Hierro

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Crítica de la película de Gabe Ibáñez

 

Las señas de identidad del cine de horror hispano suelen ser muy fácilmente identificables. Los hispanos somos más viscerales que, por ejemplo, los yankis. Nuestro terror no tiene remilgos, las cosas se muestran tal y como las percibimos en el entorno “real”. También nos caracteriza que nuestros protagonistas son antihéroes que no están dispuestos a salvar a la humanidad, sino a empujar al vecino para resguardar el culo propio. Se pueden ver muestras de estas características identificables en las obras más recientes del cine de terror español, realizado dentro o fuera de nuestras fronteras. Desde 28 semanas después o Infectados, pasando por [REC]2, la fórmula está clara, y además nos funciona, dato contrastado por el hecho de que dos de esas películas son de producción extranjera, aunque firmadas por realizadores patrios.

Pero Gabe Ibáñez no ha seguido ese camino a la hora de encarar su debut en el largometraje, optando por un estilo más cercano al terror psicológico oriental.


 

Hierro cuenta la historia de una mujer que se ve envuelta en una espiral de misterio y locura tras la desaparición de su hijo durante un viaje en ferry, cuando iban camino de una isla (indeterminada) a pasar unos días de vacaciones. De vuelta a su ciudad, la afectada madre recibe la llamada de las autoridades de la isla, requiriéndola para identificar el cadáver de un niño que encaja con la descripción de su hijo desaparecido.

De entrada, lo que más llama la atención de este film es la escasez de diálogos durante todo su metraje. Los personajes hablan poco, y muy bajo, tanto que en ocasiones ni tan siquiera eres capaz de distinguir lo que han dicho. Pero no supone ningún inconveniente para seguir la trama, ya que el poder de seducción de la obra reside en la fuerza de sus imágenes. Y en ese aspecto roza la perfección. La estética gris, opresiva, y la banda sonora que la acompaña, haciéndole justicia, aderezan algunas secuencias que inquietan, y mucho. Pero ojo, hay que estar bien atento, porque el inteligente realizador nos intercala imágenes subliminales que de pasar desapercibidas la cinta perderá todo su efecto como pieza de terror psicológico.

Un mar que se traga sus propias olas mientras esboza una sonrisa socarrona, unos ojos que no son de este mundo, el viento que hace ondear a cámara lenta una melena despeinada, una protagonista sumergida fuera del agua, la falta de identidad de todos los personajes secundarios... Todo resulta extraño, desasosegante y terrorífico en esta película hipnótica, heredera del espíritu de Julio Medem, pero en clave fantástica. Seguro que al realizador vasco le saldría algo muy parecido si se decantara por el terror, e incluso ficharía a la misma protagonista.


 

Y ahí está la otra baza de la película. Elena Anaya está impresionante en un papel sumamente difícil, omnipresente durante todo el metraje, y con una actuación que se sustenta en un 90% en su capacidad de transmitir con la mirada, ya que, como he apuntado, los diálogos brillan por su ausencia y carencia de relevancia en el conjunto final. Por increíble que parezca, es el primer papel protagonista de Anaya, pero al menos se ha hecho justicia, otorgándole todo el peso interpretativo de la película. No hay unos secundarios que puedan darle un respiro, ya que la propia trama exige que estén difuminadas sus personalidades, ayudando así a crear el ambiente enfermizo de pesadilla que caracteriza a esta obra tan peculiar.

Podría desprenderse de mis palabras que estamos ante una obra maestra del fantástico español, y no es así por muy poco. Algo falla en el conjunto, aunque es difícil determinar el qué. Quizás el ritmo demasiado pausado, aunque lo sea necesariamente. Tal vez la falta de diálogos que rompan un poco la tensión y otorguen un respiro al espectador, pero también es imprescindible para trasladar lo que Gabe Ibáñez pretende... Entonces, ¿qué es lo que no termina de funcionar? No puedo concretarlo, pero es la sensación que queda cuando finaliza la película, a pesar de que durante el epílogo llegué a tener todo el vello de punta con una de las secuencias más tristes e inquietantes que haya visto en mucho tiempo.

Y quizás sea eso lo que mejor defina esta obra: profundamente triste, más próxima a la sensaciones que transmite el Dark Water de Hideo Nakata que a la visceralidad hispana o la efectividad del susto fácil norteamericano. Lo cual es de agradecer.


 

LO MEJOR: la atmósfera de pesadilla, las imágenes subliminales, que no deben pasar desapercibidas, y Elena Anaya en su primer protagonista absoluto. Ya va mereciendo el reconocimiento como peso pesado de nuestro cine.

LO PEOR: cuando lo sepa determinar, os lo cuento.

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Patapalo
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Pinta muy bien la película. Además, es un tipo de terror que me interesa mucho, el atmosférico. Intentaré verla.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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