El planeta sin sol

Imagen de Destripacuentos

El capítulo de las Hidras de Hierro deberá emprender una vía de purgación bajo la supervisión del Inquisidor Alectio Damnarus. Sólo tras el camino impuesto por su sabiduría será posible discernir la dimensión del legado pernicioso de su estirpe genética

 

 

El inconmensurable vacío espacial, su negrura infinita. Al fondo, frente a ellos, la palpitante superficie de Tántalos, el planeta sin sol. A babor la estrella amortajada que en tiempos alimentó con su luz al sistema, ahora velada por el abrazo implacable de una extraña nebulosa de origen y naturaleza inescrutable. Y entre todos ellos, navegando como en un mar onírico, la Hidrae Mater, el hogar errante de las Hidras de Hierro.

 

El capitán Ofidiam sonrió para sus adentros. ¿Podía existir una hermosura mayor en el Universo? La Hidrae Mater vagaba por el infinito como una enorme catedral gótica, un templo consagrado al divino Emperador, al dios único. Y él, en su insignificancia, ejercía de guardián de aquella iglesia, de sacristán de los misterios imperiales. ¿Podía existir un destino mejor? Sí, aunque los muertos se fueran acumulando decenio tras decenio a sus espaldas, aunque pudiera escuchar sus lamentos como música de órgano por las galerías de su amada nave, el capitán Ofidiam estaba satisfecho con su función en el mundo, con su lugar en el orden de las cosas. Orden, sí, a aquello se reducía toda existencia.

 

Con el corazón ligero, reconfortado, continuó su inspección de las instalaciones. Había dejado atrás los niveles de las celdas, el refectorio, el claustro y la sala capitular, de las armerías y las baterías de vacío. Con paso firme se dirigía ahora hacia los niveles inferiores: salas de máquinas, almacenes, hangares de desembarco… Su catedral era un complejo delicado, como un titánico armonio, y todo debía estar en perfecto estado de revista para que su letal melodía pudiera entonar las alabanzas por el Sacro Emperador. Especialmente en días como aquéllos.

 

El anatema rondaba sobre las Hidras de Hierro como un pájaro de mal agüero. Tras la Herejía de Horus se habían vivido tiempos difíciles en el Imperio. Como un cáncer los herejes habían debilitado el poder de la humanidad y el Emperador había tenido que optar por cortar por lo sano. El miembro que padeciese debía ser sacrificado, aunque arrastrase con él a partes sanas. El capitán Ofidiam lo sabía y estaba bien dispuesto a sacrificarse o a ser sacrificado. Del mismo modo, estaba dispuesto a gastar hasta el último átomo de su energía al servicio del Emperador, demostrando su valía. No iba a privar a su divino señor de sus habilidades abandonándose al catastrofismo. Eso hubiera sido imperdonable. Por ello, debían mostrar un comportamiento todavía más ejemplar frente a los inquisidores que les acompañaban.

 

Lo que no sabía era por qué les habían hecho viajar hasta Tántalos, el planeta sin sol. Había cientos de guerras en las que mostrar su devoción, miles de cruzadas por emprender. ¿Por qué desplazarse hasta un planeta muerto en el que no había ni orkos ni herejes? ¿Acaso iban a vigilar al capítulo de los Hermanos de la Máscara y sus secretas investigaciones? ¿O quizá habían encontrado finalmente un pasaje a través de la negra nebulosa de Tántalos? En realidad, poco importaba: cumplirían su deber allí donde fuera necesario.

 

El capitán Ofidiam llegó al final de la galería e introdujo su código en la puerta de acceso. El panel se abrió con el característico sonido de la descompresión dejando paso libre a una titánica sala de almacenaje. El oficial controló un escalofrío al internarse en ella.

 

A ambos lados se apilaban embalajes translúcidos que dejaban vislumbrar la silueta de grandes máquinas. Según había podido entender, aquellos seres no eran Dreadnaughts, sino un tipo especial de androides diseñados por el Adeptus Mechanicus. Sólo de verlos se le erizaba el cabello. ¿Cómo iban a lanzarse a la batalla junto a aquellos seres sin alma? El Emperador necesitaba corazones valientes a su lado, no frías máquinas.

