Centenario del nacimiento de García Pavón

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Por mi admiración y cercanía cultural y geográfica a este autor, propongo, en el centenario de su nacimiento —24 de septiembre de 1919—, publicar cuentos en este hilo con un cierto paralelismo con su personaje más importante: Plinio, jefe de la GMT.

Yo colocaré algunos —recuperados de por ahí, que no llego a terminar mi aportación a «Coleccionistas»— de esos cuentos agroganaderos. Pero seguro que hay por ahí valientes y valientesas que se atrevan a responder a este homenaje, aunque sea con haikus o micros.

Así es que, juntaletras, manchapapeles, vaciaplumas, apretateclas e incluso escritores, si la RAE quiere, con permiso de la autoridad - administradora del foro y si internet no lo impide... ¡Que comience el homenaje!

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

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Comenzamos con algunos de esos recuperados. Y qué mejor que hacerlo con... bueno, creo que os suena...

Taxidermia creativa: Ginélafos

—¿Qué pasa con la alemana?

—Eso, ¿qué pasa con la alemana?

La conversación tiene lugar en el cuartel de la Guardia Civil en un pueblo de Ciudad Real. La teniente Olmedo está al teléfono con su capitán. Éste ya la conoce lo suficiente como para sortear estas respuestas y decide emplear la estrategia que mejor funciona con ella: esencia pura de lógica.

—Pues que el informe dictamina muerte natural por un infarto. ¿Por qué habrías de seguir investigando?

—Porque estaba a más de cien metros de la caravana. Porque apenas quedaba de ella unos jirones en las extremidades y en la cara y lo que había del tronco no da ni para un cocido. Porque no fue arrastrada por alimañas, sino que fue devorada in situ y no sólo por buitres. Porque han llamado treinta y tantas veces de la embajada y no se conformarán si no es con una respuesta adecuada. Porque...

—¡Vaaale!, vale ya. De acuerdo. Dos días, y cierras el caso con un informe que tumbe a los alemanes de espaldas. ¡Hala!, ¡a trabajar!

—¡«Susórdenes»! —La teniente Olmedo cuelga, y baja la pierna del brazo del sillón y, mientras vuelve a coger el teléfono y marca, llama a su suboficial de confianza:

—¡Cifuentes! ¿Dónde coño estás?... ¡Ah, hola cariño! —Vuelve a poner la pierna en el brazo del sillón.— No te decía a ti. Es que, verás, tengo una investigación y... Sí... Sí... El fin de semana a la porra. ¿Que dónde? ¿Te suena Albacalá de Estena? Una pedanía muy pequeña. Sí... No... encárgate de la niña, porfi, que hoy salía antes... Vaaaale, te quiero. Un beso. Ciao.

—¡«Susórdenes», mi teniente!

—Cifu, ¿tiene que hacer algo este fin de semana?

—«Ná», las putas mantenidas —el brigada se refiere a su ex mujer y a su ex suegra— irán a gastarse mi dinero con el novio nuevo. El gilipollas del nini se emborrachará por ahí y luego me buscará para que le resuelva la papeleta del coche. Así que, ¿dónde hay que ir?

La teniente sabe que el cincuentón tendrá alguna comilona con los amigotes o una buena timba o ambas, pero que prefiere hacerse el mártir y poner verde a su familia.

—Nos vamos a Cabañeros, por el caso de la alemana.

***

—¿Cuánto tiempo llevan ustedes en España? —pregunta la teniente.

—Unos cuatro o cinco meses, desde el comienzo de la temporada. Venimos todos los años con la caravana desde hace por lo menos veinte.— El alemán, marido de los restos que encontraron en el bosque, tiene tan solo un ligero acento.— Y desde que nos jubilamos, estamos casi seis meses aquí cada año.

—¿Puede continuar?

—Claro. Pues íbamos de Sanxenso a Isla Canela, porque nos gusta terminar... nos gustaba terminar el otoño con el calorcito del sur. Paramos un día en Zamora y otro descanso lo íbamos a hacer en un camping de Cabañeros. Estábamos casi al lado, pero quisimos comer en ese paraje en medo del monte. Era muy bonito. Como nos pasamos con el vino, dijimos de hacer noche donde estábamos. Yo me acosté. Ella salió a fumar. No le gustaba fumar estando yo delante, porque logré dejarlo. Scheiße. —Hace una pausa.— No la volví a ver. Al rato, cuando desperté, la busqué... La seguí buscando. —Los ojos se le enrojecen aún más.— Luego, llamé al 112. Verdammt, al día siguiente la encontraron tan cerca... y así...

—Cálmese, tranquilo, tome.

***

—Evaristo, ¿me oye bien?... Es que casi no hay cobertura... ¿Doctor?... Sí ahora le oigo mejor. Son dos preguntas de nada, unos detallejos de la autopsia. ¿Verdad que había mordeduras perimórtem en lo que dejaron los buitres? Ajá, ajá. O sea, que primero fue mordida por pequeños animales, pero heridas que parecen leves, luego le dio el infarto, fue comida de los mismos animales y, por último, fue devorada por los buitres, hasta que la encontró la pareja de guardias, claro. Sí, le oigo. Sí, eso es, que es posible que fuese perseguida y corriese hasta morir. Pero, un momento, Cifu, dame que apunto, sí, doctor, ¿qué animales la persiguieron?

