Cuaderno encontrado un catorce de diciembre (T)

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Jecholls
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Cuaderno encontrado un catorce de diciembre

(Cuaderno encontrado el 14 de diciembre del 2013, sujetado por el brazo de Sergio Martínez Ramos, su autor)

Tenía siete años cuando ocurrió aquello. Aquello es algo de lo que nunca le he hablado a nadie, ni siquiera ahora que ya han pasado ocho años. Sólo se lo comenté a uno de los psicólogos que me trataron cuando llegó el trauma, pero enseguida me di cuenta que lo mejor sería ocultárselo a todos. A todos, sin excepciones. Hoy lo cuento en esta hoja, libre de miedos y “fantasías”, como apodó aquel hombre en su momento, y deseo alcanzar la última palabra para poder dejar este mundo de una vez por todas. Si alguna vez alguien lee esta libreta, quiero que sepa lo mucho que me ha costado llegar hasta aquí, lo sufrible que han resultado ser para mí todos estos años de adolescencia, de colegio, de padres adoptivos, de residencias, de puro dolor. Escribo mientras me asfixio.

Mi madre, que me quería mucho, no paraba de celebrar cada día lo cerca que ya estaba mi cumpleaños. Se acercaba con besos y caricias al alba. Me despertaba con el desayuno en la mesa y me decía cosas dulces. Mi padre trabajaba la mayor parte del tiempo; iba y venía y no había quien le localizase. Ellos discutían por esto muy a menudo, pero el día de mi cumpleaños los dos estarían presentes, y eso para mí valía todo el oro del mundo.  Yo a mi padre le quería tanto como a mi madre, aunque no tuviese tantas fotos con él, aunque no me hubiera dado los mismos abrazos ni hubiéramos tenido tantas conversaciones. Además, me voy de esta vida con la tristeza de no haber llegado a comprender todavía los misterios del amor.

Se celebró el catorce de diciembre, aunque fuese el día diez cuando hacía unos pocos años mi madre me había dado al mundo en un hospital perdido de la mano de Dios. En mi familia solíamos acostumbrar a hacer estas cosas muy a menudo, y yo las aceptaba porque nunca le concedí especial importancia a este tipo de costumbres y fiestas. Coincidía con la Navidad, que tampoco era una época que me agradase. Mi madre decía que era un chico muy raro, que a veces se preguntaba si realmente era el mismo niño que ella dio a luz o si se lo habían suplantado por un alien. En el colegio no hacía las mismas cosas que los chicos, ya sabéis: jugar al fútbol, burlarse de las chicas y de los más débiles, perder algunas clases... A mí me gustaba ir a la iglesia a hablar con el padre Chencho, que a menudo decía cosas que no entendía pero que me parecían contener una grandeza y una sabiduría admirables. “Cosas extrañas”, decían ellos, los que me miraron siempre como a un bicho raro. “Déjate de cosas extrañas”. Al parecer nunca supe cómo hacerlo. Por eso me marcho. El gas todavía no ha llegado a la habitación, pero lo siento cercano.

Hace siete años estábamos todos reunidos en el salón de mi antigua casa, donde vivía entonces con mis padres y mi perrita Linda. Con todos me refiero a mis amigos de aquel entonces (de los cuales ahora sólo conservo uno), a papá y a mamá, a mis tíos, a mis primos, y al abuelo que nos quedaba, el cual anda ahora entre la tierra y el olvido. Era un día de sonrisas y como tal lo recuerdo, hasta la hora de la piñata. Todos hablábamos a la vez y mi tía traía la tarta al tiempo que los otros niños correteaban conmigo o sin mí, de un lado para otro, buscando regalos y algunas chucherías que habían sobrado de la merienda. Había chaquetas por el suelo y envoltorios de regalos por las mesas. Se respiraba eso: infancia. La infancia que perdí cuando abrieron la piñata.

***

–Entonces, Sergio, ¿qué es lo que viste? Vamos, dímelo. Aquí todo quedará entre nosotros, y si tienes algún problema yo te ayudaré a solucionarlo.

El niño escudriñaba la habitación en la que se hallaba como perdido, las paredes donde leía nombres extraños y veía cuadros de pintores que no conocía, y por último, el letrero de Licenciado en Psicología.

–¿Estás ahí?

La mirada concienzuda del hombre parecía querer entrar hasta lo más recóndito del ser de Sergio. El niño se mostraba cabizbajo cuando hablaba, como si tuviera miedo de lo que fuera a salir por su boca.

