El arte más íntimo

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Reseña de la novela de Poppy Z. Brite publicada por La Factoría de Ideas

Para el asesino en serie británico Andrew Compton, matar es un arte: el arte más íntimo. Tras fingir su propia muerte para escapar de prisión, Compton se encamina hacia los Estados Unidos con la intención de seguir perfeccionando su talento.

El arte más íntimo es la historia de dos peligrosos y sádicos individuos: Andrew Compton y Lysander Devore Byrne, una macabra unión que llevará a ambos a alcanzar nuevas cotas de salvajismo y brutalidad. Compton, condenado por el asesinato de más de una veintena de personas, consigue fugarse de la cárcel inglesa en la que se encontraba recluido para poder proseguir sus andanzas al otro lado del atlántico. Byrne, un individuo que disfruta torturando y devorando los restos de sus víctimas, de cruza en su camino. Se conocen por casualidad en un bar de Nueva Orleans y, rápidamente, se dan cuenta de que están hechos el uno para el otro. Compartiendo experiencias y opiniones, llegan a conocerse y a comprenderse con una profundidad que ninguno de los dos soñó nunca encontrar en un semejante. Y, lo que es aún más importante, se convierte en amantes que comparten una oscura forma de satisfacer su deseo que va más allá del sexo. Tran, un joven de rasgos asiáticos y belleza andrógina que suministra las drogas que consume Byrne, será su objetivo más importante.

Poppy Z. Brite es el nom de plume de la escritora estadounidense Melissa Ann Brite, nacida en 1967 en Nueva Orleans, Luisiana. Comenzó a escribir muy joven y, desde su primera publicación, a los dieciocho años, ya se convirtió en una estrella del género de terror, siendo nominada varias veces a los prestigiosos Stoker y World Fantasy Award. Sus primeras obras, de terror gótico principalmente, muestran personajes masculinos homosexuales o de sexualidad ambigua, así como situaciones eróticas y macabras. Un ejemplo perfecto de lo anteriormente dicho es el relato Su boca sabrá a ajenjo (His Mouth Will Taste of Wormwood, 1990) donde aparecen buena parte de las filias y obsesiones de esta brillante escritora integrando la fabulosa antología Cthulhu 2000, número 8 de la colección Solaris Terror. Entre sus novelas más conocidas destacan El alma del vampiro (Lost Souls, 1992), La llamada de la sangre (Drawing Blood, 1993) y la presente El arte más íntimo (Exquisite Corpse, 1996). Esta última novela (número 54 de la presente colección Eclipse) fue causante de una gran controversia por su contenido extremo. Ni que decir tiene que la autora encontró diversas editoriales dispuestas a publicarla teniendo en cuenta sus éxitos precedentes.

Al igual que otros escritores, ha creado un universo propio donde los personajes de una de sus novelas pueden aparecer en otras sin por ello hablar de sagas. Sus obras a partir de finales de los 90 han sido comedias oscuras ambientadas en restaurantes de su ciudad, Nueva Orleans, tales como Liquor (2004), Prime (2005) y Soul Kitchen (2006). En 2007 publicó Antediluvian Tales, una colección de relatos breves. En aquel entonces dijo: si no es mi último libro, por lo menos será el último durante algún tiempo. Y, de hecho, si exceptuamos pequeñas colaboraciones editoriales para periódicos de Nueva Orleans, por el momento ha cumplido su palabra para tragedia de sus lectores más acérrimos. Por el momento, sólo los derechos de El arte más íntimo han sido adquiridos para adaptarlos a la gran pantalla. No obstante, Brite no parece muy interesada en el cine. El 9 de junio del año 2010 Brite anunció oficialmente que se retiraba del mundo literario en un mensaje titulado I'm Basically Retired (For Now) (Básicamente estoy retirada (por ahora)) en su Livejournal. En ese mensaje afirmaba que diversos asuntos personales, como el paso del Huracán Katrina, habían provocado que perdiera la habilidad para interactuar con su obra y que no sintiera la necesidad de escribir nuevas publicaciones.

