EL BICHERO DE TACUARALES (T-S)

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robertoattias
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El ave extendió sus alas y se dejo llevar por la suave brisa, como si fuera una cruz negra florando en la inmensidad de la nada, recortándose contra el cielo azul e iluminado.
El hombre como un minúsculo error del bosque, parado en el claro presto para romper la magia de la naturaleza, con su fusil apuntando hacia lo alto.
El cuervo avisto su presencia y dio un aleteo buscando más altura. Aun cuando no era presa de los cazadores el alejarse le daba un margen de seguridad.
La quietud de la mañana se astillo con el disparo al instante que el ave se sacudió salvajemente y perdió la gracia de sus formas, precipitándose hacia la tierra como un ovillo dejando una estela de plumas rotas dispersas en el aire las cuales eran arrastradas con suavidad por la brisa.
Las botas de cuero embarradas se pararon junto al despojo hundido entre los pastos con una pose grotesca y fatal.
Con el rostro inexpresivo y sin obsequiarle una segunda mirada mientras revisaba la carga de su arma se interno en la espesura.
El invierno se torna más lúgubre y la tristeza es un eco que se refleja en la floresta, el frío deja un lamento gris que se apretuja entre las ramas y en los nidos de los boyeros que sacudidos por los céfiros marcan el compás como antiguos péndulos de un reloj invisible.
El campamento enclavado en medio del bosque, junto a una sinuosa corriente de agua, es un lugar sucio y desordenado.
Al albergue estaba rodeado de huesos de de todas clases de animales, algunos aun conservaban pequeños trozos de carne que se corrompían a la intemperie. Al parecer el único habitante de este hediondo lugar había perdido el deseo por la higiene y el respeto por la vida.
Desde que se había ido el último hachero de aquel obraje el se libero de todos los valores básicos y no se rasuro más, ni se cambio de ropa.
Desde aquel día reposa vestido y desde el alba, muñido del arma recorre su coto de caza. El lugar abarca todo el terreno que pueda transitar pues halla muy poco en las cercanías.
Es sabido que los obrajes arrasaron con los árboles y con todos los animales que les sirvieron de alimento y de provecho en la venta de sus cueros.
Ese páramo era todo lo que quedaba de ese trozo de terreno virgen que otrora fuera el bosque nativo.
Todo el día se dedicaba a revisar las trampas y a buscar todo tipo de ser vivo, que camine, vuele o se arrastre; solo el hombre en su pétrea soledad vigila el lugar deshabitado, pues no halla huellas, ni el canto de las aves, ni el grito de los monos aulladores al atardecer. Cada día es una réplica de anterior.
En las noches sus sueños lo arrastran hasta la presencia de sus padres y oía nuevamente las historias de los antiguos moradores y de las ancestrales enseñanzas sobre el respeto por la fauna.
Resonaba la voz de su padre cuando le enseñaba siendo niño
- Natalio, hijo, debes aprender que matar cuervos te traerán mala suerte. Igual que todo lo que destruyas sin provecho.
- ¡Cuénteme más señor!
- No abuses de matar ningún animal, porque de lo contrario la naturaleza te enviara al guardián de todo ellos que te castigara.
- ¿Y como lo reconoceré? ¿Es un hombre?
- ¡No, Es un animal! El único totalmente blanco, irreal y mágico.
Hoy al levantarse camino unos kilómetros mientras mascaba un trozo de tabaco negro, eufórico pues iba en busca del dueño de las huellas de pesuñas que hallo cercas de su ranchada; la marca y la profundidad de las huellas en la tierra indicaba que pertenecían a un animal formidable.
Estas marcas lo condujeron hasta la boca del gran pozo que se hiciera en lo más alejado de la selva, allí como las fauces desdentadas de un monstruo profundo y milenario lo aguardaba para tragárselo.
Tras el hoyo estaba un ejemplar de ciervo con sus astas hermosas y sus ojos brillantes. Era de mayor tamaño que aquellos que conoció pero infinitamente blanco, desde las orejas hasta el rabo no tenía ninguna mancha.
Con movimientos cautelosos para evitar que el animal se espantara, llevo hasta su hombro el viejo Winchester 44.40 apunto con prolijidad y disparo un pesado proyectil, en un tiro que el determino de antemano como muy fácil, a solo veinte metros.
La bala no dio en el blanco y se oyó astillarse una rama en la espesura. No pudo creer que errara a esa distancia irrisorio y nuevamente accionó la palanca que activo el cerrojo luego del martillo partió otro disparo se perdió entre los árboles. Con cada tiro el animar parecía agrandarse desmesuradamente.
Atónito en el total y más absoluto silencio oyó una voz de advertencia:
- Detente y regresa! o tu castigo será permanecer eternamente extraviado en lo profundo de la tierra!
Esto hizo reír a Natalio que se encamino hacia el animal, mientras accionaba el fusil para disparar nuevamente, grito:
- ¡Deja esas tonterías para los viejos temeroso de las leyendas!
Allí corrió sin ver el sendero ciego de coraje y de soberbia hacia la muerte pero pocos metros antes de llegar tropezó con una raíz y cayo de bruces sobre la tierra húmeda; con la sorpresa se le había escapado el arma de sus manos, la cual cayo a lo profundo de la grita la que se cerró con lentitud ante la sorpresa del cazador.
Allí quedo sentado al pie de un frondoso árbol por un lago rato. Remembro los años de familia y camaradería los cuales perecían ser solo historias contadas por otros.
Antes del mediodía se dirigió a la salida del bosque en dirección al pueblo distante unas tres leguas.
Abandonó todo sin mirar atrás; un brillo de temor anido en sus ojos y un tic nervioso sacudía los labios de ese hombre con una cadencia aterradora.
Allí partió su memoria y luego de mucho deambular llego hasta ese pequeño pueblo ‘Tacuarales’, en el que permaneció hasta su muerte sin recordar nada de lo vivido. Hizo su rancho con ramas al pie de un frondoso algarrobo cerca del cementerio y vivió de la caridad.
Todos lo conocieron por el apelativo ‘el bichero o el cuidador de bichos’ es desde que se aquerencio allí todos los días junta y protege a todos los animales heridos o desamparados de las inmediaciones.
Pero por las noches al conciliar el sueño, volvía a la pesadilla de estar atrapado en lo profundo del socavón persiguiendo un resplandor lejano, entre la tierra pegajosa y las enmarañadas raíces, en el paramo más profundo del bosque.
Cada nuevo amanecer y luego de haber olvidado el suplicio nocturno, retornaba a la mendicidad con su lenta parsimonia. FIN

Roberto Attias
Escritor
de Fontana- Chaco- Argentina

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jane eyre
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Hola, necesito que edites el post para que aparezca, junto al título, la inicial de la categoría en la que quieres que participe tu regalo. Gracias.

 

 

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