Frankenweenie

Imagen de Jack Culebra

Un retorno a la nostalgia de Tim Burton

 

¿Cómo se puede construir una película a base de guiños y que funcione? Supongo que el primer paso es creer en ello, tener fe en que lo que estás contando —tu vida, tus recuerdos de infancia dislocados— tiene un valor intrínseco per se. Luego, hace falta captar el sabor que tenían los originales a los que se hace referencia, pero al mismo tiempo darles un toque personal. Finalmente, supongo, ser consciente de lo que estás haciendo para no terminar de perder el norte y extraviar a los que han cometido la imprudencia de seguirte los pasos.

En Frankenweenie la receta funciona. Para empezar, Tim Burton no se anda con medias tintas: el largometraje es el cortometraje Vincent llevado a todo su esplendor, lo protagoniza un niño que es él mismo, o el yo que nos ha ido presentando durante años a los espectadores, y, para terminar, incluye homenajes a su propia obra, como la escena final del molino. Está claro que lo suyo —él, de hecho— es de gran importancia y, además, del interés del público, como ya pasara en Big Fish.

Luego, se vuelca en captar el sabor de los originales sin obviar el modo en el que han envejecido. El blanco y negro de la filmación, las texturas que se palpan en la pantalla, el reparto de personajes, los actores a los que se imita y homenajea, su modo de hablar, el exceso, la truculencia, la ingenuidad... La cinta es un viaje al pasado desde los ojos de la nostalgia.

Pero viene especiado, porque esto no es un documental ni un libro de memorias. Desde la inspirada banda sonora de Danny Elfman, que lo mismo bebe de la filmografía compartida con Burton que vuelve a los clásicos de la Hammer que te hace un guiño a los Goonies, a las continuas referencias eruditas del director. Sí, porque es importante que quede claro: es un filme de un fan de un género para esos mismos fans del género.

Por supuesto, como Burton no ha terminado de olvidarse de que debe tener entidad propia, Frankenweenie se puede disfrutar sin más, por sí misma, como una película de dibujos animados algo macabra, con buen ritmo y una resolución algo peregrina, pero si conoces la obra de Mary Shelley, has vibrado con los pasos de Godzila, disfrutado con la novia de Frankenstein y soñado durante años con recuperar tu álbum de cromos de monstruos del 84, el viaje es todavía más apasionante.

No hace falta hablar de la belleza estética de la película o de los logros técnicos en cuanto a animación, de lo bien ajustado que está el metraje o de lo hábil que es Burton a la hora de montar un espantapájaros con retazos de sus sueños y puntadas de terror de teens —un pasillo de instituto desierto, una profesora de gimnasia—, de grandes clásicos y del fantástico siniestro. Eso salta a la vista.

Lo único que hace falta es verlo, a poder ser en la gran pantalla, y perderse durante un buen rato en el blanco y negro de otro mundo.

Tim Burton ha conseguido hacer una genialidad para todos construyéndola desde el reducto más personal y exclusivo. Estoy deseando volver a verla para constatar cuantos detalles me he perdido en un primer pase.

Imagen de Kaplan
Kaplan
Desconectado
Poblador desde: 25/01/2009
Puntos: 19498

La película no me estaba pareciendo mejor que el Frankenweenie original (quizás al revisarlo se me vendría abajo, quién sabe), pero -OJO, SPOILER- el giro final a lo monster movie me encantó.

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