El arte más íntimo comienza con Andrew Compton, un letal depredador humano. Una bestia con forma humana que, en once años, ha asesinado a veintitrés jóvenes. Ha mantenido relaciones sexuales con los cadáveres y ha convivido con ellos como quien juega a las casitas de muñecas. A pesar de su ansia asesina, sabe muy bien disimular su verdadera naturaleza cuando es preciso. Su dominio de sí mismo es tan espectacular que, cuando está cumpliendo condena, es capaz de fingir su propia muerte controlando los latidos de su corazón y reduciendo sus necesidades de aire al mínimo. Conseguir esta apariencia de muerte, uno de sus mayores placeres y que lleva mucho tiempo practicando, hace que el médico de la prisión piense que ha desarrollado el SIDA, pues es seropositivo, y ni siquiera se molesta en practicarle una autopsia. Compton desea seguir matando fuera de esos muros en los que sólo ha sido libre con su mente pero que han hecho que incluso se plantee las razones que le llevaron a asesinar a todos esos chicos, jóvenes toxicómanos a los que prometió pasar un buen rato y que después mató. En su frenesí asesino, disfruta de la sensación de percibir cómo la carne de sus víctimas está siendo cortada por diferentes objetos afilados. Y desea volver a sentirlo.

Ahora tiene la oportunidad de recomenzar su tarea: el mundo le considera muerto. En el momento de su resurrección asesina al forense que iba a practicarle la autopsia, el doctor Drummond, al que hace diversas incisiones con un escalpelo antes de clavárselo en la cabeza. Su joven ayudante, Waring, es el siguiente en morir con la cabeza aplastada contra un separador de huesos. Tras el crimen, besa al joven ayudante en la boca con pasión y, a pesar de sus deseos, debe abandonar su hermoso cuerpo en el suelo del quirófano. Porque esa parece ser una constante en los crímenes de Compton: no son una forma de expresar odio o rabia (aunque en ocasiones así lo haga) sino que son algo mucho más trascendental para él: son una forma de mostrar amor. Tanto es así que en otro de sus crímenes procura no torcer el gesto para que el asesinado no crea que le está matando por odio. Al contrario, llega a decirnos, en esos momentos finales le ama.

Por otro lado tenemos a Lysander Devore Byrne, conocido sencillamente como Jay, que es un joven toxicómano acomodado de largo cabello rubio y tendencias hedonistas que disfruta sacando fotografías de los jóvenes de la zona en la que vive a cambio de toda la droga y el alcohol que puede comprar, que es mucho. Mientras que él tiene la impresión de que no le soportan, otros le esperan en sus fiestas como agua de mayo por todo el material que puede proporcionarles para alargar químicamente la diversión. Su padre le dejó mucho dinero al haber sido uno el fundador de una fábrica que produjo tantos puestos de trabajo como casos de cáncer y mutaciones en los nonatos de la zona. A pesar de sus modales refinados y su comportamiento casi aristocrático, Jay es un perturbado demente, cruel como Compton sólo podría soñar en sus pesadillas más salvajes. Mientras que Andrew disfruta de sus víctimas tras haberles dado muerte, Jay obtiene un macabro placer mediante su sufrimiento, lento e cruel, que les conduce a una muerte que en última instancia les parece deseable.

El tercer personaje principal de la novela, objeto del deseo enfermizo de ambos protagonistas, es Tran Vihn, un joven de origen vietnamita de veintiún años que aparece como un chico de gran belleza exótica. Tran Vihn trafica con drogas para ganarse la vida, participa en fiestas y llena cuadernos enteros con poesía acerca del amor, las drogas y la perversa visión del mundo que tiene a pesar de su juventud. Cuadernos que encuentra su padre y que provocan que sea expulsado de su hogar ante lo que su progenitor representa una afrenta para la familia y un riesgo para sus hermanos pequeños. Tran arrastra una historia de amor truncada con el escritor y locutor de la radio pirata WHIV (cuyo público objetivo son personas seropositivas) de nombre Lucas Ramson, conocido por todos como Luke y que emite con el apodo de Lush Rimbaud. Dicho personaje es el cuarto y último de los principales de El arte más íntimo, y es una pieza clave para el comportamiento actual que muestra el joven, formando parte de sus recuerdos más íntimos y memorables, y para los acontecimientos que están por llegar.

