Centenario del nacimiento de García Pavón

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Por mi admiración y cercanía cultural y geográfica a este autor, propongo, en el centenario de su nacimiento —24 de septiembre de 1919—, publicar cuentos en este hilo con un cierto paralelismo con su personaje más importante: Plinio, jefe de la GMT.

Yo colocaré algunos —recuperados de por ahí, que no llego a terminar mi aportación a «Coleccionistas»— de esos cuentos agroganaderos. Pero seguro que hay por ahí valientes y valientesas que se atrevan a responder a este homenaje, aunque sea con haikus o micros.

Así es que, juntaletras, manchapapeles, vaciaplumas, apretateclas e incluso escritores, si la RAE quiere, con permiso de la autoridad - administradora del foro y si internet no lo impide... ¡Que comience el homenaje!

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

https://historiasmalditas.wordpress.com/

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Comenzamos con algunos de esos recuperados. Y qué mejor que hacerlo con... bueno, creo que os suena...

Taxidermia creativa: Ginélafos

—¿Qué pasa con la alemana?

—Eso, ¿qué pasa con la alemana?

La conversación tiene lugar en el cuartel de la Guardia Civil en un pueblo de Ciudad Real. La teniente Olmedo está al teléfono con su capitán. Éste ya la conoce lo suficiente como para sortear estas respuestas y decide emplear la estrategia que mejor funciona con ella: esencia pura de lógica.

—Pues que el informe dictamina muerte natural por un infarto. ¿Por qué habrías de seguir investigando?

—Porque estaba a más de cien metros de la caravana. Porque apenas quedaba de ella unos jirones en las extremidades y en la cara y lo que había del tronco no da ni para un cocido. Porque no fue arrastrada por alimañas, sino que fue devorada in situ y no sólo por buitres. Porque han llamado treinta y tantas veces de la embajada y no se conformarán si no es con una respuesta adecuada. Porque...

—¡Vaaale!, vale ya. De acuerdo. Dos días, y cierras el caso con un informe que tumbe a los alemanes de espaldas. ¡Hala!, ¡a trabajar!

—¡«Susórdenes»! —La teniente Olmedo cuelga, y baja la pierna del brazo del sillón y, mientras vuelve a coger el teléfono y marca, llama a su suboficial de confianza:

—¡Cifuentes! ¿Dónde coño estás?... ¡Ah, hola cariño! —Vuelve a poner la pierna en el brazo del sillón.— No te decía a ti. Es que, verás, tengo una investigación y... Sí... Sí... El fin de semana a la porra. ¿Que dónde? ¿Te suena Albacalá de Estena? Una pedanía muy pequeña. Sí... No... encárgate de la niña, porfi, que hoy salía antes... Vaaaale, te quiero. Un beso. Ciao.

—¡«Susórdenes», mi teniente!

—Cifu, ¿tiene que hacer algo este fin de semana?

—«Ná», las putas mantenidas —el brigada se refiere a su ex mujer y a su ex suegra— irán a gastarse mi dinero con el novio nuevo. El gilipollas del nini se emborrachará por ahí y luego me buscará para que le resuelva la papeleta del coche. Así que, ¿dónde hay que ir?

La teniente sabe que el cincuentón tendrá alguna comilona con los amigotes o una buena timba o ambas, pero que prefiere hacerse el mártir y poner verde a su familia.

—Nos vamos a Cabañeros, por el caso de la alemana.

***

—¿Cuánto tiempo llevan ustedes en España? —pregunta la teniente.

—Unos cuatro o cinco meses, desde el comienzo de la temporada. Venimos todos los años con la caravana desde hace por lo menos veinte.— El alemán, marido de los restos que encontraron en el bosque, tiene tan solo un ligero acento.— Y desde que nos jubilamos, estamos casi seis meses aquí cada año.

—¿Puede continuar?

