Danan el Solitario

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Ligeia
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Danan el Solitario

El viento helaba los huesos, silbaba contra las rocas, arrastraba arena y briznas y con algún repentino brote de furor tras un momento de calma parecía reafirmar la idea de que no iba a cesar jamás. Era lo peor. Por su insistencia, semejante molestia superaba incluso a la causada por el frío y el lejano bramar del mar. Y él continuaba allí, el único que todavía se mantenía en pie frente a la mole pétrea e inexpugnable. Todos sus compañeros estaban enterrados bajo una somera capa de la dura tierra invernal. La bruma cubría la costa y él se sentía igual de endurecido y helado, tal vez incluso más.
Era el último, su nombre era desde aquel instante Danan el Solitario. Los secretos de la Hermandad morirían con él. Pero antes, cumplirían la misión encomendada. Nunca habían fracasado y no iba a ser esta la primera vez que tal cosa ocurriese. Ya no le importaba que su gran secreto saliese a la luz. Si, estaban poseídos por espíritus, su fuerza era de semidioses, como tales eran tratados. Esa era la recompensa por no pertenecer del todo al mundo terreno. Así había sido hasta unos pocos años atrás. Les temían pero también les respetaban. Los mejores lugares en los banquetes les estaban siempre reservados y cuando los oían hablar entre sí en su idioma gremial, las miradas seguían mostrando respeto, pues era el lenguaje de los dioses. Pero todo había cambiado con la llegada de los monjes de negro. Sus palabras y su fervor habían logrado que la gente diese la espalda a los antiguos ritos y a los bosques. Los viejos cánticos se olvidaban y las fiestas dejaban celebrarse. Todos se postraban ya ante un único dios, un predicador sacrificado colgando de una cruz. El pueblo no se reunía bajo los robles sino en las iglesias construidas con su madera. Las oraciones sonaban ahora diferentes y ellos, por tanto, ya no eran los elegidos de los dioses sino los del diablo, el repugnante antagonista del nuevo dios, que afirmaban los conversos más fervientes era quien realmente se escondía bajo la veneración que sus padres daban a los espíritus de la naturaleza. Así pues, el respeto había desaparecido y solo había quedado el temor; para los pocos que desde entonces la habían oído, su lengua era una jerga diabólica.
Los guerreros de la runa amarilla vagaban desde hacía un tiempo como proscritos, enrolándose como mercenarios entre las huestes de jefezuelos que luchaban por menudencias, lamentando la pérdida de los días de antaño, cuando lideraban los ejércitos de grandes reyes portadores de doradas cotas de malla. Los guerreros de la runa amarilla continuaban siempre armados, siempre alerta, todos iguales, hombro con hombro. Solo ellos sentían júbilo donde los otros hombres empezaban a temblar. Tal vez por eso el viejo los hizo llamar. Él no se pronunciaba al respecto, pero al contrario que la mayoría de sus súbditos, todavía creía en lo antiguo. Danan le había visto ofrecer su copa al sol naciente un par de veces. La Hermandad aún tenía un cierto valor para él, apreciaba su fuerza y lealtad inquebrantables. Y a lo menos sabía que no eran los posesos sedientos de sangre que los monjes de negro querían hacer creer que eran. Solo actuaban como debían hacerlo, sujetos a un compromiso ineludible.
Volvió a observar la terca fortaleza y apretó los dientes. En algún rincón bien protegido, el hijo más joven del rey yacía con su madrastra. La causa era muy humana, pero ellos tenían que acabar como héroes o al menos de un modo que antaño se consideraría heroico. El viejo quería venganza, limpiar con sangre su honor mancillado. Así sería. Casi nadie lo recordaría probablemente, pero, para su desgracia, iban a saber porque muchos procuraban cortarles los pies o romperles los tobillos a los cadáveres de los miembros de la Hermandad de los guerreros de la runa amarilla.
