Hamlet, schtroumpfeur de joyas

Imagen de Anne Bonny

Uno nunca podría llegar a imaginarse todos los variopintos e insospechados lugares donde puede toparse con las creaciones de Shakespeare

Hace poco reseñaba un cómic, El libro de las brujas, donde aparecía la adaptación a cómic de uno de los fragmentos de Macbeth, la famosa obra del escritor británico William Shakespeare. La cosa no tenía demasiado de extraordinario, pues el autor es considerado uno de los más grandes de la historia y sus obras, originalmente teatrales, han sido adaptadas a múltiples formatos. La siguiente vez que me iba a encontrar uno de sus textos en un cómic -Hamlet, en este caso- iba a ser algo mucho más imprevisto y chocante. El álbum no era otro que “El pitufador de joyas” (publicado por Grijalbo en España, y por Le Lombard en Francia, que es la versión que me leí), “Le schtroumpfeur de bijoux” en el original.

 

Desde luego, no se trata de una adaptación al uso. No ya porque al ser protagonizada por unos pitufos se revista de otro matiz la obra -desde luego, la indecisión y la angustia ante la aparición de un fantasmal rey no es algo que parezca muy próximo a estas criaturillas alegremente inconscientes- sino porque no se pretende remozar el original, sino únicamente beber de él.

 

Así, en “El pitufador de joyas” la historia es otra. Se trata de un pitufo que, en una de sus travesuras, se hace capturar por unos humanos. Éstos, malabaristas ambulantes, deciden llevarlo con ellos con la esperanza de que se una a sus números y les haga ganar unas monedas extra, pues no andan muy sobrados del vil metal. Creo que viendo la ambientación creada por Peyo, esa Edad Media fantástica, y las características de los pitufos -pequeños seres divertidos y amables de un gracioso color azul-, éste es uno de los guiones más de cajón que se podrían haber escrito. La rematadera llega cuando, para cerrar la historia, escapar de los malos y hacer ver al rey la presencia de un traidor en la corte, representan lo que está ocurriendo bajo sus soberanas narices ante la propia corte corrupta.

 

Aquí no hay asesinato fraticida, sino secuestro y robo, y la obra no se presenta para hacer confesar al culpable, sino para informar al rey, que está en Babia de pura infelicidad. Sin embargo, el paralelismo de la escena es abrumadoramente obvio.

 

¿Se trata de un homenaje? ¿De un recurso facilón para cerrar un cómic ya de por sí previsible? ¿Pretendían los autores acercar los clásicos al público infantil, o será más bien que sin Peyo a las riendas -el guión es de Luc Parthoens y Thierry Culliford- la serie deja de ser lo que era y tira de lo primero que se encuentra para seguir explotando el tirón de los hombrecillos azules?

 

Bueno, supongo que algo de todo esto habrá -y muchas otras cosas-, y que para unos primará una respuesta y no otra. Yo, la verdad, no lo tengo muy claro y me resisto a caer en una valoración que sea tan ligera como el propio cómic.

 

Por un lado, como creador que se intenta abrir su propio camino, no puedo evitar cierto sentimiento sedicioso. Es fácil decirse que la historia se podría haber explotado mucho mejor, o que se podría haber apostado por nuevas ideas y guiones originales. Sobre todo es fácil hacerlo a toro pasado. A posteriori, todos somos capaces de encontrar fallos a las más excelsas obras -a las normales más todavía, claro está-, pero menos son los capaces de escribirlas a priori.

 

Además, por muchos peros que le quiera sacar al cómic, reconozco que está bien hilado, tiene buen ritmo, y los personajes siguen teniendo el toque entrañable de los pitufos de siempre. ¿Por qué protestar entonces? El trabajo realizado -y aquí hay que mencionar también Alain Mauri y Luc Parthoens por su dibujo y su entintado, respectivamente- es tan acertado como profesional.

 

Supongo que todo tiene sus pros y sus contras, y que a fin de cuentas es mejor una historia con cierta enjundia, aunque se inspire descaradamente en los clásicos, que una que por pretenderse original no cuaje por ningún lado. De momento, humildemente, seguiré aprendiendo también de estas obras -adaptaciones libres, si se prefiere el término-, y me esforzaré por acallar las voces sediciosas de mi interior. Tendré en cuenta aquello que tantas veces se ha dicho de que, en el fondo, sólo hay siete historias distintas, y que lo único que cambia es cómo se cuentan.

 

Ésta estaba bien contada, creo haberlo dicho ya.

 OcioZero · Condiciones de uso