
Bueno, pues tras una pausa más o menos larga, retomo las columnas. A ver cuánto dura la cosa, porque temas de los que escribir hay, pero el tiempo no ayuda.

Primero, antes de empezar a dar la tabarra con otra de mis parrafadas, me hacen el favor de poner la música con la que se iniciaba la mítica El Hombre y la Tierra… ¿Ya? Perfecto.

Una reflexión surgida de las brumas del sueño e inspirada, no tengo duda, por las novelas de Manel Loureiro. Hay quien dice que los zombis son los enemigos sin cerebro. A mí se me aparecieron, más bien, como un ecosistema hostil, como un sistema cerrado con sus propias inercias.

Me indigna la estrechez de miras. Justamente todo lo contrario a lo que predica Jodorowsky en su magnífico «Curso acelerado de creatividad», capaz de entender que una persona no está realmente abierta y, por tanto, es sabia, en el momento que no sabe convertirse en cualquier otra persona o cosa, que no sabe empatizarla y, finalmente, aunque no sea esa persona o cosa, no comprende ese otro punto de vista.

Reflexiona acerca de la importancia social del libro y los describe de una forma diferente...

Un artículo sobre esta particular forma de abordar la literatura

Aquéllos que hayan ido leyendo mis artículos se estarán diciendo “ahí va otra vez a despotricar el calavera metiéndose donde no le llaman”, y no les faltará razón, pero creo que, a pesar de todo, sigue siendo necesario hacerlo.

Hablemos de comienzos; de comienzos literarios, claro está.

Pues aquí estamos con otra columna que, al no tener la idea demasiado clara y sin querer dejar nada en el tintero, estaba demorando.