»Ya sé que con los pocos restos no es fiable su suposición y que por eso no lo ha puesto en el informe. ¿Lo he dicho bien? ¿Quiere que lo grabe? ¡Jajaja!, no sea así doctor, en serio, ¿podría consultar a su colega? Tenemos sólo dos días. O, espere: ¡ya lo ha hecho!, jajaja, qué cuco es usted.

»¿Comadrejas, hurones, ratas, jinetas... y qué más? ¿Y dice que estos animales ni atacan a otros mayores que ellos ni persiguen en campo abierto? ¡Cifu, baja la radio! Vale, si tengo alguna duda más lo llamo. Que sí, que le llevo una orza con un lomo de «venao».

***

—¡«Susórdenes», mi teniente!

Un cabo y tres guardias motorizados del Seprona: es lo que hay disponible para el caso. Lo bueno es que todos llevan tiempo por la zona. Conocen el terreno, y a las gentes.

—Vamos a ver, dos con el brigada Cifuentes, a buscar posibles testigos entre los furtivos conocidos. Ya sabéis, presión y complicidad, a ver si podemos sacar algo. Otros dos, a seguir el recorrido de la alemana, desde la caravana hasta donde cayó: ruta, huellas, restos, en fin, todo lo que veáis que llame la atención. Yo me voy a la carretera y a las gasolineras, que éstos iban medio «pallá», lo mismo pararon en alguna y no lo recuerda el hombre. ¿Dónde nos podemos ver después?

—Mi teniente, en el pueblo hay un bar en el que comemos a veces. Se llama «El perdigón», pero pregunte por anca Ulo. Eulogio, «Ulo», es el dueño.

***

La teniente termina pronto. Aparca el todoterreno en la misma plaza enfrente del ayuntamiento, porque la calle del bar no da más que para un peatón. Entra. Lo primero que percibe, tras acostumbrarse a la penumbra y al olor a rancio, es una barra que va desde la pared izquierda hasta apenas un metro de la derecha y que se pierde por el fondo. El estante superior está cubierto con muestras de munición de todo tipo y con botellas polvorientas. Lo segundo, varias cabezas que la evalúan como mujer. Se acerca a la barra y pide un café, para la espera. Se le aproxima un palillo que sostiene a un gordo calvo, aliñado con una camisa pegajosa a cuadros y un escote lleno de pelarzas grasientas. Éste rozna:

—Qué, guapa, ¿de paseo por aquí?

—¿«Ánde tas dejao» la Montesa?, hajiajajia. —Cuando mira hacia la risa imbécil primero ve una rebeca verde con un pantalón de pana marrón y una gorra de color indefinido, desnudándola con la vista; detrás hay joven chepado, que estaba viendo la tele del fondo y se ha vuelto hacia ella. La salivación en exceso, el constante abrir y cerrar la boca de dientes blanquísimos acompañados de restos de comida, la mirada concentrada y una pronunciada escafocefalia confirman la sospecha que le despertó la voz chillona. Mira a ese jersey rojo. Primero sonríe y luego transforma el semblante de forma repentina. Deja la gorra, se apoya en la barra y, con la voz en un susurro, dice:

—Si os gusta el cachondeo, podemos jugar. Te detengo por agresión y te caen un par de años. Verás cómo nos reímos todos.

La expresión de los tres cambia. El cretino masticador disimula y se vuelve de nuevo a la tele. El de la rebeca verde levanta la gorra, agacha la cabeza y se concentra en su palomita. El camarero se atreve a hablar:

—Teniente, si aquí la Benemérita es sagrada. Lo que usted quiera, que está convidada.

Ella suspira y se fija unos animales disecados que la umbría inicial no le ha dejado ver: una testera de ciervo, una cabeza de jabalí, una culebra devorando a una ardilla, un turón y una comadreja que parecen acechar a una perdiz con sus perdigones.

—¿Quién se dedica aquí a esto? —preguntó mientras señala al grupo y a otros animales disecados que habitan la pared.

—Desiderio, el electricista. Vive enfrente de la entrada a la finca del «Tocón quemado». ¿Le pongo un 501 con el descafeinado?

***

Llega hasta la dehesa indicada, que queda a su izquierda. A la derecha, algo más delante, hay una subida que, entre alcornoques, parece llevar a una casa frente a la que hay varios coches. Esquiva unos pocos de ellos hasta la puerta. Ha pasado delante de un Dyan 6 furgoneta, una Avia, un Seat Ritmo, todos restaurados. Le llama la atención un vehículo fantástico, casi una escultura, un 4L hibridado con una Mercedes Benz.

Al apearse, oye los silbidos de mirlos y el piar de los gorriones. Ve la primera lavandera de la temporada. El aire huele a jara mojada. Pero todos los sonidos están a unos metros del edificio, como si éste estuviese inmerso en una especie de burbuja. Ni siquiera crujidos o zumbidos de insectos. Le quita la presilla a la funda del arma.

