El niño que no tenía cartas

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Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy cercano, la elección de juegos de cartas se reducía a la baraja napolitana y los juegos de las familias. Algunos niños de la época debemos tener alguna espina clavada al respecto, porque seguimos ideando juegos que reutilicen el “poco” material disponible y escribiendo artículos nostálgicos antes de peinar canas.

Esto es como cuando llega tu abuelo y te dice que en sus tiempos se jugaba de verdad y que con una rama a modo de pistola y un Rintintin imaginario tenían más que cualquiera de nosotros con todo lo que tenemos disponible ahora, y sólo gracias a su imaginación. Es más o menos lo mismo porque tiene su punto de falacia -o de trola- y de pataleta encubierta -porque, en el fondo, a todos nos gusta tener las monadas que hay ahora aunque les demos usos “mejores”-, pero se acaba cediendo y dando la razón al decano. Sí, desde luego es mejor tener los juguetes -y las cartas- que no tenerlos, igual que sería mejor contarle mis neuras a un psiquiatra que escribirlas en un artículo. Pero bueno, de eso va este artículo, de no tener a mano lo que se quiere cuando toca. Y no de decir lo de que con la imaginación se tiene todo, que ésa ya nos la sabemos.

 

Así, en mis tiempos, lo que no teníamos a mano eran juegos de cartas. Bueno, siendo fieles a la verdad, y aquí iba mi primera trola, teníamos tres: la baraja de toda la vida (con su versión francesa), las cartas de familias (extraño producto para bebés que, curiosamente, y seguramente por la nefasta influencia de Barbie y El pequeño pony, las niñas usaban hasta edades relativamente avanzadas) y las cartas de coches (o trenes, o tanques, o barcos, o motos, o F1, o cualquier otra cosa que tuviera motor porque, como bien sabían los responsables de marketing de la época, a los niños normales sólo les interesan las cosas con motor o el fútbol, y a los otros no es decente venderles cartas; si se hubiera revisado esta política, tal vez yo hubiera tenido mis cartas de familias con monstruos y ahora no estaría dando la tabarra con este artículo).

 

Haciendo una cuenta rápida, y retomando la mentalidad de la época, a un niño al que no le gustasen las cosas con motor y no quisiera que se rieran de él en público, y no deseara que lo tomaran por un traidor al acerbo cultural patrio, le quedaba sólo un tipo de carta: la española, o, técnicamente, la baraja napolitana de toda la vida.

 

Con este plantel uno terminaba sabiéndose todos los juegos habidos y por haber: guiñote, pocha, tute, escoba, mentiroso, mus, rabino, tute cabrón, la batalla, el continental, el siete y medio, el cinquillo y un largo etcétera. Pero no se quedaba del todo satisfecho. No si, como yo, era un poco raro. El motivo era sencillo y doble: el juego con el nombre más sugerente, la batalla, era tan aburrido como las cartas de tanques, y las cartas más sugerentes, como el mono (el jóquer que dicen los yanquis), casi siempre se quedaba fuera de juego.

 

Es por ello que, tarde o temprano, uno intentaba inventarse su propio juego, muchas veces mezclando varias de las barajas que rondaban por casa -porque, eso sí, sólo habría un tipo de barajas, pero barajas en sí había un huevo, y de muy variados patrocinadores-. Es lo mismo que pasaba con el ajedrez, ¿quién no ha intentado diseñar un ajedrez con “más posibilidades”? Cuando uno es niño siempre cree que es capaz de superar un juego con varios siglos de experiencia. Supongo que es lo que hace avanzar a la humanidad.

 

Y cuando uno fue un niño que no tuvo todo el repertorio de cartas que existen ahora, se le queda un resquemor por dentro que se une al recuerdo de todos esos juegos fallidos que concibió años atrás. Ahora tiene cien maestros, pues cada juego enseña unos cuantos trucos de por qué es divertido, de cómo hacerlo funcionar. Y con ese canto de sirena que cada vez oye más alto, al final sucumbe. Yo, por lo menos, he terminado por hacerlo, y además las cartas me dan un formato que, con un poco de imaginación y una impresora, me permite hacer mi propio juego sin muchos desvelos.

 

Sí, el niño que no tenía cartas ataca de nuevo, y esta vez voy a dejar que me gane. Mejor hubieran hecho sacando la baraja de las familias de monstruos allá por los años ochenta. Después de todo, sí que tuvieron cuajo para crear “La pandilla basura”.

 

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