Elvián y el dragón: El dragón cobarde

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Quinta entrega de esta novela de Gandalf

 

Elvián contempló durante largo rato el cuerpo del dragón. Era un enorme dragón alado de color rojo. De las fosas nasales de su hocico salía constantemente un humo negruzco que ascendía hasta el techo de la sala. La parte inferior de su cuerpo era de un color más pálido que el resto de su anatomía, aunque también presentaba un tono rojizo. Sin lugar a dudas, aquel reptil tenía un tamaño muchísimo mayor que el de Gunrug, el dragón culto al que se había enfrentado junto a su amigo Piri. En ese momento dormía, así que Elvián se esforzó por todos los medios para no lanzar un grito de terror. No le convenía que la bestia despertase. Si seguía en ese estado, su tarea sería mucho más sencilla.

Se acercó lentamente, procurando hacer el menor ruido posible. La respiración del monstruo era todavía regular, así que Elvián podía estar tranquilo por el momento. Caminaba de puntillas mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de su espada y aguantaba el aliento. Cuanto más cerca estaba de la bestia, mayores eran sus nervios. De pronto, hubo una alteración en el ritmo respiratorio del monstruo, y fue tanto el susto que se llevó el príncipe que se tiró al suelo, llevándose las manos a la boca para reprimir un grito. El gigantesco reptil carraspeó un poco, masticó y se puso a roncar de nuevo. Elvián esperó un poco antes de levantarse y suspiró después de hacerlo. Todavía estaba a cierta distancia del dragón, y sería una pena que se despertase mientras se acercaba a él. Todavía le parecía un milagro que no lo hubiese hecho con el estruendo que había provocado el golem, cuando este le salió al encuentro. Volvió a andar de puntillas y a contener la respiración.

Cuando faltaban escasos decímetros para llegar junto el monstruo, detuvo el paso y desenvainó la espada. El sudor le caía a raudales de la cara y le daba la impresión que le fallaba el aire. Avanzó entonces con paso firme y dirigió el filo de su arma hacia el hocico de la bestia. Dudó un instante, pero finalmente se decidió a lanzar el tajo definitivo. Desgraciadamente, justo en ese momento el dragón abrió sus ojos y los clavó intensamente en el príncipe. Este quedó paralizado por el miedo, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos de un intenso color rojo. Al principio, el reptil miró a Elvián con furia, pero en cuanto vio los destellos que brotaban del filo de la espada, su expresión cambió. Empezó a gritar, emitiendo un chillido agudo de terror, y batiendo las alas echó a volar por encima del muchacho.

—¡Socorro! —gritaba con una voz aguda que debería haber sonado grave mientras revoloteaba en círculos por la estancia—. ¡Tiene una espada mágica! ¡Este malvado tiene una espada mágica!

—¿Cómo que malvado? —gritó a su vez Elvián, enfadado—. ¿A dónde crees que vas? ¡Baja ahora mismo!

—No caeré en tus trucos, malvado —gruñó el dragón—. Si bajo me apuñalarás con ese ardiente metal mágico. Hagamos un trato: si quieres uno de mis tesoros, cógelo, pero a mí déjame en paz.

—No he venido aquí por tus tesoros —replicó Elvián—. He venido a matarte, y así liberar a Mallowley de tu presencia, y evitar que devores más muchachas. Y deja de llamarme malvado.

—Me parece que estás un poco mal informado, humano —dijo Golganth, algo más tranquilo.

La bestia cortó uno de sus círculos y descendió al suelo, apartándose unos metros del príncipe. Este aprovechó la ocasión para correr hacia el monstruo blandiendo su arma. Ante esto, Golganth volvió a gritar con voz aguda, pero estaba tan asustado que no pudo reaccionar. Cuando vio al muchacho saltando sobre su cabeza para hundir el filo de la espada en su cráneo, cerró los ojos con fuerza. Justo cuando Elvián estaba a punto de atravesar la piel rugosa de la fiera, llegó hasta sus oídos una voz femenina que le instaba a detenerse. Por la impresión, bajó el arma, sin tocar al reptil, y cayó primero sobre su cabeza y luego al suelo, de cabeza. Se levantó, frotándose la coronilla con expresión dolorida y mirando hacia donde había oído la voz. Una muchacha estaba al otro lado de la sala, mirando al príncipe con expresión severa. Elvián abrió la boca para hablar, pero la chica le obligó a callar.