—¿Desiderio? ¡Guardia Civil!

Atraviesa un portón abierto que da a un garaje, en el que hay un 850 Spider con el capó levantado y un textil protector puesto encima. En contra de lo esperado, el local está limpio y bien iluminado. Pasa a la siguiente habitación. Parece la continuación: un taller, éste eléctrico, también ordenado y luminoso, a pesar de lo antiguo del edificio y de que se nota la habitación ha sido adaptada a otro uso. Al fondo hay una cristalera enorme a través de la cual se ven varias estanterías hasta arriba de libros. Se acerca y distingue volúmenes de cosmología, tratados de mecánica o libros de matemáticas. En un escritorio lee lo que parece un borrador impreso con notas de corrección a lápiz rojo: «Pérdidas exergéticas en acumulación solar mixta». ¿Qué narices es eso?

Por fin, oye un ruido cerca; saca el arma. Se asoma por un ventanal a un patio donde hay un pollo con la cabeza ensangrentada, la lengua colgando a un lado y que anda dando vueltas, como incapaz de caminar recto. Hay otro ruido, esta vez fuera, cruza la habitación y se asoma al otro ventanal. Una furgoneta con un rótulo comercial ha aparcado junto a su coche. Se apea un hombre de edad madura, que lleva un chaleco cortavientos caqui sobre un mono partido de azulina. El hombre agarra una bolsa de herramientas y un paquete medio desenvuelto en papel kraft.

—¿Jefe?, ¿por dónde anda? —vocea él al entrar. La teniente guarda el arma y responde:

—Teniente Olmedo, Guardia Civil.

—¡Ah, hola, buenos días! Un momento que dejo esto. Bueno, ya está. —Él le tiende la mano.— Yo soy Desi. Usted dirá.

—Pues que estamos investigando lo de la alemana.

—¡Ah, sí! Bueno, es la comidilla. ¿En qué puedo ayudar?

—La verdad, no lo tengo claro. Verá, he visto los animales disecados en la taberna de...

— Del Ulo.

—Eso es, y, como la señora fue medio comida por animales similares, pensé que podría informarme sobre cómo los consigue, o sus costumbres; en fin, cualquier cosa que pueda aportar. —En ese momento, el pollo desvaído cloqueó.— Por cierto, ¿qué le pasa al pollo?

—¿Ya ha conocido a Faustino? Nada, que el cartero lo atropelló con la moto, y como también hago de veterinario aficionado, me lo trajeron. Pero tiene poca solución. ¿Dice que quiere saber sobre la taxidermia? Pase, pase al quirófano.

Atraviesan la librería que había visto y llegan a una pequeña habitación aún más limpia y ordenada que las anteriores. Está cubierta de baldosines aguamarina y tiene varios muebles de acero inoxidable.

—Éste es mi pequeño taller de taxidermia y quirófano de veterinaria.

—Usted es entonces electricista, mecánico, taxidermista, veterinario y ¿cuántas cosas más?

—Bueno, es que aquí se hace de todo. Es éste un pueblo pequeño —dice Desiderio a la vez que se acomoda; se le notan ganas de hablar—. Yo era ingeniero hasta que me separé. Lo mandé todo a hacer puñetas y me vine a la casa de mis padres. Él, mi padre, si era veterinario de verdad. Suyos son la mayoría de esos libros de ahí —señala una estantería algo baja, de madera pintada de negro—. Ya ve, ahora, ingeniero y veterinario. Y, bueno, taxidermista aficionado a los coches.

Claro que sí, y sociópata compulsivo, artista o, simplemente, aburrido. A darle un poquito de cuerda, por si se pesca algo.

—Pero su actividad es un poco ¿estocástica?

—Bueno, no tanto. En realidad, todo eso tiene algo en común.

—Claro, por eso arregla coches y pollos.

—Jajaja, no. Los coches me encantan, me gusta darles vida. Bueno, como a todo.

—Incluso ese implante de coche raro de ahí fuera.

—Sí, lo que no se consigue con uno solo hay que hacerlo con dos. Y no es sencillo, porque trato de conservar todo lo posible: ése tiene dos motores, dos sistemas eléctricos, dirección doble y hay que hacerlos funcionar juntos.

—¿Y el pollo?

—Bueno, valdrá para «piezas». En la taxidermia, hay cosas que ya han quedado obsoletas, como los ojos artificiales. Yo prefiero solidificar con resina los naturales. Quedan más expresivos

—Y los animales que le traen para disecar, que es a lo que venimos, ¿de dónde los sacan?

—Bueno, normalmente son de tramperos. Ilegales, por supuesto. Y, como ve, la mesa es pequeña. Son siempre alimañas que saquean gallineros, conejeras o palomares. La gente llama al trampero, y después me traen al bicho para tenerlo de recuerdo. O para deshacerse de ellos de forma disimulada; me lo encasquetan. Los mayores son zorros. A mí me gustaría hacer algo más grande aún. Por ejemplo, ahora, en la berrea, un buen ciervo pero, ¿sabe?, lo más que puedo disecar es la cabeza. Los cuerpos se venden a los restaurantes.