–Sí. No me gusta hablar de eso.

El hombre, ya mayor y de aspecto algo canoso, carraspeó unos segundos y puso su mano sobre el lomo de un libro que había en la mesa al tiempo que apretaba los labios, mostrándose seguro y con confianza ante su víctima.

–Debes saber que yo no estoy aquí para juzgarte, sólo quiero saber que es lo que viste, qué piensas al respecto, etcétera. Después de eso tomaremos las soluciones… eh, adecuadas, para tratar esto, ¿vale?

Pero Sergio seguía desnortado. Quería ignorarlo todo, deseaba huir, marcharse para siempre y encontrar un mundo donde de nuevo pudiese mirar los rostros de sus padres y no sentirse culpable, y no llorar, y no creer que la vida, la maldita vida, era un simple valle de lágrimas.

***

(Sigue el cuaderno)

Nada más abrir la piñata, una asquerosa y enorme araña aterrizó sobre mis pies. En ese momento no oía los gritos de nadie, ni sentía mi propio miedo; sólo quería huir de ahí sin pensar cómo había podido llegar a ocurrir aquello, cómo podía ninguno de mis invitados haberle visto gracia a aquella “broma”. Todo ocurrió muy rápido. Los plásticos de colores azules y rojos y verdes explotaron como si dentro hubiese una bomba. Cayeron serpentinas al tiempo que una masa de carne negra resbalaba por la última solapa del cartón. Una vez en el suelo, la araña se alzaba hasta casi mis rodillas, y aunque yo fuese una persona pequeñita, ese bicho daba demasiado miedo. Ni siquiera había creído hasta entonces que existieran demonios así en este mundo.

La cosa no acabó ahí. Ojalá lo hubiera hecho. De la piñata comenzaron a caer más cosas. No eran caramelos, ni ningún tipo de golosina ni pequeños regalos. Eran arañas. Diminutas arañas que se agarraron a mis pelos y a mis brazos y que caían del mismo modo al suelo que sobre mis hombros. Arañas peludas y asquerosas que parecían poseer en sus patitas y en sus feas caras a la propia muerte. Negras, muy negras, tan oscuras como un cielo al que le hubiesen arrancado las estrellas y la luna. Comencé a volverme loco: el crujido milimétrico de sus pies casi invisibles apoyándose en mi carne, el arrastre y las caminatas y el descenso continuo de aquellos bichos hacia mi cuerpo, invadiéndome. Todo era una locura muy real.

Cerré y abrí los ojos y seguían ahí. No podía moverme. La araña gigante seguía en mis pies, como si estuvieran dispuestas entre todas a enterrarme vivo. Pude vislumbrar en la mesa el cuchillo con el que habíamos cortado la tarta, cercano, muy cercano a mi brazo.

***

–Yo sólo quería matar las arañas. Quería…– Sergio comenzó a tartamudear y unas lágrimas se asomaron a sus ojos–. ¡Las arañas!

El psicólogo comprendía que el tormento de aquel niño era real, que Sergio no había matado a sus padres porque les guardara ningún rencor o estuvieran a punto de divorciarse, sino que había algo más, algo que su mente había creado y que él firmemente, pensaba, no existía.

–Estoy seguro de ello. A ver, Sergio, eres consciente de que los demás chicos, amigos tuyos que estaban ahí, dicen que no hubo ninguna araña, ¿no?– el niño asintió–.  Entonces, cuando viste la sangre de tus padres, ¿qué pensaste, que habías matado a esas arañas?

La mirada del niño ahora era más clara que nunca. Contenía odio, odio y asco. Sergio comenzó a notar, aun siendo tan joven y teniendo tan poca experiencia, que lo único que aquel hombre deseaba era encontrar un motivo para tildarlo de loco. Porque él sabía que aquello que había visto no era muy normal. No lo era. Sergio se levantó de la silla y salió corriendo.

***

(Sigue el cuaderno)

El acto de coger el cuchillo e incrustarlo en aquella masa uniforme de negrura y silencio fue algo sencillo. Pero luego la sangre… La sangre lo comenzó a llenar todo: el suelo, el sofá, las telas, mi camiseta. Se había abalanzado sobre mi madre y tenía que salvarla. ¡La iba a matar! Cogí el cuchillo y lo hundí repetidas veces a sangre fría contra el inmundo demonio, con fuerza, retorciéndolo una vez estaba dentro para asegurarme de que ninguna de las personas que amaba estuviera en peligro. Pisé las losas asegurándome de que sus miserables arañitas tenían el mismo fin para luego quitarme como pude las que tenía pegadas al cuerpo. Sentí que tenía la cara llena de sangre, pero había sido valiente y mi padre estaría orgulloso de mí.