Es bastante evidente que Poppy Z. Brite quiso escribir su propia Crónica Vampírica cuando publicó El alma del vampiro para después dar el paso a la historia de fantasmas con La llamada de la sangre. Con El arte más íntimo quiso demostrar que el tan cacareado psicópata moderno Patrick Bateman era poco menos que un estirado con delirios de grandeza. Al igual que en la celebérrima novela American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991) la historia tiene como telón de fondo la decadencia humana en nuestros tiempos y la transformación del crimen, la tortura y el asesinato en una nueva y macabra forma de arte supremo. El arte que trata acerca de la vida, el dolor y la muerte. Para ello, Poppy Z. Brite noveliza, reinventa y prosigue la historia de uno de los más peligrosos asesinos en serie del Reino Unido, el escocés Dennis Andrew Nilsen. Lejos de querer disimular este hecho, la autora decidió bautizar a su personaje con el segundo nombre del asesino real e incluso en el primer capítulo se menciona el encuentro de Andrew con algunas de las víctimas que murieron a manos de Nilsen. Sin embargo, la historia va más allá del punto donde la justicia dejó al asesino y hace que mediante una técnica propia de un faquir hindú consiga hacerse pasar por muerto ante aquellos encargados de su custodia.

El comienzo del libro, en la página previa al primer capítulo, resulta memorable y es una clara demostración de la extraña fascinación y al tiempo profunda repulsión que despiertan los asesinos en serie entre el público en general, llegando hasta el punto de considerárseles más allá de lo humano: Los informes de la autopsia que en 1994 se le practicó al asesino en serie Jeffrey Dahmer revelan que los oficiales tuvieron el cuerpo de Dahmer con los pies encadenados durante todo el procedimiento. Según el patólogo Robert Huntington, tal era el miedo que le tenían a este hombre. Milwaukee Journal-AP, 17 de marzo de 1995. El narrador y el protagonista de la historia varían de un capítulo a otro, aunque el que destaca por encima del resto es Andrew Compton, el único que describe la situación en primera persona y desde algún lugar en un futuro más o menos lejano. Para el resto de personajes se emplea la tercera persona, con el narrador omnisciente penetrando en las mentes de todos y cada uno de los protagonistas. El lenguaje empleado por la autora es el habitual en sus obras: ligeramente embellecido en las descripciones y en ocasiones vulgar en la forma de hablar de los personajes. Eso por no hablar de su constante manía de denominar a determinadas partes del cuerpo por el modo más grosero imaginable. Lógicamente no desentona con el resto del relato, pero llama la atención.

Por otro lado aprovecha la condición de locutor de radio de uno de los protagonistas para lanzar una gran cantidad de diatribas más o menos incendiarias, pero todas cargadas de bastante lógica por desgracia, acerca de la sociedad hipócrita en la que vivimos y todo lo relacionado con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (HIV en inglés) y el posterior desarrollo del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida por su causa. Todos los personajes de la novela temen contagiarse, estar contagiados o temerosos del avance de la enfermedad por su cuerpo, convirtiéndose prácticamente en una línea argumental más dentro de la obra. Las relaciones homosexuales, como es habitual en las novelas de Poppy Z. Brite, son prácticamente las únicas existentes y todo ello tiene lugar en la zona más lúgubre y paupérrima de Nueva Orleans; el barrio francés. En él, y siempre siguiendo las directrices marcadas por la novela, se junta lo peor de lo peor de la sociedad en un ambiente de marginalidad y desesperación donde la única vía de escape rápida parecen ser las drogas y el sexo ocasional y la única forma de sobrevivir mediante una gran desfachatez o un atractivo personal a prueba de bombas. Pero, con todo y eso, es difícil sobrevivir a un asesino en serie… o a dos.

Asesino en serie es un concepto que ya fue mencionado por el inspector de policía de origen alemán Ernst Gennat, aunque ya se había utilizado anteriormente, y que se considera como creación del agente del FBI Robert Ressler en la década de los setenta del pasado siglo XX. Con él se hace referencia a una persona que asesina a tres o más personas con un intervalo de tiempo variable entre cada una de ellas que se denomina de enfriamiento. Sus motivaciones son puramente psicológicas, especialmente las ansias de poder y los impulsos sexuales. Como si de una firma se tratase, acostumbran a compartir rasgos comunes en todos sus crímenes, ya sea mediante un modus operandi idéntico o alguna firma reconocible. Por otro lado, las víctimas suelen compartir algún tipo de rasgo que las convierte en blanco a los ojos del asesino (color de pelo, etnia, sexo o cualquier otra quizá no tan perceptible a primera vista). El término asesino en serie no debe confundirse con asesino de masas (que asesina a cuatro personas o más de manera simultánea) o asesino relámpago (que comete asesinatos en dos o más lugares en un corto intervalo de tiempo entre ellos). Tanto la literatura como el cine han hecho gran predicamento de los asesinos en serie y El arte más íntimo es un ejemplo más de ello.