—¿Qué podrían tener que ver esas alimañas con el caso de la alemana? Quiero decir, me han comentado que los animales tuvieron un comportamiento un poco raro.

—Pues no lo sé. Ya digo que últimamente estoy buscando hacer una gran pieza y tengo un poco apartadas a las pequeñas. Bueno, quien dice una gran pieza, dice dos, o hibridar algo, como el coche de fuera. En el fondo, ya le he dicho, me gusta darles vida.

—Todo esto debe darle mucho dinero, ¿no? Todos estos equipos parecen caros.

—Y, bueno, muchos los he hecho yo. ¿Ve ése? Un reanimador eléctrico. Y ése cajón de ahí lo voy a probar con el pollo. Es un invento, crea dos campos, uno eléctrico y otro magnético, que pulsan con frecuencias de resonancia del cerebro, incluso un tiempo después de muerto. Y acérquese a ver éste, es un aturdidor eléctrico.

***

La luna está gibosa creciente. El olor de la noche es ya aroma de frío, de otoño avanzado, de brisas gélidas al amanecer y de relentes nocturnos. La luz selenita alumbra la carrera de una cierva por el monte. Sus pezuñas hendidas están aprendiendo dónde pisar, dónde apoyarse para saltar. La siguen unos extraños animales de ojos extraviados. Zorros, garduñas, gatos y otros que parecen llevar el cuello hundido por un lazo, una pata aplastada por un cepo o las dos manos sustituidas por las de otro animal. Miradas perdidas, carreras poco certeras pero siempre, incansables, detrás de la cierva. Llegan a las hoces del río. La galopada termina en lo alto del precipicio. Los animales la rodean. La admiran. Ella levanta las dos patas delanteras, abre los brazos y deja que los pechos desnudos reciban la luz de la luna. Es una nueva vida, un nuevo centauro, ¿ginélafos?. La ex teniente Olmedo vuelve grupas y dirige a su rebaño en busca de alimento.

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Otro más, éste un tanto más jocoso:

 

Colesterol y almorranas

El protagonista es el sargento Millares. En realidad se llamaba Alfonso Miralles Benítez, oriundo de un pueblecito de Cáceres fronterizo con Portugal, y se había jubilado como cabo mayor de la Guardia Civil en un cuartel de la serranía madrileña donde había ejercido como suboficial durante casi treinta años. El sobrenombre «sargento Millares» se lo había endilgado un número, cachondo y orondo él, compañero durante un par de décadas hasta que un cáncer de colon hizo lo que no habían logrado los contrabandistas y los camellos, un proxeneta con un hacha, varios políticos y dos suegras.

Antonio Zafra, «el zapico», gitano de raigambre, compañero de paseos por la plaza del sargento, se lo encontró a la entrada de la consulta del SERMAS:

—Sargento, buenos días.

—Que los tenga usted. ¿A recetas?

—A recetas vengo.

—¿Y la Manuela?

—En casa se quedó. ¿Y la Urbi?

El sargento se quedó pensativo. Fue suficiente. El zapico pensó en la Urbi y en el Alzheimer y en la residencia y en las recompensas que nos da la vida. ¿Para qué decir ni media?

Un mozo joven en chándal se paseaba algo inquieto por delante del pasillo de consulta y les interrumpió la conversación.

—Zapi, ¿no tendrás el número del Fulgencio?

Ambos se pararon sobre sus bastones. El zapico se lo cambió de mano y sacó el móvil de teclas grandes. Tras una pequeña conversación a voces sobre temas casi banales, se dirigieron al mostrador de citas.

—¿Quién es el último?¿Da usted la vez? —El sargento se dirigió a un señor de chaqueta con aspecto intermedio entre ejecutivo y profesor «progre»; en el tiempo en el que éste apartó el «ABC», se dignó quitarse las gafas de ver e intentó contestar, una señora de chándal de cintura para abajo —excepto los zapatos con cuña— y de jersey de cuello para arriba, incluyendo medallita de alguna virgen – santo – mártir, por supuesto en oro, se les puso por delante. Leches, les habían jodido por lo menos tres minutos.

 

—¿Vamos al del Teles? —Se refería al famosísimo bar «La Barrica», churrería de prestigio al lado del consultorio, regentado por el hijo del Telesforo.

—No, Zapi, que me ha subido el colesterol y los tallos no van bien.

—¡Anda ya! —que dijo el Ginés, albañil prejubilado que se les había unido a la salida, y que, a pesar de su baja laboral, seguía vistiendo siempre un mono de trabajo.— Si me dices que te han quitado los tallos del Teles es que estás para morirte. Venga, vámonos «pal» banco.

—No, en vez de al de piedra, nos vamos a ése de madera con el huequecillo. Es que estoy con las almorranas.

—¡Joooooooder! —dijo el Ginés— Nos vas a quitar de ver la cafetería de las chicas. — El Ginés se refería a la cafetería de nueva onda a la que acudían las jóvenes desocupadas que habían resuelto su futuro aferrándose a la dependencia y que, desde luego, se cuidaban lo suficiente como para llamar la atención de los jubilados a la hora del sol en el banco de piedra.