El muchacho era listo, conocía bien aquella atalaya de vigilancia llena de vituallas. Pero el mar le había jugado una mala pasada. Un temporal había empujado las olas entre las rocas más de lo habitual, destruyendo el embarcadero. Cuando llegó tras raptar, con su consentimiento, bien es cierto, a la nueva esposa de su padre el rey, no hallaron los fugitivos el navío que esperaban. No tuvieron más remedio que atrincherarse y resistir al puñado de guerreros enviados para acabar con ellos. Incluso ella debía morir, aunque hubiese sido dada como prenda de paz. Eran las órdenes y ellos siempre obedecían. Danan desenvainó su espada. ¿Quién sedujo a quién?, pensó. Probablemente el afecto fue mutuo y pronto creció hasta convertirse en un fuego irresistible. Y luego la extrema juventud puso el resto para obnubilarles la cordura y en vez de ocultarse, gritarlo a los cuatro vientos con un acto tan descabellado. Los guerreros de la runa amarilla habían caído tan bajo… morir por un par de niños enamorados. Le pareció oír la risa maliciosa de los dioses y lanzó algunos tajos retadores al aire ¿Qué era, sino, el tintineo musical que por un instante sus oídos llegaron a percibir? Los inmortales eran tan imprevisibles... y el nudo entramado con ellos, heredado hasta que pereciese el último de su especie...
Hacía mucho, mucho tiempo, Dargir el Tuerto buscó el modo de pactar con la Fuerza y la Guerra y a todo el que así se lo manifestó, lo guio y enseñó después por el camino de la difícil y dura iniciación. El que lo soportaba, el que sobrevivía, pasaba a formar parte definitiva de la Hermandad, un guerrero de la runa amarilla. Ese era el símbolo que llevaban grabado a cuchillo en la frente, marca abierta varias veces tras dejarla cicatrizar y cuyas líneas lívidas eran pintadas de ese color cuando se encontraban en campaña. Era la puerta de entrada para el intruso. Tal señal acompañaba a la trenza hasta las rodillas que siempre lucían. Recordar el dolor del marcado le enardeció.
En lo alto de la amurallada fachada, los vigías le observaban desde los parapetos del camino de ronda. Danan sonrió para sí, seguro que no entendían porque se había adelantado, solo y sin protección en la amplia explanada. El viento hacía bambolearse a su espalda la larguísima trenza rojiza y el trozo destrozado que había sido su capa de viaje. No quedaba ninguno más, solo él se interponía entre ellos y la huida. Vio como cuchicheaban y uno desaparecía escaleras abajo. Como se esperaba, regresó acompañado de un arquero. El viento se retorció intentando zarandearle pero su cuerpo poderoso no se movió, solo entrecerró los ojos escocidos. Nunca había visto unos arqueros con mejor puntería. En cuatro días los habían masacrado y ellos, impotentes, no habían podido ni tocarles, como lobos alrededor de un redil bien construido. Salían del fondo de la loma para ir a morir en su cima coronada por aquel peñasco artificial. Los guerreros de la runa amarilla solo sabían luchar en campo abierto, cuerpo a cuerpo, y era la primera vez que asistían a un asedio.
Danan elevó los brazos poco a poco y comenzó a murmurar los nombres de los espíritus a invocar, cuidando en pronunciar cada sílaba con el tono exacto que debía tener para llegar a sus invisibles dominios; el menor fallo sería fatal, así que puso todos los sentidos en lo que estaba haciendo. Tenía que atraer a las Furias hasta receptáculos poco apetecibles. Sus labios entonaban la plegaria y los ojos cerrados, ensombrecidos por el entrecejo fruncido, contribuían con la momentánea ceguera en la necesaria concentración del ritual. El mundo se desvaneció para él. Luego clavó la espada profundo en la tierra y gritó con todas sus fuerzas para despertar a sus hermanos caídos. El arquero ya le apuntaba y como él esperaba, y deseaba, disparó. Solían alcanzar en el cuello, pero Danan sabía que los espíritus desviarían la flecha si así era, pues la herida debía producirse en un punto no vital en principio. El agudo metal se hundió en el brazo izquierdo, cerca del hombro. Un chorro de sangre saltó antes de él romper el astil de la flecha y taponar la herida con un jirón arrancado a la capa. Cayó de rodillas, viendo como el líquido ofrendado era absorbido por la tierra encantada. Miró atrás, abajo, al inicio de la cuesta, no muy lejos de los restos de la fogata y las tiendas del precario campamento, veinte montículos hechos de terrones saltaban por los aires empujados con ferocidad desde abajo. Ahora empezaba la cuenta, todo duraría tanto como sangre donase su cuerpo. Los guerreros caídos podían andar, pues, sin duda, nadie había profanado sus tumbas para evitar tal eventualidad. Antaño, algunos sacerdotes que conocían el conjuro no habían dudado en sacrificarse y despertar algún guerrero muerto, o varios, para emplearlo como instrumento de venganza.