Dennis Andrew Nilsen, nacido el 23 de noviembre de 1945 en Fraserburgh, Aberdeenshire, Escocia, es un tristemente conocido asesino en serie británico en cuya biografía se basó la autora para crear a Andrew Compton. Como suele ser común en la biografía de todos los más horrendos depredadores humanos, tuvo una infancia muy dura marcada por el desastroso matrimonio y posterior divorcio de sus padres (Olav Nilsen y Betty Whyte) y el alcoholismo de su padre. Con seis años, su madre le fuerza a ir contemplar el cadáver de su abuelo fallecido, momento que marcará su vida para siempre. La visión de cuerpos muertos impactó de una forma muy especial en el joven Dennis. Además afirmó que con ocho años sufrió abusos sexuales por parte de un joven que le rescató a punto de ahogarse. Desde su juventud tuvo una clara orientación homosexual y necrofílica y fantaseaba con la idea de que era un cadáver mientras se miraba en el espejo. En 1961 se alistó en la Armada Británica, que abandonó en 1972 para trabajar como oficial de vigilancia y, posteriormente, en una agencia de empleo hasta el momento de su detención.

En 1978, tras acostarse con un joven al que había conocido en un bar y angustiado con la idea de que se vista y le abandone al despertar, le estrangula y, tras pasar la noche con él, mantiene relaciones sexuales con el cadáver. Así, uno tras otro, Nilsen asesinó a catorce hombres a los que solía estrangular, ahogar, descuartizar y tirar sus restos por las cañerías. A mediados de 1983, sus vecinos están hartos de percibir el mal olor procedente de su casa y tras llamar a un fontanero, se descubre carne humana flotando en los retretes. La policía se persona en el edificio y, cuando regresa Nilsen, se interesa por la razón por la que los agentes están allí. El oficial Peter Jay responde a su pregunta con un astuto muéstrenos los otros cuerpos, Nilsen. Sorprendido, este responde sí, pasen; están en el armario y en el baño. Cuando le preguntaron cuántas personas había asesinado, no supo precisar si quince o dieciséis, y fue arrestado de inmediato. En 1983 fue sentenciado a cadena perpetua con un mínimo de veinticinco años de reclusión, condena que se amplió tras el descubrimiento de todos los cuerpos negándole la libertad condicional.

La asociación de asesinos, tal y como sucede en la novela, no algo del todo infrecuente en la vida real, por desgracia. Henry Lee Lucas, nació Virginia, Estados Unidos, en 1936. Creció en el seno de una familia desestructurada, siendo el menor de siete hermanos, con una madre prostituta y un padre alcohólico y discapacitado. Fue fruto de multitud de abusos, crueldades y humillaciones tales como vestirle de mujer y obligarle a ver cómo su madre ejercía la prostitución. Sus primeras relaciones sexuales, con ovejas y perros, eran culminadas en el momento en el que cortaba el cuello del animal, asociando el sexo con la muerte. Tras un periodo en la cárcel, asesinó a su madre y mantuvo relaciones sexuales con el cadáver durante semanas. Ottis Elwood Toole nació en Florida, Estados Unidos, en 1945. Supuestamente su padre abandonó el hogar familiar siendo él muy joven, su madre era una fanática religiosa, su hermana le vestía con ropas de mujer y su abuela practicaba el satanismo. Al contrario que a Henry, Otis prefería practicar sexo con hombres y después matarles con un arma de fuego. Aunque durante las investigaciones de sus delitos admitió haber cometido asesinatos, violaciones y canibalismo así como ser el principal sospechoso en multitud de crímenes sin resolver, se retractó y reafirmó en diversas ocasiones de sus confesiones.