—Si es que uno se va haciendo un inútil con los años. Zapico ¿qué pasa con el Fulgencio?

En aquel momento apareció el todoterreno de los municipales, de donde se bajó la Engracia:

> Nombre : Engracia Henares
> Edad : 33
> Cargo : Jefe de la policía local
> Alias : La capitana
> Nombre clave : Fulgencio
> Notas : Más que capacitada y perspicaz. Ha dado lugar por su inteligencia y carácter a varios dichos como «¡Vas a saber tú más que el Fulgencio!» o «No le toques los pelos al Fulgencio».

Tremenda mujer, suboficial de los «munipas», nada más bajarse del todoterreno, fue saludada por los tres protagonistas, en especial por el sargento, que le hizo una seña con el bastón. La «capitana» despidió al chófer y se dirigió a la entrada del centro de salud. Con disimulo y pasando al lado de cada persona que entraba o salía, Miralles le marcó al carterista.

Entonces Fulgencio entró para disimular y dejar actuar. No parecería extraño que los municipales acudiesen al centro por cualquier motivo.

En menos de cinco minutos, el señor de periódico y chaqueta estaba esposado en el suelo.

El joven de chándal caminaba apurado hacia la única salida del parquecito que rodeaba el consultorio, y que pasaba al lado del banco de los tres jubilados.

El sargento mantenía el bastón sujeto de una manera un tanto extraña. Con la mano derecha sujetaba el pomo, con la izquierda, el medio del bastón, en realidad era con la que hacía fuerza. Simulaba tener la cabeza apoyada en el bastón con todo el cuerpo echado hacia delante y los pies avanzados.

Cuando el joven del chándal pasó, indefectiblemente, a su lado dejándolos a la izquierda, el sargento comenzó a moverse. Levantó un poco la punta del bastón y manteniendo un movimiento circular en sentido horario, empujó sin casi esfuerzo, el pie izquierdo, retornando el bastón al punto de partida. como si no hubiese pasado nada.

El empeine del pie izquierdo del joven chocó con el tobillo derecho y el interfecto cayó de boca, porque además apretaba con las manos algo valioso. No reaccionó con la suficiente rapidez por el golpe que le hacía sangrar toda la cara y porque al levantarse se encontró con tres jubilados ayudándole y aleccionándole:

—Dame la mano, ¡si es que vais como locos! …

—¿Pero dónde ibas muchacho? Hoy en día no hay respeto…

—¡Como lo de antiguamente no hay nada! Agárrate aquí, hombre de dios…

Otro munipa apareció de la nada y, además de esposarle, recuperó la cartera que el de la chaqueta había chorado a la Gertrudis, que ni se había dado cuenta, pero que ahora voceaba como conejo «acollejao».

—¡Qué cabrón! —dijo el Andrés, comprendiendo. —¿Ahora sí vamos a por tallos?

Los tres iban soñando el momento en que la capitana, moza de indudable talento y buen ver, viniese a interrogarlos.

—Venga, vamos —replicó el zapico.— ¡Con que colesterol y almorranas!

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Un curioso experimentos con trampas en dos capítulos y el anexo de las soluciones a los enigmas:

La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (I de II)

El gato de Andrés Rodríguez se paseaba ampuloso, pagado de sí mismo, voluminoso, casi suculento, por la escueta casilla. Ésta olía a humo añejo y estaba presidida por una chimenea que flanqueaban dos poyos y a cuyo jefe se tendía una viga que sostenía unos anaqueles de obra. El interrogado, más espatarrado que sentado, se hallaba frente a mí en el poyo alejado de la puerta, atendiendo a los avances de unas migas que se pergeñaban en una sartén de tres patas cuyo culo era acariciado por las suaves llamas de un par de cepas. Antes de contestar a mis preguntas se marcó un solo de bota y gañote, se limpió con el antebrazo, parte en la camisa, parte en su piel, y, por fin, quiso mirar al poyo de la puerta, donde estaba situado un servidor.

—Mire usted, mi capitán…

—Sólo soy cabo. Y me puede llamar Ochoa.

—Sí, señor Ochoa. Es que me parece usted muy serio.

—Los hechos son severos, sí.

—Y él mismo es severo —dijo el número que me hacía pareja y que se apoyaba en el quicio de la puerta.

—Pues verá usted, señor Ochoa, el caso es que los gemelos de María, la «Curia», que le dicen así por ser sobrina del párroco, que fue la que descubrió la radio que había escondido el abuelo en el pajar para no gastar «pelétrica»… ¿Por dónde iba?

—Por los gemelos.

—¡Ah, sí!, que estaban haciendo no sé qué experimento o pitoflautas que les había explicado el maestro, don Quevedo, hijo de la de Torres, que también fue maestra…

—Por los gemelos.

—Eso, eso, que estaban en el gallinero María «del Haba» persiguiendo pollos. Ya sabe, esa señora de la casilla de ahí abajo, la que se pasa todo el día preparando el baño. El caso es que llevaban unos días apareciendo restos de pollos muertos, que se achacan a una comadreja o un turón que se ve que se ha colado. Pero para mí que eran los chavales, que vaya usted a saber lo que estaban cavilando.