Se levantó con ira mal contenida, solo un súbito espasmo, tenía que mantener la mente serena, y desclavó la espada para señalar con ella el objetivo. Los muertos corrieron a su lado desenvainando las suyas. Danan les miró, pálidos como si se hubiesen revolcado en harina, las venas azuladas visibles bajo la piel traslúcida, los ojos hundidos y rodeados por las hirsutas barbas, los labios negruzcos. Contempló los orificios de entrada y salida en la mayoría de los cuellos y a Gunnar con la cuenca vacía, pues el flechazo le había alcanzado en el ojo derecho, desprendiendo tierra humedecida de fluidos sobre la fláccida mejilla. Inspiró; solo eran recipientes, sus amigos y hermanos no estaban allí. Pero a pesar de ello, sus rostros hoscos le estaban mirando. Todos eran hombres maduros, la última iniciación se había realizado quince años atrás. El mundo ya no les quería ¿Iban los veinte últimos a perecer contra una reducida escolta que apenas les sobrepasaba en número? En voz alta, les instó a terminar lo que habían venido a hacer allí.
Gunnar y Balder se adelantaron y comenzaron a escalar la pared cual arañas aprovechando cada resquicio entre los bloques de piedra. Arriba, guardias y arqueros se removían confusos. Finalmente, empezaron a dispararles, pero todas las flechas se clavaban en los escudos que se habían colocado a la espalda. La fuerza y destreza mostrada en la ascensión dejaron a Danan perplejo. Balder era el más joven de todos, su trenza se había deshecho y la melena dorada flotaba al viento. Se oyó un grito. Aún no habían llegado a la cima del todo pero los vigías empezaban a distinguir sus terribles semblantes y sus ojos carentes de brillo. Había sido un alarido de miedo. Con un enorme alfiletero sobre los dorsos, se enderezaron y saltaron al camino de ronda. Danan sintió el runrún de carreras y voces dando órdenes o llamando, seguido del entrechocar de aceros y gritos, cada vez más golpes y más gritos. Algo voló por los aires y cayó cerca de ellos, era un brazo tronchado a la altura del codo, con su trozo de manga, el borde sanguinolento con un colgajo de piel sobresaliendo y los dedos todavía intentando apretar la espada que, al irse relajando los nervios, acabó resbalando de su floja sujeción.
Detrás de él, sus silenciosos y fríos compañeros cerraron filas. Delante, el gran portal, apenas mellado por sus hachazos, comenzó a abrirse. Gunnar empujaba una hoja y Balder la otra, hasta dejar el espacio suficiente para que ellos entrasen raudos. Apenas pisar las losas del patio en torno al que se articulaba la pequeña fortaleza, los guerreros muertos se desparramaron hacia corredores, puertas y escaleras, cercenando las cabezas o brazos de todo aquel que se interponía en su camino. Danan corrió hacia la torre del fondo, con sus cimientos descansando al borde mismo del acantilado, donde casi con seguridad se encontrarían las habitaciones palaciegas. El trapo estaba embebido en sangre y lo sustituyó por otro trozo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo mismo lo que dura un pestañeo que todo un siglo, no lo sabía.
Dejaba atrás la creciente conmoción; los vivos, llenos de espanto, trataban de detener en vano a unos adversarios imposibles e inmunes a cualquier daño. No albergaban piedad alguna los corazones en proceso de putrefacción. El viento se inflamó con los choques de las espadas y el siseo de los cuchillos, pero la sangre roja y tibia corría en mucha mayor cantidad que la fría y negra. Podía alguno de los desdichados echarse a correr, que su adversario cadavérico lo perseguía infatigable hasta darle alcance o acorralarlo y arrancarle la vida con brutalidad. Incluso el aire salitroso parecía haberse enrarecido con extrañas presencias, con rostros entrevistos de inhumana perfección y frialdad, que buscaban ser salpicados con la sangre que hacían correr sus protegidos; y las víctimas se hundían en el pozo de la muerte observando tras la espalda de su verdugo un bello y neblinoso rostro burlón, que antes se había regocijado al ver como las uñas, medio sueltas, se quedaban clavadas en la carne blanda de una cara horrorizada por el contacto numinoso de la mano abierta y crispada, aprisionándola antes de empujarla hacia atrás para exponer mejor el cuello al filo del arma.
