Paseando con el demonio

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Crónica de una misión de limpieza ejecutada por una escuadra de marines espaciales en un casco a la deriva cerca de Medusa V

El sargento Dannean pasó caminando a paso vivo por delante de sus hombres. Una sonrisa diabólica cruzaba su cara surcada de cicatrices. No habría discursos. No habría arengas. Sólo esa sonrisa demente, sedienta de sangre. El sargento Dannean no necesitaba más para que sus hombres le siguieran hasta el mismo Infierno. Él era el demonio.

 

Decían que, cuando el sargento Dannean era sólo un explorador, había quedado aislado de su unidad durante una operación en un planeta plagado de tiránidos. Decían que le habían encontrado rodeado de cadáveres de alienígenas, inconsciente, ensangrentado y, sobre todo, sin mandíbula. Decían que por ello su sonrisa ahora era demoníaca, que por eso la usaba como estandarte y símbolo personal. En realidad, la gente decía muchas cosas, pero el sargento Dannean prefería tener a sus órdenes soldados silenciosos. El aliento, pensaba, era mejor utilizarlo en destripar al enemigo. Los discursos, en los hombres valientes, sobraban. En los cobardes eran una pérdida de tiempo.

 

La garra se incrustó en el casco de la nave espacial a la deriva. El tamaño de ésta era tal que podía albergar a millares de enemigos. El capitán McLear había destacado al servicio del sargento Dannean a una docena de marines espaciales. Serían suficientes, había dicho. Era sólo una misión relámpago. Instalar unos cuantos explosivos y volver a la garra de asalto.

 

¿Por qué aquella obsesión por volver? Ah sí, se dijo el sargento, para luchar otro día. El viejo pulso de la humanidad contra sus múltiples enemigos no se podía ganar en una sola batalla.

 

Con un sordo ruido, la garra se fijó a la superficie del casco y abrió el paso al interior de la nave a los marines. Ninguna fisura, ningún hombre succionado por el eterno frío estelar. Era hora de entrar en acción.

 

Sendos marines con cañones de plasma aseguraron ambos flancos de la entrada y, acto seguido, entró el cabo Hugh con el detector de movimiento. Calma chicha. Ni un alma suspirando.

 

Los trece marines se desplegaron con impecable precisión formando un arco y, sin necesidad de que su sargento diese orden alguna, comenzaron a avanzar por los pasillos de la nave. Su estado era tan lamentablemente que se podría haber pensado que llevaba siglos a la deriva. También se podía pensar que en los dominios del Caos ocurren fenómenos muy inquietantes. Pronto algunos rastros desmintieron aquella posibilidad; o, al menos, la descartaron como la única causa del estado de la nave.

 

El pasillo que estaban recorriendo desembocaba en un gran patio circular que se perdía en el corazón de la nave, tanto en sus profundidades como en su cúspide. Un titánico eje, probablemente de algún sistema de detección o comunicación estelar, giraba hastiado en el centro de aquel lugar. Desde la barandilla, los dos marines dotados de cañones de plasma observaron cómo, en los pisos inferiores, las paredes estaban cubiertas de algún tipo de estructura orgánica. La composición gaseosa que detectaban sus máscaras sugería el hedor que su sargento debía estar percibiendo.

 

Tiránidos.

 

Por supuesto, el objetivo de su misión relámpago se encontraba en los niveles inferiores: la sala de máquinas. Sólo en aquel lugar los explosivos que portaban tendrían el efecto suficiente para destruir el casco antes de que interfiriese con la trayectoria del resto de la flota imperial. Era una suerte para el Imperio contar con unidades como la suya, capaces de solventar cualquier contratiempo.

 

El sargento Dannean se volvió hacia el cabo Hugh, pero el subalterno movió la cabeza negativamente. No se percibía movimiento alguno en muchos metros a la redonda. ¿Dónde se escondían aquellos bichos? Entonces, de improviso, se sumieron en el caos más absoluto.

 

Apenas fue un silbido el ruido que precedió a la catástrofe, apenas el soplo creado por el proyectil de ácido que impactó bajo la plataforma en la que estaban desplegados. Vulnerada la estructura sobre la que ésta se sostenía, se vino abajo junto con todos los marines.

 

Siguiendo las consignas interiorizadas durante su férreo entrenamiento y su propio instinto de supervivencia, los soldados utilizaron los reactores de sus servoarmaduras para evitar males mayores durante la caída. Asimismo, una vez aterrizaron, se dispusieron en círculo con las armas amartilladas. Únicamente uno de ellos tuvo dificultad para alzarse. El propio sargento Dannean lo levantó y lo situó en su puesto antes de preguntar.