—Claro. Pues íbamos de Sanxenso a Isla Canela, porque nos gusta terminar... nos gustaba terminar el otoño con el calorcito del sur. Paramos un día en Zamora y otro descanso lo íbamos a hacer en un camping de Cabañeros. Estábamos casi al lado, pero quisimos comer en ese paraje en medo del monte. Era muy bonito. Como nos pasamos con el vino, dijimos de hacer noche donde estábamos. Yo me acosté. Ella salió a fumar. No le gustaba fumar estando yo delante, porque logré dejarlo. Scheiße. —Hace una pausa.— No la volví a ver. Al rato, cuando desperté, la busqué... La seguí buscando. —Los ojos se le enrojecen aún más.— Luego, llamé al 112. Verdammt, al día siguiente la encontraron tan cerca... y así...

—Cálmese, tranquilo, tome.

***

—Evaristo, ¿me oye bien?... Es que casi no hay cobertura... ¿Doctor?... Sí ahora le oigo mejor. Son dos preguntas de nada, unos detallejos de la autopsia. ¿Verdad que había mordeduras perimórtem en lo que dejaron los buitres? Ajá, ajá. O sea, que primero fue mordida por pequeños animales, pero heridas que parecen leves, luego le dio el infarto, fue comida de los mismos animales y, por último, fue devorada por los buitres, hasta que la encontró la pareja de guardias, claro. Sí, le oigo. Sí, eso es, que es posible que fuese perseguida y corriese hasta morir. Pero, un momento, Cifu, dame que apunto, sí, doctor, ¿qué animales la persiguieron?

»Ya sé que con los pocos restos no es fiable su suposición y que por eso no lo ha puesto en el informe. ¿Lo he dicho bien? ¿Quiere que lo grabe? ¡Jajaja!, no sea así doctor, en serio, ¿podría consultar a su colega? Tenemos sólo dos días. O, espere: ¡ya lo ha hecho!, jajaja, qué cuco es usted.

»¿Comadrejas, hurones, ratas, jinetas... y qué más? ¿Y dice que estos animales ni atacan a otros mayores que ellos ni persiguen en campo abierto? ¡Cifu, baja la radio! Vale, si tengo alguna duda más lo llamo. Que sí, que le llevo una orza con un lomo de «venao».

***

—¡«Susórdenes», mi teniente!

Un cabo y tres guardias motorizados del Seprona: es lo que hay disponible para el caso. Lo bueno es que todos llevan tiempo por la zona. Conocen el terreno, y a las gentes.

—Vamos a ver, dos con el brigada Cifuentes, a buscar posibles testigos entre los furtivos conocidos. Ya sabéis, presión y complicidad, a ver si podemos sacar algo. Otros dos, a seguir el recorrido de la alemana, desde la caravana hasta donde cayó: ruta, huellas, restos, en fin, todo lo que veáis que llame la atención. Yo me voy a la carretera y a las gasolineras, que éstos iban medio «pallá», lo mismo pararon en alguna y no lo recuerda el hombre. ¿Dónde nos podemos ver después?

—Mi teniente, en el pueblo hay un bar en el que comemos a veces. Se llama «El perdigón», pero pregunte por anca Ulo. Eulogio, «Ulo», es el dueño.

***

La teniente termina pronto. Aparca el todoterreno en la misma plaza enfrente del ayuntamiento, porque la calle del bar no da más que para un peatón. Entra. Lo primero que percibe, tras acostumbrarse a la penumbra y al olor a rancio, es una barra que va desde la pared izquierda hasta apenas un metro de la derecha y que se pierde por el fondo. El estante superior está cubierto con muestras de munición de todo tipo y con botellas polvorientas. Lo segundo, varias cabezas que la evalúan como mujer. Se acerca a la barra y pide un café, para la espera. Se le aproxima un palillo que sostiene a un gordo calvo, aliñado con una camisa pegajosa a cuadros y un escote lleno de pelarzas grasientas. Éste rozna:

—Qué, guapa, ¿de paseo por aquí?

