
Toma carrerilla y catapulta el brazo con fuerza, liberando su furia infantil en aquella piedra que corta el aire y va a estrellarse contra una roca pelada, a más de treinta metros de distancia de la cabeza del monstruo.

Sé que el cuatro de marzo murió mucha gente en el mundo. Gente de esa que se supone importante, aunque a la hora de la verdad, todos seamos iguales. Otra, más anónima, pero que igualmente dejaría dolor tras su partida.

Desperté en una habitación oscura. Tal vez suene muy típico pero me di cuenta, desde aquel momento en el que abrí los ojos, de que no me encontraba en mi cama. De hecho, no yacía envuelto en sábanas ni sobre el blando colchón de mi lecho.

Abrí los ojos a la inmensidad de la oscuridad. Toda sombra de somnolencia cayó de la cama al volverme entre las sábanas y dilatar las negras pupilas ante el vacío cósmico de la habitación.

Estimado, Fabián.
Como ves no he tardado en responder, aunque mentiría si te dijera que lo tengo claro. Supongo que estarás al tanto de mi situación. Este barrio tiene mucho de pueblo.

...una vez en una aldea cualquiera, de aquellas de antaño, desposeídas de electricidad y de agua caliente; más auténtica si era, además, una de esas construidas en plena sierra, bajo el abrigo de un bosque al que se lo tragó el paso de los siglos, dejando en su lugar una calva: solar infernal en verano y quebradiza corteza helada bajo los vientos invernales.

Félix Royo presenta, por medio de ocho piezas postneoclasicas y ocho microrrelatos (evocaciones), una obra basada en el cuento de terror "El niño que bailaba bajo la Luna" de Juan Ángel Laguna Edroso, y en las ilustraciones de Jean Gilbert Capietto.

El viento cambió de pronto de dirección y la embarcación redujo su velocidad.

La mágica tensión que colgaba del aire, próxima a la textura chispeante de un baile de hadas, le provocaba un escalofrío que encendía su piel curtida y oscura, recorriéndole en eléctricos latigazos toda la espalda desde el cuello hasta sus delgadas piernecillas.