sus ojos—. Ahora me marcharé a otro templo, fingiré ser nuevamente un acólito, derribaré las ilusiones de mis nuevos compañeros y tomaré otra vez los ritos con los que queden después de la última de las cribas. Y cada vez que lo hago pongo a prueba mi fe, hasta que ya no sé cuando estoy realmente defendiendo aquello en lo que creo. Ojalá no creyera en ti, Priodeos. Ojalá realmente no creyera. Sería más fácil.

Le di la espalda a la figura y no sentí el aire rozando mi cuello.

Ahora camino hacia Ithvish. Nunca he viajado tan al sur. Será mi quinto Templo, la quinta vez que me consagre al dios. Hay momentos en los que siento la tentación de detenerme en algún pueblo del camino y quedarme allí. Vestir la túnica azul y ponerme la máscara que ocultará mi rostro. Ser realmente yo mismo. Pero eso no es lo que Priodeos desea de mí, y yo me consagré para servirlo. A veces me pregunto por qué lo hice. Por qué lo hago una y otra vez. A veces me pregunto de quién es realmente la voz que me dirige.

 

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jane eyre
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