Corriendo por los pasillos, a Danan le pareció oír llorar a un niño. Se detuvo e intentó escuchar por encima del rumor marino. Siguió hasta la puerta más cercana y la empujó, estaba abierta. Daba a una amplia estancia, cálida y acogedora, pues la chimenea estaba encendida. En el lecho central, sentada en el borde sobre mantas y pieles, la reina; una bonita niña de dieciséis años, con una larga melena rubia y ojos claros y tristes, vestida con una túnica verde y una diadema de plata. Miró a su izquierda, tras una arcada baja, se recortaban varias figuras en la penumbra con los rostros asustados de varias mujeres y niños, una anciana… las familias de los guardias de la atalaya. Se apartó veloz al sentir la llegada de otro. El joven cachorro entraba espada en mano dispuesto a todo. Conocía de sobra aquella expresión. Un príncipe que nunca cumpliría veinte años, le dejaría morir con la idea de que había hecho todo lo posible, simulando que aún tenía que defenderse de él un hombre que, ahora mismo, de un solo tajo, podría partirle en dos. Detuvo su golpe mientras le oía gritar:
—¡Malditos demonios, malditos, malditos!
Sus hermanos fueron apareciendo en el hueco de la puerta abierta. Los filos de sus espadas goteaban y sus túnicas, cotas y polainas también estaban tintos en sangre fresca. Las marcas medio desteñidas aportaban algo de color a sus rostros níveos. Los lloros de las mujeres y niños aumentaron. Sobre la tarima central, en el lecho, también la reina empezó a lloriquear. Danan ya no sentía ni las manos ni los pies, un frío gélido llenaba cada uno de sus poros. Aquel reguero rojo que se veía en el suelo procedía de su herida. Ya no quedaba demasiado tiempo.
Los muertos vivientes entraron e hicieron amago de dirigirse a la habitación contigua, con Hadrar al frente. El único guerrero de cabello endrino mostraba más daños añadidos a los anteriores, con una nueva flecha clavada en el pecho y sin una mano, perdida de un espadazo, cuyo muñón soltaba apenas algún cuajarón espeso y oscuro. Helfas, con la garganta abierta de parte a parte, también parecía haber sufrido una degollación inútil. Danan miró a los inexpresivos ojos verdosos de Hadrar, sin sentimiento alguno, y clamó:
—No, no les hagáis daño, son las esposas e hijos de los guardias de la atalaya. Ellos no nos incumben, no son el objeto de nuestra misión— no dijo nada, sin embargo, a Gunnar, que marchaba hacia el centro de la estancia, en dirección a la muchacha de la sedosa túnica verde, cuya orla se extendía por el suelo de la tarima cubierta por una rica alfombra, a medida que ella se inclinaba retrocediendo ante el avance del muerto, incapaz de levantarse, paralizada como estaba por el miedo. Antes de que el tejido oriental y el lecho se viesen rociados con la sangre de la decapitada, Danan atravesó al muchacho con su espada.
Los lloros y abrazos se habían apoderado incontenibles de la estancia contigua. Resonaban los pasos de los guardias supervivientes subiendo las escaleras y acercándose por los pasillos, eran ellos pues de la fiel escolta del príncipe se habían cuidado de no dejar ninguno vivo, el rumor del mar y el viento en el exterior, todo se iba alejando de los oídos de Danan. El golpe del filo contra el suelo le indicó que Gunnar acababa de separar la cabeza del cuerpo del joven desplomado. Él ya no sentía su propio cuerpo helado y la vista se le nublaba. El hechizo llegaba a su fin. La última gota de su sangre había caído sobre la piedra. Sus hermanos empezaban a derrumbarse y en sus frentes de cada runa salía una neblina evaporándose.
Gunnar le lanzó la bolsa sangrienta antes de derrumbarse. Danan volvía a estar solo y odiaba que su última misión hubiese sido destruir a dos seres más valiosos, a dos mentes más inteligentes, a dos cuerpos con más vida que el de aquel vejestorio que había sido el último señor de los guerreros de la runa amarilla, los guerreros invencibles capaces de volver de la tumba con tal de cumplir el trabajo encomendado.
Era hora de partir. Sentado en el suelo, miró al grupo que se acercaba y le iba rodeando temeroso, luego a los guardias que entraban sorteando con miedo los cuerpos de los que volvían a ser cadáveres inermes. A ellos se dirigió, mostrándoles la bolsa de cuero que guardaba las dos cabezas:
—Tomad, enviádsela al rey y contadle lo sucedido. Hemos cumplido nuestra misión. A nosotros volved a enterrarnos al pie de esta loma y, por favor, quebradnos a todos los tobillos— observó el rostro de la anciana de trenzas canosas, su boca desdentada dibujaba una sonrisa de entendimiento— los guerreros de la runa amarilla queremos dormir en paz.