Mi padre no contestaba. Cuando regresé la mirada al quitarme las arañas de encima, mi padre yacía junto a mi madre como dormido, con los ojos cerrados. Pensé que se habrían desmayado del susto. Yo también me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es que aparecí en un hospital y todos se asomaban a la ventana y me miraban con extrañeza, y que había unos hombres con cámaras al fondo y algunos médicos se peleaban para que no pudieran entrar.

Apenas puedo respirar. En unos segundos esto se ha llenado de gas y humo y toso. Por fin llega el momento. Siento que he explicado la historia tal como fue. Supongo que no pretendía otra cosa.

Las arañas me visitaron desde entonces cada año, el mismo día, a la misma hora, aunque todas las veces fuera con gente y familia distintas. Nunca han dejado de perseguirme, y ahora yo voy a dar fin con ellas. Aunque me hunda aquí mismo. Escribo mientras me asfixio.

***

Los apartados del texto en los que Sergio habla con el Psicólogo han sido escritos por un novelista del lugar donde ocurrió el suceso que, conmocionado también por la tragedia, decidió investigar el caso. Tras largas conversaciones y entrevistas con el profesional que trató al niño, consiguió el material del cuaderno para su propósito. Hoy se lo mostramos aquí, con toda su crudeza. Lo demás pertenece a la letra del chico que con quince años decidió acabar con su vida. El testimonio maldito, desnudo de cualquier tipo de juicio. Que sean los lectores quienes decidan creer o, por el contrario, ser escépticos.

ADN, 20 de Junio de 1988

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Yandros
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El relato tiene la dosis justa de descripción, tensión y explicación.

Me ha atrapado desde el inicio porque la narrativa no es pesada y tosca y no se centra excesivamente en describir parajes tenebrosos, como mucho hacen para ambientar un relato de terror; por el contrario describe vívidamente las sensaciones y temores del protagonista, lo que a mi entender es mucho más complicado de hacer y a la vez mucho más efectista.

Un relato genial

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Jecholls
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A Yandros: pues no sabes cuánto alegra a uno que a otro le atrape tanto y de tal modo algo que ha escrito. Este año tuve poca producción de cuentos, en realidad sólo he escrito dos (ahora ando maquinando otro): uno más lírico-metafórico, y éste, puro terror psicológico. Supongo que contigo conseguí mis propósitos, en vista de tus palabras, así que me llevo hoy otra nueva alegría. Gracias.

A Guy: supuse que una simple reflexión quedaría poco original, incluso hueca. Necesitaba meterle más registros al texto para aumentar su autenticidad y, tal vez, hacerle crecer una pizca de sal, darle tiempo al lector para pensar en otras cosas antes de sumergirse de nuevo en la mente de ese chico de quince años suicida, que es duro. Me alegra que te guste la imagen de las arañas en la piñata, creo que simboliza todos los terrores de un niño. Precisamente debería ser el medio de donde nacen todos los regalos en el día más feliz de un niño, serpentinas, caramelos, golosinas de todo tipo, globos, y lo único que cae son arañas... Creo que es demasiado cruel. Gracias a ti también.

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La lectura que me brinda este texto es espeluznante: yo veo metamorfosis, veo ilusiones chafadas, veo tragedia y te veo a ti, Julián. Quizá no te conozca a la perfección, pero yo he visto aquí cosas biográficas. Mucha suerte con el concurso.

"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo a mí" (Ortega y Gasset)

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LCS
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No sé si es intencionado o yo veo símbolos ocultos en todas partes.

Para mí la ruptura de la piñata, puede significar el paso de la infancia hacia la edad adulta. Como creo que te gusta mucho Cortázar, sería algo parecido a esa patada en el culo que te saca de la acera roñosa de los juegos.

Como todos, cuando hemos roto la piñata hemos descubierto que no sólo caen caramelos, sino también arañas, muchas arañas.

En resumen, me ha parecido un texto muy interesante. Quizá yo habría jugado más con la ambigüedad y no mostrar tan clararmente la salida de que el niño pudiera estar loco.

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