Fragmentos de Vida (F)

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Question
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Un chasquido; otro trozo de vida segado para siempre. El hombre deja al lado sus tijeras y, casi con reverencia, conduce a su última víctima al sepelio que le aguarda para la eternidad, el contenedor donde acompañará a sus compañeros caídos. Son ya muchos los que han perecido víctimas de la irracionalidad y la intransigencia, de la que él se ha convertido en el brazo ejecutor. Conforman un abigarrado montón de oportunidades perdidas y momentos felices cortados de cuajo. Hoy, como siempre en los últimos dos años, se sorprende por la facilidad con la que había realizado aquella escabrosa tarea tiempo atrás. Tiempos en los que aún veía a aquellos pobres condenados no como fragmentos de una vida, de muchas en realidad, sino como simples trozos de celuloide. Hasta que un día sorprendió en los ojos de un colega montador una mirada de odio, de rencor, los ojos de un padre que ha perdido a su hijo. Y es que, piensa ahora el hombre, ¿ admitiendoqué son las películas sino el hijo del esfuerzo de muchos padres? Padres que ven como sus hijos son mutilados o manipulados aún antes de que vean la luz por órdenes de un burócrata intransigente. Y, aún cuando los maquillan a gusto de éste, en demasiadas ocasiones vuelven a ser alterados una vez filmados. Esa labor nunca corre a cargo de esos creadores, los estudios contratan a gente como él —profesionales acabados, hastiados— para ser sus ingratos sicarios. 

Muchas veces ha soñado con esos fragmentos extirpados cobrando vida; los personajes inmortalizados en el celuloide se muestran ante él como fantasmas escapados del éter. Lo rodean en silencio y en sus ojos nunca ve odio, solo preguntas mudas: ¿Por qué? ¿Qué daño os hemos hecho? ¿Por qué tú no pareces odiarnos? Preguntas, nunca reproches. El hecho de que esos espectros oníricos parezcan carecer de la sed de sangre que anega a las personas, siempre le ha resultado curioso a la par que extrañamente estremecedor. Aterra pensar que, incluso en esas fantasías, esos fotogramas, esos objetos inertes, destilen más humanidad y cordura que los mezquinos humanos que llevan las riendas de cine de su país.

Piensa en el fragmento que ha extirpado hoy. Es un buen ejemplo de esa irracionalidad que impregna la sociedad. Era un beso, bastante casto en realidad. Sin embargo, a Joseph Breen, Censor Jefe y notorio antisemita, le ha parecido obsceno por tratarse de un ósculo entre una chica judía y un católico. Así que el Censor ha dictado sentencia y él, con el corazón encogido, la ha ejecutado. Cada vez odia más el trabajo que le ha tocado desempeñar.

En otros tiempos sus manos y sus tijeras habían ayudado a que las películas cobrasen vida, hoy solo se dedican a mutilarlas. Se ha convertido en el ejecutor del estudio, la puta de la censura, pero perder la dignidad no le ha librado de un mal aún peor, o tal vez complementario de ésta. Saca de nuevo la carta y la mira esperando, tal vez, que su contenido haya cambiado por arte de magia. Pero no lo ha hecho. Dentro de dos días tendrá que personarse ante El Comité de Actividades Americanas, para defenderse en vano de la acusación de ser miembro del partido comunista. No sabe quién lo ha traicionado. Enemigos no le han faltado estos últimos años, incluso en su mismo estudio. Aunque nunca ha militado en el partido siempre ha manifestado sus opiniones en público con cierto fervor y, para algunas mentes retrógradas, eso es suficiente para colgarle el sambenito de traidor.

Sabe que solo le quedan dos opciones: acogerse a la Quinta Enmienda y, pese a eludir la cárcel, terminar en la Lista Negra, o delatar a alguien, sea miembro del partido o no. Ninguna de ellas le entusiasma: la primera le apartaría para siempre de esa amante ingrata por la que tanto se ha degradado; la segunda le haría hundirse aún más en el fango.

Su mirada recorre el exterior del contenedor y, por tercera vez en ese día, piensa en lo hermoso que sería poder formar parte de esos trozos de existencia hurtados a la posteridad.

Regresa a su mesa y se dispone a recoger las tijeras y el resto del instrumental. En ese momento su mirada se posa en el periódico del día. Esta abierto por la sección de espectáculos. Su mirada se detiene en el rostro sonriente del actor John Garfield. El joven y prometedor intérprete pereció ayer de un ataque al corazón. Hoy le tocaba declarar ante el Comité. Otra víctima más para engrosar el ego del Senador Joseph McCarthy. Cada vez tiene más claro que él no quiere ser una de ellas. Al menos, no en el sentido que a McCarthy y los suyos les gustaría que lo fuese.

El hombre deja el diario a un lado y coge las tijeras. Ha decidido que aún le queda un último trabajo por hacer y, que esta vez, su mano no temblará ni dudará.

***

Sus ojos se abren. Está tumbado sobre un suelo mullido, mirando a un cielo azul. Se incorpora poco a poco y recorre con la mirada el lugar donde ha despertado. Parece un parque, y a su alrededor se agolpan un sin fin de parejas. Todas están besándose, unas con devoradora pasión, otras con ternura, algunas con la timidez del primer beso. Algunas destacan aún más sobre el verde rabioso del césped pues no hay una nota de color en ellos; son personajes en blanco y negro. Nada de aquello extraña al viejo montador que, mientras se encamina hacia el único sendero del parque es saludado por algunos de aquellos enamorados que parecen reconocer en él a un amigo; a alguien al que aprecian, al menos.

Ya en el camino el sonido de una melodía capta su atención, parece provenir de una casita al final del mismo; se trata de una tonada alegre y algo picante. El tipo de canción que lleva años sin poder ser escuchada por el americano medio en una sala de cine. Al hombre le entran ganas de ver la actuación, al menos durante unos números. Seguro que muchos serán inigualables. Lo tiene claro. Él ha extirpado y custodiado buena parte de ellos pero, ahora que parece haber atravesado la frontera a ese país de ilusiones, piensa saborearlos en todo su esplendor.  Recorrerá poco a poco ese oasis de ficciones. Sabe que muchas de las cosas que sus ojos contemplarán y sus oídos escucharán no serán tan agradables como los de hoy. Junto con el amor y la provocación inocente, sus manos también han hecho desaparecer la violencia, la guerra o discursos políticos, molestos para los censores.

 

No le importa, la leve incomodidad que le puedan producir esas visiones es una gota de agua en un océano, una nimiedad comparada con el premio que supone pasar una eternidad en El País de los Sueños Extirpados. Incluso si esa «eternidad» es sólo el suspiro del último estertor

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jane eyre
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