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Ligeia
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XDXDXD pues no sé que ha hecho mi hermana, la cual me ha oír en breves, por que lo ha colgado mal, todo junto, y esto es inleible :( 

Luego volveré a intentarlo :(

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Ya está arreglado!

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Olethros
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Puntos: 352

En cuanto a lo formal, y si a la autora le parecen temas de su interés, problemillas con los signos de puntuación (en especial las comas), varias rimas involuntarias y alguna construcción gramatical extraña.

En cuanto al estilo, hay varias palabras que tal vez no encajen de forma natural con la épica historia de la batalla y con su atmósfera. Tarda en arrancar y tal vez le ayudaría empezar con algo que tuviera más gancho para el lector, al que se localiza bien con varios detalles a lo largo del texto.

En cuanto al tema de la convocatoria, no veo la posesión por ningún lado. Veo brujería arcana, veo poderes oscuros, pero no veo posesión tal y como la proponen las bases.

Pero también veo, bajo la tierra que la cubre, una pepita de oro desde la perspectiva del relato de fantasía histórica. Desde la perspectiva de ese subgénero, el relato es una joyita en bruto y trae lo sobrenatural a lo que podría ser el norte de Europa en el que el paganismo animista se vio afectado por la llegada del cristianismo.

Mi calificación es 2,5 estrellas.

Ceterum censeo Carthaginem esse delendam... ;oP

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Molu
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Poblador desde: 16/11/2015
Puntos: 243

Muy buena prosa. Se nota que la autora se ha tomado un buen trabajo en revisarlo.
Me quedan algunas dudas. Resulta extraño que sea el primer asedio de la hermandad. Es antigua y ha servido a varios reyes con cota de malla de oro. ¿Ninguno de estos reyes ha asediado nunca nada?
Me parece que el personaje está bien construido (cierra al final), pero le falta algo. Digamos que los personajes sobrehumanos no deberían razonar exactamente igual que un humano (es una opinión). Su pasión acompaña el desenlace, de modo que al final entendemos su sacrificio inútil. O sea, los hombres somos lo que hacemos. Así, el protagonista, queriendo morir, hace lo que lo caracteriza para lograrlo. Me gustó la sensación que deja al final. El argumento es una escusa para contar el desasosiego del protagonista. No sorprende, pero no tendría por qué hacerlo. Me parece que el objetivo del relato es transmitirnos la oscuridad en la que está sumergido, la soledad como castigo romántico de aquél que de alguna forma escapa al promedio. Me gustó, pero me dejó la sensación de que le falta algo. Me hubiera gustado que el protagonista "pensara" de una forma más singular, que expresara la particularidad de su condición de una forma aún más definida.
3 estrellas.