La asociación formada por ambos hombres, que afirmaron actuar en nombre de un culto secreto llamado La Mano de la Muerte, sembró el terror por la autopista I-35, en la que actuaban. Se les cree autores de entre 360 y 900 asesinatos. Existen dos películas de culto acerca de estos personajes tituladas Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait Of A Serial Killer, John McNaughton, 1986) y Henry, retrato de un asesino 2 (Henry: Portrait Of A Serial Killer, Part 2, Chuck Parello, 1996) que como es obvio por el título se centra más en la historia del Henry Lee Lucas. En la primera de las películas aparece Ottis Elwood Toole y en la segunda, de muy inferior calidad, un personaje con tendencias pirómanas, como el auténtico Toole, aunque en la película el personaje es tratado de manera diferente y responde al nombre de Kai. Aunque ambas películas han adaptado los hechos reales con mucha libertad (Henry nunca grabó sus crímenes en vídeo, por ejemplo) resulta de visionado obligatorio para aquellos que deseen experimentar el terror desde una perspectiva diferente. Rodada con escasos medios materiales y a pesar de verse en ella pocos asesinatos, destila una atmósfera enfermiza y malsana que impacta al espectador desde el primer minuto.

Comparar El arte más íntimo con otras obras de corte similar, como la mencionada American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991) o El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Thomas Harrys, 1988), es algo que resulta inevitable al tratar la figura del asesino caníbal en nuestra sociedad. No obstante, las diferencias son enormes y conviene destacarlas. En American Pycho el personaje de Bateman resulta más aterrador que Compton o Byrne porque, entre otras cosas, no podemos identificar las razones de su patología. Patrick Bateman es un ejecutivo con un trabajo más bien liviano por el que cobra muchísimo dinero y que se relaciona con personas afines a él y de su misma clase social. De forma aparente tiene cuanto una persona puede necesitar para ser feliz y mucho más, pero no es ese el caso. Su infancia no parece haber sido traumática ni comenta en momento alguno haber sufrido malos tratos. Es una evolución adaptativa del ser humano del siglo XX hacia una forma brutal de superdepredador. Su falta de reflexión, su premeditación calculada en ocasiones o la carencia de escrúpulos durante la totalidad de la obra (e incluso su confesión telefónica entre llantos en la película homónima) sólo sirven para descentrar su figura aún más y dificultar su encasillamiento. Más peligroso, más mortal, mucho más impredecible que los personajes de Poppy.

En El silencio de los corderos podemos encontrar diferencias aún más abismales. Hannibal Lecter es doctor en Psiquiatría de inteligencia más que destacable, gustos exquisitos y modales refinados. Su gusto por la carne humana, que devora sin ningún tipo de remordimiento de aquellos individuos a los que considera ofensivos contra el buen gusto además de los que se ponen en su camino (con la única excepción de la agente especial Clarice Starling con la que termina fugándose a Argentina), puede igualar su comportamiento en apariencia los protagonistas de El arte más íntimo. La diferencia fundamental es que Compton y Byrne utilizan el canibalismo como una pervertida forma de expresión de la sexualidad, una manera de satisfacer su deseo hacia otros hombres en los que va implícita una tosca forma de arte. El doctor Lecter, por el contrario, exalta el consumo de carne humana como una forma sublime de arte culinario libre de toda ansiedad o deseo sexual, o al menos manteniéndolas muy soterradas.

Dentro de la colección nos encontramos con que El arte más íntimo es la tercera de las novelas de Poppy Z. Brite publicadas por La Factoría de Ideas dentro de su colección Eclipse. En los últimos libros publicados bajo este sello parecen haber tomado nota de las numerosas críticas, la mía incluida, que protestaban acerca de la escasa relación de la portada con el contenido del libro. En El arte más íntimo se ha hecho una elección perfecta: una serie de ocho pinceles muestran en medio de ellos un cutter bisturí manchado de sangre sobre un lienzo blanco salpicado de gotas del mismo fluido. Una alegoría del asesinato como arte que hace la portada quizá las más minimalista y al tiempo más adecuada de cuantas he visto hasta el momento. Es muy posible que esta sea la última novela que tengamos ocasión de leer de Brite en Eclipse y, en mi humilde punto de vista, quizá sea la mejor de todas ellas.

 

FICHA TÉCNICA

Calificación: 75

Título: El arte más íntimo

Título original: Exquisite corpse

Autor: Poppy Z. Brite

Traductora: Almudena Romay

Editorial: La Factoría de Ideas

Edición: Rústica, 288 páginas

Ilustración de cubierta: Calderón Studio

Lo mejor: La profundización en la psicología de los personajes.

Lo peor: El nudo y el desenlace de la obra se encuentran muy próximos al final.

Resumen: Para el asesino en serie británico Andrew Compton, matar es un arte: el arte más íntimo. Tras fingir su propia muerte para escapar de prisión, Compton se encamina hacia los Estados Unidos con la intención de seguir perfeccionando su talento.

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