—¡No digas nada! —dijo casi gritando—. ¡Deja en paz a Golganth y vete de aquí! ¿No ves que está aterrorizado?

—¿Quién eres tú? —consiguió decir Elvián tras unos segundos de incredulidad—. ¿Qué haces aquí?

—¿Quién crees que soy? —dijo la chica—. Soy una de las “víctimas” del dragón. Sí, este mismo dragón de aquí, aquel que tú y los tuyos decís que es un malvado monstruo.

—Pero… pero —decía Elvián, sin ser capaz de articular palabra—, entonces, ¿no se os ha comido esta bestia inmunda? ¿Y las otras chicas?

—Ya ves que no se nos ha comido, idiota —escupió la muchacha, cada vez más enfadada—. Y las demás están durmiendo, en la estancia del fondo. ¡Y no le llames bestia inmunda!

Elvián miró a la muchacha, cada vez más confundido. Por un momento pensó que se trataba de un sucio truco de magia del dragón, pero recordó que, pese al inmenso poder de estos reptiles, eran incapaces de utilizar la magia. Siguió contemplando a la chica, con cara de bobo, los ojos abiertos como platos y la boca abierta. Esta le devolvía la mirada, pero había fiereza en sus ojos color miel. El príncipe suspiró y se obligó a sí mismo a observar a Golganth. Vio auténtico miedo en el rostro alargado de la bestia, pero ni una pizca de maldad. Aún con dudas, envainó su espada y se dirigió de nuevo a la mujer.

—Reconozco que esto no me lo esperaba —dijo—. Esto me parece cada vez más surrealista. Entonces, ¿este dragón no es un dragón malvado? ¿Cómo es eso posible?

—Te estoy diciendo que no es malvado —respondió la muchacha—. ¿Tan difícil es de entender una cosa así?

—Me parece que sabes poco de los dragones, joven —dijo Golganth—. Como los humanos y muchas otras especies, hay dragones malvados, pero muchos más que son benévolos. En realidad, los dragones nacieron para servir al bien, y solo a partir de la rebelión del Rey Dragón empezaron a surgir dragones perversos.

—Eso sí lo entiendo —respondió Elvián—. Lo que no comprendo es por qué Rufus dice que eres maligno, por qué quiere que te mate. Y sobre todo por qué no te presentas ante los ciudadanos de Mallowley y les cuentas todo esto.

—Te lo diré. Si no me presento ante los aldeanos es porque soy un cobarde. Sí, lo reconozco, soy un cobarde, aunque no siempre fue así, y tengo un miedo atroz de Rufus. En realidad, el único mal que apareció en Mallowley en los últimos años fue ese maldito de Rufus.

Elvián miró atónito a Golganth. No podía creer en las palabras del dragón. Ese viejo chamán tan amable no podía albergar el mal en su interior. Si así fuera, había conseguido engañarle por completo. No, aquel reptil estaba mintiendo, estaba seguro. Volvió a agarrar la empuñadura de la espada.

—No, estás mintiendo —gruñó, ante lo que la muchacha volvió a ponerse tensa—. Sé que tú antes vivías en una aldea llamada Aldmarsh, y que acabaste con ella por completo, la hiciste arder con tu aliento llameante. Rufus me lo ha contado todo.

—No, joven, no fui yo quien acabo con Aldmarsh —dijo Golganth—. Yo era el dragón protector de Aldmarsh. El único responsable de la destrucción de Aldmarsh es Rufus.

Esta última declaración sentó como una chorro de agua fría en el rostro del príncipe. Durante un momento, fue incapaz de reaccionar. Era tal la palidez que se presentaba en la cara del príncipe, que la muchacha que le miraba con ojos furiosos empezó a compadecerse de él. Después de todo, Elvián no era más que un engañado más por las palabras cargadas de veneno de Rufus. También parecía que Golganth comprendía las motivaciones del príncipe, y sabía que únicamente le movía la bondad. Recuperado del miedo que había sentido previamente, el dragón se incorporó y se decidió a contarle toda la verdad.

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