 

Durante un momento se detuvo en la penumbra de la estancia. Intentaba traspasar el velo traslúcido del embalaje, pero era en vano. Entonces captó el sonido. Alguien estaba en el almacén. Alguien que no debía estar allí.

 

-Sal de ahí ahora mismo –ordenó desenfundando su pistola bólter- e identifícate.

 

Un hombre vestido con una túnica púrpura de la que nacían tubos y cables que se hundían en su cráneo blanquecino salió de detrás de uno de los embalajes. Por su lenguaje corporal, el capitán Ofidiam dedujo al instante que ocultaba algo.

 

-Soy el inquisidor Arabium, marine.

 

-¿Y qué estás haciendo en este nivel restringido? –insistió el oficial sin enfundar su arma. Detestaba a aquellos endiosados inquisidores envanecidos. Siempre terminaban por olvidar que no eran mejores siervos del Emperador que cualquier otro. A veces, sospechaba, se olvidaban incluso de su naturaleza servil.

 

-¡Osas interrogarme! –exclamó irascible el inquisidor.

 

-Mi osadía va mucho más allá del interrogatorio, inquisidor. Sino te explicas de inmediato te llevaré arrestado ante el Señor del Capítulo y el Inquisidor Damnarus.

 

-¡Arde en el Caos, hereje malnacido! –aulló totalmente fuera de sí como única respuesta.

 

Ofidiam alzó su arma contra el intruso pero, antes de que pudiera apretar el gatillo, una extraña fuerza le proyectó varios metros hacia atrás. Resistiendo contra aquel impulso psíquico, rodó hasta afianzarse contra uno de los embalajes. Entonces, apretando los dientes, abrió fuego. Los disparos no acertaron a su objetivo, el cual ya desaparecía por una puerta secundaria de servicio, pero sirvieron para distraerle y romper la presión telequinética. Un instante después, el oficial se lanzaba a la carrera tras él.

 

El capitán Ofidiam no intentó siquiera utilizar la radio de su casco. Podía percibir la perturbación en los sistemas por toda la bodega. Sin duda aquel inquisidor era una suerte de saboteador. Hasta que averiguara más sobre el tema, su único objetivo era capturarlo. Que huyera era una buena señal: le tenía miedo.

 

Por fortuna, conocía los recovecos de la Hidrae Mater mejor que cualquier otra persona en el mundo. Para él ella era su mundo. Gracias a ello, no tardó en atraparle en una ratonera. Siguiendo un túnel de evacuación ígnea que corría paralelo al elegido por el inquisidor en su huída, se anticipó a su presa. En cuanto le encaró, sin pensárselo dos veces, le disparó repetidas veces en las piernas. Aquello le impediría huir y, sobre todo, concentrarse. Con una sonrisa maliciosa se acercó al maltrecho hombre.

 

-Es el momento de confesar las culpas, inquisidor –le dijo con aire sombrío.

 

Sin embargo, lejos de asustarse, el inquisidor le sonrió mostrando unos dientes cubiertos de sangre. Entonces, el marine se dio cuenta de que el hombre no sólo sangraba a causa de las heridas de bala: por su abdomen destrozado asomaban unos miembros bulbosos, como tentáculos. Un horror indescriptible dominó al capitán Ofidiam.

 

-Llegas tarde, marine. La purga ha dado comienzo. La llamada ha sido realizada.

 

Ofidiam vació su cargador sobre el inquisidor y la repugnante criatura que llevaba en su seno, salpicando el suelo y las paredes de la nave con trozos de carne y hediondos líquidos vitales. Después, una intensa luz verdosa inundó la bodega como preludio de un brutal impacto. Antes de sumirse en una intensa oscuridad, el capitán Ofidiam tuvo la certeza de que su querida catedral estaba siendo atacada y se odió por no poder ser de utilidad.

 

Instantes después, la Hidrae Mater naufragaba en el planeta sin sol. Tántalos abría su sombrío seno al Capítulo de las Hidras de Hierro.

 

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