Las huellas del poeta

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Reseña de la novela de Rodolfo Martínez publicada por Sportula

Más que una novela de Sherlock Holmes, Las huellas del poeta es una novela cementada por el famoso detective. Y digo cementada, no cimentada, porque este sirve como ligazón entre la trama y los personajes, de modo que si bien no es el protagonista propiamente dicho, sí es un ingrediente indispensable para que la misma se sostenga y tome forma.

Se trata de la segunda entrega de Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, aunque puede leerse de un modo independiente de la primera, La sabiduría de los muertos. Con esta, en realidad, comparte una serie de planteamientos, una cronología propia y unos cuantos eventos que se engarzan con la historia oficial del personaje creado por Arthur Conan Doyle, y, sin duda, le sirve de preludio. Sin embargo, difieren en muchos aspectos sustanciales.

En primer lugar, cambia la voz narrativa: Watson ya no será quien nos guíe durante la trama, sino, principalmente, un joven británico que si bien ha tenido relación con las creaciones de Doyle, nunca ha aparecido en los relatos originales. En consonancia con el narrador, cambia también el estilo de la prosa —que tan bien se mimetizaba con los originales en la anterior entrega— y la estructura de la narración; ambas resultan más ligeras, lo que redunda en un ritmo más vivo. Además, Las huellas del poeta emparenta más con las novelas de espías que con las policíacas y, sobre todo, en ella vemos a Rodolfo Martínez más desatado, más imbuido de su estilo ecléctico y pop, sin tantas ataduras.

Aunque la novela es clásica en algunos sentidos —está ambientada en la Guerra Civil española y el autor capta muy bien la mentalidad y las formas de la época, por ejemplo—, es deudora de la cultura popular más contemporánea: Mitos de Cthulhu, referencias cinematográficas, fuentes frescas procedentes del mundo del cómic, aventura pulp, simbiosis de escenarios nacionales e internacionales... No es un popurrí alocado, sino un mosaico que se elabora sobre la base inmemorial del héroe pero con teselas variadas, extraídas de nuevas canteras y amoldadas a las exigencias narrativas.

Si bien es cierto que tenía muchas papeletas para derrapar, Las huellas del poeta se revela una novela tan sólida como atrevida. Las pequeñas aristas que se puedan encontrar —como algunas elecciones cuestionables a la hora de exponer información— quedan sepultadas por la extraña mezcla de respeto a los originales y originalidad sin complejos de la que hace gala Rodolfo Martínez.

En sus páginas encontramos aventuras, misterio, conspiraciones internacionales, sectas oscuras, héroes resignados a no aceptar su destino, visitas a lugares mágicos y todos esos ingredientes que deseamos en una buena historia de género. Sí, Las huellas del poeta no es canónica. Ni falta que le hace. Su autor conoce bien el terreno por el que se mueve y, qué demonios, parte de la diversión es correr algún riesgo al transitar por él.

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Patapalo
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Se me ha olvidado comentar que la versión digital está muy bien aprovechada. Ha sido todo un acierto incluir enlaces a todos los personajes "guiño". Así no hay excusa para perderse con las referencias, por si hay alguna que no se identifica.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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No sabía que Sportula lo hubiera vuelto a sacar. Yo lo leí en la edición física de Bibliópolis y, francamente, esperaba más. El comienzo es bueno, pero poco a poco la esencia del pastiche le vence; esa necesidad de incluir infinitos cameos pasa factura y lastra la trama hasta hacerla increíble, en el peor sentido de la palabra.

Tengo pendiente el anterior, La sabiduría de los muertos, a ver qué tal.

Saludos,

Entro

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Patapalo
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Entropía dijo:

Tengo pendiente el anterior, La sabiduría de los muertos, a ver qué tal.

Ya comentarás qué tal. Yo tuve la impresión del exceso de cameos precisamente en ella, aunque son muchos menos. Creo que es cuestión de aceptar lo que es la obra en vez de lo que esperábamos de ella. En el caso de La sabiduría de los muertos, estamos ante un trabajo mucho más canónico, en cualquier caso.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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