—¿«Ánde tas dejao» la Montesa?, hajiajajia. —Cuando mira hacia la risa imbécil primero ve una rebeca verde con un pantalón de pana marrón y una gorra de color indefinido, desnudándola con la vista; detrás hay joven chepado, que estaba viendo la tele del fondo y se ha vuelto hacia ella. La salivación en exceso, el constante abrir y cerrar la boca de dientes blanquísimos acompañados de restos de comida, la mirada concentrada y una pronunciada escafocefalia confirman la sospecha que le despertó la voz chillona. Mira a ese jersey rojo. Primero sonríe y luego transforma el semblante de forma repentina. Deja la gorra, se apoya en la barra y, con la voz en un susurro, dice:

—Si os gusta el cachondeo, podemos jugar. Te detengo por agresión y te caen un par de años. Verás cómo nos reímos todos.

La expresión de los tres cambia. El cretino masticador disimula y se vuelve de nuevo a la tele. El de la rebeca verde levanta la gorra, agacha la cabeza y se concentra en su palomita. El camarero se atreve a hablar:

—Teniente, si aquí la Benemérita es sagrada. Lo que usted quiera, que está convidada.

Ella suspira y se fija unos animales disecados que la umbría inicial no le ha dejado ver: una testera de ciervo, una cabeza de jabalí, una culebra devorando a una ardilla, un turón y una comadreja que parecen acechar a una perdiz con sus perdigones.

—¿Quién se dedica aquí a esto? —preguntó mientras señala al grupo y a otros animales disecados que habitan la pared.

—Desiderio, el electricista. Vive enfrente de la entrada a la finca del «Tocón quemado». ¿Le pongo un 501 con el descafeinado?

***

Llega hasta la dehesa indicada, que queda a su izquierda. A la derecha, algo más delante, hay una subida que, entre alcornoques, parece llevar a una casa frente a la que hay varios coches. Esquiva unos pocos de ellos hasta la puerta. Ha pasado delante de un Dyan 6 furgoneta, una Avia, un Seat Ritmo, todos restaurados. Le llama la atención un vehículo fantástico, casi una escultura, un 4L hibridado con una Mercedes Benz.

Al apearse, oye los silbidos de mirlos y el piar de los gorriones. Ve la primera lavandera de la temporada. El aire huele a jara mojada. Pero todos los sonidos están a unos metros del edificio, como si éste estuviese inmerso en una especie de burbuja. Ni siquiera crujidos o zumbidos de insectos. Le quita la presilla a la funda del arma.

—¿Desiderio? ¡Guardia Civil!

Atraviesa un portón abierto que da a un garaje, en el que hay un 850 Spider con el capó levantado y un textil protector puesto encima. En contra de lo esperado, el local está limpio y bien iluminado. Pasa a la siguiente habitación. Parece la continuación: un taller, éste eléctrico, también ordenado y luminoso, a pesar de lo antiguo del edificio y de que se nota la habitación ha sido adaptada a otro uso. Al fondo hay una cristalera enorme a través de la cual se ven varias estanterías hasta arriba de libros. Se acerca y distingue volúmenes de cosmología, tratados de mecánica o libros de matemáticas. En un escritorio lee lo que parece un borrador impreso con notas de corrección a lápiz rojo: «Pérdidas exergéticas en acumulación solar mixta». ¿Qué narices es eso?

Por fin, oye un ruido cerca; saca el arma. Se asoma por un ventanal a un patio donde hay un pollo con la cabeza ensangrentada, la lengua colgando a un lado y que anda dando vueltas, como incapaz de caminar recto. Hay otro ruido, esta vez fuera, cruza la habitación y se asoma al otro ventanal. Una furgoneta con un rótulo comercial ha aparcado junto a su coche. Se apea un hombre de edad madura, que lleva un chaleco cortavientos caqui sobre un mono partido de azulina. El hombre agarra una bolsa de herramientas y un paquete medio desenvuelto en papel kraft.