 

-¿Lecturas?

 

El cabo Hugh, sin dejar de apuntar con su pistola bólter, contestó:

 

-Decenas de patrones de movimiento, convergen hacia nuestra posición desde todos los ángulos. Corresponden a genestealers.

 

Sin alzar la voz lo más mínimo, con la mirada fija en los innumerables pasillos y recovecos que nacían en aquel lugar, justo en la base del gran eje móvil, el sargento dio su última orden.

 

-Calad bayonetas.

 

Un centenar de ojos sanguinarios se iluminaron alrededor de los marines justo un momento antes de que todas sus armas se pusieran a escupir muerte. Los haces de energía de los cañones de plasma se mezclaban con las bocanadas de fuego de los lanzallamas y los proyectiles enloquecidos de los bólters, creando un pandemonio de destrucción que llenó de aullidos y maldiciones la atmósfera.

 

La defensa era encarnizada, pero el detector de movimiento, abandonado a los pies del cabo Hugh, revelaba el inminente final de la contienda: decenas de nuevas señales se unían a aquéllas que se extinguían. El número y la perseverancia decantarían la balanza.

 

El primero en abandonar la formación fue el cabo Hugh. Dejó caer su pistola bolt y, desenvainando su espada de energía, se lanzó contra la filas enemigas. Tras él corrieron dos marines, los pechos inflamados de coraje e ira al ver la actuación de su superior. En breves segundos quedaron atrapados en la maraña de garras, colmillos y ácidos que se aproximaba, implacable, al círculo de marines.

 

El sargento Dannean, sin perder un momento su sonrisa de loco, continuó vaciando un cargador tras otro contra la marabunta que les asolaba. Sabía que era una batalla perdida. También sabía que no tenía sentido rendirse.

 

Los primeros genestealers que consiguieron saltar sobre sus hombres terminaron de desbaratar la formación. Derribado por uno de ellos, uno de los marines dotado con un cañón de plasma roció con un haz de energía a dos de sus compañeros, desatando el comienzo del fin. Segundos después, cada batalla era individual y desequilibrada. Al menos tres alienígenas acosaban a cada uno de los marines.

 

El sargento Dannean, el demonio, se armó con sus cuchillas relámpago y se afianzó en su posición original en el centro de la ahora inexistente escuadra. Sus brazos se movían incansables rebanando miembros coriáceos y extremidades quitinosas. Irremediablemente, algunas gotas de ácido le salpicaban levemente, pero en lugar de aullar de dolor, cantaba enfurecido. Y su rabia fue tal que, al final, los genestealers se replegaron, dejándole solo en mitad de la desolación.

 

El oficial de marines miró a su alrededor, sonriendo todavía como un maníaco. De sus hombres apenas quedaban retazos de armaduras mezclados con miembros de aquel enjambre de tiránidos. Ni siquiera sabía dónde estaban los explosivos que transportaban hacia el corazón del casco. Tampoco importaba gran cosa, pensó.

 

Entonces, cuando ya estaba a punto de lanzarse a la carga, la silueta de un imponente líctor se recortó al final de uno de los pasillos. Los genestealers le abrieron paso con reverencia, replegándose a los rincones oscuros de aquel escenario sangriento. Serían, a partir de ese momento, espectadores. Dannean abrió entonces los brazos, invitando al ser a venir a por él. Su sonrisa demoníaca fue más brillante que nunca.

 

El líctor cargó con sus afilados apéndices extendidos hacia el humano. Antes de que éste pudiera alcanzarle con sus cuchillas relámpago, ensartó sus brazos dejándole desarmado. Teniéndolo dominado, el ser se detuvo un instante, un breve momento que Dannean aprovechó para hincarle los dientes en una de sus patas y arrancársela con un violento movimiento de cuello.

 

Acto seguido, exhalando un alarido de profundo dolor, el líctor le despedazó con un rápido movimiento de los apéndices que todavía conservaba intactos. El cuerpo del marine se desplomó, inerte, a sus pies, su sonrisa demoníaca disolviéndose en sangre ácida.

 

Tras comprobar que aquel feroz humano estaba realmente muerto, el tiránido empezó a digerirlo. Y, por un momento, tuvo un pensamiento muy impropio del enjambre.

 

Yo soy el demonio, pensó.

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