Banderas de nuestros padres

Imagen de Jack Culebra

Comentario sobre este film bélico que constituye el último trabajo de Clint Eastwood

Vivir en Francia tiene sus ventajas, entre las que se cuenta ver algunos estrenos antes que mis compatriotas –creo que a vosotros os toca el 5 de enero-. También da una cierta perspectiva sobre algunas cosas. El patriotismo es una de ellas, porque, desde luego, el enfoque francés y el español no son ni siquiera primos lejanos. Con el norteamericano tampoco guardan mucha parentela, y tal vez ése sea un buen motivo para descubrirse frente al señor Eastwood. Después de todo, “Banderas de nuestros padres” lo utiliza, obligadamente, como uno de sus puntos de apoyo y no por ello deja de transmitir de un modo universal.

 

Cuando uno va a ver una película bélica yanqui puede esperarse mucho y nada bueno, y muchas veces acertará. Si ésta gira en torno a la propaganda, en concreto entorno a una de las fotografías más ilustres del siglo pasado, la cual se ha convertido en una especie de símbolo tan patriótico como las barras y las estrellas, la cosa es para echarse a temblar. Y lo cierto es que, viendo el largometraje, a veces uno se estremece, pero de emoción.

 

La película es un trabajo magnífico. La fotografía de la misma es apabullante, de una belleza fría y, en ocasiones, cruel. Las imágenes son una pequeña maravilla, y además refuerzan la historia formidablemente, puesto que crean una especie de continuidad con la fotografía de marras, como si nos zambulléramos en ella y visitáramos el mundo que captó en un instante. Y lo más curioso de todo es que ese mundo no es lo hubiera cabido imaginar ni, sobre todo, lo que algunos intentaron vender. Y ahí está el quid de todo el film.

 

La historia de Banderas de nuestros padres está adaptada del libro homónimo escrito por James Bradley, hijo de uno de los soldados norteamericanos que aparece en la foto sobre a la cual gira la reflexión y la propia narración. Su publicación debió causar un revuelo total y absoluto en los Estados Unidos, porque pone de manifiesto algunas cosas que todos imaginamos que ocurren en las guerras pero que no por ello dejan de ser menos perturbadoras e indignantes.

 

Sin entrar en detalles que chafen las –impactantes- sorpresas de la película, diremos que hay unas cuantas vueltas de tuerca a causa de caprichos gubernamentales y maniobras de propaganda destinadas a levantar la moral de un país resentido por una guerra ultramarina que acaban poniendo a los personajes –en su tiempo a los reales- en situaciones de lo más rocambolesco, rozando en ocasiones lo grotesco y poniendo siempre de manifiesto la fragilidad del ser humano.

 

Finalmente la película va de esto, del ser humano, de sus anhelos y de sus contradicciones, de cómo a veces la realidad crece y te engulle y acabas abrumado por lo que te rodea, como un pequeño engranaje en una maquinaria demasiado grande y amorfa. Es ese momento en el que todo pilar en el que has creído, en el que todo sustento que te ha tenido en pie frente a la adversidad, se tambalea.

 

Hay conceptos que a nuestra generación a veces nos resultan lejanos y ajenos, como el honor, el deber, el heroísmo, el patriotismo, pero que resultan patéticamente reales cuando te plantas en un escenario como la Segunda Guerra Mundial y su vertiente pacífica –del Pacífico, quiero decir-. Los soldados norteamericanos dan mucho juego para estas cosas, tal vez porque la juventud de su país les ha permitido conservar ideales que a los cínicos europeos nos resultan más bien caducos o quizá por un sencillo tema de cultura y propaganda. El caso es no sólo resultan creíbles, sino que uno no puede evitar sentir empatía con ellos. Clint Eastwood nos consigue transportar a su drama, al horror de ver cómo las cosas se enmarañan y te arrastran y aquello en lo que crees se va desvaneciendo hasta que te planteas la pregunta ¿quién es el héroe y por qué? Y sobre todo, ¿es esto lo que merecemos?

 

El reparto consigue dar relieve a las peripecias en torno a la fotografía convertida emblema de una nación belicosa, a los pequeños y grandes dramas que la circundan, a las contradicciones que genera en sí misma, con una gran habilidad, pero reconozco que, a mi parecer, quedan devorados, como los propios protagonistas de la historia real, por ese monstruo que resulta el entorno, genialmente plasmado, como he comentado, por la fotografía y por la acertada banda sonora.

 

Al final tenemos un conjunto sólido y emotivo, una crítica firme a las políticas belicistas y a los manejos sin escrúpulos de los que detentan el poder, presentado en forma de film bélico que reposa, como todas las grandes obras del género, en la tragedia humana que tras la guerra se esconde.

 

Una apuesta arriesgada –y ganada- cuyo reflejo, “Cartas desde Iwo Jima”, estoy deseando ver.

Imagen de Kaplan
Kaplan
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Muy buena crítica. La vi de nuevo (para un artículo que pretendo escribir sobre Eastwood) hace escasos quince días y me gustó aún más que la primera vez. Habrá quien ni siquiera se acerque a ella por lo prejuicios patrióticos de costumbre o por la figura fascistoide (muy equivocada a mi entender) que aún se tiene de su director. Peor para ellos.

Me encantó ya no sólo por todo lo que has comentado, sino por la valentía formal con la que está realizada (con esos constantes saltos en el tiempo), algo que no se espera de un realizador de ochenta años. Eastwood es de los pocos directores que consigue emocionarme de verdad con sus películas, y en Banderas de nuestros padres, con ese final de los chavales en la playa, lo logró de nuevo. Hace tiempo que dio con la forma de entender la esencia humana y sus motivaciones. Pocos autores son capaces de presumir de algo así.

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