—Sí, pero los gemelos han desaparecido. ¿Sabe o no sabe dónde están?

—¡Arrea! ¡«Vayausté» a saber! ¡Menudo par de ellos!

Al salir de la casilla buscamos a nuestra diestra un pequeño sendero arañado en el suelo calizo por las marcas de las ruedas de los vehículos. El número escoge el derecho y yo el izquierdo. El gato de Andrés Rodríguez, con pompa y boato, decide marchar justo por el montículo central de tierna hierba y con algún bocado en forma de insecto que llevarse a esa tinaja que tiene por estómago, silo de nunca acabar. Debe ser que nos cogió cariño el animalito para acompañarnos con tanta devoción en nuestras pesquisas.

—Mire mi cabo, allí está. —El número me señalaba a una persona, como a quince pasos, apoyado en una fuente al final del camino.— He quedado con Juan Rodríguez en el abrevadero, el de Aguilera, que traía todos los años los calendarios de Salamanca cuando volvía de pastorear…

—…et tu quoque Brute fili mi!

—¡«Tó», mi cabo! ¿También sabe latinajos?

—Poco, que hace mucho que me hice el BUP. «Cucha», el gato, por ejemplo, es félix.

Rodríguez, de la fuente, extrajo una botella puesta a refrescar y atalajada con un cordaje de esparto para poder recuperarla y mantenerla húmeda y fresca. Pero por la cantidad de líquido que desapareció de la panza de vidrio, diríase que no era necesaria tal parafernalia enfriadora sino es para sólo unos instantes.

Nos saludó, y siguió, navaja en mano, con una colación que se traía a base de pan y una longaniza de la que ya quedaba poco. Y de quedar poco, la botella ya parecía una de Klein, en la que el interior y el exterior podrían considerarse lo mismo, del último trago que se apretó. El gato de Andrés Rodríguez, que había andurreado un tanto estocásticamente, quizá debido a algún hongo encontrado en la humedad de finales de otoño, pareció despejarse al notar que podría echarle la zarpa a un resto de salchichón de tripa gorda.

—¿Qué pasa, señor Juan? ¿Cómo andamos? —dijo solícito el número.

—Tirando vamos, que se note que vamos «sobraos».

—Nada, aquí el cabo y yo mismo que andamos detrás de los gemelos. A ver si nos puede decir usted algo.

—«Ná», poca cosa, que me choraron el «arradio» del «tranlstor» viejo. Pero no les haga malos usted, es que son de no parar. Luego, si te tienen que echar una mano a echar mieses al pajar, allí que los tienes. Hacía años que tenía el «tranlstor» «embozao» en la era.

—¿Y cuándo fue eso?

—Hará como dos días, cuarta arriba o abajo. —Se había metido cuatro dedos bajo la boina para rascarse la frente, despejada por genética o por exceso de prurito, y al sacar la mano, la funda volvió a quedar colocada con precisión nanométrica.

—El tiempo que hace que aparecen pollos muertos…

De pie, entrabierto de piernas, con la mano izquierda en el sobaco derecho y la diestra sujetándome la barbilla, reflexioné.

El gato de Andrés Rodríguez miraba al señor Juan como se miraría dios dadivoso. El gato ocupaba un volumen de por si notable del universo; cuando sacó la lengua del tamaño de un pulgar para lijarse la nariz y la pata derecha —sin perder de vista las manos del señor Juan— quedaba justificado que si todos sus complementos tenían ese tamaño, el estuche había de ser de las dimensiones adecuadas.

—¿Y el maestro? ¿Dónde estará ahora?

—Siendo domingo, en la taberna del «Celes» —contestaron a dúo.

—¿El «Celes»? —en mala hora se me ocurrió preguntar.

—Mi cabo, un ex convicto de traficar con hierba. José Celestino hizo mutis hace años con un buen alijo, pero ya se reformó y heredó la taberna de su tío, que su padre fue más sinvergüenza que él y no tenía ni oficio ni beneficio…

Levanté la mano para parar la verborrea, casi vómito dialéctico, del número. Él, que en los pocos días que yo llevaba allí destinado ya parecía conocerme, calló de inmediato.

El gato de Andrés Rodríguez por fin pudo atrapar un cordel con un pico de grasa, pimentón y tripa arrojado por el señor Juan. La pinta del deshecho era la de un ratón de campo cianótico. Y una vez más, en la Naturaleza, se produce la lucha entre múridos y félidos.

—Bien, pues hablemos con el maestro.
El número se entretuvo despidiéndose saludando a toda la parentela del señor Juan. Yo permanecía en pie bajo las dos gotillas que molestaban más que mojaban, con los brazos en jarra. El gato de Andrés Rodríguez, satisfecho, de momento, a modo de «clronclreta» se rebozaba girando su redondez por el suelo empedrado frente al abrevadero. Pero tan apacible momento desapareció por la brutalidad de una voz contundente, chillona:

—¡Que han aparecido! ¡Que han aparecido!