—¿Jefe?, ¿por dónde anda? —vocea él al entrar. La teniente guarda el arma y responde:

—Teniente Olmedo, Guardia Civil.

—¡Ah, hola, buenos días! Un momento que dejo esto. Bueno, ya está. —Él le tiende la mano.— Yo soy Desi. Usted dirá.

—Pues que estamos investigando lo de la alemana.

—¡Ah, sí! Bueno, es la comidilla. ¿En qué puedo ayudar?

—La verdad, no lo tengo claro. Verá, he visto los animales disecados en la taberna de...

— Del Ulo.

—Eso es, y, como la señora fue medio comida por animales similares, pensé que podría informarme sobre cómo los consigue, o sus costumbres; en fin, cualquier cosa que pueda aportar. —En ese momento, el pollo desvaído cloqueó.— Por cierto, ¿qué le pasa al pollo?

—¿Ya ha conocido a Faustino? Nada, que el cartero lo atropelló con la moto, y como también hago de veterinario aficionado, me lo trajeron. Pero tiene poca solución. ¿Dice que quiere saber sobre la taxidermia? Pase, pase al quirófano.

Atraviesan la librería que había visto y llegan a una pequeña habitación aún más limpia y ordenada que las anteriores. Está cubierta de baldosines aguamarina y tiene varios muebles de acero inoxidable.

—Éste es mi pequeño taller de taxidermia y quirófano de veterinaria.

—Usted es entonces electricista, mecánico, taxidermista, veterinario y ¿cuántas cosas más?

—Bueno, es que aquí se hace de todo. Es éste un pueblo pequeño —dice Desiderio a la vez que se acomoda; se le notan ganas de hablar—. Yo era ingeniero hasta que me separé. Lo mandé todo a hacer puñetas y me vine a la casa de mis padres. Él, mi padre, si era veterinario de verdad. Suyos son la mayoría de esos libros de ahí —señala una estantería algo baja, de madera pintada de negro—. Ya ve, ahora, ingeniero y veterinario. Y, bueno, taxidermista aficionado a los coches.

Claro que sí, y sociópata compulsivo, artista o, simplemente, aburrido. A darle un poquito de cuerda, por si se pesca algo.

—Pero su actividad es un poco ¿estocástica?

—Bueno, no tanto. En realidad, todo eso tiene algo en común.

—Claro, por eso arregla coches y pollos.

—Jajaja, no. Los coches me encantan, me gusta darles vida. Bueno, como a todo.

—Incluso ese implante de coche raro de ahí fuera.

—Sí, lo que no se consigue con uno solo hay que hacerlo con dos. Y no es sencillo, porque trato de conservar todo lo posible: ése tiene dos motores, dos sistemas eléctricos, dirección doble y hay que hacerlos funcionar juntos.

—¿Y el pollo?

—Bueno, valdrá para «piezas». En la taxidermia, hay cosas que ya han quedado obsoletas, como los ojos artificiales. Yo prefiero solidificar con resina los naturales. Quedan más expresivos

—Y los animales que le traen para disecar, que es a lo que venimos, ¿de dónde los sacan?

—Bueno, normalmente son de tramperos. Ilegales, por supuesto. Y, como ve, la mesa es pequeña. Son siempre alimañas que saquean gallineros, conejeras o palomares. La gente llama al trampero, y después me traen al bicho para tenerlo de recuerdo. O para deshacerse de ellos de forma disimulada; me lo encasquetan. Los mayores son zorros. A mí me gustaría hacer algo más grande aún. Por ejemplo, ahora, en la berrea, un buen ciervo pero, ¿sabe?, lo más que puedo disecar es la cabeza. Los cuerpos se venden a los restaurantes.

—¿Qué podrían tener que ver esas alimañas con el caso de la alemana? Quiero decir, me han comentado que los animales tuvieron un comportamiento un poco raro.