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

Gracias, Molu, por tu opinión. Supongo que la falta de espacio restringe las aclaraciones y explicaciones. Quería dejar claro que ellos vieron tiempos más nobles, dónde se luchaba en campo abierto, un combate singular entre ejércitos donde ellos formaban la primera línea, mientras que ahora las costumbres han cambiado, la élites se han vuelto más mezquinas, se traen la lucha a casa y pelean por nimiedades, por lo que la Hermandad ha caído al servicio de un viejo rey, que los envía a vengar un simple asunto de cuernos... en fin... Danan se da cuenta de que su tiempo ha pasado y que lo único que queda es morir con la dignidad que él conoce.

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Ligeia
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Olethros, creo que las rimas involuntarias es porque mi subconsciente tenía en mente épica en verso como Beowulf o los cantos de las Eddas XDXD Como tal vez se intuya, me inspiré en los berserkers, poseídos de vez en cuando por espíritus guerreros que les hacían feroces y sangrientos, ideales para la batalla.

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Bestia insana
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Puntos: 1928

Se me hizo un poco cuesta arriba, acabé algo extenuado, como si yo mismo hubiera tenido que coronar la dichosa loma :) Se hace lento. La culpa la tienen, creo, las frases tan largas, tanto adjetivo. En esa prosa como embarrada las imágenes de manos y brazos cercenados no destacan como deberían. Por otra parte, la historia, muy de la  autora, mola. Me gustó mucho el detalle de tener que romperles a los guerreros los tobillos, ya se sabe que los muertos en cuanto pueden se echan a nadar :)

*** estrellas

 

 

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Mzime
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Poblador desde: 01/02/2016
Puntos: 241

Algún desaseo formal leve y alguna construcción no demasiado bien trabada pueden apreciarse en un texto que cumple bien, narrativamente hablando, con la función exigible a  un relato de Surly Epìc Fantasy como este, según me parece.

En cuanto al argumento, doy por hecha la posesión espiritual de cadáveres a través de la runa, pero hay algo que se me escapa en el mecanismo de la posesión y en la relación del moribundo Danan con sus ya muertos compañeros. ¿La posesión rúnica solo puede usarse una vez? No parece, puesto que se pide, para evitar que sean así usados en el futuro, la quiebra de las extremidades. Pero, entonces, si puede haber una otra vez ¿quién ofrecerá su sangre para invocarlos, animarlos y hacerlos trabajar mientras aquella se derrama? Danan no, pues ya es plenamente un muerto más.

Por otro lado, la atmósfera lograda es muy propia y envuelve perfectamente al relato, aunque a veces la fuerza de las imágenes sobrepasa al texto, al hilo narrativo, y deja de lado la lógica o la física. Tampoco es malo en esta clase de relatos que has de tomar casi más como pintura o poema en prosa, pues las  imágenes siempre ganarán  aquí a la propia historia que se cuenta. Como seguramente no me sé explicar bien, pondré un ejemplo. La imagen de los guerreros con el escudo colgado a la espalda y lleno de flechas, como si fueran puercoespines, tiene enorme plasticidad, pero es imposible que los juramentados terminen así cuando escalan con ellos a la espalda y son asaeteados desde las almenas de la muralla...

En todo caso, es un relato que me ha gustado en su propio tono y que tiene fases de épica oscura muy logradas. Por mi parte y solo ya por eso, le atribuiría tres estrellas.

"Si quieres llegar rápido camina solo, pero si quieres llegar lejos camina acompañado", (proverbio masái)..

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

 

En cuanto al argumento, doy por hecha la posesión espiritual de cadáveres a través de la runa, pero hay algo que se me escapa en el mecanismo de la posesión y en la relación del moribundo Danan con sus ya muertos compañeros. ¿La posesión rúnica solo puede usarse una vez? No parece, puesto que se pide, para evitar que sean así usados en el futuro, la quiebra de las extremidades. Pero, entonces, si puede haber una otra vez ¿quién ofrecerá su sangre para invocarlos, animarlos y hacerlos trabajar mientras aquella se derrama? Danan no, pues ya es plenamente un muerto más.