El cuerpo asociado a ese sonido tan desagradable surgió pataleando el suelo desde el otro camino que llegaba a la fuente de tres caños. Un montón de pana gris, garrote de pastor y boina sujeta por una mano trotaba como cabra montesa sin parar de vocear. Detrás, lo que parecía una mujer envuelta en paños negros de eterno luto y que, a pesar de la velocidad que desarrollaba, pude identificar como a mi reumática casera. Cuando llegaron a nuestra altura, comenzaron las explicaciones:

—«Señol» cabo, que ya han aparecido, que me ha «mandao» mi «mama» que se lo diga.

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

—¡Que se llama señor Ochoa!

—Da igual, da igual. ¿Qué o quiénes han aparecido?

—¡Los gemelos, «señol» Ochoa!

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

—¡Que dejes que termine de hablar el señor cabo, releñe!

El mozo, ya casi pasado de quintas, pastorcillo hijo de mi casera, era un poco corto de entendederas, pero pudiera ser que fuese de recibir tantos golpes en tan castigado cerebro. O por sus excesivos romances con las ovejas que corrían menos que él. O por ambas cosas. El caso es que todos los presentes me miraron con curiosidad, como si mis órdenes fuesen determinantes para que el mundo siguiese girando sólo. El mismo gato de Andrés Rodríguez me miraba con los enormes ojos de un autillo, curiosos e imperativos a la vez. Y caí en su celada:

—¡Vamos a casa de María «del Haba»

 

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

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torpeyvago
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La exótica paradoja del gallo de la Emenancia (II de II)

Durante el camino que hice, más acompañado que el patrón del pueblo el día de la fiesta mayor, el zagal siguió recibiendo esas especiales muestras de cariño de su madre:

—Como cuando esté «aviao» el pote hoy no estés en casa y tenga que comer sola, te enteras, vas a ver las estrellas…

—No, «mama», no comas sola, que no quiero ver las estrellas.

¡Zaca! Pescozón de mi casera al zagal.

Cuando la procesión formada por cuantos momentos antes estábamos en el abrevadero, incluyendo a cierto felino orondo que seguía olismeando todos los posibles escondites de cosas jugosas pero sin perder la dignidad de su paso y de su peso, pareció llegar a su destino, dicho felino aceleró el paso. Ramoneando, ramoneando, llevó sus acolchadas pezuñas al umbral de la casa de María.

Allí, en la misma puerta, dos chavales vestidos de pantalón corto y con sendos petates a la espalda, departían con María y con un señor de traje de lana fuerte caqui, tocado de sombrero de ala corta de fieltro verde y un bastón bastante historiado para lo que se ve por estos lares. Mi número me evitó la pregunta:

—Mire usted, mi cabo, el maestro también está.

El gato de Andrés Rodríguez, en un alarde de conocimiento astronómico, se hizo agujero negro capaz de tragar todo lo que se le presentase. Pero en vez de esperar a atrapar algún cuerpo celeste, prefirió ser él mismo quien orbitase aquel cúmulo aviar, decenas de aves de varios colores y tamaños, con los que calculó que, a uno por hora, podría pasar lo que quedaba de mañana y quizá la tarde. Pero la curiosidad atrajo su trayectoria orbital hacia donde comenzábamos a departir. Llegó, vio y se sentó.

—Bueno, venga, contadle a este señor la que habéis liado —dijo la madre.

—Dadle lo que tenéis en las mochilas —intervino, más suave, el maestro.

—Sí, a ver que llevan ustedes ahí —terció el número.

—Es que… —comenzó a decir uno de los hermanos.

—¡Ni es que ni leches! ¡Que no tenemos todo el calendario para vosotros! ¡Abran el zacuto!

—Tranquilos, tranquilos —dije yo,— pero contadnos todo. A ver, lo primero, qué es eso del experimento.

—Pues verá usted, que aquí Cajal y yo decidimos hacer la prueba que nos propuso el señor profesor en clase. El experimento de la partícula, el gato y el veneno.

El gato de Andrés Rodríguez se puso de pie, arqueó el lomo —o lo intentó— puso los pelos de punta, aumentando su volumen de manera alarmante por la cantidad de oxígeno que desplazó, y bufó amenazante. Al darse cuenta de que había perdido su dignidad, volvió a su postura normal, entrecerró los ojos y con toda la pompa que fue capaz de reunir, y eso es mucha pompa, se dio media vuelta y nos mostró su trasero, levantando la cola y un algo las caderas. Quedó claro lo que pensaba de estos muchachos.

—Y Ramón y yo nos pusimos a ello. Empezamos con desmontar el «arradiocasete» del tío Juan. Con unas bobinas, el relleno de un condensador, la cinta del Fary y poco más montamos un «separador de átomos».

—Sí, algo como para que les del el premio Nobel, o alguno de verdadero prestigio, a estos muchachos —dijo el maestro con verdadero y regio orgullo y satisfacción.

—Cajal y yo cogimos prestados unos tubos de plomo y el antiguo pararrayos de la sacristía, ese que escondió el alcalde porque le iba a costar los cuartos que se supiese que existía por ser radioactivo.