—Pues no lo sé. Ya digo que últimamente estoy buscando hacer una gran pieza y tengo un poco apartadas a las pequeñas. Bueno, quien dice una gran pieza, dice dos, o hibridar algo, como el coche de fuera. En el fondo, ya le he dicho, me gusta darles vida.

—Todo esto debe darle mucho dinero, ¿no? Todos estos equipos parecen caros.

—Y, bueno, muchos los he hecho yo. ¿Ve ése? Un reanimador eléctrico. Y ése cajón de ahí lo voy a probar con el pollo. Es un invento, crea dos campos, uno eléctrico y otro magnético, que pulsan con frecuencias de resonancia del cerebro, incluso un tiempo después de muerto. Y acérquese a ver éste, es un aturdidor eléctrico.

***

La luna está gibosa creciente. El olor de la noche es ya aroma de frío, de otoño avanzado, de brisas gélidas al amanecer y de relentes nocturnos. La luz selenita alumbra la carrera de una cierva por el monte. Sus pezuñas hendidas están aprendiendo dónde pisar, dónde apoyarse para saltar. La siguen unos extraños animales de ojos extraviados. Zorros, garduñas, gatos y otros que parecen llevar el cuello hundido por un lazo, una pata aplastada por un cepo o las dos manos sustituidas por las de otro animal. Miradas perdidas, carreras poco certeras pero siempre, incansables, detrás de la cierva. Llegan a las hoces del río. La galopada termina en lo alto del precipicio. Los animales la rodean. La admiran. Ella levanta las dos patas delanteras, abre los brazos y deja que los pechos desnudos reciban la luz de la luna. Es una nueva vida, un nuevo centauro, ¿ginélafos?. La ex teniente Olmedo vuelve grupas y dirige a su rebaño en busca de alimento.

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

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Otro más, éste un tanto más jocoso:

 

Colesterol y almorranas

El protagonista es el sargento Millares. En realidad se llamaba Alfonso Miralles Benítez, oriundo de un pueblecito de Cáceres fronterizo con Portugal, y se había jubilado como cabo mayor de la Guardia Civil en un cuartel de la serranía madrileña donde había ejercido como suboficial durante casi treinta años. El sobrenombre «sargento Millares» se lo había endilgado un número, cachondo y orondo él, compañero durante un par de décadas hasta que un cáncer de colon hizo lo que no habían logrado los contrabandistas y los camellos, un proxeneta con un hacha, varios políticos y dos suegras.

Antonio Zafra, «el zapico», gitano de raigambre, compañero de paseos por la plaza del sargento, se lo encontró a la entrada de la consulta del SERMAS:

—Sargento, buenos días.

—Que los tenga usted. ¿A recetas?

—A recetas vengo.

—¿Y la Manuela?

—En casa se quedó. ¿Y la Urbi?

El sargento se quedó pensativo. Fue suficiente. El zapico pensó en la Urbi y en el Alzheimer y en la residencia y en las recompensas que nos da la vida. ¿Para qué decir ni media?

Un mozo joven en chándal se paseaba algo inquieto por delante del pasillo de consulta y les interrumpió la conversación.

—Zapi, ¿no tendrás el número del Fulgencio?

Ambos se pararon sobre sus bastones. El zapico se lo cambió de mano y sacó el móvil de teclas grandes. Tras una pequeña conversación a voces sobre temas casi banales, se dirigieron al mostrador de citas.

—¿Quién es el último?¿Da usted la vez? —El sargento se dirigió a un señor de chaqueta con aspecto intermedio entre ejecutivo y profesor «progre»; en el tiempo en el que éste apartó el «ABC», se dignó quitarse las gafas de ver e intentó contestar, una señora de chándal de cintura para abajo —excepto los zapatos con cuña— y de jersey de cuello para arriba, incluyendo medallita de alguna virgen – santo – mártir, por supuesto en oro, se les puso por delante. Leches, les habían jodido por lo menos tres minutos.

 

—¿Vamos al del Teles? —Se refería al famosísimo bar «La Barrica», churrería de prestigio al lado del consultorio, regentado por el hijo del Telesforo.