Por otro lado, la atmósfera lograda es muy propia y envuelve perfectamente al relato, aunque a veces la fuerza de las imágenes sobrepasa al texto, al hilo narrativo, y deja de lado la lógica o la física. Tampoco es malo en esta clase de relatos que has de tomar casi más como pintura o poema en prosa, pues las  imágenes siempre ganarán  aquí a la propia historia que se cuenta. Como seguramente no me sé explicar bien, pondré un ejemplo. La imagen de los guerreros con el escudo colgado a la espalda y lleno de flechas, como si fueran puercoespines, tiene enorme plasticidad, pero es imposible que los juramentados terminen así cuando escalan con ellos a la espalda y son asaeteados desde las almenas de la muralla...

 

Hay un momento donde se explica que tal eventualidad ya ha sucedido, brujos kamikazes que conocían la invocación y sabían dónde había un guerrero "especial" enterrado sin los tobillos dañados, y que lo usaban para su venganza personal aún a costa de la propia vida. Esa imagen de los asaetados no me pude resistir a ponerla y es un homenaje a otra parecida que aparece en Trono de sangre de Akira Kurosawa jeje Gracias Mzime por el comentario y puntuación :)

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Patapalo
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Poblador desde: 25/01/2009
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Relato admitido a concurso.

Y vamos a por la crítica.

Me ha gustado la mezcla de espada y brujería, historia y terror. Creo que el avance inexorable de los guerreros y el tono melancólico de la historia funcionan muy bien. Imágenes como la de cortar los pies o romper los tobillos son geniales. La posesión, original, aunque también un poco tangencial: podrías haber cambiado el mecanismo de resurrección por otra cosa sin que hubiera cambios sustanciales. Pero, bueno, está ahí.

Menos me ha convencido la prosa. Creo que una pequeña poda no le iría mal en algunos momentos para dotar al conjunto de más dinamismo y realzar los momentos clave. Sí que es cierto que se pone como un tono de réquiem general que no va mal con el argumento, pero esto hace que todo sea del mismo gris trágico, quizás por el tamiz de la mirada del protagonista: la situación política, la nostalgia de los tiempos pasados, la pérdida de los compañeros, la carnicería, la última sonrisa cómplice de la vieja... En cualquier caso, es una elección estética válida.

En general, un relato entretenido que me hubiera esperado más en Hierro y huesos que en el Polidori.

Parte de la sabiduría consiste en saber ignorar algunas cosas.

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Ligeia
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Poblador desde: 03/12/2013
Puntos: 869

En general, un relato entretenido que me hubiera esperado más en Hierro y huesos que en el Polidori.

[/quote]

 

Corcho! es verdad! no había pensado en ello. La espada y brujería me da respeto, pero ahora ya sé dónde enviar los que me salgan de ese estilo jeje

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L. G. Morgan
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Un relato que ya conocía en otro contexto. No sé si es el efecto de la segunda vez, o si la autora ha retocado ciertos párrafos, pero el caso es que ahora me ha parecido mucho más clara la explicación sobre el origen de la Hermandad de la Runa amarilla. Y también mucho más explícita la confrontación paganismo (antiguas creencias) y la nueva religión. Para mí esto siempre es un plus, qué te voy a contar XD

Encuentro el relato un poco denso (también menos que la otra vez), la historia, interesante de por sí, se enlentece a ratos por ese problema. La atmósfera y el tinte mítico y antiguo le sientan en cambio genial. Y acepto pulpo como animal de compañía, vamos, que puedo asumir a los guerreros como poseídos por alguna divinidad de la guerra, de hecho el relato explica ese trato realizado por un antepasado con las deidades «feroces».

He encontrado algún error formal suelto: un párrafo que debiera ir tras punto y aparte (por cierto, se me ocurre que, tal vez, algún punto y aparte más aligeraría la prosa) y que contiene un porque junto que debiera ser por qué:

Casi nadie lo recordaría probablemente, pero, para su desgracia, iban a saber porque muchos procuraban cortarles los pies o romperles los tobillos a los cadáveres de los miembros de la Hermandad de los guerreros de la runa amarilla.

Un sino que debería ser si no. Y algún otro porque o por qué confundidos.