—Y entonces Ramón y yo preparamos el equipo para que seleccionase un sólo átomo de radio 226 y esperar su decaimiento en mil seiscientos segundos.

—¡Almas cándidas! —intervino otra vez el maestro— ¡Años! ¡Mil seiscientos años!, no segundos. Además es muy peligroso por la radiación, ya os lo dije.

—Es que le colocamos una pedazo de caja de plomo lo primero. Y bueno, da igual. Porque nos falló la parte del bicho. Cajal pensó que el gato de Andrés Rodríguez no iba a querer participar por las buenas. Así es que buscamos una alternativa.

El susodicho estiró las patas hacia adelante y cargó todo su volumen hacia atrás, en un extraño movimiento parecido al de los seudópodos de las amebas, tal era su untuosidad, cerró los ojos, volvió las orejas. Cuando hubo terminado de estirarse, recuperó la posición inicial, bien sentado, abrió la boca, cerró los ojos de nuevo y después sacó la lengua y se volvió a lijar los morros. Como si el asunto no tuviese que ver con él.

—Y pensamos en el gallinero de la «mama». Cajal tuvo una buena idea.

No sabría cómo describir la cara de la madre abrumada por dos niños inteligentes y con iniciativa pero que día tras día, travesura tras travesura, le traen a casa problemas, responsabilidades y cargos que asumir. Orgullo, enfado, presunción, ganas de darles una colleja y un premio. Los brazos debajo de las exiguas tetas, abrazando una rebequilla verde sin abrochar, el mandil cogido de cintura para abajo, medias de lana visibles desde la canilla y unas alpargatas que ya hacía semanas que debería haber cambiado por el frío y que tocaban rítmicamente el suelo. El gesto algo torcido, y la lengua mordida, de momento, para no soltar un exabrupto delante de la mitad del pueblo.

Digo que la alpargata sacudía con cierto ritmillo de seguidillas el piso. Pero el gato de Andrés Rodríguez no pillaba la alusión. Era un gato de pocos bailes. Más aún, aprovechó para tumbarse repatingado de manera bastante obscena.

—Cazamos una comadreja y Ramón y yo la usamos para disimular el destino de los pollos que le cogíamos. Porque teníamos un problema con la parte del veneno. —El chico me pasó esa mochila, donde al abrirla me encontré con la cara de pícaro sinvergüenza robacarteras que intenta dar lástima de una preciosa comadreja bien cebada. Le pasé la mochila al número.

—Y es que pensamos que el experimento requería la muerte inmediata del bicho tras el decaimiento de la partícula. Pero si lo envenenas, la muerte tarda un tiempo más que apreciable respecto del que suponíamos de vida media de la partícula, variando la probabilidad estimada. Por eso es por lo que Cajal y yo ideamos la defunción mecánica: golpe contundente. Y el primer pollo cayó así. Luego, se lo dejamos a la comadreja, la «Elena», más eras que plantíos tuvimos que andar para cazarla, para disimular. —El chaval también me pasó su mochila, ésta mucho más pesada, en la que atisbé un contenedor de plomo del tamaño de una botella de vino, y una serie de piezas de latón elaboradas a mano. Unos artistas, sí señor.

—La segunda idea fue la de decapitación, por eso Ramón y yo montamos el equipo y lo volvimos a probar. Y nos costó dos pollos que le pasamos a «Elena». Ya la pobrecita estaba que no podía más.

—Así es que decidimos que no podíamos seguir con el gallinero de la «mama» para lo que sería el experimento definitivo: la electrocución. Por eso Cajal y yo nos fuimos a por el gallo de la Emenancia.

El gato de Andrés Rodríguez se sobresaltó al oír el nombre de su archienemigo, única entidad viva capaz de hacerle frente. Ni el mastín de la Cruz, bestia tremebunda, ni las ratas del vertedero y del muladar eran capaces de atreverse con él. Su oleoso, fangoso cuerpo tembló de miedo y rabia por un momento. Se repuso y tomó actitud de protagonista de espagueti. Levantó un algo el labio por su lado derecho, entrecerró los ojos, con cierta pausa acercó la mano diestra a su cartuchera, escupió, y se colocó el sombrero: sonó música de armónica y de arpa de boca. En realidad, sólo bufó un poco y levantó la pata delantera izquierda.

—Lo encerramos ahí golosinándolo entre Ramón y yo, pero luego se enfadó y no hubo manera de colocar el invento. Nos asustamos y salimos corriendo a escondernos en el sótano, hasta que nos ha encontrado la «mama».

—¿Cuánto hace que está el gallo ahí? —dije yo.

—Casi dos días —dijo uno de los chavales.

—Entonces estará muerto, ¿no? Pues se recoge y listo.

Se miraron unos a otros. ¿Tan bestia era ese gallo que sumía a los congregados en tal silencio?

—Vamos ver —me contestó el maestro,— pasar, puedes pasar, pero que sepas que ahora mismo estás a la vez aquí y en urgencias. Y que cuando abras esa puerta tu intervención será la que decida cuál de los dos estados pasa a ser único.

Quedé indeterminado.

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