—No, Zapi, que me ha subido el colesterol y los tallos no van bien.

—¡Anda ya! —que dijo el Ginés, albañil prejubilado que se les había unido a la salida, y que, a pesar de su baja laboral, seguía vistiendo siempre un mono de trabajo.— Si me dices que te han quitado los tallos del Teles es que estás para morirte. Venga, vámonos «pal» banco.

—No, en vez de al de piedra, nos vamos a ése de madera con el huequecillo. Es que estoy con las almorranas.

—¡Joooooooder! —dijo el Ginés— Nos vas a quitar de ver la cafetería de las chicas. — El Ginés se refería a la cafetería de nueva onda a la que acudían las jóvenes desocupadas que habían resuelto su futuro aferrándose a la dependencia y que, desde luego, se cuidaban lo suficiente como para llamar la atención de los jubilados a la hora del sol en el banco de piedra.

—Si es que uno se va haciendo un inútil con los años. Zapico ¿qué pasa con el Fulgencio?

En aquel momento apareció el todoterreno de los municipales, de donde se bajó la Engracia:

> Nombre : Engracia Henares
> Edad : 33
> Cargo : Jefe de la policía local
> Alias : La capitana
> Nombre clave : Fulgencio
> Notas : Más que capacitada y perspicaz. Ha dado lugar por su inteligencia y carácter a varios dichos como «¡Vas a saber tú más que el Fulgencio!» o «No le toques los pelos al Fulgencio».

Tremenda mujer, suboficial de los «munipas», nada más bajarse del todoterreno, fue saludada por los tres protagonistas, en especial por el sargento, que le hizo una seña con el bastón. La «capitana» despidió al chófer y se dirigió a la entrada del centro de salud. Con disimulo y pasando al lado de cada persona que entraba o salía, Miralles le marcó al carterista.

Entonces Fulgencio entró para disimular y dejar actuar. No parecería extraño que los municipales acudiesen al centro por cualquier motivo.

En menos de cinco minutos, el señor de periódico y chaqueta estaba esposado en el suelo.

El joven de chándal caminaba apurado hacia la única salida del parquecito que rodeaba el consultorio, y que pasaba al lado del banco de los tres jubilados.

El sargento mantenía el bastón sujeto de una manera un tanto extraña. Con la mano derecha sujetaba el pomo, con la izquierda, el medio del bastón, en realidad era con la que hacía fuerza. Simulaba tener la cabeza apoyada en el bastón con todo el cuerpo echado hacia delante y los pies avanzados.

Cuando el joven del chándal pasó, indefectiblemente, a su lado dejándolos a la izquierda, el sargento comenzó a moverse. Levantó un poco la punta del bastón y manteniendo un movimiento circular en sentido horario, empujó sin casi esfuerzo, el pie izquierdo, retornando el bastón al punto de partida. como si no hubiese pasado nada.

El empeine del pie izquierdo del joven chocó con el tobillo derecho y el interfecto cayó de boca, porque además apretaba con las manos algo valioso. No reaccionó con la suficiente rapidez por el golpe que le hacía sangrar toda la cara y porque al levantarse se encontró con tres jubilados ayudándole y aleccionándole:

—Dame la mano, ¡si es que vais como locos! …

—¿Pero dónde ibas muchacho? Hoy en día no hay respeto…

—¡Como lo de antiguamente no hay nada! Agárrate aquí, hombre de dios…

Otro munipa apareció de la nada y, además de esposarle, recuperó la cartera que el de la chaqueta había chorado a la Gertrudis, que ni se había dado cuenta, pero que ahora voceaba como conejo «acollejao».

—¡Qué cabrón! —dijo el Andrés, comprendiendo. —¿Ahora sí vamos a por tallos?

Los tres iban soñando el momento en que la capitana, moza de indudable talento y buen ver, viniese a interrogarlos.

—Venga, vamos —replicó el zapico.— ¡Con que colesterol y almorranas!

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