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LCS
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Poblador desde: 11/08/2009
Puntos: 6621

​Tu turno, compañera. Veo que has estado bastante activa en ese Polidori, tanto comentando como compartiendo tus relatos, por lo que, en primer lugar, tengo que darte las gracias. 

Creo que en esta ocasión  te voy a dar más palos que zanahorias.  heart  Tienes una buena materia prima. La historia es buena. El contexto también pero creo que, en general, todavía necesita ser trabajada un poco más. El relato se me hace bastante denso. Por un lado, las frases, en ocasiones son muy largas y, a veces, también abusas de los adjetivos. Por otro lado, creo que es una historia que vive constreñida en este formato. Tienes que dejarla crecer. Merece mucho más espacio.  Resumiendo mucho, cuando se escribe un relato se puede ir a tres velocidades. La velocidad normal es la escena: se muestran las cosas tal  y como ocurren. Después se puede ir más rápido (el resumen) o más despacio (la descripción). Desde mi humilde punto de vista, en tu relato hay mucho resumen, sobre todo en los primeros párrafos. Ganaría mucho más, si fuera escenificando más la historia, contándonos poco a poco cómo Danan se convirtió en el solitario.  Así, por ejemplo, el relato gana mucho cuando te centras en la escena de acción. Se ve que sabes cómo se deben contar esas escenas.

Los relatos, para que funcionen, por lo general, deben centrarse más en una sola trama de pocos personajes. Me da la sensación de que entremezclas varias tramas al mismo tiempo, insinuándolas pero sin desarrollarlas y utilizas muchos personajes. Mi consejo es que, si a tí también te gusta la historia, deberías reescribirla, intentando ir más despacio o bien, si lo que quieres es un buen relato, podar bastante, aunque te duela para quedarte con lo esencial. 

Mi puntuación solo puede ser dos estrellas con veinticinco.

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Lis
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Poblador desde: 07/12/2015
Puntos: 209

Este es un concurso y, desgraciadamente, ni todos los relatos pueden ganar ni todos pueden formar parte de la antología porque compiten entre sí.

Si tuviera que elegir trece relatos entre los presentados al certamen para publicar una antología sobre posesiones, éste no entraría en mi lista de preseleccionados tras la lectura de todos ellos.

Es dudoso que se ajuste al tema de la convocatoria y además, por comparación con el resto, le costaría más que a otros contribuir al éxito de la antología mediante una historia llamativa, calidad literaria o tirón comercial.

★★☆☆☆

Sin embargo es un trabajo notable que funcionaría mucho mejor en otro concurso. Además siento musicalidad escáldica al fondo y es un buen detalle por parte del autor o autora. Ojalá me permita leer otras de sus obras en próximas ediciones del concurso.

¿En qué puedo ayudarte?

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Easton
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Poblador desde: 06/11/2011
Puntos: 412

Un relato del que me gustan sus personajes, su historia y varias de las escenas descritas. El ocaso de unos guerreros y una ideología bajo la sombra de la nueva creencia y, como motor principal, un encargo de venganza. Muchas cosas pero muy bien metidas y que logran la ambientación.

La forma de contarlo, sin embargo, se me ha hecho lenta por momentos. Quizás sea la adecuada (hay relatos que bien valen la pausa y el recrearse), pero es cierto que no se me ha hecho fluido y he sentido que le costaba arrancar. A partir de hincar la espada en la tierra, eso sí, lo he visto mejor.
En conjunto puedo decir que me ha gustado, me queda una sensación positiva.

3,5 estrellas

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Dr. Ziyo
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Se me ha hecho un relato denso y algo confuso por momentos, como si quisieras meter demasiada información en poco espacio. Da la sensación de que necesita sitio para desarrollarse, de que hay historia para mucho más.

Hay frases demasiado largas y a veces, demasiados adjetivos, y eso, viniendo de mí que se me acusa de eso, es grave, jajajaa. no

La posesión es dudosa para mí, o por lo menos, me cuesta verla tal y como yo la entiendo, o como creo que se pide en esta convocatoria. Parece más bien brujería o algo similar. En todo caso, la acepto, pero sería algo muy de refilón. Le doy dos estrellas y media.

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